Capítulo 4 #2
—Esos despreciables franchutes están en plena retirada —añadió su informante—.
¡Y la caballería va tras ellos, con Napo corriendo para salvarse!
Hemos ganado, señor, no tenga ninguna duda.
—Miró inseguro la cara de George, como en un intento de evaluar la capacidad del oficial para montar, y le preguntó preocupado—: ¿Le duele mucho, señor?
¿Será capaz de llegar a un puesto sanitario por sus propios medios?
Los heridos han estado yendo a pie colina arriba, hasta ese pueblo que llaman Mont-Saint-Jean. No está lejos, señor.
George aún no sentía las piernas y le costaba mucho mantenerse erguido en la silla, pero… ese joven del clan de los Gordon ya había hecho bastante y estaba ansioso por volver al vivac de su regimiento antes de que notaran su ausencia. George logró esbozar una débil sonrisa.
Se daba cuenta de que el muchacho tenía una voz educada, con pocos rastros de acento.
Sus modales eran inusuales para un simple soldado raso.
Con todo, era probable que él y su camarada de cejas negras hubieran ido en busca de botín y que, por eso, y para su fortuna, hubieran aparecido a tiempo de salvarlo del prusiano asesino.
Corrían el riesgo de ser castigados con mucha severidad si su conducta llegara a conocimiento de sus oficiales.
Permitir algo así sería, decidió George, una muy mala recompensa por la ayuda que le habían brindado.
Recogió las riendas del corcel prestado y dijo en voz baja: —Me las arreglaré bastante bien si voy despacio. Vuelve a tu campamento, muchacho, antes de que tu sargento descubra que te has ido. Te estoy muy agradecido y no olvidaré tu oportuna ayuda. ¿Te importaría decirme tu nombre?
El joven soldado vaciló un poco; luego sacudió la cabeza vendada.
—Preferiría no hacerlo, señor, si no me lo toma a mal. En cuanto a la gratitud… —sonrió con una repentina e inesperada calidez—, creo que soy yo quien ha quedado en deuda con usted. Si se supiera la verdad… Buena suerte, señor.
George no discutió más, aunque el significado distaba de haberle quedado claro, y se puso en marcha a través del campo de batalla.
Trataba en vano de cerrar los ojos. El cielo se estaba iluminando muy rápido y ya revelaba las horribles escenas de la carnicería.
Por todas partes se veían cañones destrozados y carros volcados, caballos mutilados y cadáveres amontonados.
El hedor de la corrupción se elevaba con la bruma matinal y le provocaba violentas arcadas. Procuró acelerar el paso.
Primero iría al cuartel general del duque, se dijo, a pedir noticias de su hermano.
Después, siempre que William hubiera salido ileso, buscaría la ayuda de un médico.
Aunque tenía las piernas magulladas y muy torcidas, no creía que se hubiera roto ningún hueso.
Dejaría que lo vendaran. Quizás también lo desangrarían.
Luego iría a rendir informes a su regimiento.
O a lo que quedara de él, después de aquella desastrosa carga contra los cañones franceses…
*
Murdo se quedó mirando al oficial de los Grises de Escocia hasta que lo perdió de vista.
Había decidido, mucho antes de encontrarse con él, que desertaría a la primera oportunidad.
De hecho, se había escabullido del vivac pocas horas antes, bajo el supuesto de que su sigilosa partida pasaría inadvertida; pero, para su consternación, un hombre de su propia vanguardia, Jamie Duncan, lo había visto y seguido.
Jamie había malinterpretado los motivos de Murdo. Daba por sentado que su compañero había salido a saquear cadáveres franceses, y por eso se había pegado a él como una sanguijuela.
—No tocaremos a nuestros hombres —había dispuesto Jamie—, solo a los franchutes, y tal vez a algunos de esos azulejos valones que no corrieron lo bastante rápido cuando los gabachos se nos echaron encima la primera vez.
Murdo recordaba que habían respetado el acuerdo.
Ahora bien, consciente de que necesitaría dinero si quería regresar sano y salvo a Inglaterra, no había dudado en saquear a los enemigos muertos.
Y había reunido una buena suma, la mayor parte en oro.
Hizo sonar la escarcela que llevaba ceñida a la cintura.
Jamie podía quedarse con el botín del prusiano, pues Murdo tenía suficiente sin eso.
Al cederle a Jamie la mochila cargada, se había liberado por fin de su presencia de sanguijuela.
Duncan era un veterano de la Península; jamás se le pasaría por la cabeza desertar del regimiento y, a pesar de todos sus instintos depredadores, no simpatizaría con nadie que quisiera hacerlo.
Pero él desertaría. Y nadie, menos aún Jamie, iba a impedírselo. Ya había tenido bastante, Dios bien lo sabía. Ya había hecho suficiente aquel día, y no se diga en Quatre Bras, claro, para defender el honor del regimiento. También había defendido su reputación de combatiente y su propio orgullo.
Murdo exhaló un largo suspiro. Tendría que planear su huida con cuidado.
Lo último que quería era correr el riesgo de que lo reconocieran y lo arrestaran como desertor.
Para evitarlo, tendría que deshacerse de su llamativo uniforme.
—Contrajo sus oscuras cejas en una profunda reflexión.
— O bien, tendría que cambiarlo por otro con el que no lo reconocieran, y a su alrededor había muchos para elegir.
La ropa de paisano sería mejor, sin duda; y tal vez podría conseguirla en Bruselas.
El viejo Père Lachasse, con quien se había alojado, le proporcionaría lo necesario por dos o tres de las monedas de oro francesas que él llevaba en su escarcela.
Solo tenía que llegar a Bruselas. Sus heridas le proporcionarían una justificación para volver a Inglaterra. Por Dios, también podría arreglárselas para viajar en uno de los carros que, muy pronto, vendrían a recoger a los heridos.
Se le pasó parte de la tensión pensando en esto.
Siguió adelante, mirando a su alrededor con cautela, manteniéndose alejado de las otras figuras sombrías que, cada vez en mayor número, se movían por el campo de batalla.
Los recién llegados eran campesinos de las aldeas cercanas.
Murdo presenció la repugnante escena: no contentos con despojar a los muertos de sus objetos de valor, los despojaban de sus ropas.
Dejaban los cuerpos desnudos y se llevaban grandes fardos de chaquetas, calzones, ropa interior y botas.
Una cosa era que los soldados que habían participado en la batalla saquearan a sus enemigos caídos, pensó indignado; otra, muy distinta, que estos civiles rapaces se enriquecieran con la macabra profanación de los muertos.
Lleno de ira irracional, expulsó a un grupo a punta de bayoneta, sin escuchar sus maldiciones, mientras dejaban caer sus despojos y huían.
Los cadáveres que habían estado desvalijando eran británicos.
Al igual que Jamie Duncan, no toleraba que se saqueara a sus propios muertos.
Murdo estaba a punto de alejarse de ahí, maldiciendo en voz baja, cuando una débil voz le pidió que esperara.
—Por favor…, usted es un soldado británico, un escocés de las Tierras Altas. En nombre de Dios, ¡ayúdeme!
La voz, procedente de uno de los cuerpos desvalijados, era inglesa y vibrante de desesperación.
El hombre yacía en el suelo embarrado y empapado de sangre, temblando, rodeado por un verdadero montón de cadáveres, algunos de los cuales aún vestían la chaqueta escarlata de los británicos.
Movido a compasión, Murdo respondió a la trémula llamada.
Olvidado por un momento de su propia búsqueda, se arrodilló en el barro y, con toda la delicadeza que pudo reunir, deslizó un brazo por detrás de los hombros desnudos del hombre y le levantó la cabeza hasta ponerla a la altura de la suya.
—Agua —suplicó el herido—. Muero de sed… ¿Tiene agua?
Murdo recordó que había llenado su cantimplora la noche anterior en una zanja inundada, después de que él y la mayoría de su compañía hubieran saciado la sed y lavado sus rostros cubiertos de humo en las viscosas profundidades.
Pero, por asqueroso que fuera, no tenía nada más que ofrecer.
Destapó la cantimplora y, en silencio, la acercó a los labios del hombre.
—¡Ah, Dios lo bendiga! —exclamó la débil voz—. Llevo toda la noche acostado pensando en poco más que mi sed. Cuando aparecieron esos campesinos, yo esperaba que se apiadaran de mí; en lugar de eso, me despojaron del uniforme y me maltrataron tanto que la hemorragia ha vuelto a empezar.
Se señaló las piernas y Murdo, horrorizado, vio que solo le quedaba el muñón de la derecha.
La izquierda, retorcida bajo el cuerpo, estaba reducida a una pulpa sanguinolenta.
El hombre tenía el pie aplastado, adherido al hueso destrozado del tobillo por no más que unos pocos tendones.
Alguien, quizás el mismo herido, había hecho un tosco torniquete con un pañuelo alrededor del muslo izquierdo.
El torniquete se había desprendido y, como había dicho el pobre soldado, la hemorragia volvía a correr.
Murdo extendió una mano con la intención de apretar el trozo de seda, pero el herido negó con la cabeza.
—No servirá de nada, amigo mío. Me dieron un balazo cuando estábamos formados en escuadra para rechazar el último ataque de la caballería francesa. De eso hace ya muchas horas. Estoy aquí tendido desde entonces. No me queda mucho tiempo de vida.
—Oh, vamos —comenzó Murdo, tratando de animarlo—, pronto llegarán los carros y las mujeres de su regimiento. Lo llevaré a ellas y yo…
—¡No! —Su interrupción no fue más que un susurro, pero no dejaba lugar a discusiones.
— Ya no tengo piernas. No hay esperanza para mí y ya he hecho las paces con Dios.
Pero, si quieres serme útil, como el buen amigo que eres, puedes hacer algo por mí.
Recupera mi uniforme. Esos desalmados dejaron caer su botín, ¿no es así? , cuando los expulsaste.