Capítulo 1 #6
—Trata de tomarte la sopa. No has comido nada en mucho tiempo. Hasta hace unos minutos ni siquiera estabas consciente, y aún estás muy débil.
—Sí, ya veo —reconoció la muchacha—. Supongo que por eso recuerdo tan poco. —Pero la memoria estaba volviendo. Se esforzó por incorporarse.— Nuestro barco era el Providence. Íbamos a Sídney, a la colonia de Nueva Gales del Sur. El barco… Pero ¿usted ya lo sabía?
—Sí —confirmó Rick—. Hemos encontrado el cuaderno de bitácora.
La chica arrugó el ceño por un momento, pero continuó.
—El barco que usted recogió era el único que quedaba.
Los demás se hundieron. La tormenta ya los había dañado, y los pobres hombres que estaban a bordo no tenían ninguna posibilidad en aquel terrible mar, según dijo mi padre.
Pero tenían mucho miedo y no quisieron esperar a que el viento amainara o a que él…
Yo estaba en su esquife, el ballenero. ¿Mi padre…
también está a salvo, señor Tempest? —Como Rick no respondió de inmediato, la chica añadió con evidente orgullo—: Le hablo del capitán Phineas O’Malley, capitán y propietario del Providence.
Sirvió en la marina de los Estados Unidos durante la guerra, al mando de un bergantín llamado Liberty.
Ah… ¿Podría ver a mi padre, por favor? Yo soy Kate O Malley.
—Señorita O’Malley… —dijo Rick.
¿Cómo encontrar palabras para decirle que su padre había muerto? Era evidente que ella no había previsto esa posibilidad. Por la misma causa, no estaba en condiciones de soportar otra conmoción, no era posible. Mientras dudaba, sonó el silbato, seguido de un estentóreo grito del contramaestre.
—¡Todos a sus puestos! ¿Habéis oído? ¡Todos a popa para presenciar las honras fúnebres!
Kate O’Malley oyó la orden y se quedó perpleja. Entonces comprendió todo y dejó escapar un lamento inconsolable.
—¿Es…? ¿Es un servicio para nuestros hombres? ¿Están todos muertos?
Rick asintió, deshecho de compasión.
—Me temo que sí, señorita O’Malley.
—¿Mi…? ¿Mi padre también?
—Sí. Lo siento mucho. Ya estaba muerto cuando recogimos el esquife. No pudimos hacer nada por ninguno de los suyos.
—Pero ¿lo intentaron? —susurró ella—, ¿a pesar de que somos…? ¿A pesar de que eran estadounidenses y enemigos suyos?
—La guerra ha terminado —le recordó Rick—. Como le he dicho, ya no somos enemigos, señorita O’Malley.
Para su alivio, Billy Onslow apareció en ese momento. Pisándole los talones venía el guardiamarina.
—Señor, me envía el señor Meredith —dijo el muchacho sin aliento—. La compañía está reunida y el capitán está por subir a cubierta, señor.
—Voy —le aseguró Rick. Estaba a punto de salir del camarote cuando Kate O’Malley le pidió que esperara.
—Por favor, señor Tempest —le rogó—. Mi padre fue oficial de la marina de los Estados Unidos. Pregúntele a su capitán si… puede cubrir su cuerpo con la bandera de los Estados Unidos.
—Se lo pediré, señorita O’Malley —prometió Rick.
Y lo pidió, a pesar de la mirada fulminante con que fue recibida su aparición tardía. Para su sorpresa, el capitán Jeffrey, tras unos instantes de ceñuda indecisión, llamó a su lado al oficial de señales.
—Hay una bandera de los Estados Unidos en el armario de banderas, estoy seguro, Yeoman. Tráigala, si es tan amable, y cubra con ella el primero de los cuerpos.
—A la orden, señor —respondió el oficial.
Rick esperó hasta que la orden fuera obedecida. Entonces, cuando el capitán empezaba a abrir su libro de oraciones, habló a sus hombres.
—¡Compañía, fuera gorras!
El capitán empezó a leer.
«Los que descienden a la mar en naves y hacen negocio en las muchas aguas, ellos han visto las obras de Jehová, y sus maravillas en las profundidades.
Porque habló, e hizo levantar un viento tempestuoso, que encrespa sus ondas.
» —La voz del capitán, fuerte y resonante, se elevaba por encima de las sacudidas del viento y el incesante crujir de los maderos.
Concluyó el salmo con estas palabras—: «Luego se alegran, porque se apaciguaron».
Hubo después una breve oración y un gesto a los dos contramaestres que aguardaban. Estos se adelantaron para asir ambos extremos del caballete sobre el que descansaba el cuerpo del capitán Phineas O’Malley, cubierto con la bandera de su país.
—«Encomendamos, pues, su cuerpo a las profundidades de la mar, para que se torne en corrupción, aguardando la resurrección de la carne, cuando la mar entregue sus muertos a la vida del siglo venidero, por nuestro Señor Jesucristo.»
Los dos marineros levantaron el caballete abisagrado a la borda y lo nivelaron. Luego lo subieron un poco más, y el cuerpo, envuelto en su pesado sudario de lona, se deslizó hasta el agua. Flotó unos instantes. Luego la mar se cerró por encima y el capitán desapareció bajo las aguas.
Rick, de pie y con la cabeza descubierta, lo vio partir. Sentía la garganta apretada mientras el capitán Jeffrey repetía las solemnes palabras del memorial. El niño Larsen fue a hundirse detrás del cuerpo de su comandante en ese despiadado y helado mar que les había arrebatado la vida.