Capítulo 4 #3
—Sí —confirmó Murdo con un nudo en la garganta.
El tiempo pasaba, lo sabía, y, con la luz del día, sus posibilidades de escapar eran cada vez menores.
Pero no podía dejar morir solo a ese pobre y mutilado joven soldado.
Miró hacia donde los merodeadores campesinos habían dejado caer su botín.
Sería bastante fácil respetar lo que ese pobre diablo le estaba pidiendo.
Entre los revueltos abrigos rojos, podría haber uno de su talla, uno que pudiera aceptar en lugar del suyo.
Murdo se levantó con lentitud—. ¿En qué regimiento sirve usted? —preguntó.
—En el Quincuagésimo Segundo. Me llamo Dean, Michael Dean, soy alférez.
—Había notas de orgullo en su voz entrecortada.
— Llegué de Inglaterra hace solo dos días.
Aun así, me confiaron la bandera del regimiento, hasta que caí herido.
Entonces me relevó el alférez Leeke. Oiga…
por favor… —El joven oficial intentó en vano incorporarse.
— ¿Podría…? ¿Podría asegurarse de que la que trae es mi túnica?
En el bolsillo del pecho hay cartas y mi comisión.
Aunque me hayan robado el dinero, es posible que hayan dejado las cartas.
Nuestros… Nuestros forros son de color beis.
—La encontraré —prometió Murdo.
—Forros beis —repitió el alférez. Temblaba con tanta violencia que Murdo, antes de apartarse, se despojó de su mochila, sacó su manta empapada y la extendió sobre el cuerpo blanco y helado.
Dean, pensó con lástima, tenía más o menos su misma edad y se estaba muriendo después de haber estado…
, ¿qué acababa de decir?, solo dos días en su regimiento.
Quizás se había alistado en alguna exclusiva escuela pública con una comisión comprada para él por un padre complaciente.
—Tenga esto —lo instó Murdo—. Guarde silencio, no tardaré.
—Añadió «señor» y sonrió para sí. Mucho bien no le haría el rango al desafortunado muchacho; incluso si, por algún milagro, llegara a sobrevivir, ¿qué le depararía la vida sin las piernas?
Con mucho cuidado, Murdo colocó su mochila bajo la cabeza del alférez y fue en busca de la túnica.
—Hay una carta —le dijo el alférez Dean— en mi…
bolsillo del pecho. Está dirigida a la señorita Amelia Archer.
Ella está… en los escenarios de Londres.
En el teatro Haymarket, y… Le estaría muy agradecido si usted…
se encargara de entregársela. Yo… —Se atragantó y su voz se apagó en un ominoso silencio.
Murdo vaciló, preocupado, pero siguió caminando.
La túnica fue fácil de encontrar, pues era la única escarlata entre un montón de azules franceses.
En el bolsillo del pecho había, como el oficial herido había afirmado, un fajo de papeles y, entre ellos, un cuadrado de pergamino grueso, plegado.
Era su comisión, por supuesto. Por alguna razón que solo él conocía, había decidido llevarla consigo a la guerra.
Murdo recogió la túnica y, con ella, un par de monos azul oscuro.
Estaban tan manchados de sangre que no cabía duda de su procedencia.
También añadió a la túnica y los pantalones un chubasquero negro.
Parecía lo más adecuado para sus propias necesidades.
Enrolló las tres prendas en un fardo y se lo metió bajo el brazo.
Pudo ver que cada vez más gente iba de un lado al otro en medio de la carnicería.
Dos oficiales prusianos pasaron a caballo cerca de él y lo hicieron sentir incómodo, pero apenas le prestaron atención.
Los saqueadores campesinos, aunque su número había aumentado, parecían congregarse ladera abajo.
Luego, unos repentinos disparos de pistola le provocaron un sobresalto momentáneo.
Al mirar a su alrededor, se dio cuenta de que un par de herradores británicos, por pura compasión, estaban poniendo fin a los caballos heridos.
Los altos tocados de piel de oso con penacho los identificaban como Grises de Escocia.
Era irónico que los caballos, en cierto sentido, tuvieran más fortuna que muchas de las víctimas humanas de la batalla.
Para los soldados, hasta el momento, no había llegado ningún socorro.
Murdo volvió, dando tumbos por el barro revuelto, obligado a no prestar atención a los gritos lastimeros de algunos de los heridos franceses que pedían agua.
Respirando con dificultad, depositó junto a su dueño el fardo de ropa recuperada.
—Aquí está su túnica, señor Dean —anunció— y los papeles aún están en el bolsillo.
Su dinero también, creo, y… —No recibió ninguna respuesta.
Se inclinó más y se quedó mirando los ojos en blanco, ya ciegos, del hombre al que había tratado de ayudar.
El alférez Michael Dean había encontrado, igual que los caballos mutilados, una liberación misericordiosa de su dolor.
Ya no necesitaba la túnica ni su comisión, y la carta para la señorita Amelia Archer tendría que serle entregada en el teatro Haymarket por un desconocido, como él había pedido.
Pero, si ese joven ya no necesitaba la túnica ni la comisión…
Murdo tragó saliva y sintió que se le hacía un nudo en la garganta.
Podía hacer un buen uso de ambas cosas: le servirían para llegar a Bruselas sin miedo a ser reconocido, sin arriesgarse a que lo arrestaran como desertor.
Los oficiales iban adonde querían y nadie les hacía preguntas.
Metió la mano en el bolsillo de la túnica escarlata y sacó el grueso folio de preciosa vitela.
No podía leerlo en la penumbra, pero no le cabía duda de su autenticidad.
Las comisiones podían venderse. Una comisión de alférez en el Quincuagésimo Segundo Regimiento valdría varios cientos de libras, y…
Apenas consciente de lo que estaba haciendo, volvió a meter el documento en el bolsillo y empezó a desabrocharse la túnica.
La de Michael Dean le quedaba bastante bien; se la puso mientras atisbaba a su alrededor para asegurarse de que no hubiera nadie lo bastante cerca como para observarlo.
Enseguida se desabrochó el kilt. El uniforme, cubierto de barro y sangre, no era un buen sustituto, pero se lo puso entre arcadas.
Sus propias botas tendrían que bastar; no se atrevía a buscar las de Dean bajo la manta con que lo había cubierto.
Y… De pronto, aquejado de compasión, supo que no podía dejar al muerto desnudo, tal como lo había encontrado: sin dignidad y sin identidad, para que quizás lo confundieran con un francés.
Se arrodilló para envolver con su falda Gordon el cuerpo inerte, que tenía las piernas destrozadas en una forma horrible. Sacó de la escarcela las monedas de oro y la ató al cadáver. Lo siguiente fue vestirlo con su propia túnica desechada.
—Quizá no sea un cambio justo, muchacho —dijo en voz alta—, además de que los forros son amarillos. Pero, si llegaran a enterrarte con los muertos del Nonagésimo Segundo, sería un entierro honroso, no temas. Y yo entregaré tu carta, como me pediste.
En el rostro sin vista no había ningún reproche, pero Murdo, al encontrar con sus propios ojos los ojos en blanco, exhaló un largo suspiro. Vio que por fin llegaban los carros y las mujeres. Estaba amaneciendo.
Se puso en pie con dificultad y salió tambaleante al encuentro de las recién llegadas. Una de las mujeres reconoció su insignia, lo cogió con delicadeza del brazo y le condujo a un carruaje que estaba a la espera.
—Este es para los oficiales —le dijo—. Mi ama lo ha enviado con ese fin. Y creo que usted necesita los cuidados de un médico.
El carruaje, cargado de oficiales heridos de la guardia, supervivientes de la heroica defensa de su regimiento en la granja de Hougoumont, partió a paso ligero hacia Bruselas.
Murdo temía que le preguntaran algo, así que fingió dormir.
De cualquier modo, sus compañeros parecían del todo exhaustos y mostraban poca disposición a conversar con él o, incluso, a decirse algo entre ellos.
Lo único que pudo deducir de sus escasos y lacónicos comentarios fue que el castillo de Hougoumont, donde habían alojado a los heridos, había sido incendiado por el fuego continuo de los obuses enemigos.
La mayoría de los heridos se habían quemado vivos.
Ante la amarga angustia de los oficiales, se sintió avergonzado.
Ralentizaban la marcha de su carruaje las largas filas de carros y carretas, atestados de heridos de ambos bandos.
Transcurrieron más de tres horas antes de que llegaran a las afueras de la ciudad.
Luego, abandonada la corriente principal del tráfico, se detuvieron, por fin, frente a una alta e imponente residencia privada en medio de un extenso jardín.
Los criados los ayudaron a bajar. A Murdo lo condujeron a una improvisada sala de hospital. Allí lo ayudaron a acostarse en una cama con sábanas de lino de dulce aroma y le dieron té. Un cirujano belga le puso una docena de puntos en el cuero cabelludo lacerado, le vendó el brazo y lo desangró.
—Ese tirano de Napoleón está huyendo hacia París —le dijo el médico con un alivio sin rubores—. El noble due de Veilington ha salido a perseguirlo al frente de nuestro ejército. Ya está en Nivelles. Bruxelles est sauvé. Esta ha sido para nosotros una gran victoria, n‘est-ce pas ?
Murdo no encontraba palabras para responderle. El belga de pelo blanco le sonrió tranquilizador.
—No te preocupes, mi valiente y joven amigo. Para ti, la batalla ha terminado. Ese brazo está muy infectado, pero intentaré salvártelo. —Hizo una señal a un ordenanza que llevaba un frasco de sanguijuelas y añadió con voz amable—: Restez tranquil, mon cher! Pronto estarás de camino a Inglaterra.
*
También para Magdalen De Lancey la batalla había terminado. Y con ella, pensaba la joven con infinita tristeza, su vida, pues, sin su amado esposo para compartirla, ya no quería existir.