Capítulo 6 #4
—Tendremos que llamarla Katie —dijo Abigail—, para distinguirla de nuestra otra Kate. No le importará, ¿verdad?
—Su padre la llamaba Katie, ella me lo dijo.
Estoy seguro de que no le importará. —Rick miró hacia la ventana, bañada por el cálido resplandor rojo de la puesta de sol—.
Debo volver al barco, Abby, pero traeré a Kate…
Katie a tierra a mediodía, si te parece bien.
No tiene equipaje; todo lo que poseía se hundió con el barco de su padre.
La señora Jeffrey le ha prestado algunas prendas, pero querrá que se las devuelva, así que tal vez puedas ayudarla a reponer su guardarropa cuando tengas tiempo.
Abigail dejó su taza y se levantó.
—Con mucho gusto, Rick. Julia también puede ayudar.
Tiene un gusto impecable y hay una profusión de material de vestir en las tiendas de los comerciantes.
Sedas de la India y de la China, muselinas de Inglaterra y telas de lana bastante buenas de aquí, de la fábrica de mujeres, aunque los colores son algo sosos.
Y… —Su expresión cambió.— Ay, Dios, iba a decir que nuestra querida Frances se los haría, pero acabo de recordar que…
¡Rick, rezo para que el Kelso regrese sano y salvo!
—Amén —dijo Rick con gravedad. Tomó el brazo de su hermana y caminaron juntos hacia el vestíbulo. Al llegar a la puerta, Abigail levantó la mejilla para que su hermano le diera un beso.
—Hay tantas cosas que no te he contado —se disculpó—.
Cosas sobre las que debería haberte advertido: las rencillas, desacuerdos, riñas indecorosas que parecen formar parte ineludible de la vida actual de esta colonia.
Me temo que la política del gobernador de ayudar a los emancipados a restablecerse es la causa de todo.
La boca de Rick se tensó.
—Eso he deducido en las pocas horas que he pasado en tierra —dijo con determinación—. Pero tú eres partidaria del gobernador, ¿no es así?
—El gobernador Macquarie es un caballero cristiano —respondió Abigail sin vacilar— y el mejor gobernador que ha tenido esta colonia.
Tim y yo lo apoyamos sin reservas. Admito que solía tener dudas sobre la liberalidad con la que él y la señora Macquarie recibían a ciertos emancipados en la Casa de Gobierno, pero luego empecé a darme cuenta de que los que él recibe allí son gente buena y, desde el punto de vista social, tan aceptable como los llamados «excluyentes».
Y luego está Frances… Ella es una emancipada, después de todo, ¿no?
¡La quiero, Rick! Y ahí también teníamos a la pobre Jenny Hawley, la madre de Justin.
Tim estaba inconsolable cuando se enteró de su muerte.
—¿Jenny Hawley ha muerto? —Rick preguntó estupefacto.
—Sí, murió a principios de este año, en Bathurst, cuando fue a ver los nuevos campos. Justin tiene una concesión allí y…
—¿Tiene una?, ¡por Dios!, me acabas de decir que esos campos aún no están abiertos a nuevos asentamientos.
—Justin estaba con el grupo que encontró un camino a través de las montañas Azules —dijo Abigail—. Además, ayudó en la construcción de la carretera y en la topografía. El gobernador le concedió ochocientos acres en el río Macquarie. Según Tim, son tierras de pastoreo excepcionales.
Rick frunció los labios en un silbido silencioso.
—¿Me estás diciendo que Justin se ha hecho granjero?
Abigail negó sonriendo.
—No, todavía tiene ese pequeño velero que construyó, el Flinders.
Y, si estás preocupado por tu relevo, Rick, debería estar de vuelta aquí bastante pronto.
Hace diez días se llevó a Tim a Upwey. En cuanto a sus tierras, creo que está buscando un administrador o un socio que las gestione por él.
—Se puso de puntillas para volver a besar a Rick.
— Te estoy retrasando con mi cháchara. Habrá tiempo para hablar, ¿no?
Todo el tiempo del mundo. Au revoir, Rick querido, y espero conocer a la señorita O’Malley mañana por la mañana.
Rick le dio las gracias y se despidió.
En el jardín, el pequeño Dickon jugaba solo, tranquilo y, por lo visto, absorto. Ni siquiera levantó la vista. Sin embargo, las dos chicas, que se divertían lanzándose un volante de plumas blancas, abandonaron el juego y vinieron corriendo por el bien cuidado césped delantero para reunirse con él.
—¿Vuelves a tu barco? —quiso saber Julia.
—De momento, sí —confirmó Rick—, pero mañana traeré aquí a la señorita O’Malley.
Dorothea entrelazó sus pequeñas y regordetas manos con deleite, pero Julia, ofensiva con toda intención, dijo: —Qué incómodo que se llame Kate.
Supón que llamo a Kate Lamerton para que me sirva el té o me cepille el pelo: ¿supondrá tu Kate que la estoy llamando a ella?
¿Cómo tendré que dirigirme a ella, Rick, para evitar confusiones?
—Como señorita O’Malley —respondió Rick con frialdad—. Y te agradeceré que cuides tus modales en su presencia, Julia. Además, por si acaso —añadió—, te dirigirás a mí como tío Richard hasta que te dé permiso de otra cosa.
Saludó con la mano a Dickon y Dorothea, dejó a Julia un tanto desanimada y partió hacia el embarcadero y la lancha que lo esperaba.