Capítulo 1 #2
El vigía tenía razón. Rick lo confirmó con el catalejo.
Desde su posición ventajosa en los obenques del palo mayor, usó el telescopio para barrer el horizonte en semicírculo.
Luego lo enfocó en la embarcación que se balanceaba.
Estaba anegada. Era un bote ballenero, del tipo que la mayoría de los barcos mercantes llevaban para hacer recados de barco a tierra.
Su única vela tarquina estaba rajada por la tormenta y ondeaba sin provecho alguno en un mástil inclinado.
De los escálamos colgaban un par de remos destrozados que se movían con el oleaje.
Tal como había informado el vigía, los cuerpos de los tripulantes estaban apiñados en las tablas del fondo.
Eran formas negras e inmóviles para las que, por lo visto, el rescate había llegado demasiado tarde.
Lleno de pesar, Rick supuso que debían de haber muerto congelados, expuestos a toda la furia del viento helado durante solo Dios sabía cuánto tiempo.
Estaba a punto de cerrar el catalejo cuando vio que una mano se alzaba apenas.
Fue algo blanco que revoloteó un instante y desapareció antes de que él pudiera identificarlo.
Con todo, aquello era una señal de que no todos los desdichados del barco estaban muertos.
Eufórico por el descubrimiento, pidió al timonel que modificara el rumbo y, con una temeraria indiferencia por sus dedos entumecidos y sus botas de marinero resbaladizas, descendió a cubierta.
—Uno de ellos está vivo —le dijo a Silas Crabbe—. Acerquémonos lo más posible. Pediré voluntarios para lanzar una lancha y recogerlos. Reléveme de la cubierta, ¿quiere, por favor? Y, señor Harris…
El chico estaba a su lado, ansioso y alerta.
—¿Señor?
—Dele mis saludos al capitán y dígale que hemos avistado un esquife lleno de náufragos. Me dispongo a lanzar una lancha para recogerlos. Luego baje y traiga todas las mantas que encuentre. Nos llevaremos las que podamos y tendremos el resto listas en cubierta.
El cadete Harris salió corriendo y regresó con una rapidez encomiable. Venía acompañado de dos camareros cargados de mantas. Por iniciativa propia, entregó a Rick una petaca de brandy con las iniciales del capitán. Dijo, candoroso, que uno de los camareros la estaba llenando.
—He pensado que le vendría bien, señor.
El capitán lo seguía de cerca. Llevaba una capa de barco sobre los hombros, para protegerse del frío, y mostraba en su rostro redondo y rubicundo una expresión de mal disimulado fastidio.
Era un hombre pequeño, con tendencia a la corpulencia, que aparentaba muchos más años de los cuarenta y tantos que decía tener.
Su mal genio y sus bruscos modales arrogantes no le granjeaban ninguna simpatía en el Kangaroo, ni entre oficiales ni entre marineros, pero es que el tipo hacía muy poco por ganar en popularidad.
Siempre comía con su esposa y, hasta el momento, no había invitado a ninguno de sus oficiales a cenar con él.
Semejante omisión no había pasado inadvertida en la sala de armas del bergantín.
Su esposa, una mujer guapa, se había esforzado en hacer del conocimiento de todos que era hija de un vicealmirante de la Roja. De una guisa condescendiente, la señora Jeffrey se mostraba menos distante que su marido, pero…
Rick ya estaba prevenido para la esperada explosión de su comandante.
La señora Jeffrey también había hecho saber que no veía con buenos ojos ninguna desviación de su pausada rutina.
De modo que una llamada al alcázar antes de que su marido hubiera tenido tiempo de afeitarse y desayunar era como si la hubieran calculado para provocarle un gran disgusto.
Pronto se hizo evidente que el capitán ya venía enfadado.
—¡Por el amor de Dios, señor Tempest! —exclamó—. ¿En qué estupidez se ha metido? ¡Un barco lleno de náufragos y me traen a cubierta a rastras y en ropa de dormir! Usted es el primer teniente, ¿no? ¿No puede hacer lo que es debido?
—Puedo, señor, por supuesto —le aseguró Rick—, y no le he pedido que viniera. Le he dado instrucciones al señor Harris para que lo informara de que me propongo lanzar una lancha y recoger a los sobrevivientes. Y yo…
—¿Sobrevivientes!, ¡por el amor de Dios!
—lo interrumpió Jeffrey—. ¿Qué sobrevivientes puede esperar encontrar en estas condiciones?
¡Un bote lleno de cadáveres congelados, maldita sea, con una sola noche que hayan pasado en un bote abierto!
¿Y quiere arriesgar las vidas de nuestros hombres y la pérdida de un barco para recuperarlos?
—He pedido voluntarios, señor. —Rick mantenía un estricto control sobre su temperamento.— Y el riesgo es pequeño, en mi opinión. Hay, al menos, un superviviente, puedo dar fe.
Empezó a entrar en detalles, pero el capitán Jeffrey lo interrumpió con impaciencia.
—Muy bien, muy bien. Por humanidad, supongo que debemos hacer lo posible. Pero no hay médico a bordo, como usted bien sabe. Aunque alguno de esos pobres diablos siguiera vivo, me permito dudar de que lograra sobrevivir mucho tiempo sin un tratamiento médico cualificado.
—No, señor. Pero, si hubiera una mínima posibilidad —comenzó Rick—, yo…
—Por el amor de Dios, señor Tempest, siga con lo suyo —le dijo el capitán con frialdad—. Supongo que usted comandará la lancha, ¿no es así? Bien, estaré abajo. Infórmeme cuando haya vuelto. Y tenga cuidado con mi petaca, es de plata.
—Sí, sí, señor —dijo Rick, con cuidado de que su voz sonara inexpresiva.
Observó cómo la pequeña figura embozada abandonaba la cubierta y fue a reunirse con Silas Crabbe.
Este, habiendo tomado el asentimiento de Rick como la respuesta a una pregunta no formulada, pidió a la guardia que corriera a treparse a las perchas.
Orientadas las vergas, los juanetes aflojaron y el Kangaroo perdió impulso.
—Bajadla, muchachos —ordenó Rick.
Después de que el timonel abriera espacio a la pequeña embarcación para alejarla del costado del barco tambaleante, la lancha se zambulló en el agua.
Rick se colocó en la bancada de popa y se dio cuenta de que el oleaje era más fuerte de lo que había previsto.
Pero, con seis hombres a los remos y tirando enérgicos, tardaron pocos minutos en ponerse junto al esquife anegado.
El proal se enganchó con ayuda del bichero, y el resto de la tripulación, después de haber subido los remos, mantuvo ambas embarcaciones tan firmes como el oleaje lo permitía.
—¿Quiere que suba a bordo, señor? —preguntó el timonel.
Rick negó con la cabeza.
—No, timonel, iré yo.
Tuvo que elegir el momento: cuando el oleaje elevó los dos botes al unísono, saltó a la popa del ballenero.
El aterrizaje sobre las manos y las rodillas fue rudo y, en la caída, Rick golpeó el timón con el hombro.
Notó que había una mano asida a una de las cañas y que el propietario estaba tumbado boca abajo sobre las tablas del fondo, como si aún estuviera tratando de poner a salvo su maltrecha embarcación.
A pesar de la fuerza con la que había caído sobre el timonel, la mano no se soltó.
Rick hizo rodar el cuerpo con dificultad sobre un costado.
Se encontró entonces con los ojos abiertos y sin vida de un muchacho de unos quince o dieciséis años.
El cadáver estaba helado, con la rigidez de la muerte.
Rick siguió adelante, agachado y con náuseas.
Había otros cinco cuerpos más allá del del joven timonel y le bastó una mirada para darse cuenta de que todos estaban muertos.
Reflexionó con amargura que el capitán Jeffrey tenía razón…
No había nada que hacer por ninguno de estos pobres hombres, salvo pronunciar una oración cristiana ante los cadáveres congelados y dejar que la mar se apoderara de ellos.
Tenían que identificarlos, por supuesto, o, al menos, averiguar el nombre del barco perdido y su nacionalidad.
Vio algunos papeles empapados que el hielo había fijado en las tablas del fondo y, sobre el hielo, algo que parecía un cuaderno de bitácora envuelto en un chubasquero.
Rick rompió la superficie helada con el tacón de la bota, recogió el cuaderno y lo lanzó a su timonel sin siquiera haberlo examinado.
Reacio a admitir su derrota, aún pensaba en aquella mano levantada.
La había visto, no era un producto de su imaginación.
Y la mano agitaba algo, un pañuelo, tal vez.
Había transcurrido solo media hora, prueba indubitable de que uno de los náufragos estaba vivo en aquel momento.
Estaba vivo y consciente de que el Kangaroo se acercaba.
Su mirada se fijó en lo que parecía ser un fardo de ropa en la proa del esquife, semicubierto bajo una lona.
Con la esperanza de pronto renovada, apartó la capa superior.
Debajo, envuelto en numerosos abrigos y jerséis de marinero, había un cuerpo que, aunque frío, seguía vivo, sin duda alguna.
Cuando Rick se inclinó sobre él, una mano pequeña se alzó como en señal de saludo.
Los dedos se aferraban a un pañuelo blanco.
Se arrodilló y, a tientas, se buscó en el bolsillo de la cadera la petaca de brandy del capitán.
La destapó, rodeó con un brazo los hombros cubiertos de telas y levantó poco a poco a la víctima hasta que estuvo sentada.
Dos ojos azules lo miraron desde un rostro pálido y demacrado…
Era un rostro joven, según pudo ver Rick.
Ese chico era, tal vez, incluso más joven que el pobre diablo que se había aferrado con tanto denuedo al timón.
Pegó la petaca a los labios azules y temblorosos y consiguió que el chico tragara un poco del líquido tibio.
—Ya está, muchacho —lo tranquilizó—. Estás a salvo, pronto te sacaremos de aquí y te llevaremos a una litera caliente.
—Lanzó un grito de advertencia a la tripulación de la lancha y, aprovechando un lento cabeceo del esquife, levantó al joven, todavía envuelto en varias capas de ropa rígida y empapada.