Capítulo 4 #4
Miró el rostro exangüe a través de una niebla de lágrimas.
Desde el fin de la batalla, había soportado una pesadilla, una agonizante incertidumbre que alternaba entre la esperanza y la desilusión.
Al principio, cuando las listas de bajas empezaban a llegar a Amberes y el nombre de su marido no figuraba en ninguna, se había atrevido a creer que los presentimientos del desastre habían sido falsos.
Pero entonces la esposa de un oficial superior la mandó llamar para decirle que, al copiar la lista, había omitido adrede el nombre de sir William De Lancey con la esperanza de poder comunicarle en privado la noticia.
Le dijo que, aunque estaba vivo, lo habían herido de gravedad.
En medio de una zozobra febril, Magdalen había cogido un carruaje para viajar a Bruselas, pero se había visto atrapada en una multitud de carros, de heridos a caballo y a pie, de refugiados civiles y desertores que venían del campo de batalla o iban a él.
Apenas había recorrido la mitad del camino cuando un oficial la reconoció y detuvo el carruaje.
—Ay, Lady De Lancey, tengo malas noticias para usted —le había dicho, y ella, en un silencio entumecido, había escuchado lo que el hombre quiso decirle sobre la forma en que habían abatido a su esposo.
—Estuvo todo el día con el duque. Ambos parecían vivir en una especie de encantamiento, pues estuvieron siempre bajo fuego.
Casi al final, un disparo rebotó en el suelo, señora, y le dio en la espalda.
Lo vi salir despedido de su caballo. Quedó tendido un momento, luego dio un salto y volvió a caer.
Todos desmontamos. El duque fue hacia él y le cogió la mano.
Su marido nos rogó que no lo moviéramos, pero, en ese preciso momento, temíamos vernos obligados a retirarnos.
El duque no quería que lo dejáramos en nuestra retaguardia.
Fue puesto al cuidado de algunos soldados.
Les dieron órdenes de que lo llevaran en una manta al servicio sanitario de Mont-Saint-Jean.
Su primo, el coronel Barclay, fue con él y…
—Entonces —estalló Magdalen, incapaz de contenerse—, ¡está vivo y debo ir a verlo!
Pero el oficial sacudió la cabeza con tristeza.
—Cuando la batalla terminó y tuvimos la victoria asegurada, el duque me envió a Mont-Saint-Jean a buscarlo. No estaba allí, y debo decirle con gran pesar que se lo da por muerto. Será mejor que regrese a Amberes, señora. Si surgen más noticias de sir William, se las haremos llegar.
Y había hecho lo que le habían aconsejado, recordó Magdalen.
Se sentía muy afligida y aún insegura de la verdad, dado que el oficial de Estado Mayor había admitido que no se sabía dónde estaba el cuerpo.
En su pequeña habitación de la parte trasera de la posada Grand Laboureur, se había encerrado en sí misma, negándose a recibir visitas ni condolencias y rindiéndose, al fin, a su profundo dolor.
Pero entonces llegó George, el fiel y devoto hermano de William, su padrino de boda. Llegó cojeando, con auténticos dolores y apoyándose en un bastón. Fue darle una noticia por la que ella apenas se había atrevido a rezar.
—Está vivo, Magdalen, vivo, en una casa de campo cerca de Waterloo, y pregunta por ti. Empaca lo que necesites, que te llevaré con él de inmediato.
La esperanza renació. Con el corazón demasiado colmado para las palabras, Magdalen volvió a pedir el carruaje.
Reanudó el interrumpido viaje a Bruselas y al campo de batalla, apoyada y reconfortada por George.
En el camino se encontró con el mismo tráfico lúgubre.
Sintió, primero, inquietud por el retraso; luego, asco por el hedor de la corrupción, que se hacía más penetrante a medida que se acercaban a las laderas antaño verdes.
En esas laderas, miles de hombres, tanto británicos como holandeses, alemanes y franceses, habían luchado y perecido.
La búsqueda de Magdalen llegó a su fin en una apretada casucha, no lejos del pueblo de Waterloo.
Su marido estaba allí, consciente y contento de verla.
Por un momento, creyó que podría salvarle la vida.
Los médicos que venían cada día a sangrarlo y vendarle la herida alentaban sus esperanzas, así que ella siguió las instrucciones con meticuloso cuidado.
Le aplicó las sanguijuelas, sacrificó gustosa sus enaguas para hacerle vendas, negoció con los dueños de la casucha para conseguir huevos, aves de corral y leche.
Cuando él admitió estar demasiado débil para valerse por sí mismo, lo alimentó a cucharadas con mucha paciencia.
Y hablaron. Mientras ella estaba sentada a su lado, entrelazada su mano con la de él, hicieron planes para el futuro.
Acordaron, con toda su buena fe, que él pondría fin a su carrera militar.
William le prometió vender su nombramiento y establecerse con ella en Escocia.
Allí se dedicarían a la agricultura, o tal vez (Magdalen se alegró al recordar la forma en que él sonrió al decirlo) buscarían una nueva vida, como George tenía intención de hacer, en la colonia de Nueva Gales del Sur.
Según todos los indicios, aquella era una tierra de paz y abundancia bajo el gobierno del general Macquarie.
—El general Grosse me ha contado que, por fin, se ha podido cruzar la barrera montañosa que los tuvo encerrados durante tantos años.
Y han encontrado incalculables acres de espléndidos pastos que se pueden comprar casi a precio de saldo.
Allí es adonde iremos, querida; allí es donde viviremos.
Convertiremos las espadas en rejas de arado.
Contaré esta herida mía como una bendición, porque nos habrá llevado allí.
Pero, en lugar de eso, la herida le había traído la muerte, pensó Magdalen, con desesperante desconsuelo. Cayó de rodillas junto al tosco lecho de madera en el que él yacía, quieto y frío, y se dejó dominar por las lágrimas.
Habían pasado solo seis días juntos desde que ella llegó a la choza.
Incluso antes de que los cirujanos se lo advirtieran, ella ya sabía que la aparente mejoría de su esposo no podía durar.
Día tras día lo había visto debilitarse, había visto cómo la luz de sus ojos se apagaba con lentitud, cómo su sueño se hacía cada vez más profundo y prolongado.
Por fin entendió su deber: debía revelarle que los médicos no albergaban esperanzas de que se recuperara.
William había tomado esa revelación con su habitual serenidad.
—Había empezado a sospecharlo —le confesó—.
Lo único que lamento es tener que dejarte, mi dulce amor.
Pero no te aflijas. Te ruego que no te aflijas por mí, Magdalen.
Tuvimos mucho en muy poco tiempo, y cada momento valió todo en el mundo para mí.
Recuérdalo, querida. Me has hecho muy feliz y puedo irme orgulloso porque me has amado y porque has sido mi esposa.
Pasó un día más había aferrado a la vida con toda su obstinación, pero sufría dolores constantes y se hundía a menudo en la inconsciencia.
Magdalen no lo abandonó. Estuvo todo el tiempo agazapada junto a su cama, sosteniendo su mano.
No la soltó ni cuando uno de los capellanes del ejército llegó cansado desde Mont-Saint-Jean para unirse a ambos en oración.
Aquella noche, él se despertó para pedirle que se acostara a su lado en el angosto catre. Magdalen contuvo un sollozo. Se tumbó junto él, a estrechar su cuerpo dolorido, a apoyar la cabeza en su pecho. Exhausta, se quedó dormida.
Al despertar, William estaba muerto. Desde entonces, nunca dejó de reprocharse haber dormido.
George le tocó el brazo.
—Magdalen —le dijo en voz baja y gentil—. Déjame llevarte de vuelta a Bruselas. No puedes hacer nada más aquí, querida. Después del funeral, te acompañaré a Escocia.
—¿O a Nueva Gales del Sur? —Magdalen replicó con dolor—. Allí era donde mi pobre amor quería llevarme, ¿lo sabías?
—Lo oí hablar de ello —confirmó George—. Nuestras espadas iban a convertirse en rejas de arado, ¿no es así? —La ayudó a levantarse.— Bueno, eso es lo que ocurrirá con la mía, lo juro. Ya he tenido bastantes guerras.