Los aventureros (Los australianos 9) Capítulo 8
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Capítulo 8

Justin condujo con pericia su balandra Flinders al fondeadero habitual, frente al muelle de Robert Campbell, en el lado oeste de la ensenada de Sídney.

Tenía que entregar un cargamento de grano del Hawkesbury, así como correo procedente de Newcastle y los asentamientos del río Hunter.

Decidió que Cookie Barnes, su tripulante, llevaría la correspondencia a la nueva oficina de correos de Sídney, en tanto que el grano podía esperar hasta que alguien del almacén del gobierno se mostrara dispuesto a recibirlo.

La nueva incorporación a su tripulación, un joven emancipado llamado Elder, se adelantó para ayudar a Cookie a arriar las velas de proa.

Justin expresó su beneplácito con una sonrisa.

El muchacho nunca había servido en la mar, pero se desenvolvía bien.

Mejor, por mucho, que Winyara, que prefería la tierra. Se llevó las manos a la boca.

—Cookie —dijo—, será mejor que esa lona se seque. Enséñale al joven Elder qué debe hacer.

Estaba ansioso por desembarcar. Quería asegurarse de que su esposa siguiera bien y con buen ánimo.

Jessica estaba embarazada de más de ocho meses y a él le preocupaba haberla dejado en un momento así.

Pero acababa de verla saludar alegre desde el jardín de su casita en el paseo marítimo.

Además, sabía que la amable Kate Lamerton, a quien había contratado como comadrona, la estaba vigilando de cerca.

Cookie Barnes se puso a su lado y, con su nudoso dedo índice, señaló en dirección a una balandra de guerra, en el lado opuesto del fondeadero.

—Ese barco es nuevo aquí. Debe de ser el Emu. Y el Kelso aún no ha aparecido.

—No —confirmó Justin con pesar. Pensaba en Frances Spence, a quien había conocido y querido desde que era un niño—.

No ha llegado. Le preguntaré al señor Campbell si se sabe algo de ella.

—Enfocó su catalejo hacia el buque de guerra y dejó escapar un grito de alegría—.

Ese no es el Emu, querido Cookie, es el Kangaroo, el barco de Rick Tempest, ¡alabado sea Dios!

¿Recuerdas al teniente Tempest, el hermano de la señora Abigail Dawson?

—Sí, claro que lo recuerdo, señor Broome. Estuvo aquí con el viejo Porpoise. Y también volvió a casa en ese barco, junto con el gobernador Bligh. —Cookie le dedicó una sonrisa de oreja a oreja.— ¿No me dijo hace un tiempo que vendría a establecerse?

—Puede que haya cambiado de opinión —respondió Justin, y bajó su telescopio—.

Espero que no. Será bueno tenerlo aquí, haga lo que haga.

Bueno, pongámonos en marcha, Cookie. Llévale la correspondencia a Isaac Nicholls y yo iré a ver al señor Campbell.

Luego iré a casa, por si Jessica me necesita.

——Empezó a dar instrucciones sobre el trigo, pero Cookie lo interrumpió.

—No creo que usted pueda ir a tierra por un tiempo, señor Broome.

Hay un bote saliendo del Kangaroo y parece que se dirige hacia aquí.

A bordo veo que viene un oficial. —A pesar de su edad, Cookie Barnes tenía ojos agudos.

Al enfocar su catalejo en la lancha que se acercaba, Justin vio que su tripulante tenía razón: había un oficial en la popa y se parecía mucho a Rick Tempest.

—¿Podrías…? —empezó a preguntar, pero Cookie, sonriente, se adelantó a su petición.

—Claro, puedo visitar a la señora Broome y decirle que usted se ha retrasado. De camino, pasaré a ver al señor Nicholls.

Cookie ya iba hacia el muelle cuando la lancha del Kangaroo se acercaba para alinearse en el andén. La tripulación naval remaba con elegancia, y Rick, más alto y ancho de lo que Justin recordaba, lo saludaba desde la popa.

Subió a bordo del Flinders y, ante el asombro de Justin, saludó con el bicornio en alto.

—Mis felicitaciones, teniente Broome. Y permíteme decirte que estoy encantado de verte.

—¡Y yo de verte a ti! Pero… —Justin miraba al recién llegado sin comprender.— ¿Qué es esto de felicitaciones y «teniente Broome», Rick? Sus Señorías me negaron una comisión, ya lo sabes. Ni siquiera el pobre Matt Flinders pudo persuadirlos de que reconsideraran mi solicitud.

—Tienes otros amigos en las altas esferas —le aseguró Rick, radiante—: el almirante Bligh, por un lado, y el capitán Pasco por otro.

Sus Señorías lo reconsideraron. Tu comisión, fechada hace seis meses, firmada y sellada, reposa en la caja fuerte de mi comandante, a bordo del Kangaroo.

Además, se te nombra primer teniente, en mi lugar. Mi segundo solo tiene rango interino.

—¡Santo cielo! —exclamó Justin, apenas capaz de creerlo—. No sé qué decir, Rick, de verdad que no.

—Brindemos por ello, de todos modos —sugirió Rick, y levantó una botella que había traído consigo. Justin, sin olvidar sus deberes de anfitrión, lo guio hasta su camarote. Mientras buscaba copas, su invitado recorrió el recinto, admirando los mamparos de teca y los brillantes herrajes de latón.

—Es una embarcación muy acogedora —dijo Rick con auténtico embeleso—. ¿La diseñaste y construiste tú mismo?

—La diseñé yo, pero para la construcción conté con la ayuda de la tripulación del Semarang , el barco de Su Majestad. Luego se me incendió por accidente y casi tuve que reconstruirlo.

—Has hecho un gran trabajo —dijo Rick. Con las copas al alcance, sirvió las bebidas—. ¿Por qué brindamos?

—¿Qué tal si brindamos por el futuro? —sugirió Justin—. Por el tuyo y el mío, si Dios quiere. —Bebieron como en un acto solemne. Justin preguntó—: ¿De verdad piensas dejar la marina y hacerte colono, Rick?

—Sí, por supuesto —afirmó Rick sin vacilar—.

En cuanto estés en disposición de relevarme.

—Sonrió.— También vengo con intenciones de casarme, Justin, con una joven encantadora que hemos rescatado del Atlántico Sur en este viaje.

Es estadounidense, se llama Kate O’Malley y ahora está viviendo en casa de los Spence, con mi hermana Abigail.

Quiero que la conozcas a la primera oportunidad.

—Será un placer —le aseguró Justin.

Escuchó con creciente asombro el relato de Rick sobre el hundimiento del barco estadounidense. Luego, con la conciencia de un marino de todo lo que el acto había supuesto, siguió el relato del hallazgo de la única superviviente del malogrado Providence.

—Al padre de Kate, que era el capitán, le dimos sepultura en la mar, envuelto en su bandera.

También honramos a otros cinco de la compañía de su barco —terminó Rick—.

A Kate, cuya supervivencia ha sido un milagro de Dios, la trajimos con nosotros, aunque no con toda la aquiescencia de mi capitán.

De haberse salido con la suya, él la habría abandonado en Ciudad del Cabo.

—¿Cómo es tu capitán? —preguntó Justin—. Aquí, entre nos, quiero decir.

—Bueno, no es el comandante que yo habría elegido, si Sus Señorías me hubieran consultado —respondió Rick con tono seco—.

Entre nos, me temo que servir a sus órdenes no será de tu agrado, amigo Justin.

Tiene a su mujer a bordo, y ella… —Extendió las manos en un gesto de pesar.

— La señora Jeffrey es hija de un distinguido almirante, un vicealmirante de los rojos, nada menos, en tanto que el capitán Jeffrey manda desde su camarote.

—¿Quieres decir que…?

—Tendrás que sacar tus propias conclusiones. No puedo decir nada más, salvo que estaré encantado de dejar todo eso. De hecho, espero tener el enorme placer de tomar a Kate O’Malley como esposa, establecerme y cultivar mi propia tierra. Y cuanto antes mejor.

—¿Has solicitado una concesión de tierras? —preguntó Justin.

Rick asintió mientras rellenaba las copas.

—Sí, aunque todavía no he registrado mi solicitud con el agrimensor del gobierno. Yarramundie se vendió, por supuesto, después de que mi pobre hermana Lucy… ¿Sabes que está desaparecida, junto con Jasper y Frances Spence?

—Sé que el Kelso está retrasado, pero Dios quiera que aún pueda llegar a puerto.

—Amén —respondió Rick con gravedad. Sus cejas se fruncieron en un gesto pensativo—. Abigail me ha contado que adquiriste unos ochocientos acres más allá de Bathurst y que estás buscando un socio. ¿Me tomarías en cuenta, Justin?

—Por supuesto que sí, y con mucho gusto.

—La respuesta de Justin fue entusiasta.— Es curioso, pero Willie, mi hermano menor, me había sugerido que me pusiera en contacto contigo.

Al principio le ofrecí que fuera mi socio, pero él está muy ocupado en Ulva, la granja de nuestra madre en el río Nepean.

—No soy granjero, Justin —le recordó Rick—.

Como tú, he estado toda mi vida en la mar.

Pero, con un buen capataz, estaría dispuesto a intentarlo.

Y tengo seiscientas libras en efectivo con las que puedo contribuir a los gastos de ganado, edificios y demás.

¿Supongo que aún no has trasladado ganado hasta allí?

—No, ni una cabeza —confesó Justin—. He estado impedido por falta de capital.

Hay una pequeña cabaña de corteza en el terreno y tengo a un chico nativo vigilando las cosas allí.

Además, me han prometido mano de obra del asentamiento de Bathurst, convictos de confianza.

No llevaría mucho tiempo construir una casa.

Una casa de madera, por supuesto, como la mayoría de las viviendas de Bathurst, siempre que haya alguien para supervisar el trabajo.

Pero, por ahora, el lugar está aislado, Rick, y seguirá estándolo hasta que el gobernador abra las tierras de esa zona a la colonización.

Él dice que tiene la intención de hacerlo, pero…

Supongo que deberías ir a verlo por tu propia cuenta antes de decidir asociarte conmigo.

Con el capital de que dispones, tendrías derecho a mil acres propios.

—Y podría tomarlos allí arriba, en la nueva zona, ¿no? —Rick alzó su copa, sonriendo—. Justin, eres un buen amigo y confío en ti por completo. Así que brindemos por nuestra futura asociación, ¿de acuerdo?