Capítulo 4
Había oscurecido cuando George De Lancey recobró la conciencia.
Se dio cuenta de que las armas habían callado.
Los tambores no tocaban el pas de charge francés ni las gaitas de las Tierras Altas respondían desafiantes; no se oía el ruido de los pies al marchar; no se oía el eco de los vítores ni, en las inmediaciones, había ningún movimiento que él pudiera percibir.
Solo los lamentos y gemidos de hombres magullados y moribundos le decían que no estaba solo.
La batalla, al parecer, había terminado.
Si la difícil misión del duque de Wellington había terminado con una victoria o una derrota, no podía saberlo.
Su último recuerdo era una carga de su regimiento, un pleno desafío a la muerte.
Con el corazón palpitante, recordaba cómo habían descendido fragorosos por la ladera, abriéndose paso entre las columnas francesas que avanzaban, encontrándose con los coraceros, apartándolos a golpes de sable, llevándose a su paso dos estandartes de águila de Bonaparte, lanzándose luego entre los artilleros enemigos y expulsándolos de sus cañones.
Había sido vivificante hasta el extremo, un momento de supremo valor y triunfo, liderado con temeridad por el coronel sir William Ponsonby, quien, con los brazos colgando laxos a sus costados, se había metido las riendas entre los dientes para galopar a la cabeza.
Pero… George inspiró hondo. Habían cargado demasiado lejos y demasiado deprisa; la tropa, con los caballos reventados, no había logrado reponerse.
Pronto, un contraataque de coraceros frescos y un regimiento de lanceros los había dispersado en un triste desorden.
Había luchado contra media docena de ellos.
Ya había dado por hecho que le tocaría morir a manos de ellos y… No sabía nada más.
No recordaba el golpe que lo había derribado, solo que se encontraba en el suelo, con la respiración ahogada y la agónica sensación de que un gran peso lo oprimía y le impedía cualquier movimiento.
Su caballo, el gallardo animal que tan bien lo había llevado…
Con una exclamación ahogada, intentó incorporarse, pero el peso seguía allí, sujetándole las piernas como una prensa.
Con infinito esfuerzo, consiguió incorporarse sobre los codos.
Su mirada estupefacta se encontró con la vaga silueta de su caballo muerto. Vio que la pobre criatura había caído sobre sus piernas y se había desangrado ahí mismo. George tenía las piernas entumecidas, no las sentía. Se daba cuenta de que no podía liberarlas por más que lo intentaba.
El esfuerzo por sacar las piernas lo agotó.
George tuvo que reconocer que la lucha era inútil y se dejó caer hacia atrás.
Había fogatas encendidas abajo y a su derecha, pero estaban demasiado lejos como para que alguien pudiera oír sus gritos de socorro.
Además, los hombres a su alrededor, los supervivientes de la batalla, parecían demasiado exhaustos para escuchar los gritos, incluso de los heridos que tenían más cerca.
No habría ayuda para ninguno hasta que, con el amanecer, los carros pudieran subir para cargar con los sobrevivientes, llevarlos a los hospitales de campaña y ponerlos en manos de los cirujanos.
Las mujeres llegarían entonces. Las devotas mujeres, marcadas como adeptas del campamento, que acompañaban a sus hombres a la guerra.
Sin embargo, en horas de oscuridad, pocas de ellas se atreverían a aventurarse en el campo de batalla.
La experiencia de la campaña peninsular ya se lo había enseñado, solo que…
George se tensó al oír un grito que venía de algún lugar, tan cerca de él que era incómodo.
El grito fue amortiguado, cortado con brusquedad, pero lo dejó inmóvil, demasiado consciente de lo que presagiaba.
Eran saqueadores: hombres malvados y sin principios, de los que había en todos los ejércitos, sin excluir el suyo.
Buscaban en los cadáveres cualquier cosa de valor, y no siempre limitaban su búsqueda depredadora a los muertos.
El hombre que había gritado estaba vivo, sin duda, pero ahora se había sumido en el silencio y…
Giró con dificultad sobre un costado y vio tres figuras tenebrosas que se acercaban.
Daban pasos lentos y se detenían una y otra vez para inclinarse sobre los cadáveres amontonados, anhelantes de saquearlos.
Luego seguían avanzando con las mochilas abultadas, sin hablarse entre sí ni ponerse de acuerdo.
Se mantenían a cierta distancia, cautelosos, conscientes de la presencia de los otros.
Eran prusianos de uniforme oscuro, y los tres iban armados.
La luz de la luna brillaba en sus bayonetas desenvainadas.
George sintió que la bilis le subía a la garganta.
¿Tenía que quedarse allí tumbado, indefenso, y dejar que le robaran, que lo despojaran de su uniforme y, tal vez, si se resistía, que le clavaran una bayoneta para silenciarlo?
En la funda de su montura había una pistola.
Si tan solo pudiera encontrarla. Estaba cargada, aunque no cebada.
Aun así, si pudiera encontrarla, el arma amenazante podría servir para mantenerlos a raya.
Se incorporó hasta quedar medio sentado, despreciando el dolor punzante que sentía en el pecho, y buscó a tientas la funda de la pistola.
Sus dedos se cerraron en torno al cuero, pero, antes de que pudiera sacar el arma, uno de los prusianos lo alcanzó.
Su gran mano lo agarró por el hombro y lo arrojó hacia atrás.
Una voz gutural en alemán le advirtió que se quedara quieto.
Entonces, con lujo de brusquedad, el hombre empezó a registrarle los bolsillos.
Voceó su satisfacción al encontrar el reloj de bolsillo de George y el puñado de monedas que llevaba consigo.
No contento con tal hallazgo, el prusiano cortó con su bayoneta una de las charreteras de la chaqueta de su víctima; luego, la otra.
Entre insultos e injurias, se inclinó sobre George con la intención de robarle la pistola, que aún seguía enfundada.
Humillado, enfermo de frustración y despreciando las posibles consecuencias, George le dio un puñetazo al prusiano.
El hombre tropezó y luego, habiendo recuperado el equilibrio, levantó la bayoneta entre airadas maldiciones.
Y la habría utilizado sin remordimientos, pero, por obra de la Providencia, antes de que pudiera descargarla, aparecieron en escena dos compañeros británicos.
Eran escoceses de las Tierras Altas, soldados abatidos, como pudo comprobar George con alivio.
Los llamó con urgencia, fueran saqueadores o no.
El prusiano soltó el saco del botín y se arrojó a su lado, en el suelo fangoso, como si estuviera muerto.
—¡Por el amor de Dios! —gritó George—. ¡Ayudadme! Soy un oficial de los grises y este cerdo no está muerto. Acaba de robarme.
Los dos escoceses respondieron de inmediato. Uno de ellos clavó su bayoneta en la espalda del prusiano mientras el otro recogía el saco desechado y volcaba su contenido en el suelo.
—Señáleme cuáles son sus pertenencias, señor —ofreció cortés—, y se las devolveré.
—Puedes quedártelas —respondió George—, pero quítame este caballo de encima.
El soldado le sonrió. Era joven y buen mozo. Llevaba una venda manchada de sangre en la cabeza y otra, también ensangrentada, alrededor del brazo izquierdo.
—Haremos todo lo posible —prometió—. Pero, como podrá ver, señor, la pérdida de sangre me tiene algo débil.
—Se volvió hacia su compañero, un hombre de cejas negras y complexión fuerte que estaba ocupado en limpiar su bayoneta de la sangre del prusiano.
— Oye, Jamie, este oficial es uno de los nuestros; es un Gris de Escocia y quiere que le quitemos el caballo de encima. ¿Nos echas una mano?
—Sí, claro —aceptó el montañés de cejas negras. Clavó la culata de su mosquete bajo los cuartos del caballo muerto e hizo fuerza—. Agarra al oficial por los hombros, Murdo, y sácalo.
Lo arrastraron entre los dos y George les dio las gracias.
Tenía las piernas tan entumecidas que ni siquiera podía intentar ponerse de pie, pero su alivio era inmenso.
El soldado al que acababan de llamar Murdo lo ayudó a incorporarse.
Con persistente honradez, le pidió, una vez más, que identificara sus pertenencias.
Una extraña sonrisa burlona curvaba sus labios.
—No quisiera que pensara mal de nosotros, señor.
—No lo hago —le aseguró George—. Me has salvado la vida. —Volvió a coger el reloj y la pistola, pero dejó las monedas. —Quedaos con estas y el resto como recompensa. El cerdo que las robó ya no las necesita.
Los dos soldados intercambiaron miradas, y el mayor, sin discutir, volvió a meter el botín del prusiano en la mochila.
—Tendremos que volver al vivac de nuestra compañía —dijo, evitando la mirada de George. Tenía urgencia, eso era evidente, de adelantarse a cualquier petición de ayuda que el oficial pudiera hacerle—. Debemos pasar lista al amanecer. Si no estamos allí, nos meteremos en problemas. ¿Vienes, Murdo?
—Iré más tarde —respondió el joven—. Antes me aseguraré de que este oficial puede tenerse en pie y le encontraré un caballo. No me esperes.
Cumplió su palabra. Encontró un caballo francés, ileso en apariencia; y, mientras ayudaba a un agarrotado George a montar, respondió a sus ansiosas preguntas sobre el resultado de la batalla.
La victoria, al parecer, estaba de su lado.
Bonaparte había enviado contra ellos a su famosa Vieja Guardia en un último y desesperado intento de contener la marea, pero incluso eso había fracasado.
Los prusianos de Blucher se habían unido a la refriega en el último momento, algo que, si su mente hubiera sido capaz de razonar, él debía haber deducido de la presencia de los saqueadores, reflexionó cáustico.