Los aventureros (Los australianos 9) Capítulo 1 #3
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Capítulo 1 #3

Dos de los tripulantes lo liberaron de su carga. Rick, antes de abordar su propio bote, se detuvo solo para soltar el bichero y arrojárselo a su timonel.

—Uno vivo —anunció en tono sombrío— y seis muertos.

Remolcaremos el esquife hasta el barco para que los honremos como es debido.

—Señaló el montón de mantas.— Simmonds, quítale al chico toda esa ropa tan rápido como puedas y envuélvelo en las mantas secas.

Me temo que está bastante mal, pero tal vez podamos salvarlo.

Y Ellis… —le pasó la petaca al proal—, a ver si consigues que beba uno o dos tragos de esto.

Los hombres se apresuraron a obedecer. El timonel amarró el esquife y empezaron a arrastrarlo con su trágica carga de muertos.

Torció los labios en un gesto sardónico y dijo: —He echado un rápido vistazo al cuaderno de bitácora, señor.

El barco era el bergantín Providence , de Boston.

Doscientas veintisiete toneladas de carga.

El capitán Phineas O’Malley y una tripulación de setenta y cinco personas.

Se dirigía al puerto Jackson, señor, igual que nosotros, con un cargamento de licores y mercancías.

—¡Un yanqui! —exclamó Rick.

Recordó su última misión y las tres semanas de acciones frenéticas, cuando cada estadounidense era un enemigo.

Su barco, el Seahorse , así como su gemelo, el Euryalus, fragatas de cuarenta cañones las dos, habían remontado el río Potomac sin la ayuda de pilotos hasta anclar a tiro de mosquete de las baterías de Alexandria.

En ese lugar habían mantenido un intenso combate.

Encallaron una veintena de veces y, cuando una borrasca golpeó a la escuadra frente a Maryland Point, el Seahorse perdió el palo de mesana.

Sin embargo, acompañados del Devastation, el Etna, el Meteor y el Erebus, tres bombarderos y un barco con cohetes, habían alcanzado su objetivo en diez días y sometido a las defensas de Washington.

En tierra, un grupo fue a quemar la residencia del presidente, la Casa Blanca.

Como resultado, su pequeña flotilla se encontró con una fuerte oposición en el viaje de vuelta.

Tuvieron que abrirse paso combatiendo río abajo y con un botín de veintiún barcos.

Antes de reunirse con la escuadra del almirante Cochrane en la bahía de Chesapeake, habían sufrido más de cuarenta bajas.

Semanas más tarde, tras desembarcar con el almirante para atacar Baltimore, el comandante militar británico, el general Ross, había sido herido de muerte por un fusilero estadounidense que disparaba desde los bosques a orillas del río Patapsco.

Pero… Rick ahogó un suspiro. Eso había ocurrido hacía casi un año.

Desde diciembre del año anterior, Gran Bretaña y los Estados Unidos habían estado en paz.

Alargó la mano para coger el cuaderno de bitácora del Providence.

—Ahora, al parecer, los buques mercantes norteamericanos intentaban reanudar el comercio con Nueva Gales del Sur. Tal vez el desdichado Providence había sido el primero.

—Se fue a pique hace dos noches, señor —continuó el timonel—.

La última anotación dice que abordaron las lanchas a las cinco campanadas.

Tres volcaron y se hundieron en cuanto estuvieron en el agua.

Este esquife era el bote del capitán. Fue arriado una hora después de los tres primeros.

Cuando abandonó el barco, llevaba veinticinco a bordo.

El capitán Phineas O’Malley habría intentado hasta el final salvar su barco siniestrado, pensó Rick, con un nudo en la garganta. Hizo un rápido cálculo mental.

—Será inútil buscar más supervivientes —empezó—, porque…

Desde la proa, lo interrumpió un grito de sobresalto.

—¡Señor! Por todos los santos, señor Tempest, a quien hemos recogido no es un chico. Es una mujer, una mujer joven, señor.

Sonaba agitado. Rick lo miró sorprendido.

—¿Una… mujer, Ellis?

—Sí, señor, así es. Estaba en ropa de dormir. La hemos envuelto en las mantas, como usted ha ordenado, pero no está consciente. No puedo hacer que beba brandy, señor. Apenas está viva.

—Será mejor que la llevemos al barco —decidió Rick—. ¡Fuera remos!, ¡todos juntos! Y poned todo en esto, mis muchachos.

Se preguntaba cuál sería la reacción del capitán cuando estuvieran de regreso con un barco lleno de marineros estadounidenses muertos y una joven, también estadounidense, quizás a punto de morir.

Como Rick, el capitán Jeffrey también había participado en las recientes hostilidades transatlánticas.

Seguía profesando un odio profundo y duradero hacia sus antiguos adversarios estadounidenses, y podía decirse con certeza que esa aversión estaba justificada.

Su barco, el Reindeer , de dieciocho cañones, había sido apresado y hundido por la balandra estadounidense Wasp , de veinte.

Tras una desesperada batalla, todos los oficiales del Reindeer y casi la mitad de los tripulantes habían resultado muertos o heridos.

El comandante, William Manners, también había caído herido de muerte.

Los supervivientes, entre los que se encontraba Jeffrey, fueron recibidos a bordo del Wasp y entregados como prisioneros de guerra a los franceses en Lorient, adonde el barco estadounidense había ido a reparar sus daños.

Según el capitán Jeffrey, ninguno de sus captores le había brindado un trato humano.

Lo habían mantenido durante seis meses en lo que describía como «una sucia cárcel francesa».

No logró apaciguarlo ni siquiera el hecho de que, durante su cautiverio, el U.

S. S. Wasp hubiera sido hundido frente a Madeira con todos sus tripulantes.

Tanto su orgullo como su cuerpo, reflexionó Rick con pesar, habían sufrido hondas heridas.

Pero tal vez… Miró a popa, donde el esquife del Providence , destrozado por la tormenta, subía y bajaba al ritmo del oleaje.

Tenía que llegar el momento de la clemencia.

Cuando las guerras han llegado a su fin, las viejas enemistades deben quedar atrás.

Su lancha, bien manejada por el viejo timonel, se acercó al costado de sotavento del Kangaroo . Mientras el proal se enganchaba a las cadenas, Rick respondió con un triste movimiento de cabeza a la pregunta que Silas Crabbe le hacía a gritos.

—Solo ha quedado una mujer con vida. La izaremos en este bote, señor Crabbe. En el otro hay seis muertos. Informe al capitán, por favor.

No dio ninguna otra explicación hasta que estuvo de nuevo en la cubierta.

Entonces, mientras subían la lancha a bordo, habló en voz baja: —Era un bergantín comercial estadounidense, el Providence, de Boston.

Iba a Sídney. Se hundió en una tormenta hace dos noches.

Aquí tengo su cuaderno de bitácora; estaba en el bote.

Ya habían salido de sus hamacas y subido a cubierta el teniente segundo del Kangaroo , John Meredith, y dos guardiamarinas. Habían venido con la esperanza de presenciar un rescate exitoso. Cuando Rick describió lo que había encontrado, lo miraron con los rostros desencajados.

—¿Y solo queda uno con vida? —exclamó Meredith—. ¡Una mujer!

—Sí —confirmó Rick, lacónico—. Una mujer joven. No sé quién es. —Miró a Silas Crabbe. —¿Ha informado al capitán?

—Eh… Lo he informado yo, señor —terció el cadete Harris—.

Ha dicho que vendría y… —El muchacho se interrumpió para añadir un innecesario—: ¡Aquí está , señor!

—Se apresuró a desaparecer mientras el capitán Jeffrey cruzaba la cubierta desde la escotilla de popa.

Los demás oficiales levantaron la cabeza, pero el capitán no les hizo caso.

—¿Y bien, señor Tempest? —preguntó amenazador.

Rick se puso rígido. Con toda intención, habló en voz plana e inexpresiva y repitió lo que ya le había dicho a Silas Crabbe.

Jeffrey maldijo.

—¡Dios del cielo! ¿Un bergantín estadounidense, un maldito bergantín yanqui?

¿Y se dirigía a Nueva Gales del Sur, a una colonia de la corona británica, en una aventura comercial?

Demonios, eso significa licor, ¿no? Licor de mala calidad y adulterado para venderlo a los convictos con cuantiosos beneficios, sin duda.

Rick resistió el impulso de señalar que las esperanzas del Providence de obtener beneficios se habían ido al fondo del Atlántico, con todo y barco.

Prefirió no decir nada. Recordó que Norfolk King, hijo del exgobernador de Nueva Gales del Sur y de su amante, Ann Inett, había corrido una suerte parecida a la de Jeffrey.

El corsario americano Perry había capturado su primer barco, el balandro Ballahou, de cuatro cañones .

Conmocionado, Norfolk le había dicho a Rick: «John Jeffrey no olvidará.

Guardará rencor hasta el fin de sus días».

Norfolk, al parecer, no había exagerado.

—¿Y ha traído a una mujer consigo? —dijo Jeffrey—. ¿Sabe quién es?

El tono del capitán era ofensivo. Rick se negaba a dejarse provocar, así que solo movió la cabeza de lado a lado.

Vio que habían izado el bote y que el timonel lo miraba a la espera de órdenes.

Cualquiera que fuera el rencor que el capitán Jeffrey pudiera sentir contra los estadounidenses no era motivo para retrasarse, ya que la vida de la desafortunada joven dependía de la rapidez con que se la pudiera atender abajo.

—Disculpe, señor, pero con su permiso, me gustaría llevarla abajo. Y tal vez, la señora Jeffrey podría…

No llegó más lejos. El capitán le dedicó una mirada torva.