Capítulo 1 #5
—La muerte nos llega a todos —declaró con excesiva solemnidad—.
Te ruego que no te angusties, querida. Ven…
, deberías recostarte un rato. —Le ofreció un brazo.
Cuando estaban a punto de salir, bajó la voz y añadió—: Hemos identificado a dos de los muertos, señor Tempest. Uno era el capitán del barco, Phineas O’Malley; otro, un aprendiz, cuyo nombre era Lister o Larson, no recuerdo bien.
Al parecer, los otros eran marineros de cubierta.
Uno de ellos… —Su voz adquirió un tono de fría cólera.
— Uno de ellos era un desertor británico, un hombre que había servido diez o doce años en la Marina Real.
El carpintero lo ha reconocido, pero no recuerda su nombre.
Mejor así, quizás, pensó Rick, ya que ni siquiera la muerte podría borrarle el estigma de la culpa al pobre diablo ante los ojos de Jeffrey, a pesar de que la guerra había terminado y miles de marineros británicos, recibida su paga, habían sido puestos en tierra cuando sus barcos fueron inmovilizados.
Pero sabía por experiencia que era inútil discutir con su comandante.
Muy prudente, no hizo ningún comentario.
La cortina de lona, que proporcionaba cierta intimidad a su pequeño camarote, volvió a su sitio sobre la puerta.
Onslow recogió su cacerola de sopa y, con cuidado, volvió a taparla.
—Tengo cenas que servir a la guardia de abajo, señor —se disculpó—, si no le importa prescindir de mí durante una hora.
—Sí, adelante, Billy —consintió Rick. Miró el cuerpo inmóvil sobre su catre, consciente de una lástima demasiado intensa para expresarla con palabras, y soltó el aliento en un largo suspiro de frustración—.
Dudo que alguno de nosotros pueda hacer algo por esa pobre muchacha.
Es una maldita lástima y me entristece, pero, maldita sea, ¿qué podemos hacer?
—Hay una cosa —dijo de repente el viejo Billy Onslow—.
Lo he visto funcionar con marineros que estaban en este mismo estado.
—Sus cetrinas mejillas enrojecieron.— Bueno, en realidad, era un muchacho, señor Tempest. No voy a entrar en las razones de lo que pasó, porque ninguno de nosotros habló nunca de ello. Y usted podría pensar…
Impaciente, Rick lo interrumpió:
—No pensaré nada fuera de lugar. ¡Solo dígame qué hacer, por el amor de Dios!
El cocinero evitó su mirada.
—El niño era un cadete de unos diez años y siempre estaba haciendo travesuras.
El capitán lo amarró al mástil en estas aguas y se olvidó de él.
Cuando se acordó y lo soltaron, estaba congelado, igual que esta pobre muchacha.
Ninguno de nosotros creyó que sobreviviría.
Había un veterano, uno de los más viejos, que había pasado inadvertido y nunca había recibido un ascenso.
Se subió a la hamaca del chiquillo y lo abrazó toda la noche.
Al día siguiente, el muchacho estaba vivo.
Hoy es comandante de un barco. —El cocinero miraba expectante.
— Es el calor del cuerpo humano, señor, ¿lo ve?
Es mejor que cualquier calientacamas o manta, ¡créame!
—¡Santo Dios! —explotó Rick—. No estará sugiriendo que yo… ¡El capitán me amarraría al mástil, y usted lo sabe, Onslow!
El viejo Billy Onslow fue de prisa hacia el cortinaje.
—Tengo que servirle la cena al personal del comedor, señor Tempest. El silbato sonará en cualquier momento.
Desapareció y dejó a Rick mirando su estela y con los pensamientos hechos un lío.
Desde la cubierta superior, oyó el tañido de ocho campanadas y el retumbar de los pasos sobre el entarimado al cambiar la guardia.
El joven Meredith, que ya lo había relevado, tenía la guardia de la tarde.
Además, el capitán había ordenado un servicio funerario para las cinco campanadas, o sea, a las dos y media.
Como primer teniente, tendría que estar ahí, por supuesto, pero aún tenía poco más de dos horas por delante.
A menos que hubiera una emergencia, era poco probable que lo molestaran.
Había hecho colgar una hamaca en el camarote de Meredith con la esperanza de poder recuperar parte del sueño perdido.
Si lo mandaran llamar, cualquiera de los suboficiales lo buscaría allí.
Solo un delgado mamparo separaba los dos camarotes, así que oiría al mensajero.
Vaciló. Su indecisión era toda una agonía. Por un momento pensó en pedir ayuda a la señora Jeffrey, pero desechó la idea. Sin duda, ella se negaría. Lo despreciaría o alegaría que estaba agotada. Pondría su estado de salud como excusa de la negativa… y la niña podría morir.
La sugerencia de Onslow era escandalosa.
El hombre había insinuado alguna relación impropia entre el veterano guardiamarina y el niño de diez años; pero insistía en que había funcionado, y el cocinero no era un mentiroso ni un exagerado.
Podría funcionar. Si había alguna posibilidad, por pequeña que fuera, tenía que intentarlo.
Respiró hondo y empezó a despojarse de sus prendas exteriores, húmedas por el rocío e incrustadas de sal.
Desnudo hasta la cintura, se subió al catre bamboleante y estrechó entre sus brazos el pequeño y frío cuerpo de la muchacha inconsciente.
Ella no se movió, así que pudo mantener el abrazo por un largo rato.
Su propio cuerpo, desacostumbrado al calientacamas y a tantas mantas, empezó a sudar.
Vencido por el calor y el cansancio, Rick se sumió en un profundo sueño.
Acabó por despertarlo una voz joven y chillona que lo llamaba por su nombre.
—Soy el guardiamarina de guardia, señor. El señor Meredith le manda sus saludos. ¡Está a punto de reunir a la compañía!
Rick, estupefacto por un momento, se las arregló para confirmar que había recibido el mensaje.
Enseguida recordó dónde estaba y, aliviado, escuchó los pasos del guardiamarina cada vez más lejos.
Se bajó del catre y tuvo el cuidado de volver a colocar las mantas que había destendido.
Muy apremiado, empezó a vestirse lo más rápido posible.
No fue hasta que se hubo puesto el abrigo y abrochado los botones que miró con inquietud a la ocupante del catre.
Su corazón se saltó un latido. La niña tenía los ojos muy abiertos.
Eran azules y parecían más grandes de lo normal.
Estaban hundidos en un rostro pequeño y demacrado.
Primero mostraron miedo, y luego, desconcierto.
—El… barco se hundió. —Su voz era un leve susurro en el silencio del camarote—. El Providence, el barco de mi padre. Tuvimos que… abordar las lanchas, pero yo… —Los ojos azules estaban anegados de lágrimas.— Hacía… tanto frío, y mi padre…
Rick fue a arrodillarse junto al catre para tratar de tranquilizarla.
—Estás a salvo. La tormenta ya pasó. No trates de hablar si no quieres. Descansa aquí.
—Me gustaría hablar, yo… ¿Ha venido su barco a rescatarnos? No recuerdo qué sucedió. Pensé que… Pensé que todos estábamos perdidos, que nos ahogaríamos sin remedio.
Su voz sonaba un poco más fuerte, pero la chica seguía desconcertada.
—Recogimos tu bote —le dijo Rick con suavidad.
Se preguntaba si la muchacha se habría dado cuenta de que él la había estado abrazando, pero no se atrevió a preguntárselo.
No la había abrazado como a una mujer, pues apenas había pensado en ella como tal.
Su cuerpo rígido y frío no le había despertado ningún deseo, tal vez porque él mismo había sufrido el frío y había pasado demasiado tiempo sin dormir.
Pero ella podría malinterpretar el… Se puso en pie—.
Te estabas congelando y estuviste inconsciente durante… , uf, durante varias horas.
Maldito Billy Onslow, pensó, ya debería haber terminado sus tareas culinarias, ya debería haber vuelto. Se excusó, salió al pasillo y a un camarero que pasaba por allí lo envió a buscar al cocinero.
—Dile que traiga sopa caliente tan rápido como pueda. ¡Date prisa, hombre!
De regreso a su camarote, se abrochó la espada. Los ojos azules lo observaban con ansiedad. Se fijaban en los detalles de su uniforme.
—¿Es usted… un oficial inglés? ¿Este es un barco inglés?, ¿un barco de guerra?
—Sí. La balandra de guerra Kangaroo de Su Majestad . Soy el primer teniente, Richard Tempest.
—Y yo soy de los Estados Unidos, de Boston —dijo la muchacha. Con una amargura consciente, añadió—: En Boston no queremos a los ingleses, señor Tempest.
—Lo entiendo —concedió Rick, y cogió su sombrero—.
Tengo que dejarte. Estoy de servicio, pero he mandado llamar al cocinero, que es un hombre de confianza.
Te traerá sopa caliente. Y la esposa del capitán, la señora Jeffrey, está a bordo.
Vendrá si necesitas ayuda. Puedes pedirle a Onslow que la llame.
—Forzó una sonrisa.— Ya no somos enemigos, ¿lo sabías?
Ella lo miró sin comprender. Rick dudó, pues no estaba seguro de si lo había entendido.