Los aventureros (Los australianos 9) Capítulo 1 #4
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Capítulo 1 #4

—Por supuesto, señor Tempest, llévela abajo…

, solo que a su camarote, no al mío. Mi esposa, estoy seguro, haría todo lo posible para consolar a una mujer en apuros.

Pero no tiene experiencia cuidando enfermos, y, en cualquier caso…

—Hizo una pausa para mirar el cuerpo entre mantas de la única superviviente del Providence.

Mientras Ellis y el timonel la sacaban de la lancha con toda delicadeza, una esquina de la manta que la envolvía se deslizó.

Pudo ver el rostro blanco y pasmado que había debajo; soltó apenas una exclamación que pareció de auténtica lástima.

— ¡Dios mío, qué joven es! Apenas más que una niña.

—Sí, señor —asintió Rick, y se volvió hacia el timonel—.

Dos de ustedes llévenla abajo, a mi camarote, timonel.

—El cocinero, recordó, presumía ciertos conocimientos médicos.

Era un hombre mayor, con una larga hoja de servicios, y se había ocupado con mucha eficiencia de las heridas que varios marineros habían sufrido durante la tormenta.

— Pídale al viejo Bill Onslow que haga lo que pueda por ella.

Yo mismo bajaré en cuanto pueda. —Ellis, el proal, le devolvió la petaca de brandy.

Rick la cogió y se la dio a su comandante.

— Su petaca de plata, señor. Me pidió que se la devolviera.

Y aquí está el cuaderno de bitácora, si usted…

Jeffrey no parecía haberlo oído. Los cuerpos de los muertos del Providence estaban siendo izados. Con una extraña expresión meditabunda, observaba cómo los marineros de la guardia los colocaban en fila sobre la cubierta.

—Hay que registrarlos para identificarlos —dijo, y frunció el ceño—.

Dirigiré un servicio fúnebre esta tarde.

Organícelo para las cinco campanadas, señor Tempest…

—Dio instrucciones precisas y luego, para alivio de Rick, añadió en un tono más apaciguador—: El señor Meredith podrá ocuparse del resto de su guardia.

Será mejor que usted atienda a esa infeliz y…

Ah, le pediré a la señora Jeffrey que ayude en todo lo que pueda.

Estoy seguro de que le prestará ropa y una olla con brasas para calentar la ropa de cama…

, si es que la pobre niña vive para aprovecharlos. ¿Me ha dicho que no sabe quién es?

—No, señor. El Providence estaba registrado en Boston. Eso es todo lo que sé.

—Entonces es probable que sea estadounidense, como el resto. —La mirada melancólica del capitán Jeffrey se dirigió de nuevo a los cuerpos silenciosos.— Le parece censurable mi actitud hacia su estirpe, ¿verdad, señor Tempest?

Rick enrojeció.

—No he dicho eso, señor.

—Pero lo ha pensado —lo acusó el capitán—. Diablos, Tempest, no sabe cómo me trataron esos yanquis del demonio, ¿verdad? Al igual que Sus Señorías, ¡usted supone que el Reindeer los atacó y que la tripulación recibió su merecido!

—No, señor, yo…

Otra vez, el capitán desdeñó el intento de interrupción y continuó con vehemencia: —El Wasp nos hizo pedazos con sus carronadas de treinta y dos libras.

Las nuestras eran de veinticuatro, con los pernos de cierre defectuosos.

Apenas podíamos responder. Manners, William Manners, estaba al mando.

Recibió balazos en ambos muslos y, aun así, intentó dirigir un grupo de abordaje.

Murió desangrado en el alcázar del Wasp .

Luego nos abordaron, y tuvimos que responder.

Nuestro timonel cayó alcanzado por los disparos.

El secretario del capitán fue el único oficial que quedó en pie.

Hizo una pausa y se remangó la chaqueta en el brazo izquierdo.

Dejó al descubierto lo que, desde luego, había sido una herida horrible.

Añadió, con crudo dolor: —En la pierna izquierda tengo cicatrices como esta, Tempest, y, si no perdí ambos miembros, fue por pura suerte.

Mis heridas ya se habían gangrenado cuando nos desembarcaron en Lorient para ponernos en las misericordiosas manos de los franceses.

El capitán Johnston Blakely, del U. S. S.

Wasp, el difunto capitán Blakely, cuyo fallecimiento no me causa ninguna tristeza, nos tuvo en su bodega durante una semana, confinados, sin atención médica.

En la batalla habíamos perdido a veinticinco, entre oficiales y marineros.

De los veintisiete supervivientes con heridas graves, catorce fallecieron en esa semana infernal. Yo mismo estuve a punto de morir.

Era posible, reflexionó Rick, que al igual que el Kargaroo , el barco americano no hubiera llevado médico. Las pequeñas balandras de guerra rara vez lo llevaban, pero… Guardó un silencio cauteloso. Jeffrey se bajó la manga y se encogió de hombros con resignación.

—Tal vez pueda comprender por qué no siento ningún afecto por esta gente —cerró con amargura—; menos, incluso, que por los franceses.

Pero ahora se supone que estamos en paz con ellos, así que…

¡mierda, debemos hacer lo que esté en nuestra mano para ayudar!

Eso significa una búsqueda de cualquier otra lancha del…

, ¿cómo se llamaba?, del Providence, antes de que nos esmeremos en recuperar nuestro propio curso, ¿no es así, señor Tempest?

—Según el cuaderno de bitácora del capitán, se hundieron los tres botes soltados antes que el esquife, señor —explicó Rick—. El del capitán fue echado al agua una hora después, con veinticinco a bordo. Hemos encontrado a seis y a la joven, señor.

—Ya veo. —El capitán volvió a encogerse de hombros.

— Entonces, lo más seguro es que esta chica sea la única superviviente.

Muy bien, señor Tempest. Entregue la guardia al señor Meredith y dele órdenes de que se ponga en marcha.

—Miró hacia el cielo y suspiró.— Confío en que no pasará mucho tiempo antes de que podamos volver a ver algo. ¿Qué rumbo llevamos?

—Noreste, señor. El señor Crabbe ha informado haber visto banquisa durante la noche. Antes de que baje, ¿me da permiso de desplegar más velas, señor?

El capitán Jeffrey vaciló, como si estuviera a punto de rechazar la sugerencia, pero al fin asintió.

—Sí: foques y trinquete, si lo considera conveniente. Continúe, señor Tempest. Hablaré con mi esposa sobre la chica estadounidense.

Por lo visto, el capitán era un hombre de palabra.

Rick llevaba unos cuantos minutos en su camarote, acompañado del cocinero, cuando apareció la señora Jeffrey seguida del camarero del capitán.

Este traía un surtido de prendas y una cacerola de latón para calentar la ropa.

De inmediato, la mujer se hizo cargo de la situación: mandó al cocinero a poner brasas en la cacerola y a preparar gachas calientes.

Al camarero le pidió que trajera ropa de cama limpia.

Se dirigió a Rick con tono desabrido:

—Tendré que desvestirla, señor Tempest. Su camisón está empapado. Tendrá que ayudarme a levantarla, pero, por favor, aparte la mirada mientras le cambio la ropa de dormir.

Rick obedeció en silencio. Selina Jeffrey era una mujer morena, escultural, de presencia imponente.

Por lo general, se mantenía distante y tenía poco que decirle a Rick, pero, ante el angustioso estado de la náufraga, se volvió bastante locuaz.

Sobaba las pequeñas y pálidas manos de la muchacha en un esfuerzo por restablecer la circulación.

—¡Ay, pobre infeliz! —exclamó—. Su estado de inconsciencia es muy profundo, ¿verdad? ¿Se estará muriendo o habrá alguna posibilidad de que se recupere?

El viejo cocinero, Onslow, fue quien le respondió.

Llevaba la cacerola envuelta en un trozo de tela.

La deslizó con cuidado bajo las mantas del catre y dijo con voz grave: —No lo dé por hecho, señora.

He navegado un par de veces alrededor de Cabo de Hornos y he visto hombres, marineros grandes y fuertes, señora, en este mismo estado.

Si uno no los despierta, se dan por vencidos sin oponer resistencia.

Es el frío. Les adormece el cerebro y el cuerpo.

Debemos tratar de despertarla, señora, tan pronto como le hayamos dado un poco de calor.

Hágala tomar de mi caldo. —Dejó la cacerola tapada en el suelo del estrecho camarote y lanzó una mirada inquisitiva a Rick.

— ¿La abofetea usted, señor, o lo hago yo?

Rick reprimió un escalofrío involuntario.

Luego apretó los dientes e hizo lo que Onslow le aconsejaba.

Pegarle a una mujer iba en contra de toda moral, y más en ese caso, tratándose de una chica tan pequeña y vulnerable.

La bofetada no surtió efecto, como no fuera provocar una indignada protesta de la señora Jeffrey.

La mujer le ordenó al instante que se detuviera.

—Es pura brutalidad, señor Tempest —afirmó.

Echó a Rick a un lado, cogió la olla del caldo, levantó la cabeza de la muchacha e intentó, en vano, meter un poco del líquido caliente entre los labios apretados.

La mayor parte del caldo se derramó sobre la ropa de cama.

Onslow, al encontrarse con la mirada preocupada de Rick, sacudió la cabeza canosa.

—Tenemos que despertarla primero, señora. Es inútil tratar de hacerla comer si no está consciente.

La señora Jeffrey no le hizo caso. Continuó con sus esfuerzos, cada vez más desesperados, hasta que su marido entró en el camarote. Entonces, con un semblante de gran pesar, se dejó convencer de que se marchara, para no agotarse.

—Ay, me temo que no puedo hacer nada más. Es un caso perdido, la pobrecita, y, John, tendrás que…, ¿cómo lo llama el libro de oraciones?, ¿entregar su cuerpo a las profundidades?, cuando dirijas el servicio fúnebre por los demás.

El capitán Jeffrey extendió las manos en un gesto de resignación.