Los aventureros (Los australianos 9) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

—Ya lo hará. Bien, de acuerdo, sé que le curaste el brazo roto y te lo llevaste a Hobart en el Flinders. Pero crecerá y será como los demás. Y, si no tienes cuidado, su tribu vendrá a por tu ganado y quemará las cosechas que no pueda robar.

—Suenas como el reverendo Samuel Marsden, Willie, cuando el gobernador lo invitó a colaborar con la Institución Nativa —lo acusó Justin en tono de broma—.

Ha dicho, y eso consta en documentos, que nuestros aborígenes apenas superan en intelecto a las bestias del campo.

También, que todo intento de mejorar sus mentes o sus condiciones es una pérdida de tiempo.

Prefiere llevar el cristianismo a los maoríes de Nueva Zelanda.

—¿Ah, sí? —William se pasó una mano por sus mechones castaños.— ¡Pues que le den! ¿Cree que los maoríes son mejores?

—Ah, claro que sí.

Justin hablaba con seriedad, olvidadas las bromas.

Recordó la reunión a la que lo había llevado su amigo y antiguo jefe, Robert Campbell.

Samuel Marsden estuvo hablando largo y tendido, con absoluta convicción, de su viaje a Nueva Zelanda, a finales del año anterior.

Narró el recibimiento que le habían dispensado los jefes guerreros maoríes.

En el bergantín Active, que había sido comprado como buque misionero, según Marsden había afirmado en repetidas ocasiones, desembarcó en la bahía de Whangaroa y predicó el primer sermón cristiano.

Estaba a solo media milla del escenario de la masacre del Boyd , donde aún podían verse los huesos blanqueados de una compañía asesinada.

Justin suspiró y prosiguió rotundo: —Desde que regresó de Nueva Zelanda, no ha dejado de ensalzar las virtudes de los maoríes.

Sospecho, sin embargo, que las mercancías que trajo con él en el Active lo han ayudado a formarse esa opinión.

—¿Mercancías? —repitió William, perplejo. —Por el reportaje del Gazette que Andrew me enseñó, supuse que su intención al comprar el Active era llevar misioneros a Nueva Zelanda. ¿No era ese el propósito?

—Sí, llevó misioneros —confirmó Justin—. Los que vinieron con él hace cuatro años: King, Hall y Kendall, con sus familias, y Lydiard Nicholas. Los dejó con un caballo y algo de ganado para que establecieran una misión en la bahía de Whangaroa.

William frunció el ceño. Juntó los labios y soltó un silbido de asombro.

—Tú has estado allí, ¿verdad, Justin? ¿En la bahía de Whangaroa? ¿No fue allí donde asesinaron a los cazadores de focas?, ¿la tripulación del Boyd ?

—Sí, ahí fue. Setenta hombres.

—¿Asesinados y… comidos? ¿No son caníbales los maoríes?

—Por las pruebas que encontramos, ese parece ser el caso—admitió Justin con voz grave—. Ellos lo niegan, pero…

Se encogió de hombros. Recordaba las palabras del capellán mayor de la colonia.

Ante los comerciantes reunidos en el patio de Robert Campbell, había cerrado su discurso diciendo: « El comercio fomenta la industria; la industria, la civilización, en tanto que la civilización abre el camino al Evangelio ».

Era de esperar, pensó con cierto recelo, que Samuel Marsden tuviera razón.

Quizá los caníbales maoríes, una vez convertidos a la fe cristiana, resultarían más útiles que los aborígenes de Nueva Gales del Sur, poco fiables estos y devoradores de pescado.

Desde luego, aquellos tenían más con qué comerciar, y Marsden no ocultaba que esperaba sufragar las mil ochocientas libras recibidas en préstamos de sus amigos y simpatizantes en Inglaterra, es decir, el coste del Active, mediante beneficios comerciales.

—Justin —insistió William—, ¿no están arriesgando sus vidas esos pobres misioneros? Si los maoríes siguen siendo caníbales …

Para eludir las preguntas macabras y juveniles de William, Justin puso su caballo al galope.

Detuvieron a los animales, ya cubiertos de espumoso sudor, a media milla del río.

Ahí dijo con firmeza: —Hablábamos de la posibilidad de que Andrew decida volver al servicio militar y te deje solo a cargo de Ulva, Willie, no de las virtudes ni los defectos de Samuel Marsden.

Me molesta que apoye a los Bent contra el gobernador, eso es todo; pero no me atrevo a cuestionar sus actividades en otras esferas.

Estableció la misión de Whangaroa con el pleno conocimiento y anuencia del gobernador, después de que trajera aquí a dos de sus jefes el año pasado como garantía de la seguridad de los misioneros.

Así que, si se me ha ido la lengua, olvídalo, por favor.

—Sí, por supuesto —aceptó William de buena gana—. Pero… estás muy a favor del gobernador, ¿no es así?

—Lo estoy, claro. He visto lo que ha logrado en unos pocos años. El gobernador Macquarie es un hombre íntegro y visionario, y me enoja que unos egoístas como los hermanos Bent se dediquen a criticarlo y frustrar sus obras. Y eso angustia a Jessica.

La expresión de Justin se suavizó con la mención del nombre de su esposa.

Su dulce Jessie, pensó con cariño, aún gozaba de la confianza de la esposa del gobernador, de quien había sido criada personal durante unos cinco años.

Existía entre las dos mujeres un vínculo afectivo que se había hecho aún más fuerte desde que Jessica quedó encinta.

El único hijo de la señora Macquarie, Lachlan, que tenía poco más de un año y era el máximo orgullo de su madre, debía mucho a los cuidados que Jessica le había dispensado, pues había sido un bebé enfermizo.

—¿Cómo le va a Jessica? —preguntó William con cierta preocupación tardía.

Justin sonrió. No se sintió desairado, pues era consciente de que su hermano menor vivía aislado en la granja del río Nepean y veía a poca gente, salvo a sus vecinos inmediatos.

—Está bien —respondió—, y esperamos que te haga tío muy pronto. —No hizo mucho caso a las felicitaciones de un William avergonzado y señaló hacia el humo que salía de una pequeña cabaña de corteza a orillas del río.— Winyara está preparando nuestra comida, y confieso que estoy listo, ¿tú no?

—Más que listo —admitió William. Desmontó al llegar a la cabaña.

Era el suyo un cuerpo bajo y ágil en ropa de trabajo descolorida.

Se pasó la rienda por el brazo y fue a amarrar su caballo a la rama de un nudoso eucalipto mientras estudiaba la cabaña con ojo crítico—.

¿Tu dechado de aborigen construyó esta cabaña para ti?

—Sí. ¿Por qué?

—Bueno, lo ha hecho muy bien —concedió William—. ¿Vive aquí solo?

—Cuando vengo, parece que sí. —Justin también se apeó.

Empequeñecía a su hermano por casi un pie—.

No le pregunto a quién aloja cuando no estoy.

Su tribu no es hostil; es solo cautelosa y un poco temerosa.

Hasta ahora, no me han dado problemas. Cazo para ellos algún canguro o algún pato y ellos me traen pescado y zarigüeyas.

Nunca han tratado de robarle ganado al señor Lawson ni de molestar a George Evans cuando viene en viajes de inspección.

Su historial es mejor que el de los maoríes, ¡podría jurarlo!

Sonrió, se llevó las manos a la boca y llamó a Winyara.

El muchacho acudió de inmediato, con una capa de piel colgando de los hombros y una sonrisa de bienvenida en sus dientes de un blanco radiante.

Su brazo herido se había curado y solo le quedaban unas cuantas cicatrices fruncidas sobre la piel oscura.

En modo alguno impedían sus movimientos ni lo hacían menos diestro.

Incluso William se vio obligado a admitir que sus modales eran cálidos y amistosos.

¡Y de la comida no había nada que reprocharle!

La media docena de rollizos peces que les ofreció, cocinados al estilo nativo, envueltos en arcilla húmeda y enterrados en las cenizas calientes de una hoguera, sabían deliciosos, a pesar de que no habían sido ni desollados ni eviscerados.

Winyara se comió todas las vísceras con evidente placer, sin hacer ningún intento por compartirlas.

Ya saciado, se dio una palmada en el delgado vientre y salió corriendo.

Regresó pronto con una cantimplora ennegrecida por el mucho uso.

Estaba llena de una hirviente infusión, fuerte, del tipo que los primeros colonos habían llamado té de la bahía Botany o té dulce, y que estaba hecho con hojas de zarzaparrilla.

—¡Bueno! —anunció con orgullo—. ¡Bébetelo de un trago!

Aunque no dominaba el inglés, su comprensión del idioma era mejor que la de muchos de los nativos que vivían en los alrededores de Sídney y los municipios del Hawkesbury.

El muchacho tenía, como demostró Justin, una inteligencia ágil que le permitía comprender casi todo lo que le decían.

William, a pesar de sus anteriores reticencias, estaba impresionado.

El sol se ocultó con un resplandor glorioso y tiñó del color del oro fundido las lejanas cimas de las montañas. Justin y William, con los caballos ya abrevados y maneados, se tumbaron junto al fuego aún humeante a beber una segunda taza de infusión, relajados y somnolientos.

Justin se inclinó hacia delante para coger una rama del fuego y pegarla a su pipa.

—Debes admitir, Willie —observó—, que este es un lugar agradable y tranquilo.

William le dirigió una sonrisa triste.

—Sí que lo es —respondió—, y ya estoy deseando aceptar tu oferta. Pero, por Andrew, no veo cómo.

—No te preocupes. Encontraré a un buen hombre que se haga cargo del ganado.

Hay tiempo de sobra, pues todavía tengo que reunir el dinero para comprarlo.

—Con la pipa cargada a su entera satisfacción, Justin se recostó a saborear el humo del tabaco.

— Si Andrew se decide por reanudar su carrera militar, es posible que le ofrezcan el mando de la guarnición de Hobart, o, incluso, el cargo de teniente gobernador.

El mayor Davey está dejando que esos asentamientos se vayan al garete, a la ruina, y sé que al gobernador le gustaría verlo sustituido.

—¿Y el gobierno británico estaría de acuerdo en reemplazarlo? —preguntó William.