Capítulo 6
Para su sorpresa, Rick recibió la orden de desembarcar en cuanto el Kangaroo echó el ancla en la cala de Sídney.
No le desagradó la orden, ya que le permitiría visitar a su hermana Abigail antes de lo previsto.
Y se sentía ansioso por verla, después de la larga separación.
Estaba seguro de que Abigail estaría encantada de ofrecer una calurosa hospitalidad a su prometida.
Y, si ella tuviera que ausentarse de Sídney, Frances y Jasper Spence, e incluso su hermana menor, Lucy, podrían ocupar su lugar.
Con toda eficiencia, se ocupó de las pocas formalidades exigidas por el empleado de la oficina naval y el capitán del puerto. Luego recorrió a pie la corta distancia entre el muelle gubernamental y la Casa de Gobierno para rendir el informe oficial de la llegada de su barco.
El secretario, John Campbell, lo recibió y estrechó su mano en señal de reconocimiento amistoso.
—Bienvenido de nuevo a Sídney, señor Tempest. Su Excelencia, estoy seguro, estará encantado de verlo y de conocer a su capitán a su debido tiempo. ¿Dice que no se encuentra bien?
—Sí, señor, está un poco indispuesto —confirmó Rick—. El capitán Jeffrey ha venido acompañado de su esposa. Tengo instrucciones de decirle que visitarán a Sus Excelencias tan pronto como la salud del capitán lo permita.
—No hay excesiva prisa —le aseguró el secretario del gobernador—.
Sus Excelencias no están en la ciudad en estos momentos.
Han viajado para asistir a las concentraciones de Parramatta y Windsor y no los esperamos de vuelta hasta el fin de semana.
—Se encogió de hombros con pesar y su rostro delgado y austero mostró unas líneas graves.
— El pobre gobernador está pasando por una situación muy difícil en estos días, Tempest, y me aflige verlo tan preocupado.
Revivió las reuniones dominicales, ya sabe usted, para todos los convictos, incluyendo aquellos que tienen permiso para deambular y trabajan para los colonos en los distritos.
Pero Marsden y Hannibal Macarthur, que son los principales magistrados de Parramatta, se opusieron con todo su ímpetu a la orden.
En una ocasión se negaron a aplicarla en su distrito.
Nicholas Bayly, el doctor Townson e incluso sir John Jamison los han respaldado.
—¡Santo cielo! —exclamó Rick—. ¿Por qué? Esas asambleas se celebraban en tiempos del gobernador King y del gobernador Bligh.
Campbell suspiró.
—La razón que da el reverendo Samuel Marsden es ridícula en extremo.
Las reuniones, como supongo que usted sabrá, siempre van seguidas de la asistencia obligatoria al servicio divino.
Según nuestro capellán mayor, la gran mayoría de las personas asisten en estado de embriaguez y, a la salida, ¡roban casas y jardines de camino a la iglesia!
Bayly dice que cualquier cosa que reúna a convictos en gran número y en un mismo lugar es susceptible de ser objetada con la mayor seriedad.
Así que se oponen, aunque me he visto obligado a concluir que ese rechazo se debe, sobre todo, a que el doctor D’Arcy Wentworth, quien ha sido nombrado superintendente de nuestra fuerza policial, insiste en que las reuniones son esenciales si queremos tener alguna esperanza de capturar a los fugitivos.
—¿Muchos intentan escapar? —preguntó Rick.
—Demasiados —lamentó el secretario—. Los autodenominados bushrangers constituyen un problema importante en estos días.
Nuestra población de convictos ha aumentado mucho.
Las cuadrillas de edificación y construcción de carreteras del gobierno están empleando a menos de dos mil convictos varones, mientras que hay casi el triple de ese número asignados al servicio de los terratenientes y pequeños colonos.
Los que tienen concesiones agrícolas poco extensas y los emancipados pierden muy pocos.
Es a los grandes terratenientes, como Jamison y Bayly…
, y sí, Marsden también, a quienes se les fugan más trabajadores, debido a lo laxo de la supervisión.
Sin los registros actualizados, los que se compilan en el momento de la reunión, es casi imposible seguirles la pista.
John Campbell volvió a suspirar. Entonces, como si de pronto se hubiera dado cuenta de que estaba fallando como anfitrión, se acercó a un aparador con licoreras e invitó a Rick a tomar una copa de brandy de Cabo con él.
El secretario era un hombre alto y delgado que, a sus cuarenta y pocos años, daba la impresión de ser bastante mayor.
Era contable de profesión y experto en prácticas bancarias.
El gobernador, con vistas a fundar un banco en la colonia, había contratado sus servicios en Ciudad del Cabo, poco antes de salir.
Incluso en los primeros tiempos, Campbell tenía la reputación de ser uno de los más firmes partidarios del gobernador Macquarie, pero Rick, mientras aceptaba la copa, reflexionó en que las preocupaciones del cargo empezaban a pesar sobre John Campbell. Ya era evidente.
—A su salud, señor —brindó Rick con la copa en alto.
Campbell le dio las gracias.
—Supongo que ha regresado para establecerse en estas tierras. Su hermana, la señora Dawson, mencionó el otro día…
El secretario siguió hablando. Estaba haciendo un esfuerzo por mostrar interés en su visitante, aunque era notorio que sus pensamientos estaban en otra parte… En Parramatta, tal vez, con su patrón.
Rick asintió. Respondió cortés a algunas preguntas generales sobre sus intenciones y la travesía del Kangaroo, y, cuando su copa quedó vacía, se dispuso a marcharse.
—¿Sabe, por casualidad, si mi hermana está en la ciudad, señor? —preguntó—. Me gustaría aprovechar la oportunidad para visitarla.
El secretario Campbell frunció el ceño.
—Me parece que todavía está aquí, señor Tempest. Sí, estoy casi seguro de que está en Sídney, en la residencia del señor Jasper Spence, en la calle Pitt. ¿Sabe dónde es o le doy indicaciones?
—Sé dónde es, gracias, señor.
—Por supuesto, lo olvidaba… No hace tanto tiempo que se fue, ¿verdad?
—Más de cinco años —señaló Rick—. Zarpé de aquí el doce de mayo de mil ochocientos diez, a bordo del Porpoise, en el convoy del almirante Bligh.
—¿El Porpoise ? —El interés de Campbell se avivó. —¿Estuvo con el comodoro, es decir, con el almirante Bligh en el Derwent, entonces? Debe de haber sido toda una experiencia.
—No una que recuerde con gran placer —admitió Rick.
De hecho, pensó, aquel año había sido el peor de su carrera militar, cuando el viejo y agujereado Porpoise se había escabullido en el río frente a la ciudad de Hobart.
A bordo estaban el depuesto gobernador Bligh y su hija, y, en tierra, un hostil teniente gobernador que había puesto a todo el mundo en contra del barco y su tripulación—.
En aquel momento, todo mi deber estaba con el exgobernador, señor Campbell.
El almirante Bligh era el gobernador legítimo.
Yo también simpatizaba con él y lo admiraba mucho.
—No era un caballero de mi predilección —confesó Campbell—, pero aplaudo su lealtad, señor Tempest, créame.
Rick se inclinó en señal de reconocimiento.
Se metió el bicornio bajo el brazo y fue a la puerta, impaciente por visitar a Abigail y ponerse al corriente de sus noticias en el poco tiempo que le quedaba, antes de regresar a su barco.
Quería llevar a Kate a tierra lo más pronto posible y librarla, tanto a ella como a sí mismo, de la molesta vigilancia de la señora Jeffrey.
—Le agradezco, señor, que me haya recibido —comenzó, pero el secretario del gobernador pareció no oírlo. Volvió a llenar los vasos vacíos y le puso a Rick el suyo en la mano.
—Llevo mucho tiempo escuchando las reclamaciones de los enemigos del gobernador Bligh —prosiguió, como si no hubiera habido ninguna interrupción—.
Sus adversarios abundan todavía en la colonia, ya sabe, y casi todos han hecho fortuna aquí.
Acusan a Bligh de todo, desde tiranía hasta peculado, y hasta hace poco yo les creía.
Pero ahora, que se pudran; han vuelto su veneno contra mi gobernador.
¡Y sé que sus acusaciones son falsas! Su Excelencia es un personaje finísimo, un dechado de integridad, dueño de un agudo sentido de la justicia.
Ha hecho tanto por devolver a la colonia el orden y la prosperidad…
Y también por mejorar la suerte de sus habitantes menos afortunados, señor Tempest, aquellos que han cumplido sus condenas o han sido indultados.
Por eso afirman que es autocrático y parcial a favor de los emancipados.
Campbell engulló su brandy con el rostro huesudo y enrojecido por la indignación.
Continuó: —Sídney era un verdadero antro de iniquidad cuando Su Excelencia asumió el cargo, y él ha cambiado este lugar hasta hacerlo irreconocible.
Observará el cambio, después de estos cinco años, señor Tempest. Las calles están limpias y bien cuidadas, la gente se dedica a sus asuntos con sobriedad; y por todas partes están surgiendo edificios nuevos.
Ahora tenemos un arquitecto cualificado, un joven llamado Francis Greenway, que llegó aquí como convicto pero con la más alta recomendación del almirante Phillip.
Ha estado trabajando bajo la dirección del comandante Gill en los planos de un número de nuevos edificios públicos: despachos para los oficiales navales, cuarteles más cómodos para las tropas y una nueva cárcel.
Todo esto tiene prioridad, pero las ideas de Greenway, por su amplitud y su alcance, son de verdad inspiradoras.
En unos cuantos años más, estoy seguro de que Sídney se convertirá en una ciudad hermosa.