Capítulo 7
De pie en la cubierta del transporte Conway, George De Lancey observaba de mal humor la llegada del primer barco cargado de convictos.
Todos procedían de la cárcel de Cork, venían bien encadenados y mostraban la misma expresión de hosco desafío cuando, incitados con no demasiada amabilidad por los guardias que los acompañaban, recorrían con pasos torpes la escala real hasta desaparecer en las entrañas del buque.
El capitán del Conway , hombre corpulento de rostro enrojecido, se detuvo a su lado y observó con desprecio: —Sus compañeros de viaje, señor De Lancey…
¡Traidores despreciables y rebeldes irlandeses!
Según me advirtió anoche el carcelero jefe, es un grupo de hombres turbulentos, desesperados y peligrosos a los que hay que tratar con sumo cuidado.
—¿Y es así, Capitán Barlow? —George se volvió.
Su tono era frío. El capitán le había caído muy mal desde que embarcó en Portsmouth.
En su ansiedad por abandonar Inglaterra, había tomado pasaje en el primer barco disponible, en vez de aguardar hasta poder elegir con más cuidado.
Ahora se arrepentía de haber sido tan impaciente.
El Conway era bastante grande, y el alojamiento para los pasajeros, espacioso; pero estaba sucio y maltrecho.
Sus oficiales, desde el capitán hacia abajo, era gente malhablada y grosera; la tripulación, hosca e indisciplinada.
George ya había decidido que eran desperdicios de los muelles, gente desechada y dejada en tierra por otros barcos.
Frunció el ceño con la esperanza de desalentar las confesiones del capitán, pero Barlow hizo caso omiso de las señales de advertencia.
—Ciento setenta y dos convictos varones —continuó—, peligrosos como pocos, ¿y cuántos malditos soldados me han dado para vigilar esta escoria?
Veinticinco, nada más, y un joven alférez que ha hecho esperar mi lancha más de una hora ¡porque no está listo para subir a bordo!
Le pregunto, señor De Lancey, ¿es esta forma de tratar al capitán de un barco?
—Supongo que habrá experimentado tratos similares en sus otros viajes —sugirió George con un tono todavía frío. Empezó a alejarse, pero el capitán lo siguió.
—Nunca he hecho un viaje con convictos a la bahía Botany —admitió con desgana—.
Lo más cerca que he estado de este tipo de cosas fue cuando era primer oficial del M ercury, hace diez años.
Iba de Costa de Marfil a las Indias Occidentales, pero llevaba marfil negro.
Esclavos, señor De Lancey —añadió con una mirada de soslayo, puesto que George no había dicho nada—.
Pero no nos daban problemas. A cualquiera que lo intentara lo echábamos por la borda, ¿lo ve?
Nadie nos hacía preguntas; nos pagaban por los que entregábamos sanos.
—Se interrumpió para gruñir una orden al tercer oficial, un joven desaliñado con el pelo largo y revuelto, cuya desteñida gorra de visera estaba ladeada de un modo extraño.
El joven lo miró boquiabierto. Luego, con un apagado «Sí, sí, señor», caminó sin ninguna prisa, tambaleándose, hacia la escala real de proa.
—¡Muévase, señor! —gritó el capitán—. ¡Quiero que las cadenas de la cubierta de los presos estén puestas de inmediato!; y los grilletes ya pasados a través de ellas, ¿entendido?
George no había oído la orden inicial, pero no tenía ninguna duda de las implicaciones de la segunda. Se abalanzó sobre Barlow con furioso disgusto.
—¡Por el amor de Dios, hombre, este no es un transporte de esclavos! Son hombres blancos. No pretenderá mantenerlos encadenados bajo cubierta, ¿o sí?
—Son unos malditos rebeldes irlandeses, como le he dicho —se defendió el patrón del C onway— .
Y lo que pretendo es no darles la oportunidad de organizar un motín.
Los dejaré salir si se portan bien, señor De Lancey, no se preocupe.
¡Eh! —señaló un bote de remos que se dirigía hacia ellos desde el muelle—, ¡su alteza el alférez Dean ha decidido unirse a nosotros por fin!
George vio que una figura solitaria, con chaqueta escarlata, iba sentada en la popa. La lancha que, en realidad, era la chalupa del capitán, navegaba baja en el agua. Era evidente que venía muy cargada. Los perezoso esfuerzos de los remeros la movían con mucha lentitud.
—Whisky irlandés —dijo Barlow con una sonrisa burlona— o lo que estos llaman poit í n.
Supongo que podré sacarle un pequeño beneficio cuando lo descarguemos en la bahía Botany.
Dicen que los habitantes de la colonia piden licor a gritos y que son capaces de vender sus almas por él.
—Se sonrojó ante la mirada desdeñosa de George y añadió—: ¡Maldita sea, señor De Lancey, no todos somos abogados, jueces y héroes de Waterloo como usted, con nombramientos del gobierno y concesiones de tierras esperándonos!
Tengo que lograr algún beneficio en este viaje o los dueños querrán saber por qué no lo he hecho.
Llevar provisiones del gobierno a cinco libras la tonelada no genera ningún beneficio, y ¿cuán lejos cree que nos llevarían dieciocho libras por convicto, cuando esta escoria se arrancaría la cabeza a mordiscos si le diéramos media oportunidad?
Encogió sus corpulentos hombros y, para alivio de George, se acercó cachazudo a la barandilla, desde donde podía observar la chalupa que se acercaba. Con el megáfono en los labios, se puso a gritar instrucciones al timonel.
Por no seguir en contacto con el capitán, George cojeó hasta la barandilla. Entonces, de espaldas a la actividad que se desarrollaba bajo la plancha de embarque, se puso a contemplar la fría y gris extensión de la ensenada de Cork hasta los apiñados tejados de la ciudad.
Qué bien, reflexionó irónico, que el capitán Barlow envidiara de modo tan incuestionable sus perspectivas en la colonia de Nueva Gales del Sur.
Sobre el papel, sin duda, parecían bastante esplendentes.
La Oficina Colonial había acogido con agrado su solicitud, había accedido a sufragar los gastos de su pasaje y le había concedido una licencia para ejercer la abogacía en todo el territorio que llevaría el nombre oficial de Australia.
A discreción del gobernador, podría ser nombrado juez del tribunal supremo de la colonia, en caso de que se requirieran sus servicios.
Como alternativa, podría dedicarse a la práctica privada de la abogacía, cosa que, a petición suya, ya había sido acordada.
En cualquier caso, se le asignarían hasta mil acres de tierra libres de alquiler, cuya ubicación estaría sujeta a un acuerdo con el agrimensor oficial y a la aprobación del gobernador.
Mucho dependería del criterio del gobernador, pensó George, y el general Lachlan Macquarie se presentaba ante él como una incógnita.
Según había oído, era muy apreciado por los que lo conocían, pero, como había servido tanto tiempo en la India y en el Estado Mayor, solo uno de los oficiales con quienes George se había entrevistado aseveraba haberlo conocido bien.
Y le había dicho: «Lachlan Macquarie es un escocés íntegro, de altos principios, dotado de gran habilidad administrativa y muy religioso.
Pero… es un escocés de las Tierras Altas.
Hará un uso paternal de su poder, como lo hace cualquier caudillo de las Tierras Altas, sin tolerar ninguna oposición.
Los que no entiendan esto lo considerarán un autócrata, así que ¡ay de ti si te enfrentas a él, George!
George frunció el ceño. Había recibido otras advertencias por parte de abogados de Lincoln’s Inn y de la Chancery Bar, estas sobre los hermanos Bent.
Ellis Bent había partido con el gobernador, cinco años antes, y era juez de la colonia.
Su hermano menor, Jeffrey Hart Bent, también de Lincoln’s Inn, lo había seguido con un nombramiento de primer juez civil de Australia.
Ambos habían enviado numerosas cartas de queja contra el general Macquarie.
Jeffrey Bent, según había revelado un viejo juez, tenía que sentarse en el tribunal con antiguos convictos: hombres que habían sido indultados por gobernadores anteriores. Al negarse a hacerlo, había provocado toda la ira del autocrático Macquarie.
—La residencia que la Oficina Colonial le prometió al pobre hombre no le ha sido asignada.
En una carta reciente, me dice que se ha visto obligado a mudarse a la casa que ocupan Ellis y su familia.
Y su sala de audiencias, que tiene la designación oficial de Tribunal Supremo de Nueva Gales del Sur, estará dentro del Hospital de Sídney ¡cuando lo terminen de construir!
Me temo que podría arrepentirse de su decisión de ir allí, señor De Lancey. Mucho me temo que sí.
George estaba empezando a sentir un temor similar, pero ya era demasiado tarde para dar marcha atrás.
Qué diferente habría sido todo si William estuviera vivo y pudieran viajar juntos, acompañados de la encantadora Magdalen.
Como soldado distinguido, William habría quedado bajo la protección del gobernador Macquarie, y Magdalen…
¿Quién no podría amar y respetar a Magdalen De Lancey, la adorada esposa de William y ahora, por desgracia, su afligida viuda?
Después del funeral, el propio duque le había dado permiso para escoltar a la desconsolada muchacha de vuelta a Escocia, recordó George.
Sus propias heridas apenas habían cicatrizado y, de hecho, aún le causaban considerables molestias.
Y Magdalen, a pesar de la abrumadora pérdida que la embargaba, le había insistido en que permaneciera en Dunglass, en el opulento castillo de su padre, hasta recuperar fuerzas.
Y lo había cuidado con la misma devoción con la que, en la choza de campesinos con suelo de barro de Waterloo, había cuidado al pobre William.
Se negaba a que los sirvientes de su padre la relevaran incluso de las tareas más humildes.