Capítulo 9
El gobernador Macquarie estaba sentado al escritorio, con una pluma en la mano y el ceño fruncido.
Era temprano. Se había levantado al amanecer, como de costumbre, y tomado un frugal desayuno antes de pasar una venturosa media hora con Lachlan, su pequeño hijo.
Luego, a las nueve en punto, había recibido a aquellos de sus oficiales, civiles y militares, que tenían asuntos de gobierno que discutir, o bien, asuntos de política que ventilar.
Esa mañana, para su alivio, había habido pocos.
Estuvo trabajando sin interrupciones hasta las doce y media, hora en que su esposa había acordado ofrecer un almuerzo a los recién llegados a la colonia; entre ellos, el comandante del barco Kangaroo de Su Majestad , con su esposa y una pasajera.
Elizabeth, en quien el respeto por el protocolo era cosa innata, también había invitado al coronel y a la señora Molle.
Y qué lástima, pues era bien consciente de que Molle, aunque aparentaba ser un amigo, se había unido a las filas de sus adversarios y de aquellos detractores que pretendían cuestionar y socavar su autoridad.
No es que George Molle fuera, ni mucho menos, un enemigo temible.
Era un oficial militar y un caballero que sabía cómo comportarse.
La oposición que le ofrecía era, a la vez, honorable y coherente, a diferencia de la de los insolentes, rapaces y arrogantes Bent.
Estos, que habían sido enviados a administrar la justicia, habían privado de sus tribunales de justicia a toda la colonia.
La mano del gobernador apretó la pluma. El mayor de los Bent, Ellis, había sido bastante razonable cuando asumió el cargo de juez defensor.
Ahora se decía que el pobre diablo estaba muy enfermo, con una hidropesía de pecho, por lo que no se lo podía juzgar con demasiada severidad.
Sin embargo, desde la llegada de su hermano menor, Jeffrey Hart Bent, había cambiado hasta volverse irreconocible.
Se había retractado de acuerdos, había roto promesas solemnes y había exigido, en nombre de su hermano, privilegios a los que no tenía derecho, a los que nunca lo había tenido.
Lachlan Macquarie dejó ir un suspiro, mezcla de rabia y frustración.
El tribunal era un ejemplo perfecto. El gobernador buscó entre sus papeles y extrajo un ejemplar del Gazette.
En él se describía en términos elogiosos el nuevo hospital de Sídney.
Hojeó el periódico con el ceño cada vez más fruncido: «…
pilares macizos, amplias verandas y ventanas colocadas a una distancia adecuada […
], en tan gallardas proporciones, que igual complacen el gusto que la ciencia…
». El editor incluso se había declarado incapaz de transmitir «una idea ajustada de las aposturas del lugar o de la solemne impresión que los sentidos reciben al entrar en tan majestuoso edificio».
Sin embargo, Jeffrey Bent se estaba negando a celebrar juicios allí, a pesar de que, al principio, había aceptado hacerlo.
Se quejaba de que la sala del tribunal se encontraba en los aposentos comunes de un hospital, entre suciedad y alimañas, en un estado de lo más vergonzoso.
Incontestable falsedad, ya que la parte del edificio destinada a su tribunal estaba separada de las salas hospitalarias y tenía su propia entrada; muy digna, por cierto.
Bent había insistido en que no solo debía tener un palacio de justicia construido al efecto, sino también una residencia para él, acorde con su cargo de juez del tribunal supremo.
Su hermano, reflexionó Macquarie con amargura, ya había costado al gobierno cerca de tres mil libras, tanto en metálico como en especie.
El dinero había sido destinado a la construcción de su residencia, la cual, se suponía, debía incluir una sala de vistas.
Para ello, el menor de los Bent había dispuesto una habitación de apenas cuatrocientos pies cuadrados.
El resto del dinero lo había destinado a construir una residencia palaciega para su esposa y sus cuatro hijos, acompañados de numerosos sirvientes.
Sin embargo, la verdadera manzana de la discordia había surgido con una obstinada afirmación de Jeffrey Bent.
El hombre seguía insistiendo en que no podía ni quería sentarse como juez en ningún tribunal donde ejercieran como abogados delincuentes exiliados.
En consecuencia, el tribunal supremo había permanecido cerrado durante los últimos diez meses.
Aparte, el tribunal del gobernador, que de manera corriente presidía el juez general, también había dejado de funcionar a raíz de un desacuerdo entre Ellis Bent y uno de los magistrados civiles.
El gobernador suspiró mientras, con la mano libre, rebuscaba en el abultado archivo la correspondencia relativa a estos cierres. Había una carta del magistrado William Broughton en la que expresaba, en términos precisos, su opinión sobre el asunto:
Las personas a las que se ha concedido un indulto real tienen el derecho indiscutible a que se les restituyan todos los derechos y privilegios que tienen en esta colonia los súbditos británicos libres. Privarlos del beneficio de sus profesiones sería dejar sin efecto el indulto…
Pero sus intentos de ordenar la reapertura de los tribunales no habían conseguido nada, salvo un torrente de cartas irrespetuosas y descorteses dirigidas a él mismo por los dos hermanos.
Macquarie volvió a suspirar. No tenía la menor duda de que habría otras cartas, dirigidas a lord Bathurst, en la Oficina Colonial, en que los Bent estarían defendiendo su propia postura y criticando con dureza al gobernador.
Tomó una carta al azar y la leyó con el ceño fruncido. Jeffrey Bent decía:
Puesto que es incompatible, dada mi dignidad e autonomía como juez, someterme a cualquier interferencia o investigación por parte del gobierno ejecutivo de esta colonia acerca de mi conducta judicial, declinaré entrar en cualquier discusión con Su Excelencia sobre este tema, a menos que se entienda que nos encontramos, el uno con respecto al otro, en términos de igualdad y autonomía.
En una nota anterior, Bent se había quejado con amargura de que el gobernador no hubiera tenido la cortesía de dirigirse a él por el título de «Honorable».
Macquarie frunció el ceño. Su propia respuesta había sido breve e inequívoca.
Había descrito a lord Bathurst la situación, con todo detalle, y le había solicitado que los dos Bent fueran destituidos y que se nombrara a otros en su lugar.
Era de esperar que pasaran nueve meses o incluso un año antes de que su petición fuera atendida.
Con el propósito de apurar las cosas, había ofrecido su propia dimisión en caso de que la Oficina Colonial no destituyera a ambos jueces.
No quería dimitir de su cargo de gobernador, y Bathurst lo sabía, sin duda, dado todo lo que tenía por delante para asegurar el futuro de la colonia.
Había que abrir las nuevas tierras a la colonización y construir iglesias, cuarteles y escuelas; y allí, en Sídney…
Impaciente, apartó de sí el archivador de cartas y cogió otro.
También este estaba abultado, pero era mucho más agradable, pues contenía los planos que el arquitecto convicto, Francis Greenway, había elaborado, a instancias suyas, para las mejoras que desde hacía tiempo deseaba introducir en la creciente ciudad.
Muchos de los edificios públicos se estaban deteriorando debido al uso de materiales de calidad inferior y a que habían sido construidos con poco oficio.
La propia Casa de Gobierno se estaba desmoronando, a pesar de los numerosos intentos de repararla y renovarla.
No había suministro de agua ni sistema de alcantarillado, y seguía sin haber un fuerte con el que defender el puerto.
Greenway había tomado nota de estas deficiencias y, si bien estaba dando prioridad al sistema de alcantarillado, también había presentado los planos de un cuartel para la guarnición, los de una nueva ciudadela, que encerraría el antiguo fuerte Phillip tras imponentes murallas, y los de un edificio almenado, inspirado en un castillo de Gloucestershire, el Thornbury, y que serviría de residencia al gobernador.
El edificio contendría un gran vestíbulo, una magnífica escalera y apartamentos domésticos adecuados.
La fachada mediría ciento ochenta pies de largo.
Situado en una loma de los terrenos gubernamentales, estaría orientado al norte y tendría una vista impresionante del puerto.
Al frente habría un cuadrilátero, en cuyo lado oeste se edificarían una biblioteca, un museo y una capilla virreinal.
Los apartamentos para el personal y las familias estarían situados un poco más allá, en dos cuadriláteros menores.
También tenía proyectos de barracones para albergar a mil presos, un tribunal con un pórtico de cuarenta pies de altura, una catedral y un malecón con andenes a lo largo del actual muelle del gobierno.
Habría trescientos pies de terreno edificable entre Dawes Point y la actual puerta de la Casa de Gobierno, donde se situarían oficinas, almacenes y otros edificios públicos.
Con consciente orgullo y placer, el gobernador estudió los dibujos de Greenway.
Intentaba visualizar el aspecto que tendría cada edificio una vez traducido a ladrillo y piedra, con sus agradables plazas arboladas y calles de ciento cincuenta pies de ancho intercaladas.
Lo hacía dudar el hecho de que el dinero para esas construcciones tenía que conseguirse de algún modo en la colonia, ya que la Oficina Colonial le había dejado muy claro que no podía esperar ninguna ayuda financiera del gobierno británico.