Los aventureros (Los australianos 9) Capítulo 3
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Capítulo 3

Fuera, en las calles de Bruselas, todo era bullicio y confusión al caer la noche.

Los soldados se mezclaban con los civiles.

De camino al baile de la duquesa de Richmond, pasaba una procesión de carruajes cargados de oficiales con brillantes uniformes, acompañados de sus damas.

Y cada vez con mayor frecuencia, los correos militares, a lomos de caballos espumosos de sudor, se abrían paso entre la multitud, ralentizados por la presión de la gente hasta verse obligados a marchar a ritmo de hombre.

Desde la ventana de su alojamiento, Magdalen De Lancey esperaba el regreso de su marido con la impaciencia engendrada por la ansiedad.

Hacía más de una hora que Guillermo había sido llamado al cuartel general del duque de Wellington.

En el ayudante de campo del duque, tanto por su expresión como por el mensaje en voz baja que había venido a transmitir, había notado que la situación era de extrema gravedad.

Durante todo el día habían corrido rumores de un inminente ataque francés.

Ya se sabía que Bonaparte había cruzado la frontera.

El último rumor que Magdalen había oído era que parte del ejército francés estaba a punto de enfrentarse a los prusianos en un lugar llamado Fleurus, adonde se habían retirado después de hacer frente a Marchienne.

Más alarmante era la noticia, aún no confirmada, de que una fuerza francesa muy numerosa estaba avanzando hacia un punto estratégico en la carretera de Bruselas.

En el mapa, el lugar estaba marcado como Quatre Bras.

Los mapas estaban extendidos sobre el escritorio que William había estado usando.

Antes de que lo mandaran llamar, Magdalen les había echado un vistazo y pudo comprobar que Quatre Bras estaba peligrosamente cerca de Bruselas.

Luego, mientras ayudaba a su esposo a ponerse el uniforme y las condecoraciones, él le dijo que el lugar estaba apenas controlado por tropas holandesas y belgas bajo el mando del Príncipe de Orange, y no, por desgracia, por los británicos.

—Supongo que estaré despierto toda la noche, mi amor —le había advertido con pesar mientras le daba un beso de despedida—.

Habrá nuevas órdenes que enviar: por una vez, parece que el par del reino se ha equivocado al creer que Napoleón intentaría cortar nuestras líneas de comunicación con los puertos del Canal.

Por los informes fiables que hemos recibido, pretende abrir una brecha entre nosotros y los prusianos del mariscal Blucher, con Quatre Bras como primer objetivo.

Ella no presumía de entender de estrategia militar, por supuesto, pero los mapas habían contribuido a ilustrarla y…

Magdalen contuvo un suspiro y se apartó de la ventana.

Volvió a sentarse al escritorio de su marido y trató de localizar en el mapa los nombres que el ayudante del duque había mencionado.

Allí estaba Gosselies, donde los prusianos habían sido atacados por primera vez, y…

Sí, Sombreffe, donde se suponía que estaba el mariscal de campo Blucher.

Había un lugar marcado como Ligny, un pueblo a mitad de camino entre Fleurus y Sombreffe.

Quatre Bras estaba al oeste… No, al noroeste, y aún más al oeste estaban las principales fuerzas aliadas, repartidas en lo que William había descrito como un triángulo, para defender los puertos de Ostende y Amberes.

Magdalen trazó líneas con un dedo que temblaba a vistas, a pesar de todos sus esfuerzos por controlarlo.

El cuartel general del príncipe de Orange se encontraba más cerca de Quatre Bras, en Braine-le-Comte; la división de caballería de lord Uxbridge estaba en Ninove, a más de veinte millas de ahí, y la infantería de lord Hill, en Ath, al doble de esa distancia.

La mano pulcra y precisa de William había marcado esos puntos con símbolos cuadrados.

Y estaba también la reserva, por supuesto, en las inmediaciones de Bruselas, bajo el mando del propio duque.

Magdalen frunció el ceño sobre los símbolos, tratando de entenderlos.

Distinguió dos divisiones anglo-Hannoverianas, al mando de los generales Picton y Cole, así como un destacamento de Brunswick, al mando de su propio duque.

Entonces, las lágrimas nublaron su vista.

Si tan solo William regresara… Si ella pudiera verlo y hablar con él y asegurarse de que no lo habían enviado a Quatre Bras y a Dios sabía qué peligros…

Pero, por supuesto, no lo enviarían allí, a menos que el propio duque, o el par, como lo llamaban sus oficiales, decidiera ir.

William, en su puesto de intendente general y jefe de estado mayor, debía permanecer en el cuartel general, al lado del duque.

Era una tontería por parte de Magdalen imaginar peligros que no existían.

En un raro gesto infantil, se secó las lágrimas con el dorso de la mano.

Nunca permitiría que William se diera cuenta de que había estado llorando.

Aunque sí tenía alguna excusa: su amor por él era el más hondo y apasionado posible, y en su brevísimo matrimonio había encontrado más felicidad de la que, fuera del cielo, había creído que podía existir, incluyendo los sueños.

Su interrumpida luna de miel la había dejado desconsolada y triste; pero entonces apareció George con la noticia de que podía ir a Bruselas: su marido la necesitaba y la quería.

Lo enviaba para que la escoltara a través del Canal.

Así que ella había hecho las maletas en una hora y había emprendido el largo viaje con el corazón jubiloso, ansiosa por verlo, riéndose de la incomodidad y de su propio cansancio.

Se habían reunido allí, en ese alojamiento estrecho y apenas amueblado; y, durante una semana, habían dormido abrazados, viendo solo a aquellos a quienes William tenía la obligación de ver y rechazando una lluvia de invitaciones a cenas, excursiones y bailes.

William no quería más compañía que la suya, y ella…

Magdalen inhaló de golpe mientras los recuerdos de la semana anterior volvían a su mente.

Eran recuerdos de cuando hacían el amor, de sus dos cuerpos compenetrados a la perfección.

Tanto así que parecían uno solo. Eran recuerdos también del rostro de su esposo junto al de ella, sobre la almohada, durmiendo, y de la sonrisa con que, al despertar, la saludaba.

Ella había conocido la gloria en el tierno afecto de su marido; se sabía tan amada, tan preciosa para él, tan esencial para su bienestar, su comodidad y su felicidad que William no podía soportar pasar ni una hora lejos de ella.

Esa tarde, sin embargo, había estado ausente durante más de una hora.

Después de levantarse, Magdalen se había puesto a pasear inquieta por la habitación.

De vez en cuando se detenía cabe la ventana con la esperanza de ver la alta figura de su marido en la calle.

Primero, él había tenido que marcharse para visitar al embajador español, y luego, con ella arrodillada a sus pies para ayudarlo a quitarse las botas de montar, había llegado la otra llamada: el duque lo reclamaba con urgencia.

Ella supo que muy pronto tendrían que separarse de nuevo.

La guerra los había alcanzado. Los rumores y especulaciones se habían convertido en una horrible realidad. El monstruo Bonaparte estaba en marcha y…

Alguien llamó a la puerta con toques ligeros. Se volvió y el corazón se puso a palpitar dentro de su pecho como una fiera. Cuando vio que era su criada, recuperó la serenidad.

—¿Sí? —preguntó impaciente. Rogaba por que la muchacha no fuera a decirle que William se había retrasado—. ¿Qué ocurre, Emma?

—Estaba pensando que a mi señora podría apetecerle un poco de té. —La voz de Emma revelaba preocupación.— No ha tomado nada desde el almuerzo.

—No tengo hambre. Prepara té cuando vuelva sir William. Se alegrará, estoy segura.

—Muy bien, milady.

La muchacha estaba a punto de retirarse cuando Magdalen la llamó.

—Todo ese tráfico en la calle… ¿Sabes si siguen yendo al baile? ¿No se ha cancelado?

—Van todos con sus mejores galas —respondió Emma—. Las señoras llevan vestidos elegantes. No creo que se haya cancelado. Acabo de ver pasar al príncipe de Orange y a dos de nuestros generales.

Se puso a describir el uniforme del príncipe, pero Magdalen ya no la estaba escuchando. Si el Príncipe y dos generales británicos iban a casa de la duquesa de Richmond, tal vez no había, después de todo, el peligro de un inminente ataque francés.

Aliviada por ese pensamiento, despidió a la criada y volvió a sus vistillas.

No había tropas marchando fuera de la ciudad.

Todo el tráfico de a pie, los carruajes y los oficiales montados se dirigían, como Emma había confirmado, hacia el palacio ducal de los Richmond.

El baile debía comenzar a las nueve y ya eran casi las nueve.

Ella y William estaban invitados a asistir, pero…

Magdalen sintió en sus mejillas la calidez del rubor.

William se había negado, de la misma manera que había rechazado todas las demás invitaciones.

—George puede representar a los De Lancey —había dicho—. ¡Cada minuto que me queda lo quiero pasar contigo, querida, y no compartirte con nadie más! ¡Sé que te van a asediar y que tratarán de arrebatarte de mi lado!

El ruido de cascos en el pavimento interrumpió sus pensamientos.

Magdalen abrió de golpe la ventana y se asomó, llena de alegría, pues acababa de reconocer a su marido.

Lo vio desmontar mientras un ordenanza corría para liberarlo del caballo.

Era una figura alta en su resplandeciente uniforme de gala.

Levantó la vista en respuesta a la bienvenida y una sonrisa adornó sus labios.

Se destocó, entonces, ante su esposa, y sobre su cabeza descubierta cayó un rayo de luna.