Capítulo 9 #3
—Ellis Bent no solo era amigo mío, señora, sino de todos los miembros respetables de esta comunidad.
En cuanto a la causa de su prematura muerte, el pobre infeliz llevaba algún tiempo aquejado de una hidropesía torácica.
No obstante, seguía trabajando. En mi opinión, eso es lo que lo ha matado, pues nunca fue de los que escatiman fuerzas. ¿No estás de acuerdo, Ted?
El oficial al que se acababa de dirigir, uno de los que estaban sentados en el extremo de la mesa de la señora Macquarie, era, según pudo observar Katie, una versión más delgada y un tanto menos colérica de Molle.
Y acertó a sus predicciones dada la semejanza entre los dos: el hombre expresó una vehemente confirmación ante la solicitud del coronel.
Katie vio a la señora Macquarie retroceder con las mejillas descoloridas.
El gobernador abrió la boca como si fuera a hablar, pero, al encontrarse con la mirada de su esposa, volvió a cerrarla.
Con tranquila firmeza, ella empezó a decir: —Lo siento mucho por Eliza Bent.
Estoy segura de que todos lo lamentamos, capitán Sanderson.
En el viaje hacia aquí, ambos se convirtieron en valiosos amigos nuestros.
Por supuesto, aprovecharé la primera oportunidad para visitarla y expresarle mis condolencias.
Recuperada por completo la compostura, la señora Macquarie se volvió hacia el capitán Jeffrey y, con maestría, introdujo un cambio de tema.
—Tengo entendido, por lo que me ha contado la señora Dawson, que su barco participó en un rescate de lo más valeroso, capitán.
De hecho, a tal rescate debemos la presencia de uno de nuestros invitados a este almuerzo.
Ocurrió en aguas árticas, ¿verdad? —Dedicó a Katie una sonrisa a través de la larga mesa y añadió con afecto—: Por ello, es usted doblemente bienvenida, señorita O’Malley.
Nada reacio, el capitán Jeffrey se lanzó a relatar el rescate con una historia dramática. Katie, que escuchaba en silencio y con los ojos bajos de pura timidez, se preguntaba por qué ese testimonio difería tanto de la descripción modesta y práctica de Rick.
Pero no hizo ningún comentario; no le correspondía hacerlo, decidió, ya que, con el coronel Molle y el capitán Sanderson también callados, era evidente que la estratagema de la señora Macquarie había tenido éxito.
Incluso el gobernador parecía cautivado.
Solo de vez en cuando, si la narración del capitán Jeffrey cojeaba un poco, formulaba alguna pregunta astuta.
Así animado, el capitán Jeffrey continuó hablando, pintando un cuadro escalofriante de los peligros a los que había enfrentado su propio barco, a merced del hielo y los enormes icebergs, el tiempo borrascoso y los vientos huracanados.
—Buscamos supervivientes hasta el anochecer —continuó el comandante d el Kangaroo— , pero, por desgracia, ya no los había…, salvo la joven que está ahora con nosotros. E incluso ella no habría estado aquí de no haber sido por la hábil y devota enfermería de mi querida esposa.
Las otras damas emitieron jadeos de asombro y felicitación mezclados. Una de ellas, una matrona pequeña y robusta con un elaborado vestido de tafetán azul (Katie supuso que era la señora Molle), se inclinó para exclamar: —Mi pobre niña, ¡qué experiencia tan terrible!
—No recuerdo mucho al respecto, señora —la evadió Katie con toda sinceridad.
Un criado le quitó el plato vacío y le puso uno limpio delante.
La chica notó que el coronel Molle, a pesar de su insistencia en que el dolor por la pérdida de su amigo lo había dejado sin apetito, parecía estar haciendo una comida razonable.
Por su parte, el gobernador estaba radiante, y su buen humor, bastante restablecido.
—Se ha portado usted muy bien, capitán Jeffrey —dijo—. Usted y la compañía de su barco han estado a la altura de las más altas tradiciones de la Armada de Su Majestad. Ah, y nos ha dicho que el buque que se perdió, el Providence, s e dirigía a esta colonia con mercancías. Supongo que era británico.
—No, señor —corrigió el capitán Jeffrey—.
Era estadounidense, propiedad del padre de la señorita O’Malley.
Él mismo lo comandaba. El hombre había sido comisionado de la Marina de los Estados Unidos.
Nosotros —pasó una rápida mirada por Katie y luego por el otro lado de la mesa— enviamos su cuerpo a las profundidades envuelto en la bandera de los Estados Unidos.
Eso es lo que nos pareció correcto y apropiado, dadas las circunstancias.
— ¡Estadounidense ! Un buque mercante estadounidense de camino a este puerto, señor. —La indignada interrupción venía del coronel Molle.— ¿Traía mercancías para ofrecerlas a la venta aquí, si no he entendido mal?
—Sí, señor, así es —confirmó el capitán Jeffrey.
—¡Por Dios, esto es intolerable! —juró Molle sin ningún disimulo—.
La guerra apenas ha terminado, miles de nuestros marineros y soldados han muerto ¡y los malditos yanquis envían barcos para comerciar con nosotros!
Son unos granujas de la peor calaña, ¡que se vayan al demonio!
En un momento nos apuñalan por la espalda y nos traicionan apoyando con armas a los franceses; al siguiente, quieren comerciar con nosotros.
—Creo, señor, que ya ha dicho bastante —le advirtió el gobernador con absoluta frialdad—.
Ha olvidado, me temo, que la señorita O’Malley es nuestra invitada.
Y la chica ha soportado bastante sin tener que someterse a comentarios tan ofensivos e insultantes como los que usted acaba de proferir sobre sus compatriotas.
Hágame el favor de disculparse con ella.
El rostro enrojecido de Molle se tiñó con una nueva oleada de rubor agitado. Miró a Katie con fijeza, con una expresión que era todo, menos contrita, aunque tuvo la apostura de afirmar que se había olvidado de su presencia. Le ofreció una dura disculpa. Ella la aceptó, a punto de llorar.
Timothy Dawson habló con voz árida:
—Sin duda, señor, usted también ha olvidado que, a lo largo de los años, cuando esta colonia estaba a punto de morir de hambre, los buques mercantes estadounidenses nos traían los suministros que necesitábamos con urgencia.
Los predecesores de Su Excelencia les dieron la bienvenida a todos y cada uno de esos viajeros, porque venían cuando los barcos británicos solo traían más bocas que alimentar…
, si es que venían. Quiero que sepa, señor, que les debemos mucho a esos que usted se ha complacido en llamar malditos yanquis.
El coronel Molle arrojó la servilleta y se puso en pie. Hizo señas a su esposa para que siguiera su ejemplo.
—Permítame, señor, despedirme —solicitó al gobernador— y agradecerle su hospitalidad.
No la aceptaré en el futuro, ya que usted estará esperando que me siente a la mesa con personas que vinieron aquí como delincuentes convictos y que, además, señor, lo haga en términos de igualdad social.
Quizás usted considera oportuno concederles semejante privilegio, pero yo no.
—Miró con fijeza a Timothy Dawson y luego hizo una rígida inclinación, primero, ante el capitán y la señora Jeffrey y, por último, ante la esposa del gobernador.
— Y si me permite decirlo, señor, sin ofender más a su invitada estadounidense, no puedo, en conciencia, sentarme con los enemigos de mi país, aunque sean mujeres.
Cogió a su esposa del brazo y salió de la habitación con paso arrogante. El capitán Sanderson vaciló; luego, tras murmurar una disculpa, siguió a su oficial al mando hasta la puerta. Al llegar a la entrada, se volvió, sonrojado por la vergüenza.
—El coronel no es él mismo, señor —le dijo al gobernador—. La repentina muerte del señor Bent lo ha trastornado mucho. Le ruego su indulgencia.
—Desde luego, capitán Sanderson —respondió el gobernador Macquarie con impecable cortesía—. Procuraré olvidar este desafortunado episodio. Espero conseguirlo. Le deseo un buen día, señor.
La puerta se cerró y se produjo una breve e incómoda pausa. La señora Macquarie se puso de pie y las demás damas se levantaron con ella.
—Tomaremos el té en la sala de descanso —dijo al mayordomo.
Se deslizó con rapidez alrededor de la mesa, cogió la mano de Katie y se la metió bajo el brazo—.
Debes de pensar que somos muy incivilizados, querida —se disculpó—, y puede que a veces lo seamos.
Hay rencillas y rivalidades que se cuecen a fuego lento bajo la superficie, choques que de vez en cuando estallan y hacen añicos la paz que nos esforzamos por mantener en una comunidad muy dividida.
Mi marido es un buen hombre, y se esfuerza por ser imparcial, por muy amargas que sean las provocaciones.
—Al llegar al salón, pidió a sus invitadas que se sentaran.
A Katie le ofreció un lugar a su lado, en un amplio sofá cubierto de cretona.
Cambió de tono y dijo con voz afable—: Siempre será bienvenida aquí, en esta casa, señorita O’Malley, créame.
—Gracias —logró expresar Katie, aunque con cierta torpeza.
Deseaba, como el coronel Molle, escapar incluso de la amable y bienintencionada señora Macquarie.
El arrebato del coronel había sido tan inesperado y desagradable que todavía la tenía más que un poco conmocionada.
Y, bajo su simulada docilidad, también sentía un helado disgusto.
Pero los buenos modales la obligaban a permanecer donde estaba, al lado de su anfitriona.
Así que se sentó muy derecha y con la cabeza bien alta mientras la esposa del gobernador servía el té del fino servicio de plata que el mayordomo le había puesto enfrente.
Abigail le sonreía con muda simpatía y aprobación, en tanto que la señora Jeffrey se esforzaba por evitar encontrarse con su mirada. Una mujer mayor de pelo blanco que había estado en el otro extremo de la mesa se acercó para presentarse como la esposa de Robert Campbell.