Los aventureros (Los australianos 9) Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

El ejército aliado, dirigido por el duque de Wellington, había perseguido al vencido Bonaparte hasta París, hasta conseguir su humillación final con la rendición, su segunda abdicación y su exilio.

Para aquel ejército y para su propio regimiento solo quedaban la tarea de la ocupación y las guarniciones.

George no se había arrepentido de haber vendido su cargo para convertirse de nuevo en civil.

Había sido Magdalen quien lo había instado a dirigirse a la Oficina Colonial a solicitar una entrevista con el subsecretario, Henry Goulburn, y discutir con él las perspectivas de empleo en Australia en su capacidad profesional.

—Nunca olvidaré, George —le había dicho ella una docena de veces—, lo ansioso que estaba mi querido William por ir allí.

Incluso cuando se estaba muriendo hablaba de cómo ambos convertiríais vuestras espadas en arados y encontraríais la paz y la abundancia en las nuevas tierras, más allá de la barrera montañosa.

Para mí esas fueron casi sus últimas palabras.

Por su bien, debes ir, aunque ni él ni yo podamos acompañarte.

De manera que…, George suspiró resignado, estaba a bordo de ese sucio y mal tripulado transporte de convictos con su cargamento de rebeldes irlandeses encadenados.

Tenía por delante un viaje de cuatro o cinco meses al otro lado del mundo, en medio de esa gente, después de haber dejado atrás todo lo que había querido durante su niñez y su vida adulta.

Incluso Katie O’Malley estaba perdida para él, reflexionó con pesar.

Desde la batalla de Waterloo, le había escrito dos veces, pero no había recibido respuesta.

No era que esperara una, pues él no le había prometido nada.

En todo caso, le había dado esperanzas de regresar a Boston cuando terminara la guerra.

Solo que no había intentado regresar. Peor aún, durante la campaña en la península Ibérica, no le había escrito aposta.

Estaba envuelto en una guerra y la mayor parte del tiempo temía no salir vivo de ahí.

Además, Katie era una chica encantadora y atractiva.

Habría tenido pretendientes en abundancia y, casi con seguridad, se habría casado con cualquiera de ellos hacía mucho tiempo.

En todo caso, le habría resultado difícil, si no imposible, regresar a los Estados Unidos.

Desde el punto de vista de los estadounidenses, su deserción y el haberse pasado al bando británico durante la guerra habrían convertido su traición en algo más grave de lo que habían hecho estos desgraciados irlandeses a ojos de los magistrados británicos que los habían condenado al exilio en la colonia penal de Nueva Gales del Sur.

Inquieto, George cruzó la cubierta a tiempo para ver cómo bajaban los últimos convictos encadenados.

El bote que los había traído ya se estaba alejando con los carceleros de vuelta a la orilla.

Por su parte, la chalupa del Conway , su solitario pasajero y los barriles de madera llenos de poitín, se estaban poniendo a un costado del barco.

George vio que la tripulación, agradecida, guardaba los remos a bordo.

Un bramido del capitán Barlow llamó a la guardia para advertirlos de que tuvieran cuidado al izar la chalupa.

El proal de la embarcación se enganchó a las cadenas del centro del barco al tiempo en que el comandante de la guardia militar, de uniforme escarlata, subía con torpeza el último peldaño de la escalerilla.

Estaba a medio camino de la entrada cuando Barlow le soltó una retahíla de juramentos a modo de reprimenda por su tardanza.

El alférez levantó la cabeza para replicar en voz baja unas palabras que George no captó.

Luego cruzó la puerta de entrada y desapareció de la vista.

Una hora más tarde o poco más, el Conway levó anclas. Con las percudidas velas de proa y gavias desplegadas, empezó a dar fatigosas cabeceadas bajo una fuerte brisa del sureste. Se alejaba de la ensenada de Cork para dirigirse a mar abierto.

Desde los oscuros confines de los sollados, por encima del crujido de las viejas maderas, se elevaban los gritos desgarradores de cerca de doscientos irlandeses. Lloraban su partida forzada de una patria que pocos de ellos o ninguno volverían a ver jamás.

*

Murdo se sentía frustrado y furioso cuando llegó al santuario de su camarote. Se desabrochó la espada que le había dificultado el ascenso por la escala real y se desplomó sobre su litera.

La indecorosa reprimenda del capitán, gritada a pleno pulmón, había sido un intento por humillarlo delante de sus hombres.

Vista la insolente mueca con que el sargento Holmes lo había saludado, constató que el capitán había logrado su cometido.

Holmes era el tipo de viejo soldado que detestaba: duro e intransigente con los que estaban por debajo de él, y, a la menor oportunidad, dispuesto a poner en desventaja a sus superiores.

Y el cielo sabía, le decían a Murdo sus brumosos pensamientos, que le estaba resultando muy difícil suplantar con éxito al alférez Dean como para resistir también las provocaciones de Holmes. Rayanas en la insubordinación, esas incitaciones se quedaban cortas por poco.

La suerte lo había acompañado al principio, no podía negarlo.

Su estancia en casa del civil belga, después de la batalla de Waterloo, había sido providencial.

Lo habían aceptado por lo que parecía ser y no le habían hecho preguntas incómodas.

Después de tres semanas de ser mimado y tratado como un héroe por un viejo médico belga y su personal, había ganado confianza en el desempeño de su nuevo papel.

Incluso el regreso a Inglaterra no había supuesto ningún problema.

La pericia del viejo médico le había salvado el brazo, pero, para efectos oficiales, ahora era un inválido.

Tuvo que viajar con otros supervivientes de la batalla: oficiales y hombres de una docena de regimientos diferentes, casi todos con licencia por enfermedad, ya que sus regimientos seguían a las fuerzas aliadas en Francia.

Lo primero que hizo fue comprar ropa de paisano y, a lomos de un caballo alquilado, hacer el corto trayecto hasta Buck’s Oak.

Nick había cumplido su palabra: el casero del Alton Arms no le puso reparos cuando le pidió el oro que guardaba para Murdo Maclaine.

Eran ochenta y cinco soberanos, luego de una deducción de diez por los servicios.

Lo único que Murdo tuvo que hacer fue firmar un recibo.

En vista de su participación en aquella gloriosa batalla que había visto la derrota del odiado Napo, había recibido del casero tragos gratis y la mejor habitación.

Además, había recibido la noticia de que Nick seguía en el norte, si bien su regreso a los viejos lugares se esperaba para muy pronto.

Murdo cavilaba en lo cerca que había estado de quedarse y reunirse de nuevo con Nick, pero…

Había dudas sobre cuándo regresaría, además de que subsistía aquel temor que Nick le había inculcado en el sentido de que permanecer en el país podría llevar a que lo reconocieran.

Un alguacil que merodeara por ahí, algún celador de la prisión de Winchester o incluso una de las muchas víctimas de la banda podría llegar a sospechar.

Además, contaba con la comisión del alférez Dean.

Podía venderla por el triple o el cuádruple del botín que acababa de rescatar.

Eso, sumado al dinero que se había llevado del campo de batalla de Waterloo, lo convertiría en un hombre rico, libre para hacer lo que quisiera.

Quizás incluso para ir a Nueva Gales del Sur como colono, en vez de quedarse en Inglaterra con la imperecedera amenaza de ser reconocido.

Aquella idea había persistido. De hecho, Murdo había ido a Londres con la intención de ponerla en práctica.

Aparte, le remordía la conciencia el caso del pobre y difunto Michael Dean, pues debía cumplir la promesa que le había hecho y entregar la carta a la señorita Amelia Archer en el teatro Haymarket.

La carta era inocua. Había tomado la precaución de leerla mientras aún convalecía en Bruselas.

El joven Dean, pobre, no esperaba morir.

Solo había puesto en el papel su amor por la preciosa Amelia y la ilusión de que ella lo esperara, de que le fuera fiel hasta que él pudiera regresar para reclamarla como suya.

Mencionaba la probabilidad de que su tío pusiera objeciones al matrimonio, pero la carta terminaba con una promesa desafiante: nada, «ni siquiera el tío John Maitland», se interpondría en su camino.

No había ninguna otra pista sobre la identidad ni la dirección del tío.

Eso tenía a Murdo un poco preocupado, inseguro de si la noticia de la venta de la comisión de Dean podría llegar de algún modo a sus oídos.

Pero había entregado la carta, y Amelia Archer le había parecido tan hermosa como la había imaginado al ardor de las declaraciones de su amante.

Y también había sufrido una desilusión: lejos de serle fiel a Michael, la joven actriz había tomado otro amante.

La sonrisa de Murdo era más lúgubre que festiva.

Con el suplantador de Dean en el camerino, Amelia había negado conocer a un Michael Dean.

Aseguró que la carta debía estar destinada a otra persona y se negó a aceptarla.

El nuevo amante de la actriz, un boxeador joven y de complexión fuerte, se había mostrado aún menos accesible. Murdo recordó que, sin perder la sonrisa, había necesitado varios de los trucos de Nick para dejarlo tirado, boca arriba, en un callejón de la parte trasera del teatro.