Los aventureros (Los australianos 9) Capítulo 3 #4
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Capítulo 3 #4

Se desplomó exhausto en el suelo, consciente, por primera vez, de que estaba lloviendo y de que el arcén del camino sobre el que yacía estaba húmedo y lleno de fango.

Una tropa de artillería a caballo pasó galopando a través del espacio que acababan de abrirles.

Se dirigían al campo de batalla que ellos mismos habían dejado atrás momentos antes.

Las ruedas de los cañones y carros salpicaron a los escoceses de las Tierras Altas que descansaban entre el barro revuelto.

Pero no se alzó una sola voz de protesta.

Esos artilleros cabalgaban para proteger su propia retaguardia de la persecución de la caballería francesa.

En un oscuro silencio, los escoceses los vieron pasar.

—¿Tienes agua en la cantimplora, Murdo? —le preguntó su compañero de primera fila.

Murdo negó con la cabeza sin haberse molestado siquiera en comprobarlo.

Su cantimplora estaba vacía desde el amanecer.

Había engullido el contenido en un vano intento de saciar una sed furiosa y librarse del hedor de la muerte.

La tarde anterior había visto morir a muchos hombres: unos habían sido sus amigos, en tanto que otros eran extraños o enemigos.

El coronel del regimiento, John Cameron, de Fassifern, había muerto por el tiro de un francotirador.

Ese hombre le había disparado desde el piso superior de una granja, muy al principio de la batalla, mientras el comandante dirigía a su tropa en una carga a través de la carretera de Charleroi.

A Murdo le escocían los ojos al recordar el dolor de Ewen MacMillan, el hermano adoptivo del coronel, y la venganza de todo el regimiento contra los ocupantes de la granja.

Los recuerdos lo hicieron estremecer. Ese día había temido por su propia vida muchas veces.

Había resistido con las tripas hechas agua y la bilis subiéndole por la garganta.

A punto había estado de huir de aquella carnicería, de obedecer la tentación de arrojar su mosquete y echar a correr sin mirar adónde.

Pero el orgullo lo había mantenido en su sitio y cumpliendo las órdenes.

Permaneció en cuadro y, con la tropa, rechazó repetidos asaltos de la caballería pesada francesa.

A esos soldados los veía como figuras temibles, de relucientes corazas, pisoteando los altos maizales tras los cuales, en un principio, estuvieron ocultos.

En una ocasión, el propio duque, acompañado de los miembros de su estado mayor, había tenido que refugiarse en el cuadro del Nonagésimo Segundo y había escapado por los pelos de ser capturado.

Entonces, los artilleros franceses bajaron sus miras para disparar ráfaga tras ráfaga con la esperanza de romper el cuadro y dejar al duque indefenso.

Bajo los gritos de «¡cerrad filas!, ¡cerrad filas!

» de los sargentos, la tropa había resistido.

Luego, vieron que los jinetes volvían al ataque, así que cargaron sus armas, las retacaron, les pusieron fulminantes y dispararon sus mortíferas andanadas, con la primera fila de rodillas.

Los huecos eran rellenados de inmediato.

Murdo cerró los ojos. Trataba de cegarse ante la escena de sus recuerdos, pero la visión seguía allí; el incesante retumbar de los cañones todavía resonaba en sus oídos.

El comandante de su compañía, el capitán Little, había muerto a su lado, con el cráneo partido en dos por el sable de un francés y…

Se estremeció. Con su bayoneta, hirió y derribó al espléndido alazán del coracero.

Entonces, desde ambos lados, sus compañeros brotaron para darle un castigo brutal al jinete.

En retrospectiva, era la muerte del caballo la que le causaba compasión, lo que le provocaba el mayor pesar.

—¡En pie, muchachos! ¡Arriba! —gritaron los sargentos. Las cornetas sonaban. Como en un sueño, Murdo se levantó. El regimiento reanudó la marcha bajo una lluvia torrencial, todavía hacia el norte, todavía en retirada, todavía sin saber por qué les habían robado los frutos de su victoria.

Al anochecer, la lluvia caía a cántaros y convertía los campos y los caminos en cenagales viscosos.

Por fin, a la tropa le llegó la orden de detenerse y acampar.

No había refugios. El terreno estaba demasiado húmedo para encender un fuego; pero los escoceses de las Tierras Altas, empapados y agotados, agradecían el simple hecho de haber terminado su marcha para encontrar el olvido en el sueño.

Murdo durmió, en cierto modo, atormentado por sus sueños. En el más vívido corría sin aliento hacia Bruselas, descalzo y con la caballería enemiga pisándole los talones. Ahí lo esperaba la sirvienta a la que había abrazado con tanto ardor, invitándolo, haciéndole señas para que no se detuviera.

Despertó bajo un sol acuoso y su primer deseo fue emprender la huida.

Pero, después de que el regimiento hubiera recibido la orden de ascender la baja colina en la que habían vivaqueado y tomar posiciones al abrigo de la cresta, llegaron los carros con los suministros.

Los hombres de su compañía se pusieron a hervir una gran caldera de hierro sobre un fuego humeante pero alentador, así que decidió esperar un poco más y desayunar.

—Si hemos tenido que retirarnos ha sido por culpa de los prusianos —dijo el ayudante del oficial al grupo que, reunido en cuclillas alrededor del fuego, intentaba secar su ropa—.

Napo les dio una buena tunda en un lugar llamado Ligny.

El viejo Blucher estaba herido, según el capitán Alexander, y los franchutes dominaron a la mitad de sus divisiones hasta que las masacraron.

Pero se están reuniendo y reagrupando, al parecer, y Nosey ha enviado a decirle a Blucher que resistiremos aquí, siempre y cuando se una a nosotros antes del anochecer.

—Este hombre era uno de los pocos habitantes de las Tierras Bajas del regimiento.

Sonrió irónico ante las caras de consternación que reflejaban los rostros sucios y sin afeitar a su alrededor.

— Ay, gallardos guerreros de las Tierras Altas, ahora estamos bien acompañados.

¡Mirad a vuestro alrededor! Los Camerons, el Cuadragésimo Segundo, nosotros y los Royal Scots, con la Brigada de Caballería de la Unión y nuestros Grises de Escocia detrás de nosotros, no muy lejos.

—Pero tenemos a los malditos valones a la derecha —observó con acritud uno de los veteranos—. ¿No los visteis salir corriendo de Quatre Bras, después de que mataran a nuestro coronel? Franceses y amantes de Napo, ¡eso son!

Nadie le respondió. Los hombres se alimentaron con las galletas del comisariado y té negro hirviendo y dispararon los mosquetes para quitarles la pólvora húmeda. Apenas habían tenido tiempo de reponer sus cajas y cartucheras cuando sonó la corneta para pasar lista.

Menos de la mitad de los que habían marchado por la Puerta de Namur estaban allí para responder.

Del batallón quedaban solo doscientos cincuenta hombres.

Habían perdido a veinticinco de sus treinta y seis oficiales; entre ellos, el coronel Cameron y su segundo al mando.

Los ánimos de Murdo se desplomaron cuando cayó en la cuenta de todo esto, pero él sabía que serían extranjeros los que huyeran, no él, a pesar de lo incitante de su sueño.

Después de la batalla, tal vez; pero no en ese momento, cuando quedaban tan pocos hombres para defender el honor del regimiento.

Sí, y también el honor de Escocia, si el pícaro soldado había sido sincero.

Y parecía que sí lo había sido, porque los tartanes estaban allí cuando los tambores llamaron a las armas y la línea comenzó a formarse, de dos en fondo, tras la cresta de la colina, a la espera del ataque francés.

Llegó justo antes del mediodía, anunciado por un furioso cañoneo.

Estaban hostigando el castillo de Hougoumont, al frente del ala derecha de los aliados, un edificio protegido por unos dos mil guardias británicos.

Murdo no podía ver nada. El seto que corría a lo largo de la cresta de la colina lo tapaba todo, pero, al cabo de una hora, los franceses ya habían colocado un número formidable de cañones a menos de setecientas yardas de la línea aliada.

No tardaron en abrir fuego con una descarga atronadora.

El daño fue relativamente pequeño. Gracias a la intensa lluvia de la noche anterior, los proyectiles no rebotaban para saltar sobre la cresta y aterrizar entre los hombres que se refugiaban detrás, sino que las balas de cañón caían en la ladera y la mayoría eran engullidas por el barro.

Los hombres del Nonagésimo Segundo permanecieron inmóviles, obedientes, a la espera de la orden de levantarse.

Eran conscientes de que las descargas eran el preludio de un avance enemigo.