Capítulo 3 #3
Se abrazaron. George se inclinó para besar la mano de Magdalen.
No dijo nada; su sonrisa era tensa. Luego se fue, y el sonido de sus pesadas botas en la escalera de piedra se alejó poco a poco.
Magdalen se quedó con la misma sensación de tristeza impotente que la partida del joven oficial de las Tierras Altas le había suscitado antes.
Tenía la amarga certeza de que la salida de George aceleraría la de su marido, pues las primeras luces grises del amanecer ya se filtraban por la ventana.
Por fin, William estiró sus miembros acalambrados, despidió a los empleados y, con uno de sus ayudantes, abandonó la casa para informar al duque de Wellington de que su tarea había concluido.
Las instrucciones renovadas para las divisiones de los aliados habían sido redactadas y enviadas; las caravanas de suministros, puestas en marcha, y los estados mayores de artillería y el comisariado, alertados.
Para alivio de Magdalen, que había temido que el duque lo retuviera, volvió para despedirse de ella.
Ella le sirvió más té y un desayuno ligero.
Luego permanecieron juntos, con el brazo de William rodeándola.
Desde la ventana de su habitación observaron las tropas salir de la ciudad.
El Nonagésimo Segundo, con sus faldas escocesas, iba a la vanguardia, al son de la música de sus gaitas y tambores.
Magdalen tuvo que contener las lágrimas que la amenazaban con desbordarse, pues el paso de los soldados sonaba como un aldabonazo en su corazón.
—El Duque estaba durmiendo cuando he llegado —dijo William—. Dormía como un bebé, como si no le importara nada. Debo partir a las seis para reunirme con él… Solo tenemos dos horas para estar juntos, querida, y quiero pasarlas en tu cama.
Contenta, ella se dejó conducir a la gran cama endoselada de flácidas cortinas de brocado; a esa cama a la que tanto se había resistido a subirse sola.
Hicieron el amor con desesperada intensidad.
La inminencia de la despedida los tuvo despiertos hasta un punto tan efervescente que incluso el éxtasis quedó eclipsado por el dolor.
A Magdalen le escocían las lágrimas en la garganta y le ardían en los ojos, y esas torturas resonaban en su corazón mientras se aferraba a él, mientras se entregaba a él casi con lascivia, aunque entumecida e incapaz de alcanzar el feliz clímax que, hasta entonces, nunca se le había negado.
Lo fingió, luchando contra las lágrimas y con la esperanza de que él cayera en el engaño.
Después, tumbada a su lado mientras él dormía, lloró en silencio.
No se atrevió a dormir, no fuera a ser que el poco tiempo que le quedaba pasara demasiado deprisa y que, al despertar, William ya se hubiera ido.
La última hora pasó de largo en el espacio aparente de unos cuantos minutos. La llamada del criado a la puerta llevó el tiempo a su temido final.
Como siempre, William se despertó al instante; había sido soldado desde la tierna edad de catorce años, recordó ella.
Su ahora esposo, antes de unirse al personal del duque, había hecho campaña en las Indias Orientales, Holanda y la península Ibérica, donde había sobrevivido a la retirada a La Coruña bajo el mando de sir John Moore.
A pesar de las inquietantes premoniciones de Magdalen, William sobreviviría, con la ayuda de Dios, a la batalla que se avecinaba.
Lo observó afeitarse con la rápida destreza de una larga práctica. Luego, despidió al criado y lo ayudó a vestirse. Ella misma le abrochó el talabarte de la espada.
Para su sorpresa, él le reveló:
—Lo he organizado todo para que te lleven a Amberes. A mediodía te estará esperando un carruaje alquilado. Tienes una habitación reservada en la posada del Gran Laboureur, en la rue des Palmes. Quiero estar seguro de que, pase lo que pase, estarás a salvo, mi queridísimo amor.
—¿Bruselas ha dejado de ser segura? —preguntó Magdalen. Lo miraba con los ojos muy abiertos, pues él no había expresado tal temor.
—Amberes es más segura, cariño. Si fuera necesario, desde allí podrías tomar un pasaje de vuelta a Inglaterra.
—William estaba vaciando el contenido de su cartera sobre el escritorio de un modo que no admitía discusión.
— Esto debería cubrir cualquier necesidad de dinero.
Úsalo, te lo ruego, pues solo Dios sabe si podremos evitar que Napo se quede con Bruselas.
Lo intentaremos, no hace falta decirlo; pero, en lo que concierne a tu seguridad, no quiero correr riesgos.
Aquí habría un pánico salvaje si la batalla se pusiera en nuestra contra.
Prométeme que te irás; dame esa tranquilidad, por favor, Magdalen.
—Se acercó para tomarla en sus brazos.— Querida, eres más preciosa para mí que la vida misma.
Ella se negó a hacerle la promesa y lo miró con enorme desconsuelo.
Era él quien corría peligro, no ella; era él quien debía tomar parte en la batalla que se avecinaba.
Y, si resultara herido… Se armó de valor.
Estaba renuente a rechazar su petición, pero tampoco estaba dispuesta a poner más distancia entre ellos.
—Estaré esperando tu regreso, querido esposo —dijo en voz baja—. ¡Que Dios te tenga siempre bajo su manto!
—Quiero tu promesa —dijo William con severidad.
—Entonces la tienes —concedió Magdalen.
Él la besó agradecido.
Volvieron a llamar a la puerta.
De repente, estaba sola y oía los pasos resonar en las escaleras, como habían resonado los de George unas horas antes.
Desde la ventana, con el corazón a punto de desquebrajarse, Magdalen De Lancey vio que su marido se alejaba.
*
Las fuerzas aliadas se estaban retirando de Quatre Bras. No era una huida, no habían sido derrotados; de hecho, habían resistido con creces; sin embargo, tenían órdenes de replegarse.
En las filas vestidas de kilt del Nonagésimo Segundo Regimiento había rabia, decepción y gestos de cansancio.
Sucios de humo, habían luchado con tenaz valor desde las dos de la tarde hasta el anochecer, y habían sufrido numerosas bajas.
Caminaban hacia el norte y dejaban atrás el cruce de caminos donde tantos de los suyos habían muerto.
Murdo Maclaine marchaba con ellos, tan desconsolado como cualquiera.
Algún error en sus papeles de alistamiento lo había enviado al Nonagésimo Segundo, en lugar de al Septuagésimo Tercero, el regimiento de su padre, pero no lo deploraba.
Las pocas semanas que había pasado con ellos en los barracones de Bruselas habían sido, para su propia sorpresa, las más felices de su vida, las más enorgullecedoras.
Los hombres eran de las Tierras Altas, de las granjas y las montañas de su tierra natal, y lo habían aceptado al instante como uno de ellos.
Murdo encontró ahí una camaradería que ni siquiera entre la banda de Nick Vincent había sido tan estrecha ni tan llena de confianza.
En cualquier caso, el segundo batallón del Septuagésimo Tercero, según le había contado un sargento, ya no llevaba faldas escocesas, además de que reclutaba, sobre todo, en las Tierras Bajas.
Mientras avanzaba con dificultad, pero impasible, los acontecimientos de las últimas veinticuatro horas iban pasando por su mente como cuadros en una exposición.
A Murdo le costaba reconocer que estaba conmocionado.
Todo lo acontecido le había provocado un sufrimiento angustioso; de hecho, de no haberse topado con su propia impotencia, habría borrado todo vestigio de su memoria.
Las cosas habían comenzado de manera auspiciosa.
Al amanecer de la mañana del 16 de junio, el Nonagésimo Segundo, con sus camaradas del Cuadragésimo Segundo, había marchado a través de la plaza Royale hacia la puerta de Namur, en Bruselas, con las gaitas tocando Cock o’ the North.
Murdo recordaba haber sentido una agradable embriaguez.
Sordos a las advertencias de los veteranos de la campaña peninsular, él y sus compañeros reclutas se sentían ansiosos por entrar en combate.
La familia belga con la que se había alojado estuvo empeñada en dejarlo bien empapado en licor antes de despedirlo.
Y había habido más, en el gran baile de Su Gracia de Richmond.
Su habilidad como bailarín le había conseguido un puesto como miembro del equipo de exhibición, un grupo del regimiento encargado de entretener a los invitados durante la cena.
Había visto allí al gran Wellington, el venerado comandante a quien sus tropas habían puesto el irreverente apodo de Nosey.
Con una hermosa joven del brazo y, en apariencia, sin nada en el mundo que lo preocupara, se movía tranquilo entre la distinguida multitud.
Murdo recordó con pesar que él mismo había encontrado tiempo para abrazar lascivamente a una de las mozas de servicio.
Y así como estaba, cargado de whisky, sin duda habría podido engatusarla para que le permitiera otras libertades, pero su sargento dio órdenes de obedecer el toque de corneta y reunirse.
La chica tenía un cuerpo cálido y tentador, pero él ya no podía recordar su cara ni el color de su pelo ni…
—¡Compañía! —El bramido del sargento irrumpió en sus pensamientos. Habituado a la disciplina, se puso en posición de firmes, a la espera de una orden. Cuando la oyó, sintió un alivio malsano.— ¡Alto y rompan filas!