Capítulo 2
En lo alto de la colina, Justin Broome refrenó su caballo y esperó a que su hermano William lo alcanzara.
—Allí —señaló—, ahí es donde he tomado mi concesión, Willie.
Ochocientos acres de lo que, te garantizo, son los mejores pastos que hayas visto en tu vida.
Bien regados. Puedes ver el río correr a través de ellos.
Hay mucha madera buena y útil, incluyendo corteza fibrosa.
No habrá ninguna dificultad para construir.
Cuando bajemos, verás que ya tengo una cabaña de este lado del río.
William se hizo sombra a los ojos con la mano bronceada y estudió el paisaje durante varios minutos antes de responder.
A los quince años, ya era un todo un hombre, pensó Justin con afecto.
Era un experimentado ganadero de ovejas.
Estaba dedicado a la tierra y se preocupaba por poco más.
Si en algún momento se sintió halagado de que su hermano mayor le pidiera su parecer, no dio ninguna señal de ello; se lo tomó, más bien, como un deber.
Cauteloso, meditó qué opinión debía ofrecer.
—Son buenos pastos, Justin —concedió al fin—. Aquí deberían vivir bien tanto las reses como las ovejas. Pero… —Dudó.
—¿Pero qué? —preguntó Justin.
—Está aislado. ¿Cuánto nos hemos alejado de Bathurst? ¿Quince millas?
—Cerca de doce, a vuelo de pájaro. Han sido quince debido a este desvío, pero es que yo quería que tuvieras una buena vista de todo el campo.
—Justin señaló con la mano la frondosa llanura boscosa que tenían debajo, delimitada por una distante cadena de colinas bajas—.
Cuando George Evans estuvo aquí, calculó que se podían ver más de cuarenta millas hacia el oeste, todas con buenas tierras de pastoreo.
Incluso las laderas de las colinas están cubiertas de hierba y las ovejas pueden acceder a ellas con facilidad.
Y hay caza en abundancia, como habrás observado.
—Cierto —reconoció William—. Y ya veo que tú, por haber estado en el grupo del señor Blaxland y, más tarde, con el del señor Evans, eres uno de los pocos privilegiados a los que se les han concedido tierras aquí.
Ochocientos acres es casi tanto como lo que el gobernador asignó al señor Lawson, ¿o no?
No había ningún atisbo de envidia en su voz. Justin sonrió.
—A Blaxland y a Wentworth les ofrecieron más: mil a cada uno, pero ellos aceptaron sus concesiones en las montañas, del lado de Sídney.
Y ya sabes lo que Gregory Blaxland tiene en Nepean.
El señor Lawson aceptó la suya aquí. Lo han nombrado comandante de la guarnición de Bathurst y ya se ha traído varios cientos de cabezas de ganado.
Dice que traerá más. Es muy astuto, Willie, y un buen granjero.
—Te cae bien, ¿no? —sugirió William.
—Sí. Y le debo mucho. —La sonrisa de Justin se hizo más grande.
Se quedó reflexionando. ¿De verdad habían pasado solo dos años desde que cruzó las montañas Azules como uno de los sirvientes convictos del grupo de Blaxland?
¿No había sido puesto bajo la tutela de William Lawson después de aquel fiasco de juicio, cuando unos marineros del Semarang de Su Majestad cometieron perjurio para que lo condenaran?
En vista de que el Gazette no había publicado su nombre en el informe oficial del primer cruce exitoso de la barrera montañosa, podía considerarse afortunado de que le hubieran concedido ochocientos acres.
El gobernador Macquarie aún no estaba dispuesto a abrir esa zona a colonos que no hubieran sido elegidos con absoluta escrupulosidad, pero, gracias a la defensa de William Lawson, Justin había sido, como dijo su hermano, uno de los pocos privilegiados.
—¿Vas a dejar la mar para convertirte en granjero, Justin? —preguntó William con inesperada franqueza.
La negativa de Justin fue vehemente.
—¡Dios me libre! Sabes que no soy granjero. Además, después de todo el tiempo y el dinero que he gastado en las reparaciones del Flinders , tendré que aceptar cualquier fletamento que me ofrezcan hasta sufragar los costes. Ni siquiera tendré tiempo de venir aquí.
El astuto William asintió.
—Eso era lo que suponía. Y, si me permites la pregunta, ¿me has traído con la idea de pedirme que administre tus tierras?
Justin soltó una carcajada.
—¡Sí, Willie, por supuesto! ¿Quién mejor que tú?
Te daría la mitad de la concesión y pondría la mitad del ganado.
Tú serías tu propio amo. Yo nunca interferiría ni ofrecería consejos.
Además, Dick Lewis, que estuvo con nosotros en las exploraciones de Evans, es ahora supervisor en Bathurst. Es un buen amigo.
Si se lo pidiera, sé que te asignaría dos hombres de confianza de forma permanente.
Y nos dotaría con otra media docena para las construcciones y el vallado; de la mayor parte de las tierras, al menos. Así que… ¿qué dices? ¿Aceptas?
William vaciló. Después de pensar con detenimiento en la oferta, negó con la cabeza.
—Me gustaría, Justin, de verdad. Pero en estos tiempos me estoy ocupando de Ulva, más o menos; a Andrew le interesa poco. Echa de menos a mamá y creo que le gustaría volver a ser soldado. Para él, Ulva aloja demasiados recuerdos.
Andrew Hawley, el padrastro de Justin, había hecho una exitosa carrera en la Marina Real y había servido en varias de las grandes batallas navales del almirante Nelson.
La agricultura nunca lo había atraído mucho, y, desde la muerte de su esposa, aún menos…
Justin miró a William y asintió con la cabeza.
—¿Crees que Andrew volvería a Sídney si te hicieras cargo de Ulva?
—Estoy seguro, porque eso es lo que quiere hacer.
Y Rachel está de acuerdo, por supuesto. Nuestra hermana pequeña ya no es tan pequeña y en Ulva no hay vida social.
Se iría con Andrew a cuidar la casa. El gobernador le ha ofrecido un puesto entre su personal, y…
—William volvió a vacilar.— Por lo que me dijo Andrew después de su última visita, parece que hay algunos problemas en los tribunales y él sería de considerable utilidad como magistrado.
No sé bien qué está pasando, pero quizá tú sí.
Justin se encogió de hombros.
—Ha habido problemas con la administración del tribunal civil desde que el hermano de Ellis Bent llegó aquí.
Los dos están en una posición de gran poder, ya que uno de ellos es juez general, y el otro, nuestro único juez colonial.
Si, como insisten, no están dispuestos a sentarse con magistrados emancipados ni a permitir que los abogados emancipados litiguen ante ellos, los tribunales no pueden funcionar.
Y el reverendo Marsden ha decidido respaldarlos ¡con todo el poder de la Iglesia y el estado detrás!
El gobernador no puede hacer mucho contra una combinación así.
—No te caen bien los Bent, ¿verdad? —insinuó William.
—No, por Dios que no. —El movimiento de cabeza de Justin fue enfático.
— En mi opinión, son un par de bribones codiciosos y arrogantes.
Cobran del gobierno y, sin embargo, también se lucran con honorarios legales privados.
Y, dado que niegan los tribunales a abogados como George Crossley, que es el más capaz por mucho, dejan a los querellantes sin más alternativa que contratar a uno u otro de los Bent.
Y todo esto bajo el manto de la santurronería.
A ningún hombre que haya llegado como convicto se le permite ejercer la abogacía en esta colonia.
Por supuesto, eso va en contra de las políticas públicas de Su Excelencia; y tú sabes cuáles son.
—«Aquellos que se han ganado la libertad mediante la servidumbre, el indulto o la emancipación deben ser considerados, en todos los aspectos, iguales a todos los demás colonos, de acuerdo con su posición y carácter» —citó William, su tono seco—.
Puesto que el señor Marsden es ministro de Dios, yo suponía que habría dado su pleno apoyo a esta política. Sin embargo, dices que no.
De mal humor, Justin dio una patada con la puntera de su bota al fuete ligero que llevaba.
Razonaba en que Samuel Marsden, a pesar de sus humildes orígenes y de sus encendidos sermones, no era un cruzado de los derechos humanos si quienes los reclamaban habían llegado con grilletes.
Su negativa a aceptar como igual al comerciante y armador más rico de Sídney, Simeon Lord, había desencadenado la campaña de los Bent.
—Ahora, el señor Marsden posee casi tanta tierra como John Macarthur —observó con tono mordaz—, y embarca más lana que nadie en la colonia.
—No es de extrañar, Justin, dado que cría carneros españoles de los rebaños del rey. Y, maldita sea, por lo que dicen, Su Majestad se los dio sin pedirle nada a cambio. —La envidia de William era ostensible.— Daría mi brazo derecho por uno de esos, te lo aseguro.
—No creo que te den la oportunidad, hermanito.
—Justin tiró de las riendas de su caballo, que estaba comiendo hierba, y señaló la cuesta.
— Si has visto suficiente, sigamos cabalgando.
El río Macquarie está repleto de peces. Supongo que el joven Winyara habrá pescado lo suficiente para hacernos una buena comida.
Hace una hora que nos habrá visto llegar.
—¿Te refieres al aborigen que llevabas como tripulante? —preguntó William con curiosidad.
—Sí, el mismo. Quise convertirlo en marinero, y lo hacía bastante bien; pero, igual que tú, prefiere la tierra. Lo he puesto a cargo de mi concesión. —Justin sonrió—. ¡Quizá lo convierta en pastor de ovejas!
—Los aborígenes son poco fiables, maldita sea —se quejó William—.
Piensa en esos dos a los que mamá daba tanta importancia en Long Wrekin: Nanbaree y Kupali.
De niños, éramos como hermanos; aun así, se largaban de excursión cada vez que les apetecía.
Y eso era, casi siempre, cuando más los necesitábamos.
Mamá tenía un don con esa gente, lo sé, pero en realidad no puedes depender de ellos, ¿verdad?
—Winyara no me ha fallado. No hasta el momento.