Los aventureros (Los australianos 9) Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

—Por la posibilidad de ello —enmendó Justin con cautela—. Podrías cambiar de opinión cuando veas la tierra, Rick. Y con una nueva y joven esposa… Ya te he dicho que el lugar está aislado, y…

—Pero no por mucho tiempo —argumentó Rick. Apuró su vaso, todavía sonriente—. Estoy seguro de que podremos pedirle a un abogado que redacte un contrato de sociedad para tu protección y la mía, y…

—En la colonia escasean los abogados cualificados —añadió Justin—, además de que hay un gran alboroto entre la fraternidad legal.

El señor Ellis Bent, como recordarás, llegó aquí con el gobernador y funge como juez general.

Su hermano, Jeffrey, llegó más tarde con el nombramiento de juez civil.

Ambos se niegan a sentarse con magistrados emancipados y a permitir que los abogados emancipados litiguen en sus tribunales, y eso incluye a George Crossley.

—Pero Crossley era asesor jurídico del gobernador Bligh, ¿no? —dijo Rick, desconcertado.

Justin asintió.

—Así es, y también del gobernador King. Ejerció durante doce años aquí y tiene fama de ser el mejor y más experimentado abogado de la colonia.

No pretendo entender todas las disputas legales, pero puedo decirte que, a causa de ello, Jeffrey Bent cerró el tribunal civil hace meses y no se ha vuelto a sentar desde entonces.

Los únicos abogados del gobierno son William Moore, que creo que es una especie de granuja, y un hombre llamado Garling, que acaba de llegar.

Los yanquis capturaron su barco, el Francis and Elizabeth, frente a Río justo antes de que terminara la guerra.

Así que… —Se encogió de hombros.— En toda la colonia, solo hay dos abogados civiles sin antecedentes penales.

No pueden hacer frente al trabajo de tres tribunales y solo Dios sabe cuántos litigantes.

—¿Cuántos hay con antecedentes penales? —preguntó Rick con curiosidad.

—Bueno, los dos que solicitaron licencia para ejercer y que fueron rechazados por los Bent.

También Edward Eager, que fue condenado por falsificación y todavía está de baja, y un tipo jovial llamado Chartres.

Este regenta una taberna a nombre de su mujer y tiene un historial un tanto desagradable.

—Justin negó con la cabeza ante la oferta de un tercer vaso de vino.

— No, gracias, Rick. Aún no ha salido el sol y tengo que volver a casa con mi mujer, que espera nuestro primogénito para dentro de una semana o dos.

Rick le dio la enhorabuena.

—¿Qué le parecerá a tu mujer que sirvas en la Marina Real, Justin?

Justin suspiró.

—La verdad es que no lo sé. Al menos, cuando navego por cuenta propia con el Flinders, soy libre de ir y venir cuando quiera, y Sídney es mi puerto base.

—Y lo mismo va a ocurrir con el balandro de guerra Kangaroo de Su Majestad , si el capitán Jeffrey tiene algo que decir —sugirió Rick con un dejo cáustico—.

Es posible que veas a tu esposa y a tu familia más como su primer teniente que como capitán del Flinders.

Los Jeffrey disfrutarán de la vida social y no tendrán la menor prisa por abandonar el puerto.

—Consultó su reloj de bolsillo.— Tengo que volver, Justin.

Mi venerado capitán está almorzando con el gobernador y esperará que lo reciba a bordo con la debida ceremonia.

También estará esperando que te presentes ante él. ¿Cuándo crees que lo harás?

—Podría ir a verlo hoy o mañana. Pero… —Justin frunció el ceño.

— Necesitaré una semana, más o menos, antes de presentarme para el servicio, Rick, y relevarte.

Tengo que hacer arreglos para este balandro y equiparme con un uniforme del rey.

Y está Jessica, mi esposa. Como te acabo de decir, dará a luz muy pronto.

Le he prometido quedarme con ella hasta el parto.

—Estoy seguro de que eso se podrá arreglar.

Con el barco en el puerto y reparaciones pendientes, el capitán Jeffrey será razonable.

Y, en cuanto a los uniformes, no necesitaré el mío cuando me convierta en colono, y somos de la misma talla, ¿no?

—Rick se levantó y le dio una palmada afectuosa en el hombro—.

Me gustaría tener nuestro acuerdo de sociedad redactado sin demora, si pudiéramos encontrar un abogado. ¿A quién sugieres?

Justin sonrió.

—George Crossley, por supuesto. Intentaré verlo en los próximos días. Pero quiero que vayas a Bathurst a inspeccionar mi concesión antes de que firmemos ningún acuerdo, Rick.

—¡No necesito hacerlo, por el amor de Dios! Tu palabra me basta, y Crossley podrá resolver los asuntos financieros.

—Sí, pero…

—Justin, tengo prisa por empezar. Quiero casarme.

No podré hacerlo hasta que tenga el futuro resuelto y una casa a la que llevar a Kate.

Escucha —suplicó Rick—. Encontrémonos en la oficina de Crossley lo antes posible y acordemos los términos de nuestra asociación.

Firmemos el acuerdo, dejémoslo sellado y luego iré hasta allí.

Podré empezar a mover cosas, ¿no? Quizá hasta pueda emprender la construcción de una casa.

Justin sonrió ante su impaciencia.

—Entiendo cómo te sientes, querido Rick, pero estos asuntos no pueden apresurarse y, créeme, para empezar a mover las cosas, como tú dices, tendremos que estar los dos; o bien, tú y mi hermano William, quizá.

Hay mucho material de construcción en la zona, siempre que estés dispuesto a empezar con una pequeña cabaña de madera.

Tendremos que reunir mano de obra de confianza.

Además de tu cabaña, habrá que construir almacenes de pienso, corrales, refugios para el ganado y vallas.

—Haces que parezca complicado —se quejó Rick.

—No es mi intención. Solo estoy siendo cauteloso —contraatacó Justin—.

Mira, concertaremos esa cita con el abogado Crossley esta semana.

Cuando el acuerdo esté preparado y firmado, viaja y examina el terreno con el joven Willie o, mejor aún, también con Tim Dawson.

Ellos te dirán lo que hay que hacer y te ayudarán a comprar ganado y a contratar la mano de obra adecuada.

En estos días, los trabajadores cualificados son tan difíciles de conseguir aquí como el asesoramiento jurídico.

Ahora bien, como te he mencionado, tengo un buen amigo en Bathurst, Dick Lewis, el capataz.

Él me prometió que me daría los mejores hombres disponibles. Willie también lo conoce.

A Rick le estaba costando trabajo mantener su impaciencia a raya.

—¿Dónde está Willie? —preguntó—, ¿qué debo hacer para hablar con él?

—Está en Ulva, en el río Nepean, de camino a la nueva carretera de Bathurst. Podrías pasar la noche allí antes de emprender el viaje —le dijo Justin.

—¿Podré?

—Por supuesto. Le diré que te espere. Y, Rick…

—¿Sí?

Justin habló en voz baja.

—Willie es solo un muchacho, pero es un granjero de primera clase. Lo que él no sepa sobre ovejas no vale la pena saberlo. Lo mejor que puedes hacer es seguir sus consejos. Él viajó conmigo a inspeccionar mis tierras. Puede decirte más que yo sobre su potencial.

—Voy a buscar su consejo, entonces —prometió Rick—. Bueno —extendió la mano—, volveré a mi nave. Nos veremos mañana, cuando vengas al Kangaroo a conocer al capitán Jeffrey. Estoy encantado con todo, Justin, de verdad.

—Lo mismo pienso, Rick.

Justin apretó la mano extendida. Cuando salieron del estrecho castillo de popa del Flinders , vio que Cookie Barnes venía remando desde el muelle de Campbell, aunque sin prisa, ya que la lancha del Kangaroo seguía amarrada a las cadenas de estribor del balandro.

Rick bajó al bote que lo esperaba con la destreza de una larga práctica.

Levantó apenas una mano en señal de despedida y ordenó a su proal que soltara amarras.

A su regreso, Cookie no hizo preguntas. Justin prefirió no decirle nada sobre su nueva condición hasta que se la confirmaran.

A menudo, del plato a la boca se pierde la sopa, pensó irónico, y pasaría mucho tiempo antes de que olvidara su humillante visita al Almirantazgo, acompañado del capitán Pasco, cuando le fue denegada su solicitud de una comisión.

Cierto: Rick acababa de asegurarle que Sus Señorías habían cedido y que su codiciada comisión estaba en manos del comandante del Kangaroo , pero…

Contuvo un suspiro. Por las cautelosas referencias de Rick, parecía bastante probable que el capitán Jeffrey no lo recibiera con los brazos abiertos.

—La señora Broome está bien —le dijo Cookie—. Cuando he llegado a su casa, tenía visitas: esa señora Lamerton y una joven muy bonita de nombre irlandés que no he entendido bien.

Justin recordó lo que Rick le había dicho y se aventuró a adivinar: —¿O’Malley? ¿La señorita Kate O’Malley?

—Sí —confirmó Cookie—. No me he dilatado, viendo que su esposa estaba ocupada con ellas, hablando y bebiendo té.

Pero ella está bien. Le he dicho que usted iría tan pronto como pudiera.

Y el señor Nicholls me ha dado un recibo por el correo.

—Lo sacó de su bolsillo.— ¿Va a desembarcar ahora, señor Broome?

Justin asintió.

—Elder puede venir conmigo y remaremos a la costa. Veré al señor Campbell y luego me iré a casa. Tú estás al mando, Cookie. Si el comisariado te pidiera llevar el grano a la bahía Cockle, avísame, por favor.

Cuando Justin entró en el almacén, el joven Robert Campbell estaba solo.

Adelantándose a la pregunta esperada, Campbell dijo: —Me temo que no hay noticias del Kelso , Justin.

Mi tío teme que haya que darlo por perdido en una declaración oficial.

El capitán Piper deberá informar al gobernador.

—Se encogió de hombros con desaliento.— Pero, al menos, el Kangaroo ha llegado a puerto, como sabrás, y el Emu debería volver de Hobart en una semana o así.

—Siguió hablando; Justin lo escuchaba en silencio, pensando una vez más en el Kelso , en Jasper y en Frances Spence. Y también en Lucy Cahill, por supuesto.