Los aventureros (Los australianos 9) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

—Ninguna dama de alcurnia —le dijo la señora Jeffrey con firme convicción— debería sentarse a la mesa con antiguos ladrones y salteadores.

Y menos aún con mujeres de virtud fácil, por mucho que se hayan reformado.

No me atrevería a consentir semejante estado de cosas, y no puedo imaginar cómo puede hacerlo la esposa del gobernador, por muy inclinada que esté a la misericordia.

Kate guardó un silencio cauteloso. La señora Jeffrey solo quería una audiencia pasiva; ya había dicho todo eso antes, con otras palabras, aunque rara vez con más indignación.

Cualquier intento de discutir con ella solo provocaba una gélida censura.

Sin embargo, la imagen que Rick Tempest había dibujado de la colonia tenía un matiz diferente.

No era que él le hubiera contado mucho, además de que, en las últimas semanas, no había tenido oportunidad de interrogarlo sobre el tema; pero lo oído le bastaba para persuadirla de mantener la mente abierta.

Ya habría tiempo. Tendría que esperar a que el Kangaroo llegara a la ciudad de Sídney y ella estuviera en condiciones de juzgar por sí misma y elegir, por sus propios méritos, a aquellos con quienes quisiera relacionarse en términos amistosos, fueran emancipados o libres.

Lo mismo ocurría en los Estados Unidos: se aceptaba a un hombre por lo que era y por lo que había conseguido en la sociedad de su país.

Los únicos enemigos eran aquellos que, llamándose a sí mismos realistas, habían optado por oponerse a la causa republicana.

Hombres como George De Lancey, cuya conciencia lo había obligado a abandonar su tierra natal y luchar por un rey y un país que nunca había visto, solo porque allí residía la lealtad de su familia.

Kate sintió un nudo en la garganta al recordar lo que había ocurrido entre ellos cuando George le comunicó que se embarcaba rumbo a Inglaterra.

Se conocían desde la infancia, se habían enamorado cuando ella era una adolescente y nunca se le había ocurrido que nada pudiera interponerse en su unión, cuando tuviera edad para casarse.

Sus padres habían aprobado el matrimonio.

A pesar de que las propiedades de la familia De Lancey les habían sido arrebatadas tras la Declaración de Independencia, George tenía todo lo necesario para hacer una exitosa carrera como abogado.

El matrimonio, incluso a los ojos de su padre, era adecuado y no había que hacer excepciones.

Pero él se había marchado sin prometer que volvería a Boston.

La había dejado solo con la esperanza de que, en un futuro opaco y lejano, su regreso era posible.

De él había recibido una carta en la que le decía que lo habían alistado en el ejército británico y que su regimiento estaba en Portugal.

Luego, al declararse la guerra entre los dos países, había cesado toda comunicación entre los dos.

Kate soltó un breve suspiro de tristeza.

No sabía si George estaba vivo o muerto.

Él no había vuelto a escribirle, de modo que…

La voz de la señora Jeffrey volvió a inmiscuirse en sus pensamientos.

—Es de esperar señorita O’Malley —observó con desprecio la mujer—, que, cuando usted haya aceptado su hospitalidad, no descubra que las hermanas del señor Tempest están casadas con emancipados.

Él se ha mantenido muy callado al respecto, ¿verdad?

Lo único que me ha confesado es que ninguna de las dos está casada con un oficial de la guarnición.

Una de las dos, creo, enviudó desde hace poco.

Kate ya no pudo contener su resentimiento.

—¡No me importaría lo más mínimo si ambas damas fueran emancipadas, señora Jeffrey!

—exclamó indignada—. Incluso que el propio señor Tempest lo fuera por casualidad.

Los tribunales británicos deportan a muchos por lo que nosotros consideraríamos delitos menores, pobre gente.

Lo sé porque mi padre me lo contó. Uno de sus mejores oficiales era descendiente de una familia entera que el gobierno británico envió a Virginia como convictos, y me dijo…

La señora Jeffrey la interrumpió. Empezó a rechazar el argumento de Kate con el tono fulminante y el desprecio que, a su juicio, la moza había suscitado.

—La Marina de los Estados Unidos siempre ha estado ansiosa por alistar a nuestros desertores británicos.

Usted es estadounidense, señorita O’Malley, y me temo que sus criterios son demasiado liberales.

Eso es culpa de su educación. Por eso me he esforzado en advertirla de la situación que se encontrará cuando desembarque.

—Kate quería volver a hablar, pero, con un gesto imperioso, la esposa del capitán le ordenó que guardara silencio.

— No haga caso de mi consejo si no quiere, pero le aseguro que le costará caro, si espera ser aceptada en la sociedad respetable de Sídney.

No diré nada más sobre este particular, ya que es evidente que usted no entiende.

No me haga perder el aliento. Vayamos abajo.

Se volvió majestuosa en dirección a la escotilla de popa y Kate, aún hirviendo de resentimiento, la siguió a corta distancia de mala gana.

Entonces Rick Tempest se movió sin prisa para interceptarlas.

Con una gran sonrisa, puso un pie en la brazola de la escotilla, con lo que cerró el paso a la señora Jeffrey.

Kate no sabía si el joven oficial había oído el exabrupto, pero él respondió a su rápida e inquisitiva mirada con una sonrisa más amplia aún.

Con la mayor cortesía, Rick dijo:

—¿Va a bajar, señora Jeffrey? Hace una tarde espléndida y, si el viento se mantiene así, veremos la entrada del puerto Jackson en menos de una hora. Es una vista que no debe perderse, señora.

—A mis ojos, es poco probable que iguale la de un puerto inglés —respondió la señora Jeffrey sin entusiasmo—. No se podrá comparar con Portsmouth o Spithead. En cualquier caso, ¿no vamos a fondear fuera y esperar el cúter piloto y la luz diurna?

Rick negó con la cabeza.

—No, si este viento se mantiene… El propio capitán puede meter el barco si lo desea. La cala de Sídney está a solo seis millas de los Heads. Podríamos estar fondeando antes de que anochezca, señora.

—No suponía que esa fuera la intención del capitán —objetó la mujer—.

Mi esposo se encuentra un poco mal, señor Tempest, y no creo que quiera ser molestado por los funcionarios del puerto hasta mañana por la mañana, como muy pronto.

Pero le diré lo que usted ha dicho, por si quisiera cambiar de opinión.

La señora Jeffrey puso una mano blanca y regordeta en el brazo extendido de Rick para que él la ayudara a cruzar la brazola de la escotilla.

Descendió a la cubierta inferior, y Kate, por la fuerza de la costumbre, se dispuso a seguirla, pero un susurro de Rick, un «espere un momento, por favor», la hizo detenerse.

—¿Qué ocurre, señor Tempest? —preguntó, desconcertada.

Él la miró muy serio.

—Ya he recibido las órdenes del capitán, señorita O’Malley. Anclaremos frente a los Heads durante la noche, venga como venga el viento. Y es posible que estemos ahí durante más tiempo, ya que, en su actual estado de salud, el capitán Jeffrey no tiene ganas de moverse.

—Ah, ya veo. Pero… —Kate seguía desconcertada—. ¿Por qué le ha dicho a la señora Jeffrey todo lo contrario?

La gravedad de Rick se evaporó y apareció una sonrisa pícara.

—Esperaba tener la fortuna de hablar con usted a solas. En estas semanas he tenido pocas oportunidades, ¿verdad?

—No muchas, es cierto —reconoció Kate—. Me han dicho que en los buques de guerra británicos se admiten mujeres solo en caso de extrema necesidad, porque su presencia puede resultar inquietante para la tripulación.

—Haciéndose reflejo de su sonrisa, añadió—: Dicen que las mujeres podrían menoscabar la eficacia de los oficiales subalternos.

Rick rio con genuina diversión y le ofreció el brazo.

—Yo soy un oficial superior y, a esta hora, me toca la guardia abajo, por lo que mi eficiencia o la falta de ella no tiene ninguna importancia.

¿Caminamos un poco? Tengo algo que decirle que…

¡Ah, maldición, Kate O’Malley! Hay algo que he tenido que guardarme durante mucho tiempo.

Pero debo decírselo antes de que desembarquemos.

Kate le aceptó el brazo tendido y se puso a su lado.

Entonces, con mucho tacto, el viejo capitán, Silas Crabbe, que estaba de guardia, tomó distancia.

Se llevó consigo al joven Harris y dejó desierta la banda de barlovento, algo que, en condiciones normales, debía hacer solo cuando el capitán subía a cubierta.

Rick se llevó dos dedos al sombrero en señal de agradecimiento y se dirigió a la borda de babor.

Desde allí se podía ver con mucha claridad la costa de Nueva Gales del Sur.

Se puso a señalar los puntos de referencia.

Era extraño, pero, pesar de que había insistido en hablar con ella a solas, parecía reacio a expresar lo que tenía intención de decirle.

Kate esperó sin la menor impaciencia. Se preguntaba si Rick había oído el sermón de la señora Jeffrey sobre la sociedad de Sídney y aquel consejo de que se asegurara de que sus hermanas no estuvieran casadas con emancipados.

Desde luego, tendría que haber oído lo que la mujer del capitán le había dicho al pobre Nigel Harris, porque señaló las nubes de humo que se elevaban por encima de las copas de los árboles y dijo con rotundidad: —Esas no son hogueras de campamento, ¿sabe?

—¿No lo son, señor Tempest?