Capítulo 6 #2
«Si la Oficina Colonial Británica no rechazara tan grandiosos planes a causa de su coste», pensó Rick con ironía, aunque no hizo ningún intento de interrumpir.
El secretario del gobernador siguió hablando.
Rick se enteró de que se había previsto la construcción de un banco, ampliaciones y reparaciones de la Casa de Gobierno, un fuerte para la defensa del puerto Jackson, nuevas iglesias, un mercado cubierto en el lado oeste de la cala de Sídney y otro en la bahía Cockle para los productos agrícolas del Hawkesbury.
Incluso se edificaría un faro de piedra en South Head…
Consiguió despedirse al fin, si bien con la curiosidad avivada por el entusiasmo del secretario Campbell. Mientras caminaba hacia la calle Pitt, iba mirando a su alrededor en busca de pruebas de los cambios que ya se habían producido.
Estaban por todas partes, en las casas pulcras y pintadas de blanco, la mayoría construidas ahora de ladrillo, los jardines vallados y las calles anchas y bien asfaltadas, desprovistas del ganado que antaño las recorría a su antojo.
En los jardines, delante de las residencias, crecían flores y vistosos arbustos, mientras que los huertos habían quedado relegados a la parte trasera.
Cada casa estaba numerada y cada calle tenía su nombre en un tablón de madera.
También había casas más grandes; de dos plantas, muchas de ellas, y construidas con ladrillo o piedra de la zona.
Eran cada vez más numerosas a medida que se acercaba al arroyo Tank, en la calle Bridge.
Al girar a la izquierda, hacia el barrio residencial más lujoso de la ciudad, reconoció la imponente vivienda de Simeon Lord, aunque ya no destacaba entre sus vecinos, como antaño, pues muchas la igualaban ya en dimensiones.
Vio por el camino gente sobria y ordenada, tal como se lo había anticipado el secretario Campbell. Aparte de los que vestían como presidiarios, era imposible diferenciar por su vestimenta a los convictos de los libres, todos dedicados a sus actividades y negocios legales.
Mientras bordeaba el arroyo Tank, pudo ver el aserradero y los talleres del gobierno, al otro lado.
Había, como siempre, un hervidero de actividad.
Cruzó Hunter y, después de acelerar el paso, dobló en Pitt.
Reconoció la agradable casa de ladrillo rojo donde se había alojado William Bligh durante su breve regreso a la colonia.
En el exterior del búngalo contiguo notó la presencia de un centinela de rojo.
Estaba haciendo guardia, lo que indicaba que se trataba de una residencia oficial; tal vez la del teniente gobernador.
Luego, al girar por un camino bordeado de flores, se encontró en terreno conocido.
Se estaba acercando a la gran casa, su segundo hogar cuando era un joven guardiamarina.
Había sido construida unos ocho o nueve años antes por el señor Jasper Spence, un rico comerciante procedente de la India.
Rick recordaba con cariño la cálida acogida que siempre le habían dispensado el propietario y su segunda esposa, la emancipada irlandesa Frances O’Riordan.
Recordaba el té en el espacioso césped, desde donde se podía contemplar el puerto, y las voces de los niños, que resonaban por todos lados.
Frances Spence, aunque no tenía hijos propios, había sido madre de los hijos de innumerables personas.
De hecho, había ayudado en el desarrollo de las dos hermanas de Rick, Abigail y Lucy.
Ese día, sin embargo, la casa estaba envuelta en un silencio melancólico.
No llegaban al césped exterior los gritos encendidos.
Rick hizo un alto y miró a su alrededor.
Al no ver a nadie, fue a la puerta. Había una nueva veranda a su alrededor, una adición reciente, con sillas y mesas dispuestas a lo largo y cortinas de bambú para protegerla del sol.
Recordaba a la India. Estaba a punto de llamar a la puerta cuando, de entre las sombras del otro extremo de la veranda, surgió un pequeño.
Lo miró inseguro durante un momento y luego, con un grito extraño e inarticulado, corrió a su encuentro.
Asombrado, Rick extendió los brazos y exclamó: —¡Vaya!, ¡Dickon! ¡Has crecido tanto que no te había reconocido!
Rick recordó que el hijo de Abigail, su tocayo y sobrino, tenía solo tres años cuando lo vio por última vez.
El niño era sordomudo y, de pequeño, había sido tímido y autosuficiente, prisionero de su minusvalía en un mundo propio adonde pocas personas podían llegar.
Menos aún eran quienes lograban comunicarse con él.
Pero ahora, bendito Dios, era la viva imagen de un niño sano, esbelto y enhiesto como un árbol joven.
Con su pelo oscuro y unos vivos ojos azules, era una promesa de excepcional gallardía.
—Tu madre… —Rick recordó que Dickon sabía leer los labios, así que lo mantuvo a distancia y articuló las palabras con lentitud—. ¿está en casa?
El muchacho asintió enérgico. Soltó a Rick y corrió a abrir la puerta de la casa. Su grito, aunque parecía ininteligible, hizo que Abigail bajara volando las escaleras.
—¡Ay, Rick! Queridísimo Rick, ¡qué alegría verte!
Vimos llegar tu barco, pero no teníamos ni idea de que pudieras venir a tierra tan pronto.
Yo ni siquiera estaba segura de que fuera tu barco.
Alguien me dijo que era el Emu. Debes de pensar que soy muy descuidada, pero…
De verdad, ¡estoy tan contenta y agradecida de que estés aquí!
—Lo abrazó y sus palabras se atropellaban de impaciencia. Rick la estrechó contra sí.
—Mi comandante no se encuentra bien, así que me ha tocado a mí hacer la visita oficial a la Casa de Gobierno para informar de nuestra llegada. Y… he venido a pedirte un favor, Abby querida.
—Cualquier cosa —prometió de buena gana—.
Cualquier cosa. Solo tienes que pedirla.
Pero… lo hablaremos tomando el té. Dickon, dile a Kate que sirva el té, por favor.
—El niño asintió y se marchó a toda velocidad.
Abigail cogió la mano de Rick y lo condujo al familiar y algo desordenado salón.
Los amplios ventanales daban al lejano puerto.
Rick se dio cuenta de lo pálida y tensa que estaba su hermana.
Parecía distraída de un modo extraño. Había desentendido su petición como si no tuviera importancia.
Él tenía mucha ilusión de contarle lo de Kate y sus planes de matrimonio, pero…
Tuvo que esforzarse por ocultar su decepción y se sentó en la silla que ella le señalaba.
Abby estaba tan hermosa como siempre, pensó, quizá incluso más que cuando era joven.
La madurez le estaba dando un toque adicional de belleza.
Añadía nobleza a su elegante porte y curvas femeninas a un cuerpo que antes había sido delgado en exceso.
Solo que, a pesar de todo, no tenía buen aspecto y no podía disimular su tensión.
—¿Qué te preocupa, Abby? —preguntó ansioso.
—¿No te lo han dicho en la Casa de Gobierno? —exclamó Abigail—. ¡Rick, el Kelso lleva casi un mes de retraso!
El Kelso, recordó Rick, era el buen indianés de Jasper Spence, un navío de más de cuatrocientas toneladas de carga en el que, una vez al año, él y su esposa solían navegar en misiones comerciales a Calcuta y las islas holandesas.
Él sacudió la cabeza. Abigail prosiguió con semblante triste: —Hemos recibido informes de un barco holandés que llegó hace unas dos semanas.
Nos habló sobre un tifón en el mar de Java.
El capitán dijo que fue muy duro y que él mismo sufrió daños, a pesar de que su barco siempre estuvo al borde de la tormenta.
El señor Lord, Simeon Lord, le ha dicho a Tim que debemos dar el Kelso por perdido si no llegan noticias de él durante la próxima semana.
Y… —Respiró entre sollozos—. Frances estaba a bordo con el abuelo Spence, y también Lucy.
Había viajado con ellos para recuperar la salud, Rick.
Él la miró consternado.
—¿Lucy también? Cielo santo, ¡esa es una noticia espantosa!
—Sí —dijo Abigail llena de dolor—. Por eso estoy en esta casa, y no en Upwey, con Tim.
Las niñas, mis hijastras Julia y Dorothea, están aquí para asistir a la escuela.
Frances siempre las tenía durante el curso, y yo…
la estoy reemplazando hasta que regrese.
Es decir, si vuelve… Ay, Rick, estoy destrozada.
Frances es…, era una persona tan especial para mí y para las niñas…
, y Dickon la adoraba. No puedo soportar la idea de que podría estar muerta, ahogada por culpa de ese tifón, y que nunca la volveremos a ver.
Y la pobre Lucy, también. Estaba empezando a recuperarse de esa terrible experiencia, cuando la banda de fugitivos asaltó Yarramundie.
Creí que ella había superado lo peor, ¡pero, ahora, esto!
Si… —Cerró la boca al oír voces y se llevó un dedo a los labios.
— Las chicas han vuelto. No saben nada; aún no se lo he dicho.
No me he atrevido a decírselo hasta que tenga la certeza de que el Kelso se ha perdido.
No digas nada en su presencia, ¿quieres?
—No —le aseguró Rick—, claro que no, Abby.
—El pequeño Dickon entró, seguido de la fiel Kate Lamerton, que había sido su niñera.
Ambos se pusieron manos a la obra para ordenar el contenido de la bandeja de Kate en una mesa larga y baja junto a la ventana.
Fueron una distracción bienvenida. Las extrañas risas agudas de Dickon y las risitas apagadas de Kate atestiguaban la perpetua calidez de su relación.