Los aventureros (Los australianos 9) Capítulo 8 #3
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Capítulo 8 #3

—Rob, ¿podrías decirle a tu tío, por favor, que puedo ofrecerle mi Flinders en alquiler si lo desea? Ya tiene dos tripulantes: el viejo Barnes y el muchacho Elder, pero tendría que contratar a un patrón.

Robert Campbell lo miró sorprendido.

— ¿ Piensas dejar el Flinders ? Por el amor de Dios, Justin, ¿estás loco? No me digas que vas a convertirte en un maldito ganadero en esa tierra que te han dado.

—No —le aseguró Justin—, pero se avecina algo más. Lo confirmaré, de un modo u otro, en un par de días. Por ahora, lo único que me interesa es averiguar si a tu tío le vendría bien el Flinders. Preferiría que lo tuviera él antes que el señor Lord o el señor Reiby, aunque…

—Estoy seguro de que aprovechará la oportunidad —dijo Campbell, convencido—. De hecho, si decides venderlo, estoy casi seguro de que te lo compraría.

Justin respondió sin vacilar y con la misma firme convicción: —No, pienso venderlo, Rob. Solo será un año de alquiler, o quizá dieciocho meses, si tu tío estuviera dispuesto.

Ya fuera de la oficina, y mientras caminaba desde el astillero hacia su propia casa, iba reflexionando en que una carrera en la Marina Real no estaba exenta de peligros.

Podía perder un barco, disgustar a un comandante o morir o resultar herido en una refriega.

Tendría que dejar a Jessica y a su hijo no nacido suficiente dinero para ir tirando.

En una subasta, el Flinders le daría varios cientos de libras: mil o mil doscientas, tal vez, pero…

Justin miró hacia atrás, por encima del hombro, hacia el fondeadero.

Su corazón se alegró, como siempre, al ver el balandro cabalgar el ligero oleaje.

Era como una graciosa ave marina que descansara por un momento, con sus alas de lona extendidas, secándose al cálido sol.

Por larga o corta que fuera su carrera naval, sabía que no debía vender el Flinders.

Si muriera al servicio del rey, el barco mantendría a Jessica, y eso era, al menos, un pensamiento reconfortante.

Las visitantes ya se habían marchado cuando llegó a su propia casa. Vivía en un edificio de ladrillo de una sola planta, pintado de blanco y con tejas, situado al pie de la ladera que conducía a Dawes Point, en una hilera de viviendas similares.

Jessica salió a su encuentro hasta la puerta del jardín.

Estaba tan radiante y encantadora como siempre, a pesar de lo avanzado de su embarazo.

Después de abrazarla, Justin la cogió de la mano y juntos caminaron por el pequeño y alegre jardín.

Había arbustos de flores autóctonas y rosas inglesas que ella cuidaba con infinito esmero.

—¿Te ha dicho Cookie quién ha venido a visitarme esta mañana junto con Kate Lamerton?

—preguntó, aunque siguió hablando entusiasmada, sin esperar la respuesta de Justin—.

La joven estadounidense con quien Rick Tempest se va a casar, la señorita Kate O’Malley.

Solo que todos la llaman Katie, para evitar confusiones con nuestra querida Kate Lamerton.

Rick Tempest le salvó la vida en el Atlántico Sur.

Justin escuchó de nuevo el relato del rescate, ahora un poco diferente de la breve y modesta versión de Rick.

—¿Te ha caído bien la señorita O’Malley? —preguntó, y enseguida recibió la respuesta esperada.

—Sí, claro —le aseguró Jessica—, y estoy segura de que a mi señora también le caerá bien.

—Siempre se refería así a la esposa del gobernador.

— La señorita O’Malley y la señora Dawson van a almorzar hoy en la Casa de Gobierno, y creo que también están invitados el capitán del barco de Rick Tempest, es decir, el señor Jeffrey, y su esposa.

—Pensativa, miró a su marido antes de añadir—: Me parece que la señorita O’Malley habría preferido que la invitaran otro día.

—¿Ah, sí? —Justin recordó que Rick no había hablado mucho.

De hecho, se había mostrado muy reservado y lo había invitado a sacar sus propias conclusiones sobre ellos.

Mantuvo un estudiado silencio mientras Jessica se afanaba en los preparativos de la comida en medio de su alegre cháchara.

Tendría que contarle, y bien lo sabía, la inesperada decisión de Sus Señorías de otorgarle el grado de teniente y nombrarlo sustituto de Rick en el Kangaroo.

Era muy probable que eso supusiera un cambio drástico en la, hasta entonces, estable vida de los dos.

Pero había tiempo suficiente, decidió. Aún tenía que presentarse ante el capitán Jeffrey y…

Observó a su esposa, notó la pesadez de su delgado cuerpo y la forzada lentitud de sus movimientos.

Suponía que la hora del parto estaba muy próxima.

Los cálculos podrían estar equivocados; el nacimiento podía llegar más tarde de lo que ninguno de los dos había previsto.

El temor, fundado o no, de tener que romper su promesa de quedarse con ella hasta que la pusieran en cama podía alterarla y herirla.

Jessica le puso delante una fuente de carne chisporroteante y anunció, con orgullo, que era un solomillo de cerdo hecho según una receta que le había pasado la señora Ovens, la cocinera del gobernador.

—Anteayer estuve en la Casa de Gobierno —le dijo—.

Fui a visitar al pequeño Lachlan. Tiene dieciséis meses y es el niño más inteligente de su edad, Justin, y Sus Excelencias lo adoran.

La señora Ovens dice que corren el riesgo de malcriarlo, pero no he visto ninguna señal de que eso esté ocurriendo.

Por supuesto, es hijo único, así que malcriarlo será toda una tentación.

Y se parece a su madre. Me costó no echarme a reír cuando vi al gobernador arrastrándose por la habitación del niño, con una alfombra sobre la cabeza, gruñendo y fingiendo ser un oso del Himalaya.

Con hambre, cuchillo y tenedor, Justin sonrió ante la imagen que evocaban esas palabras. En público, el gobernador Macquarie era la dignidad personificada. La idea de que se relajara de un modo tan gracioso en beneficio de su hijo de dieciséis meses le pareció conmovedora y divertida.

—Es probable que yo me comporte de una forma igual de absurda cuando nuestro hijo tenga edad para apreciar las payasadas de su padre —advirtió—. ¡Pero qué bueno está esto!, Jessica India. La señora Ovens no podría haberlo hecho mejor que tú, ¡te lo juro!

Jessica sonrió complacida por el cumplido.

—Ha sido caro —confesó—. El cerdo cuesta nueve peniques la libra, y el filete, diez peniques, pero quería darte la bienvenida a casa. Tú… —Dudó y sus mejillas se llenaron de rubor.— Justin, ¿te has propuesto que nuestro primogénito sea un varón?

—¡Oh, no, por Dios! —Apartó el plato y fue al otro lado de la mesa para cogerle las manos.— Mi dulce esposa, si es una niña, seré igual de feliz. Lo sabes, ¿no es así? Y habrá otros, ¿verdad? Tú misma has dicho que un hijo único puede volverse malcriado.

—Sí —asintió ella con gravedad.

—Bueno, entonces, no te preocupes, mi amor. Todo lo que quiero es que no sufras ningún daño y que nuestro hijo o hija crezca fuerte y saludable.

—Sí —asintió de nuevo Jessica, todavía seria—. ¿Estás pensando en el pequeño Dickon, el hijo de la señora Dawson?

—Tal vez —concedió él—. Ser sordomudo es una aflicción.

—Pero Dickon es feliz —le dijo ella—. Y todo el mundo lo quiere. Kate Lamerton me ha dicho que el tío Rick pasa cada minuto libre jugando con él. Me ha contado que hay una extraña afinidad entre ellos, como si se conocieran desde hace años.

—De todos modos, querida, preferiría que nuestro hijo no tuviera ninguna tribulación —dijo Justin con sobriedad—. Pero… pronto lo sabremos, ¿no?

—Antes, quizá, de lo que supones —Jessica le soltó las manos.

Se levantó con cierta torpeza y se puso a su lado—.

Toca aquí —lo invitó—. Está muy animado y, creo, impaciente por nacer.

Pero te quedarás hasta que nazca, ¿verdad?

Por favor, Justin, querido… ¿no volverás a sacar el Flinders hasta que yo haya dado a luz?

Justin sintió los fuertes movimientos de su hijo nonato y su resolución se endureció.

El capitán Jeffrey tendría que esperar hasta que quedara libre para entrar de nuevo al servicio del rey.

En conciencia, Sus Señorías habían tardado bastante en decidir que era digno del encargo, y su decisión le había resultado muy sorpresiva.

—Aquí estaré, cariño —prometió—. Mientras me necesites, aquí estaré.

Jessica se inclinó para besarlo y él la abrazó.