Los aventureros (Los australianos 9) Capítulo 5
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Capítulo 5

La señora Jeffrey salió al castillo de proa del Kangaroo y, bien envuelta en su chal, hizo señas a Kate O’Malley para que fuera a acompañarla. Kate, sumisa por fuera, rebelde por dentro, obedeció y fue a su lado para dar el acostumbrado paseo nocturno.

La mujer saludó a su esposo, el capitán, con una breve reverencia.

Las órdenes permanentes establecían que, salvo en casos de extrema urgencia, la guardia de servicio no debía entrometerse a esas horas.

Kate sonreía al notar los esfuerzos que los hombres hacían por disimular.

El joven cadete Nigel Harris estaba a medio camino de los obenques de mesana, con un telescopio en el ojo.

Sorprendido por la repentina aparición de la señora Jeffrey, se quedó inmóvil, consciente de la orden del capitán y temeroso de bajar a cubierta mientras ella estuviera allí.

La señora Jeffrey, sin embargo, estaba resuelta a ser amable. El largo viaje iba a terminar, pues ya tenían a la vista la costa de Nueva Gales del Sur. Levantó una mano autoritaria e hizo señas al muchacho para que se acercara, como antes había hecho con Kate.

—¿Qué puede ver con su catalejo, señor Harris? —preguntó.

El cadete Harris enrojeció bajo su escrutinio.

—No mucho, señora —confesó—: altos acantilados, con árboles que crecen hasta la cima y olas que rompen debajo. Calas de arena aquí y allá y algunas playas largas y bonitas, pero eso es todo, señora.

—¿No hay seres humanos? —insistió la señora Jeffrey—. ¿No hay aborígenes ni signos de que el lugar esté habitado?

El muchacho negó con la cabeza.

—No que yo pueda ver, señora.

—Entonces, su vista no puede ser buena —le reprochó la señora Jeffrey—, porque, incluso sin catalejo, puedo ver humo elevándose por allí. ¡Mire a su derecha, muchacho! Supongo que eso sugiere la presencia de nativos, ¿no es así?

Mientras seguía el dedo de la dama, el color de Harris se intensificó y le cubrió más la cara.

—Eh…, supongo que sí, señora.

—A menos que sea más observador —le dijo la esposa del capitán con tono severo—, no puede esperar que el capitán Jeffrey lo recomiende como guardiamarina, ¿verdad?

Estoy segura —añadió opresiva, visto el grado oficial del joven— de que sus queridos padres se sentirán muy decepcionados de que usted siga siendo sirviente del capitán en los libros del barco durante otros seis meses, señor Harris.

—Sí, señora —reconoció el joven, muy abatido. En medio de su humillación, notó la rápida sonrisa de adhesión de Kate, una sonrisa que tampoco pasó inadvertida para la señora Jeffrey.

La esposa del capitán despidió al guardiamarina, puso en Kate una mirada fulminante e hizo un gesto para que reanudaran su rápido paseo por la cubierta.

—Ese muchacho es un bribonzuelo perezoso —observó—. Los de su calaña podrán ser tolerados en la marina estadounidense, pero no en los barcos de la Marina Real, se lo aseguro.

Kate apretó los labios en un tirante silencio.

Ya debería estar acostumbrada a los menosprecios de la señora Jeffrey, se dijo a sí misma, pues había escuchado muchos desde que salieron de Ciudad del Cabo.

La intención declarada del capitán Jeffrey había sido desembarcarla allí.

Era consciente de que la obstinación de Rick Tempest y el frágil estado de salud de la moza habían terminado por frustrar esos planes.

Las autoridades de Cabo no se habían mostrado muy dispuestas a recibirla.

La joven no tenía un céntimo, era víctima de un naufragio y apenas podía caminar.

Les había parecido susceptible de convertirse en una carga pública.

De hecho, el oficial médico enviado para examinarla había rendido informes desfavorables sobre su estado de salud.

Pero Rick le había asegurado que en Sídney sus propias hermanas aceptarían responsabilizarse de su cuidado, y eso, al final, había hecho que el comandante del Kangaroo cambiara de opinión y le permitiera continuar el viaje.

Rick le había contado que tenía dos hermanas: Abigail, casada con uno de los terratenientes más importantes de la colonia, y Lucy, viuda.

También había una dama a la que se refería,con profundo afecto como Frances Spence, cuya hospitalidad era ilimitada.

Al parecer, esa mujer estaba emparentada con Rick por su matrimonio.

—Te doy mi palabra de que te lloverán las invitaciones —le había prometido Rick y…

Con un nudo en la garganta, Kate aceleró el paso.

Vio que Rick había subido a cubierta. No tenía guardia hasta dentro de una hora o más, pero había adquirido la costumbre de aparecer durante esos paseos diarios que, por la mañana y por tarde, la señora Jeffrey insistía en que hicieran juntas.

Sin embargo, a causa de la opresiva vigilancia, los oficiales no podían hacer mucho más que destocarse y darle los buenos días.

Desde que se sintió al fin recuperada, reflexionó Kate con amargura, la señora Jeffrey se había encargado de mantenerla casi como una prisionera, confinada en el camarote durante largas horas.

Salía en las contadas ocasiones en que la invitaban a cenar en los espaciosos aposentos del capitán, donde les servían la comida el viejo cocinero, Billy Onslow, o el pequeño paje Jackie Ross, que no llegaba a los once años.

—Debe comprender, señorita O’Malley —le había advertido la señora Jeffrey más de una vez—, que los pasajeros de sexo femenino solo viajan en los buques de guerra británicos cuando no queda más remedio.

En los viajes largos, la presencia de mujeres, a menos que se restrinja con mucho tiento, puede resultar inquietante para los marineros, y quizás también para algunos de los oficiales subalternos, y eso perjudica su eficiencia.

—Meneando un dedo para dar mayor énfasis a sus palabras, añadió—: Incluso la esposa del comandante tiene la obligación de adherirse de la manera más estricta a las órdenes.

Como sin duda habrá observado, yo no soy una excepción, señorita O’Malley.

Usted es joven y soltera, así que, sea cual sea la costumbre a bordo del barco de su difunto padre, le convendrá seguir mi ejemplo mientras sea pasajera de este.

Pero, al parecer, la señora Jeffrey había olvidado, o había preferido olvidar, los días inmediatos después del rescate de Kate de las heladas aguas del Atlántico Sur.

La chica todavía sentía un gran dolor por el insulto implícito a su padre.

Como esposa del capitán, a la mujer le había parecido indigno desempeñar el papel de enfermera.

Rick Tempest y el viejo cocinero habían hecho su mejor esfuerzo para ocuparse de ella.

Era cierto que ninguno de los esperaba verla viva después de aquello, pero Rick…

Recuperó el aliento al encontrarse con su mirada y sonrisa espontáneas y cálidas, pero la mano de la señora Jeffrey se cerró sobre su brazo, y Kate, de inmediato, cambió de gesto.

Respondió al saludo con una decorosa inclinación de cabeza y siguió adelante, muy obediente.

Aquello era absurdo, dadas las circunstancias.

Ella le debía la vida, además de que sabía hasta dónde había llegado Rick para sacarla del limbo helado en que estaba sumergida.

Al viejo Billy Onslow se le había ido la lengua.

El cocinero le había insinuado, incluso le había contado una historia incoherente sobre cómo un pobre joven guardiamarina, en una condición similar a la suya, había sido devuelto a la vida.

Y luego, cuando le exigió al viejo que le dijera la verdad, él había cedido.

No le había dicho nada a Rick, por supuesto, porque intuía que eso podría avergonzarlo más de lo soportable.

De todos modos, se alegraba de haberse enterado, aunque, por el momento, le resultaba imposible decidir cómo podría saldar la deuda que tenía con él.

Tanto más cuanto que la señora Jeffrey estaba decidida a limitar los encuentros de los dos a un paseo por la cubierta dos veces al día.

Para colmo, con su propio cortejo vigilante.

Kate suspiró. Tal vez, reflexionó, aunque no pudiera pagarle a Rick, podría descargar su deuda sirviendo a sus hermanas de algún modo.

Como institutriz de los hijos, podría ser.

Había recibido una buena educación clásica, y su madre, hasta su prematura muerte hacía dos años, se había ocupado de enseñarle toda una serie de habilidades domésticas.

Y había niños, lo sabía. Rick había mencionado varias veces a las hijastras de su hermana Abigail y al pequeño, Dickon, que, al parecer, era sordomudo, pobrecillo. Él…

—Usted no habrá tenido ninguna experiencia en una colonia penal, por supuesto, señorita O’Malley…

La señora Jeffrey se puso a hablar. Retomaba algo que en los últimos días se había convertido en su tema favorito. Kate hizo un esfuerzo por escuchar, más por cortesía que por interés.

—No, señora Jeffrey —reconoció—, no la he tenido.

—Se dice que el gobernador, el general Macquarie, es muy partidario de los que ahí llaman emancipados, es decir, de personas que llegaron a la colonia como criminales convictos y que, desde entonces, han sido perdonados por sus crímenes o han cumplido sus condenas —continuó la esposa del capitán con tono crítico y sin disimular nada—.

Desde luego, sus oficiales y funcionarios civiles no se mezclan con esa gentuza, aunque me han hecho creer que, en ocasiones, los de esa clase asisten a ciertas funciones de la Casa de Gobierno, invitados por el gobernador Macquarie.

Kate no dijo nada. Era un tema que el capitán y la señora Jeffrey discutían a menudo durante la cena.

Escuchaba sus opiniones cada vez que tenía la oportunidad de cenar con ellos.

Era consciente de que en Sídney los esposos tenían la intención de relacionarse solo con quienes consideraban sus iguales sociales, sin importar que si sus preferencias provocaran el enfado del gobernador.