Capítulo 7 #4
—Quedé inmovilizado bajo mi desafortunada montura y me dieron por muerto —continuó con voz profunda y resonante—.
Le debo la vida a un joven soldado de las Tierras Altas, un hombre del Nonagésimo Segundo, creo, aunque no estoy seguro.
Y no quiso decirme cómo se llamaba. Eran dos, ambos de las Tierras Altas. Su compañero lo llamaba Murdo.
Siguió desarrollando la historia y cada detalle era demasiado familiar para su interlocutor.
—Cogió para mí el caballo de un coracero francés —concluyó De Lancey— y me puso en camino hacia el hospital de campaña. Yo quería seguirle la pista, pero… —extendió las manos en un gesto resignado— no tuve éxito.
Murdo apuró lo que quedaba de su brandy.
Envalentonado por eso y por las últimas palabras de su compañero, dijo con timidez: —Fui herido en el último ataque de la caballería francesa.
—Dudó, rebuscó en su memoria y, entonces, como si el alférez Dean estuviera a su lado, oyó de nuevo la voz entrecortada y dolorida—: Dos días antes me había incorporado desde Inglaterra, pero me confiaron el estandarte del regimiento.
Me hirieron entonces, y el alférez Leeke me relevó de…
Estaba diciendo esas palabras en voz alta, sin darse cuenta. Entonces levantó la vista y vio compasión en los ojos oscuros de De Lancey.
—Debió de haber muchos como usted, mi pobre y joven amigo —dijo en voz baja el oficial de los grises—. Recibir su bautismo de fuego en semejante batalla…, Dios todopoderoso, ¡qué experiencia! Pero llevó el estandarte del Quincuagésimo Segundo. Puede estar orgulloso.
—Sí, señor —balbuceó Murdo—. Yo… Yo soy… Yo… —Para su alivio, Lewis, el camarero, le tocó el brazo.
—Su comida, señor Dean. No puedo mantenerla caliente mucho más tiempo. Y es cordero fresco, señor, con patatas irlandesas y verduras. Sería una pena que se lo perdiera.
Agradecido, Murdo fue a sentarse a la larga mesa del comedor. La pura vista de la comida grasienta le dio asco, y aun así cogió el cuchillo y el tenedor y se obligó a comer.
Desde su silla, junto a la barra, el médico despertó de lo que parecía ser un sueño.
Hipó, levantó su copa y dijo con fingida solemnidad: —¡Santa Madre de Dios, así que tenemos a bordo dos héroes de Waterloo!
Caballeros, brindo por ustedes, pues no encuentro más que hacer.
¡Malditos sean los enemigos del rey, incluidos los despreciables rebeldes irlandeses de abajo!
George De Lancey dio la espalda a la figura desplomada, hizo caso omiso del brindis y salió cojeando. Dejó que la pesada puerta de teca, una reliquia de los tiempos del viejo barco como indianés, se cerrara tras él.
El doctor Shea volvió a su estupor y Murdo, que seguía luchando contra las náuseas, apartó el plato, negó con la cabeza ante el ofrecimiento del camarero de una ración de ciruelas frías, dejó tiempo suficiente para que De Lancey llegara a su camarote y salió del comedor.
Los acordes de lo que al principio le pareció un himno le llegaron desde la cubierta de los prisioneros. Luego, oyó con claridad las palabras y supo lo que eran.
Ahorcan a hombres y mujeres
por vestir de verde,
¡vestir de verde!
Y tenemos corazones, ah, tenemos corazones, muchachos, bien llenos de valor ¡para rescatar y poner en pie, una vez más, nuestro propio verde inmortal!
Cuando llegó a su camarote, encontró al sargento Holmes esperándolo en el pasillo. Estaba recostado contra el mamparo, muy cómodo. Se enderezó cuando Murdo se acercó, pero no se puso en guardia.
—Son malos convictos, señor —dijo con arrogancia—, pero he puesto dos centinelas en cada escotilla. Los irlandeses permanecerán encadenados y con grilletes toda la noche. —Antes de que Murdo pudiera alegar, añadió—: Por orden del capitán Barlow.
—No se supone que deban permanecer encadenados bajo cubierta —objetó Murdo. Consciente de una sensación de alivio sincero, pensó con cuánta facilidad él mismo podría estar haciendo ese viaje con grilletes, como los infelices irlandeses.
—Es algo que tienen que decidir el capitán y el médico del barco, señor Dean —señaló Holmes como si fuera de palo—.
Es su responsabilidad; la nuestra, señor, es vigilarlos y asegurarnos de que ninguno de estos cerdos cause problemas o intente escapar.
Y, si se lo permitimos, este grupo causará problemas.
Hay un asqueroso sacerdote papista allá abajo.
Él es quien los pone a cantar ese maldito himno rebelde.
Me gustaría decirle un par de cosas… ¡Pues que se jodan con su verde! Deberían haberlos ahorcado, digo yo.
Murdo lo miró con una antipatía que ni siquiera trató de ocultar. Tarde, el sargento se puso en guardia y saludó.
—Lo verá usted mismo, señor, cuando encuentre tiempo para hacer una inspección —dijo con mucho retintín—. Le doy las buenas noches, señor.
Y se alejó, dando la espalda como reproche. Resentido, Murdo lo siguió con la mirada. Pobres diablos, pensó; entre Barlow y Holmes y un médico de barco borracho, ese viaje no auguraba nada bueno para los rebeldes irlandeses.
Entró en su camarote. Esta vez se desvistió antes de subir a su litera, pero el sueño le era esquivo. Débiles, aunque en persistente desafío, los cantos continuaban en los sollados. Pasó un largo rato antes de que pudiera hacer oídos sordos.