Capítulo 5 #3
—No. Es un incendio forestal. Tal vez ha sido provocado por los aborígenes para ahuyentar la caza.
En esa zona en particular no importa mucho, pero donde hay granjas y villas, con cultivos en crecimiento, un incendio forestal puede significar la ruina.
Los árboles son eucaliptos, con savia resinosa.
Cuando están secos como la yesca, los incendios se descontrolan de inmediato.
La vida en esta colonia es muy peligrosa.
Los colonos se enfrentan a la sequía y a los incendios.
La mejor zona para el cultivo del trigo está en el valle del río Hawkesbury. Allí, el peligro son las inundaciones.
—Pero usted dejará la marina y se hará granjero, ¿no? —preguntó Kate. Recordaba lo que él había dicho alguna vez.
—Sí —confirmó Rick—. Esa es mi intención.
Antes de zarpar, solicité tierras a la Oficina Colonial.
Hace ya cinco años que estuve aquí, y me han dicho que han cambiado muchas cosas; para mejor, quiero decir.
Ahora hay una carretera que cruza las montañas Azules, con ricas tierras de pastoreo, miles de acres, que están a punto de abrirse a la colonización.
Quiero tener mi concesión allí y criar ovejas.
Con el dinero de mi premio podré comprar ganado.
Habrá ciertas desventajas, por supuesto: lo lejos que estaría de Sídney y el aislamiento, la falta de edificios y cercas, y otras, quizás, en las que no he pensado, pero… Será todo un desafío.
—Claro —convino Kate—, lo será; tiene que serlo. Pero… —Un barrunto de lo que él quería decirle la hizo, de pronto, contener la respiración.— Señor Tempest, yo debería bajar. Es…
—Escúcheme, por favor —le suplicó Rick, y se volvió para mirarla con los ojos azules muy brillantes y llenos de expectación—.
Hay otra posibilidad. Podría comprar una granja cerca de Windsor o Richmond o en el río Nepean, más cerca de la civilización.
Tal era mi intención original. De hecho, antes de volver de los Estados Unidos intenté comprar una a unos amigos. Les escribí, pero…
—Pero usted preferiría aceptar el reto de las nuevas tierras más allá de las montañas, ¿no? —aventuró Kate.
La mirada de él la tenía alarmada, hizo que su corazón latiera desbocado. Era demasiado pronto, pensó, demasiado pronto para tomar una decisión sobre el futuro antes de haber puesto un pie en Sídney.
—Solo lo encararía si usted decidiera afrontarlo conmigo —dijo Rick.
Sus manos buscaron las de ella. Se las agarró con firmeza y tiró de la chica hacia a él sin importarle quién pudiera estar observándolos—.
Señorita O’Malley… Kate, ¿me harías el honor de convertirte en mi esposa?
No de inmediato —matizó, como si ella estuviera expresando sus pensamientos en voz alta—.
Necesitas tiempo, y yo también. Por el momento, no tengo una casa que ofrecerte.
Pero, si pudiera llevarte a tierra como mi prometida, te habré liberado de la…
¡ah, qué demonios!, de la molesta tutela de la esposa de mi comandante.
Ella es quien me ha impedido hablar contigo, siquiera, desde que dejamos Cabo.
Te prometo que mi hermana Abigail será una chaperona mucho más comprensiva.
Kate puso sus ojos en las manos enlazadas y luego, sonrojada e insegura, lo miró a los ojos.
Le debía mucho a Rick Tempest, tanto que, hacía tan solo un momento, se preguntaba cómo podría pagarle.
De no ser por él, habría muerto congelada en un bote descubierto, igual que su padre y toda la tripulación.
Era gracias a los cuidados de Rick, a su compasión, que estaba allí, en la cubierta del Kangaroo, al final de un largo y peligroso viaje, y casi a la vista de su destino.
No estaba enamorada de él, era cierto. A pesar de todo lo que había acontecido, ese joven, en muchos aspectos, seguía siendo casi un extraño para ella, pero…
sus buenas cualidades y su encanto estaban más allá de cualquier duda.
Y George De Lancey ya había salido de su vida.
La posibilidad de volver a verlo o saber de él era remota.
Por lo que Kate sabía, George podía estar casado y haciendo una nueva vida en Inglaterra…
o podía haber muerto en combate en España.
Los fuertes dedos marrones de Rick apretaron los suyos.
—Te daré tiempo, Kate —le prometió con voz suave—, todo el tiempo que necesites, mi dulce niña.
Pero quiero tener el derecho a cuidarte; eso es todo lo que te pido ahora, todo lo que puedo decir.
Bueno, excepto que…, querida Kate, ¡excepto que me he enamorado de ti!
En mis horas de vigilia, pienso en ti y anhelo verte, aunque solo sea paseando por la cubierta con la señora Jeffrey.
¡Dios sabe que he sentido suficiente frustración!
Pero, en mis sueños, Kate… Ahí, todo es muy diferente. En mis sueños me perteneces.
Le temblaban las manos, se dio cuenta Kate, y una vez más su propio corazón empezó a latir más de prisa.
—Será un orgullo pertenecerte, Rick —contestó ella con toda su franqueza—, y ser tu esposa cuando… llegue el momento.
Allí, en plena cubierta, él no pudo hacer más que llevarse cada una de las manos de ella a los labios, pero fue suficiente.
Kate posó sus ojos en la hermosa cabeza inclinada de Rick y sintió una rápida oleada de felicidad.
Desde la escotilla abierta, la señora Jeffrey la llamó escandalizada cuando él apenas se estaba poniendo el sombrero.
—¡Señorita O’Malley, debería estar abajo! Usted conoce las reglas del capitán; venga conmigo de inmediato, por favor, y deje al señor Tempest ocuparse de sus tareas.
Kate se ruborizó. Tomó el brazo que Rick le ofrecía y se dejó conducir sin prisa hasta donde estaba la esposa del capitán.
—La señorita O’Malley acaba de aceptar convertirse en mi esposa, señora Jeffrey.
Así que, con su venia, la acompañaré a su camarote.
El señor Crabbe está al mando y no tengo previsto relevarlo hasta dentro de media hora, en caso de que eso la preocupe.
Y estoy seguro —añadió, todavía con la misma voz agradable y pausada— de que ni usted ni el capitán Jeffrey tomarán a mal que invite a la señorita O’Malley a cenar en la sala de armas.
Ahí podré hacer el anuncio formal de nuestro compromiso ante mis hermanos oficiales.
Muda e incrédula, la señora Jeffrey miró de uno al otro. Al fin, con toda la dignidad que pudo reunir, inclinó la cabeza, se recogió las faldas y descendió la escalera de la escotilla con una prisa casi grosera. Al pie de la escalera, recobró la compostura y felicitó a Kate con frialdad.
Se marchó y el estrecho pasillo quedó desierto. Entonces, la simulada pachorra de Rick desapareció de inmediato.
—Se alegrarán por nosotros —dijo muy serio—.
Y, querida Kate, ¡te quiero! —Su beso fue suave, sin exigencias.
La abrazó con delicadeza y la dejó marchar.
— Cenaremos a las ocho y media, cuando mi guardia haya terminado.
Después de cenar, te enseñaré el puerto Jackson y los Heads, Kate, y podrás ver las luces de la ciudad de Sídney a lo lejos.
Ella observó la alta figura de Rick ascender por la escalerilla y, para su propia sorpresa, sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas.
A todo lo que Rick Tempest le había dado, había añadido su amor, se dijo a sí misma. Ella no había esperado semejante regalo; de hecho, hasta hacía unos minutos, no tenía ni idea de sus sentimientos. Pero… Ya en el santuario de su camarote, dejó caer la cortina de lona y se arrodilló.
—Por favor, Dios —susurró—, no permitas que le falle… permíteme amarlo y ser digna de él.
De improviso, y, por ello mismo, de forma inoportuna, apareció ante sus ojos una súbita visión del apuesto rostro de George De Lancey. Kate apretó los párpados para apartarla de su mente.
Su primer amor había sido el amor de una niña, y ella ya no era una niña.
Era una mujer, una joven sin un céntimo en un país desconocido.
Y no sería extraño que se encontrara con la hostilidad de aquellos con quienes su país había estado en guerra hacía poco.
¿Acaso la actitud de los Jeffrey no era una prueba?
Otras personas, quizás, sostendrían opiniones semejantes; tal vez incluso el propio gobernador, ya que él había sido soldado y, según le había contado el capitán Jeffrey, había luchado como joven oficial en América y había sufrido la derrota a manos de los estadounidenses.
Kate se llevó los nudillos a los ojos llenos de lágrimas. Era un gesto petulante e infantil, y se sintió avergonzada. Pero el rostro de George desapareció y pudo repetir su oración.