Los aventureros (Los australianos 9) Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

—Solo Dios lo sabe —dijo Justin—. La última vez que estuve allí, hace solo cinco semanas, vi grandes diferencias.

Los colonos libres, esos que se vieron obligados a radicar allí cuando la isla de Norfolk fue abandonada, estaban a punto de rebelarse.

Sus concesiones de tierras están muy lejos y muy aisladas.

Entre los bushrangers y los nativos, pierden ganado y cosechas casi a diario.

Los presos se fugan y se dedican a la caza o a piratear pequeñas embarcaciones en el río.

Al parecer, Davey se divierte con sus compinches y no hace nada para detener las depredaciones.

Eh… —Al darse cuenta de que William había dejado de ponerle atención, se interrumpió. — Oye, ¡no me estás escuchando!

—Porque se me acaba de ocurrir algo. —William se incorporó. Sus ojos brillaban de repente.— Creo que lo tengo, Justin.

—¿Qué tienes, hermanito? —preguntó Justin, condescendiente—. ¿La manera de impulsar la carrera de Andrew?

—No, eso no. Tengo una sugerencia para ti, el hombre que necesitas, tu socio para dirigir esta explotación. ¿Por qué no le haces a Rick Tempest la oferta que me has hecho a mí?

—¿Rick Tempest?, ¿el hermano de Abigail? Está haciendo carrera en la marina, y una buena carrera: hace dos o tres años lo ascendieron. Abigail me dijo que tuvo un desempeño distinguido en la guerra de Estados Unidos. —Justin negó con la cabeza.— No es probable que vuelva aquí, ¿o sí?

—Ah, sí que lo hará —le aseguró William—. Le escribió a Andrew para decirle que había pedido que lo destinaran a uno de esos balandros que ha estado enviando el Almirantazgo. Al Kangaroo, si mal no recuerdo. Dijo que había decidido dejar la marina y establecerse aquí.

—¿Eso ha dicho, por Dios! —Justin sintió un cálido destello de placer.

Rick Tempest era un buen tipo, alguien muy de su gusto.

Las hermanas de Rick eran dueñas de la granja Yarramundie, en el Hawkesbury: dos mil acres de tierra de primera, con buen ganado y buenos cultivos.

Ni Abigail ni Lucy vivían allí desde que una partida de fugitivos asaltara la granja.

Tanto la casa como la mayoría de los edificios habían quedado reducidos a cenizas, así que las hermanas habían abandonado la propiedad y la habían puesto en venta.

Rick podría tener planes de hacerse cargo de ella, pues ya era un negocio en marcha.

En tal caso, la idea de unirse a una empresa pionera le parecería poco atractiva.

Justin empezó a expresar sus dudas, pero William lo interrumpió.

—Rick no tiene intención de instalarse en Yarramundie —afirmó convencido—.

Si le escribió a Andrew fue para preguntarle si Long Wrekin estaba en venta.

Dice que recibió un buen premio militar y que podía permitirse comprar su propio terreno.

Andrew me enseñó la carta. Por lo que recuerdo de ella, Rick parece considerar Yarramundie como propiedad de sus hermanas.

—Bueno, quizás así sea —concedió Justin.

Apagó la pipa y añadió pensativo—: ¿Sabes, Willie?

, puede que me hayas resuelto el problema.

Es verdad, no hay nadie con quien preferiría asociarme antes que con Rick, exceptuándote a ti, por supuesto.

Me pregunto cuándo llegará su barco. He sabido que el gobernador pidió dos buques de guerra para tenerlos aquí.

Uno de ellos era el Emu, un bergantín de dieciséis cañones; pero, cuando salía, fue capturado por un corsario yanqui.

Desde entonces, no se sabe nada de él. Ahora que la guerra con los Estados Unidos ha terminado, supongo que lo intercambiarán y llegará aquí en algún momento.

O tal vez han enviado en su lugar al Kangaroo de Rick.

—La carta tenía fecha de enero —añadió William—, hace casi seis meses. El barco podría llegar a puerto cualquiera de estos días.

—Sí, podría —asintió Justin. Volvió a recostarse y apoyó la cabeza en sus manos entrelazadas—.

Qué buena sugerencia la tuya, Willie. Cuanto más lo pienso…

Y no hay prisa. Aguantaré hasta que el Kangaroo tome puerto.

Eso me dará tiempo para empezar las obras.

Dick Lewis las supervisaría por mí, estoy seguro…

Está en este lugar y tiene a los hombres.

Y podré volver al mar y conseguir el dinero para el ganado.

—Cuando llegue el momento —prometió William—, te ayudaré a arriar tu ganado. Puedes contar conmigo para eso, Justin.

—Gracias, Willie —reconoció Justin—. Te tomo la palabra.

Se sumieron en un agradable silencio mientras caía la noche y las sombras se alargaban. Al pensar en ello, tiempo después, Justin no supo cuánto tiempo estuvo durmiendo, pero despertó, helado hasta los huesos y temblando, a pesar del calor del fuego.

Winyara estaba a su lado, de rodillas. A la luz de la luna, su rostro oscuro se retorcía en una expresión de intensa angustia.

—Hora de soñar —susurró con desdicha en su propia lengua. Agarró el brazo de Justin y lo sacudió con urgencia—. ¡Veo ghereek… c ambewarra !

Justin tradujo esas palabras como «sangre» y «montaña en llamas».

Se puso en pie con dificultad, sin dejar de temblar, y miró inquieto a su alrededor.

Pero todo en las inmediaciones estaba tranquilo y quieto.

El río fluía plácido, con los plateados resplandores de la luz de la luna.

Las cimas de las colinas distantes estaban sumidas en profundas sombras.

A William lo despertó la aguda voz del nativo. Se incorporó, frotándose los ojos, aún aturdido por el sueño.

—¿Qué pasa? —preguntó con desgana—. ¿Ocurre algo?

—No lo sé —admitió Justin—. Pero alguien debe de haber pasado por encima de mi tumba, porque no dejo de temblar.

Y Winyara está muy alarmado por algún sueño que ha tenido.

—Se volvió hacia el aborigen y lo sujetó con suavidad por los hombros.

—¿Qué pasa, Winyara? Dímelo en inglés, muchacho. No veo ninguna montaña en llamas.

—¡No aquí, munong ! Muy lejos. Muchos hombres mueren —Justin se dio cuenta de que el chico estaba en trance, con los ojos vueltos hacia el cielo.

Solo podía verles el blanco—. El sueño viene w ilparina.

Los v ientos traen wonda. ¡Los hombres luchan, matan!

C ambewarra… Veo fuego, oigo truenos… —Se estremeció con violencia y, de no ser por los brazos que le ofreció Justin en apoyo, habría caído.

Luego, con un inglés bastante claro, dijo—: Dos grandes guerreros los guían.

Cerró los ojos y otra convulsión se apoderó de su esbelto cuerpo moreno. El chico se zafó del agarre de Justin y se tumbó en el suelo, tranquilo. En apariencia, dormía otra vez.

—En nombre del cielo, ¿de qué estaba hablando? —Preguntó William irritado. —Me ha parecido un galimatías.

—Quizá lo fuera —admitió Justin—, pero no estoy seguro.

Esta gente posee poderes extraños. —Se inclinó y cubrió con su manta el delgado cuerpo de Winyara.

— Por lo que he podido entender, ha dicho que se está librando una gran batalla en una montaña muy lejana; que muchos hombres están muriendo y que dos grandes guerreros los lideran.

—Hizo una pausa, golpeado por un pensamiento repentino—: ¿Qué día es hoy, Willie?

—Domingo —respondió William—. Hoy es domingo… dieciocho de junio de mil ochocientos quince. —Rio un poco inseguro—. Pensé que la guerra había terminado. Pero tú le crees a Winyara, ¿verdad, Justin?

Justin movió la cabeza de arriba abajo con lentitud.

—Sí —dijo, y volvió a estremecerse—, le creo.