Los aventureros (Los australianos 9) Capítulo 7 #3
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Capítulo 7 #3

Solo entonces Amelia Archer había aceptado la carta y confesado, de mala gana, que los padres de Michael Dean estaban en la India.

El padre era oficial de caballería de la Compañía de las Indias Orientales, en tanto que su tío, Sir John Maitland, era gobernador de alguna oscura isla azucarera de las Indias Occidentales.

Al parecer, el único pariente que el joven Dean tenía en Inglaterra era una vieja tía que vivía en Norfolk.

Por fin, caducada su licencia por enfermedad y con la sensación de que ya era seguro hacerlo, Murdo encontró los redaños para presentarse en el cuartel de su regimiento en Banbury.

Para su sorpresa, el ayudante del cuartel se mostró servicial cuando Murdo, inseguro del procedimiento exacto, le pidió consejo sobre la venta de su comisión.

Enterado de sus intenciones de ir a Nueva Gales del Sur, el amable hombre le sugirió que, en lugar de venderla, buscara un intercambio en el Cuadragésimo Sexto Regimiento, que en esos momentos estaba estacionado allí.

Le arregló todo el asunto con una rapidez digna de alabanza.

Murdo se echó hacia atrás y apoyó la cabeza en sus manos entrelazadas.

Así, había recibido órdenes de ponerse al mando de un grupo de reclutas del Cuadragésimo Sexto Regimiento de Infantería y de dirigirse a Sídney a bordo del transporte Conway, con la intención de que su grupo vigilara a los convictos que iban a ser embarcados en Cork.

Sus hombres también habían sido transferidos de otros regimientos que prestaban servicio en Irlanda.

Él y el sargento Holmes los habían recogido en Waterford y, la víspera, habían marchado juntos a Cork para embarcar en el transporte y…

Murdo ahogó un bostezo de cansancio. Con la excusa de que deseaba despedirse de unos parientes en la ciudad, había dejado el equipaje en su camarote y desembarcado para pasar unas últimas horas de libertad en un burdel de Cork.

La reprimenda del capitán había sido, tal vez, merecida, pensó, ya que los embriagadores encantos de una joven llamada Mollie O’Brien lo habían retenido más tiempo del que tenía intención de quedarse, pero…

¡Que ese maldito y malhablado hijo de puta se fuera al infierno!

Barlow no tenía ningún derecho a reñirlo delante de los reclutas y el sargento Holmes; ningún maldito derecho.

Como oficial comisionado del rey, se dijo Murdo, que había dejado de poner en duda su derecho al rango, dejaría bien claro que no aceptaría insolencias de nadie, y menos del capitán de un viejo barco como el Conway.

Era un pasajero con camarote privado, lo mismo que otras personas a las que aún no había visto.

Pero lo más probable era que se tratara de civiles.

Serían colonos; ni siquiera caballeros, sin duda.

No tenía nada que temer de esa gente. Después de un ruidoso bostezo, vencido por el cansancio, dejó caer sus pesados párpados.

Un camarero lo despertó después de lo que le parecieron solo unos minutos. Venía a decirle que la cena estaba siendo servida en el comedor.

—¿Desea algún licor para acompañar la comida, señor?

—preguntó el hombre—. Tengo una buena reserva de whisky, brandy, madeira y algunos vinos franceses.

Es habitual que los pasajeros pidan lo suyo al principio del viaje y que paguen por adelantado, señor, si le place.

Yo guardo las existencias etiquetadas con su nombre, señor Dean.

Murdo gruñó, se incorporó y se frotó los ojos.

Llegó a un acuerdo con el camarero después de notar, y desaprobar, la chaqueta blanca manchada y el aspecto desaliñado del tipo.

Pero era bastante servicial. Encontró para su pasajero una camisa limpia en la valija y, mientras Murdo se la ponía, se llevó la chaqueta escarlata a planchar.

Trajo agua de afeitar y toallas para que el pasajero pudiera ponerse presentable.

Cuando regresó con la chaqueta, le dijo:

—Solo hay otro caballero en el comedor, señor, un tal señor De Lancey. Por lo visto es abogado, aunque, por su aspecto, yo diría que ha estado en el ejército. Si mi juicio no falla, se trata de un oficial de caballería, un agradable gentilhombre.

Y sin duda, pensó Murdo, burlón, el caballero había puesto más dinero que él por su licor, puesto que se había ganado semejante loa.

Mientras se abotonaba la chaqueta, preguntó:

—¿Quién más acude al camarote?, ¿el capitán?

El mayordomo sacudió su canosa cabeza.

—Oh, no, señor. El capitán Barlow come en su propio camarote. Su ayudante, el señor Fry, y su segundo, el señor Lawrence, sí, y también el médico, el doctor Shea. Pero no lo verá mucho.

—¿Y por qué no?

—Ya lo averiguará, señor —respondió el camarero con una fina sonrisa—. Eee… Me llamo Lewis. Si desea algo, solo tiene que decírmelo. Y, ahora, señor, si está listo, vaya a la cubierta de popa; ahí está el camarote comedor. Le he guardado cena caliente.

Le indicó el camino. Murdo entró en el camarote de popa pisándole los talones.

El lugar estaba lleno de humo. Encontró la mesa desierta y a los cuatro ocupantes, sentados alrededor de la barra, en el otro extremo, con las pipas encendidas y las copas a la mano.

Un hombre delgado y calvo, vestido con un uniforme azul desteñido, levantó la vista con indiferencia.

Su rostro mostraba un rubor agitado. Devolvió a Murdo el saludo con voz arrastrada y sin calidez.

Cogió su copa y la apuró, sediento. Luego la empujó hacia el mostrador del bar para que se la rellenaran.

Más para sí mismo que a modo de presentación, declaró: —Barnabas Luther Shea, médico.

Los dos que estaban sentados a su lado, los oficiales del barco que Lewis había mencionado, Fry y Lawrence, sin duda, se levantaron casi al mismo tiempo.

—Llega un poco tarde, señor Dean —dijo el mayor, sonriente—.

Estaba descansando de su turno en tierra, ¿verdad?

—Le guiñó un ojo a su compañero, un gigante barbudo, y se excusó.

— A mí me toca la guardia y Charlie tiene que inspeccionar a sus convictos.

Pero no se preocupe, le han guardado su «medicina» y mañana podrá hacer su propia inspección.

Ah, y permítame presentarle a nuestro otro pasajero.

Este es el señor De Lancey, señor. Señor De Lancey, le presento al señor Dean, quien comanda nuestra escolta militar.

—Buenas noches, Dean —dijo De Lancey con absoluta cortesía—. Permítame ofrecerle una bebida. ¿Le apetece una copa de brandy de Cabo?

Murdo se lo quedó mirando con la mandíbula desencajada.

Por un momento, se quedó mudo, luchando contra las náuseas.

Había reconocido la voz al instante: la cara delgada, de huesos altos, y, segundos después, los ojos oscuros.

Un oficial de caballería, había sugerido el mayordomo.

Por supuesto, ese era aquel oficial de los grises que había quedado atrapado bajo su caballo después de la magnífica carga de su regimiento contra los cañones franceses en Waterloo.

Dios del cielo, ¡qué diabólica mala suerte encontrarse con ese hombre, de entre todos, cuando ya se creía a salvo!

De Lancey lo miraba con aire perplejo. Murdo, entonces, hizo un desesperado esfuerzo y recuperó la compostura antes de que el alto oficial de los grises pudiera interrogarlo.

—Gracias, señor —dijo con voz ronca—. Una co… copa de brandy me sentará muy bien.

De todos modos, la pregunta llegó:

—¿Nos conocemos? Hay algo en usted… Pero usted es alférez del Cuadragésimo Sexto, ¿no?

—Sí, señor —confirmó Murdo, y se relamió los labios. De repente, se le habían secado. El camarero le puso una copa abombada en la mano y él, agradecido, bebió. Con la esperanza de evitar más preguntas, dijo—: Hace poco fui trasladado del Quincuagésimo Segundo.

—¡Ah! ¿Entonces estuvo en Waterloo con su regimiento?

—continuó De Lancey. Tras recibir un asentimiento nervioso de Murdo, prosiguió—: Yo también, con la Caballería de la Brigada de la Unión.

Qué batalla tan bestial, ¿verdad? Y, como el propio duque admitió, lo más cercano a una huida que había visto en su vida.

Debo confesar que no esperaba que terminara con una victoria de nuestro lado.

Siguió hablando de aspectos de la batalla y de la espantosa carnicería que había seguido después. Murdo escuchaba, entumecido por la conmoción, sin atreverse a aportar nada, no fuera a traicionarse a sí mismo.