Capítulo 3 #5
El duque de Wellington, acompañado por su estado mayor y su escolta, estaba por todas partes.
Daba la impresión de contemplar con indiferencia e inmunidad el furioso asalto de los cañones franceses.
Murdo lo vio más de una vez, a unos metros de la retaguardia del Nonagésimo Segundo, dando órdenes con una calma tan estudiada que el joven soldado se preguntó si, de verdad, ese gran hombre era capaz de sentir el miedo.
Parecía llevar una vida de encantamiento.
Algunos miembros de su personal, expuestos como estaban al fuego, cayeron, muertos o heridos, y él no se inmutó.
Era una figura alta e imponente, con capa y abrigo azul oscuro.
El sombrero, con cuatro pequeñas escarapelas, lo llevaba apoyado en las orejas.
Montaba impasible su gran corcel alazán mientras, con un catalejo en el ojo, hacía señales de vez en cuando a uno de sus ayudantes al detectar que una de sus órdenes no había sido cumplida a su satisfacción.
Los hombres no lo aclamaban, pues se sabía que no le gustaban los homenajes, pero su mera presencia les infundía nuevos ánimos. Murdo, como los demás, se sentía eufórico al ver un líder tan arrogante y confiado. El duque estaba avanzando cuando, con sorprendente brusquedad, las armas callaron.
El silencio duró solo unos minutos. Fue roto por el reverberante redoble de los tambores que tocaban el pas de charge. Se oyeron las voces de miles de hombres vitorear y gritar « ¡ viva el emperador! ».
Iban apareciendo entre el humo de los cañones, fila tras fila, liderados por oficiales a caballo que blandían espadas y flanqueados por la caballería, con una extendida línea de jabalineros por delante.
Eran muchos miles y avanzaban en columnas masivas, no desplegados en línea.
Hacían sonar trompetas y tambores para seguir marcando el ritmo que los había puesto en camino.
Los valones, a la derecha, que habían sufrido el cruel castigo de la prolongada descarga de los cañones, vacilaron y se dispersaron. Aterrorizados, cruzaron la línea escocesa dejando en su vuelo una enorme brecha.
El comandante de la división, sir Thomas Picton, vestido de civil y con sombrero de copa, ya que su uniforme se había perdido en el camino, parecía una figura incongruente.
Hizo señas a los escoceses para que se pusieran en pie, llenaran el hueco y avanzaran al encuentro del enemigo.
«¡Fuego!», gritó, a pleno pulmón y, a cuarenta pasos de él, tres mil mosquetes dispararon sobre los franceses que avanzaban.
Los de las Tierras Altas salieron de su escondite para hacer frente al avance de los enemigos, y estos, que suponían que la línea estaba rota y tratando de desplegarse, fueron cogidos por sorpresa.
—¡A la carga, muchachos! ¡A la carga! ¡A bayoneta! ¡Hurra! —ordenó el general Picton. Y esa fue la última orden que dio, porque, mientras los escoceses avanzaban, una bala de mosquete lo alcanzó en la cabeza. Murió de inmediato. Su cuerpo se desplomó sobre el cuello de su asustado caballo.
La embestida se añadió a los estragos que la primera descarga de mosquetes ya había conseguido.
Los franceses, obstaculizados por su propia formación, aún no se habían podido desplegar.
Empezaron a desbalagarse. Murdo, arrastrado ladera abajo por la presión de la línea que venía detrás, arremetía lanzando cuchilladas con su bayoneta, sin el menor miedo, urgido por los gaiteros del regimiento.
Desde algún lugar detrás de él, se oyó el ruido sordo de los cascos de los caballos.
Su propio sargento daba gritos a los hombres para que dejaran pasar a la caballería.
Y entonces aparecieron los jinetes, al galope sobre sus grandes caballos grises, saltando el seto del borde del camino y bajando la colina con un ruido atronador.
Eran los Dragones Británicos del Norte, los famosos grises, con la luz del sol destellando en sus sables desenvainados.
Bajaban corriendo tras los reales y los Inniskillings, que habían recibido la orden de cargar por delante.
A su alrededor, Murdo oyó que algunos de los hombres los animaban. «¡A por ellos, grises! —gritaban—, ¡viva Escocia!»
Vio a varios de sus camaradas cogerse a los latiguillos de las sillas y salir corriendo junto con los jinetes hacia la columna francesa.
Sin pensárselo dos veces, siguió el ejemplo.
La caballería se encontró con la columna y espoleó, la atravesó en fondo del valle y dispersó a la infantería francesa.
Iban tajando con sus sables a los enemigos mientras corrían.
—¡Cargad las armas! —gritó un oficial.
Murdo, sin aliento, miró al hombre cuyo latiguillo sujetaba. El jinete, un oficial, le obsequió una breve sonrisa y lo hizo apartar la mano.
—¡Ya has llegado bastante lejos, muchacho! —gritó por encima del estruendo.
Espoleó y lo dejó donde estaba. Murdo empezó a gritar en señal de protesta, pero entonces algo lo golpeó en un lado de la cabeza. Cayó indefenso en el barro revuelto mientras un escuadrón de lanceros franceses galopaba sobre él y lo pisoteaba.
Sintió que caía en un pozo oscuro y sin fondo. Cuando la oscuridad se cerró sobre él, volvió a ver el rostro de la sirvienta belga que se le había aparecido en sueños. Esa vez, sus facciones eran bastante claras y nítidas. La moza le estaba tendiendo la mano para coger la suya.