Capítulo 9 #2
Incluso las reparaciones de su propia residencia oficial, cada vez más urgentes, tendrían que pagarse con los impuestos o con cualquier otro medio que pudiera ocurrírsele y…
Macquarie frunció el ceño al ver el polvo del agrietado techo de su despacho descender en una cascada asfixiante y caer sobre su escritorio y los papeles y dibujos extendidos.
Era gobernador de una colonia penal, le había recordado lord Bathurst en un comunicado reciente.
Sea como fuere, porfiaba. No podía abandonar su cargo de gobernador hasta ver consumadas algunas de esas visiones y haber eliminado un viejo estigma.
Aquellos habitantes de la colonia penal que se habían ganado el derecho al indulto, Francis Greenway entre ellos, deberían ser redimidos.
En la persona de aquel extraño hombrecillo, con su talento y sus sueños, Dios, el Dios al que adoraba con devoción, le había enviado a alguien capaz de transformar la ciudad de Sídney en un lugar de belleza.
Sí, y haría lo mismo con otros pueblos de la colonia: Parramatta, Windsor, Liverpool, Newcastle…
Los arrogantes Bent, los elitistas Molle e incluso el archihipócrita Samuel Marsden, capellán de la colonia, no lo echarían antes de que se cumpliera la misión que Dios le había confiado, antes de que se completara su tarea.
Lachlan Macquarie tomó su pluma una vez más y leyó la carta que había empezado a escribir a su hermano Charles. La última vez que tuvo noticias de él, estaba de permiso en la península Ibérica, alojado en su finca de Mull.
Ya había escrito:
Estos dos hombres antiliberales, Ellis y Jeffrey Hart Bent, desean excluir a los abogados emancipados del ejercicio en los tribunales, en tanto que yo deseo que sean admitidos.
En este punto, por lo tanto, estamos en desacuerdo.
En consecuencia, el asunto ha sido remitido a casa, a la decisión de los ministros de Su Majestad.
Mientras tanto, los tribunales de la Judicatura Civil están suspendidos y no se puede llevar a cabo ningún procedimiento legal.
Debemos esto al orgullo, la arrogancia y la falta de liberalidad de estos dos hermanos, quienes de la forma más ingrata me han devuelto toda la amabilidad y favores que les he dispensado.
No me importaría tanto la mera objeción de permitir que los exconvictos oficien en los tribunales como abogados. Lo que desean estos dos advenedizos dizque jueces es excluir a todas las personas de tal ralea de cualquier lugar de confianza, así como de la sociedad en general.
Dado que siempre he sido benefactor y valedor de cualquier persona de mérito, haya sido convicto o no, ahora no puedo abandonarlos. Estoy decidido a apoyar su causa tanto en casa como en el extranjero.
El gobernador frunció los labios. Estos eran sus sentimientos, sus firmes convicciones. Mojó la pluma en el tintero y añadió unas últimas líneas:
El Ministerio podría plantear el tema ante el Parlamento. Si así fuera, estoy seguro de que mi victoria sería completa. Pero también podría ocurrir que esta cuestión se saldara en mi contra, y, si así fuera, nos verás en Mull dieciocho meses antes de lo pensado.
Firmó con su nombre. Ya estaba sellando la carta cuando, después de haberse anunciado con un suave golpe en la puerta, entró su esposa.
Elizabeth tenía treinta y siete años. Llevaban casados ocho exactamente, pues su aniversario se había celebrado hacía apenas una semana.
Con cariño, Macquarie pensó que los años la habían tratado con amabilidad; con mucha más gentileza de la que, por desgracia, habían tenido para él.
A sus cincuenta y cuatro, era casi veinte mayor que ella.
Levantó la vista para encontrarse con una sonriente mirada de ojos azules.
Era consciente, como siempre, del profundo afecto que sentía por ella.
—¿Qué ocurre, querida? —preguntó—. ¿Han llegado ya nuestros invitados?
—Ha llegado el coronel Molle —le dijo Elizabeth con una leve pero indisimulada nota de desaprobación en su suave voz de las Tierras Altas—. Dice que la señora Molle vendrá después. Ha venido temprano para traerte noticias muy penosas. Lachlan, querido mío, me temo que, en verdad, son lamentables.
Macquarie reprimió una exclamación de rabia y se puso en pie de un salto. Lo último que deseaba en aquel momento eran malas noticias, pero… Controló el impulso de descargar en ella su furia y, con calma bien simulada, preguntó: —Bueno, esposa, dímelo, por favor.
—Ellis Bent ha muerto —respondió Elizabeth con tristeza—.
Parece que empezó a guardar cama hace dos o tres días.
La pobre Eliza, cuando llevó una bandeja a su habitación de enfermo, lo encontró…
, es decir, descubrió que había fallecido mientras dormía.
¡Y solo tenía treinta y cuatro años! Lo siento mucho, Lachlan.
Lo siento por Eliza y los niños, por supuesto, pero…
Esto llega en un momento muy malo para ti, ¿verdad?
—Sí, así es —reconoció el marido, pues recordaba el ultimátum que había enviado a lord Bathurst y su exigencia de que ambos Bent fueran relevados de sus cargos.
Pero Ellis no era su mayor preocupación.
No había sido él, desde luego, quien le había lanzado el guante en altanero desafío a su autoridad virreinal.
El alborotador era Jeffrey. La maligna influencia del menor de los Bent había provocado que Ellis renunciara a su lealtad y se retractara de todas las promesas que, con tanto entusiasmo, había hecho a su llegada, el día en que aceptó el nombramiento como juez general de la colonia de Nueva Gales del Sur.
El gobernador recordaba que habían viajado desde Inglaterra en el mismo barco y que habían mantenido una relación armoniosa, al igual que sus esposas.
Entonces, hacía poco más de un año, había aparecido Jeffrey Bent, enardecido con una afectada dignidad y con una idea exagerada de su propia importancia.
Habían pasado dieciséis meses, para ser exactos, desde que llegara, en julio del año anterior, como pasajero del transporte Broxbornebury.
En dieciséis cortos meses, Jeffrey Hart Bent se las había ingeniado para desorganizar el sistema judicial de la colonia y, a partir de ahí, casi destruirlo.
Se había burlado en persona de sus leyes, se había enemistado con los magistrados civiles e incluso había arrestado al desafortunado Broughton, a quien acusara de desacato.
Se había ganado la desconfianza, aparte de la intensa antipatía, de la mayoría de los emancipados de la colonia.
Pero Dios, en su sabiduría, había ordenado que fuera Ellis quien muriera.
—El coronel Molle te espera —dijo Elizabeth, compasiva—. Insiste en que debe verte de inmediato, Lachlan.
—Muy bien, querida —dijo el gobernador, recuperándose—. Sé tan amable de hacerlo pasar. Y… haz que sirvan el almuerzo, por favor, en cuanto lleguen los otros invitados.
Elizabeth le dio un cariñoso beso en la mejilla.
—Por supuesto —prometió—, en cuanto lleguen.
*
A Katie O’Malley le parecía que el heterogéneo almuerzo era un poco extraño. Se sentó a la larga mesa del comedor, con el alto y poco comunicativo secretario del gobernador a un lado y un corpulento caballero de rostro florido y uniforme militar al otro. Había oído su nombre, pero no lo recordaba.
El capitán y la señora Jeffrey estaban a ambos lados del gobernador en la cabecera de la mesa; Abigail Dawson, a la izquierda del capitán; su marido, Timothy, recién llegado a Sídney desde su granja del Hawkesbury, estaba sentado junto a la señora Jeffrey, cuyos intentos de conversar se limitaban al espacio del gobernador.
Dueña de una recién descubierta mordacidad, Katie decidió que no se podía saber si Timothy era uno de los habitantes respetables de la colonia o uno de esos intocables emancipados.
El gobernador, también con uniforme militar, era más viejo de lo que ella esperaba: una figura enjuta y un tanto encorvada, con rostro huesudo de facciones cetrinas y ojos oscuros y apagados.
Llevaba corto el pelo canoso, sin peluca.
Aparte de un par de dispersos bigotes laterales, sus mejillas hundidas y muy delineadas estaban bien afeitadas.
Pero era cortés y amable. Su sonrisa, al saludarla, había sido de una genuina calidez, y sus breves palabras de bienvenida le habían parecido sinceras.
Su esposa… Katie largó una tímida mirada al otro extremo de la mesa, hacia donde estaba sentada la señora Macquarie, cuyos vecinos aún no le habían sido presentados.
Mucho más joven que su marido, era una mujer sonriente y de una afabilidad encantadora.
Tenía el pelo rizado de color rojizo y unos ojos azules, muy abiertos, que centelleaban de buen humor.
Ese brillo se desvaneció en un instante, sin embargo, cuando un corpulento vecino de la mujer se aclaró la garganta, habló a la mesa en general, y declaró que estaba demasiado apesadumbrado para comer.
—Esta colonia ha sufrido una pérdida trágica —prosiguió—.
Es posible que algunos de ustedes no se hayan enterado de la triste noticia que he tenido el doloroso deber de comunicar a Su Excelencia hace media hora.
Nuestro juez general, Ellis Bent, un joven en la flor de la vida, ha pasado hoy al otro lado.
Deja a una viuda apenada y cuatro pobres hijos, ninguno de los cuales ha cumplido los diez años.
En el repentino y embarazoso silencio que siguió al anuncio, Katie recuperó el aliento. Percibió entonces un sutil cambio en la atmósfera, algo desconcertante y aterrador a la vez.
La señora Jeffrey, que nunca solía quedarse callada, miró a su marido y dijo en voz baja: —Aquellos a quienes los dioses aman… ¿De qué, si puedo atreverme a preguntar, ha muerto su pobre amigo, coronel Molle?
Como distraído, el coronel se sirvió de una fuente que le ofrecía uno de los criados.