Los aventureros (Los australianos 9) Capítulo 1
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Capítulo 1

Después de nueve días de vientos huracanados y mar montañosa, la tormenta del Atlántico había amainado y el viento había virado hacia el oeste.

Al final de la guardia matinal, Richard Tempest, primer teniente del bergantín Kangaroo , salió a relevar al capitán.

Se sintió aliviado al llegar a la cubierta y mirar a su alrededor.

Cierto, el cielo matinal era gris y estaba muy cubierto, había amenazas de nieve y corría un fuerte oleaje. Con las gavias dos veces recogidas, el barco avanzaba lento, pero había resistido bien la tormenta, excepto por unos cuantos daños menores, reparables en su mayoría.

Estaban lejos de su rumbo, a muchas millas. Aún no era posible hacer avistamientos para calcular cuántas. Sin embargo, a juzgar por el frío extremo y el hielo en las jarcias y la cubierta superior, una estimación más o menos precisa debía de andar por las trescientas millas.

Rick Tempest se ajustó al cuello la gruesa bufanda de lana. A su lado iban pasando los hombres de la guardia de la mañana, con destino al comedor y al calor de abajo. Su propia guardia iba alineándose entre temblores para pasar lista mientras el cadete Harris gritaba los nombres con voz chillona.

—El barómetro está ascendiendo —observó Silas Crabbe una vez cumplidas las formalidades de entrega de la cubierta—.

Yo habría desplegado juanetes, pero el capitán no ha querido ni oír hablar del asunto.

Tal vez usted pueda largar los del trinquete dentro de una hora o dos, señor Tempest, y aprovechar este viento.

Para mi gusto, estamos demasiado al sur. Eso es un hecho.

El rostro delgado y huesudo del viejo timonel estaba azul por el frío.

Silas Crabbe tenía los ojos lagañosos, inyectados en sangre, y los párpados pesados.

Parecía enfermo, pensó Rick con preocupación, aunque no era de extrañar, después de lo que ambos habían pasado durante la última semana: noches casi sin dormir, encerrados en una negrura ululante e impenetrable; largos días en los que habían tenido que amarrarse a los mástiles o a la jarcia muerta para no ser arrastrados por la borda cada vez que la mar, empujada por el viento, se abalanzaba sobre la cubierta en salvajes mareas verdes.

Él y Silas Crabbe habían tenido que soportar lo peor. Hacían una guardia tras otra cuando lo consideraban seguro; aunque, más a menudo, estaban juntos en la cubierta con el agua a la cintura. A veces se veían haciendo largos turnos al timón si la supervivencia del bergantín estaba en peligro.

La boca de Rick se tensó de puro resentimiento.

Mientras todo aquello ocurría, el comandante del Kangaroo, el capitán John Jeffrey, permanecía abajo con su esposa.

Emitía sus órdenes desde el camarote de popa y solo de vez en cuando aparecía en el alcázar para ver que se cumplieran.

Eran órdenes cautelosas en extremo siempre, como las que Silas Crabbe acababa de transmitirle.

El piloto era un buen marino, con muchos años de servicio en su haber, años que, en contraste, Jeffrey había pasado en tierra con media paga.

—Creo, señor Crabbe —dijo Rick con fingida gravedad—, que ahora podríamos desplegar esos juanetes sin provocarle un disgusto al capitán. El joven Harris podría ir a informarlo en cuanto esté hecho.

Crabbe asintió.

—Hay mucho hielo —comentó—. Lo he oído gruñir en los costados al empezar mi guardia. No querríamos quedarnos en estas latitudes más tiempo del necesario.

—No, no lo queremos.

Rick dio una orden al contramaestre de guardia y este la repitió. Obedientes, los tripulantes empezaron a trepar con mucha cautela por los obenques helados.

Tenían muy buena disposición, reflexionó Rick al observarlos tendidos a lo largo de las vergas.

Algunos de los contramaestres eran voluntarios.

Después de haber servido en la marina durante toda la guerra, habían cesado y quedado expuestos a las penurias y el hambre en puertos que no tenían ningún empleo que ofrecerles, pues su cachazudo gobierno había hecho desguazar muchos de sus barcos de guerra.

Sabía que algunos de los más viejos se habían sentido atraídos por el anuncio de que el Kangaroo iría a Nueva Gales del Sur, a prestar servicio ahí como buque colonial.

Tal vez soñaban, como el propio Rich, con una nueva vida de colonos, una vez cumplido su tiempo de servicio.

Él tenía la ventaja de haber estado antes en Sídney, y después, durante más de un año, en la Tierra de Van Diemen, como guardiamarina del buque Porpoise de Su Majestad , bajo el mando de quien fuera gobernador de la colonia, el comodoro William Bligh.

No, se corrigió a sí mismo. Ya no era el comodoro, sino el almirante Bligh. Le habían otorgado una escuadra cuando el coronel Johnston, comandante del regimiento que se había amotinado para deponerlo, fue juzgado en Londres por un consejo de guerra que concluyó con su destitución.

—Tiene usted una hermana en Sídney, ¿verdad, señor Tempest? —preguntó Silas Crabbe, como si, por un extraño sortilegio, hubiera leído sus pensamientos.

—No una, sino dos. Llevan allí… ¡Dios santo!, han de ser unos ocho años ya. Ambas se casaron, pero…

—¿Con oficiales de la guarnición, señor Tempest?

Rick negó con la cabeza.

—No, con colonos, señor Crabbe. La mayor, mi dulce Abigail, era viuda, pero me ha escrito para contarme que hacía poco se había casado con uno de los granjeros más ricos de la colonia: el señor Timothy Dawson.

La pobrecita Lucy ha sido menos afortunada.

No llevaba mucho tiempo casada cuando su marido, un joven emancipado llamado Luke Cahill, fue asesinado por una banda de convictos fugados que asaltaron su granja en el Hawkesbury.

Esas bandas se llaman a sí mismas bushrangers.

En realidad, son ladrones y bandidos, ¡no tengo otro nombre para esos cerdos!

Prendieron fuego a la granja y, según tengo entendido, la quemaron hasta los cimientos.

—¿Así que no es una tierra de leche y miel a la que nos dirigimos, señor Tempest? —preguntó el viejo piloto—. Esto contradice la expectativa general.

—Es una colonia penal —matizó Rick—. Eso hay que recordarlo siempre.

Como quiera, tengo la intención de establecerme allí y convertirme en granjero.

—Dio una palmada amistosa en el hombro del piloto.

— ¿Qué puede ofrecer la Marina Real hoy en día, cuando incluso los Estados Unidos han hecho las paces con nosotros?

Con la mitad de la flota parada y la otra mitad amenazada, no me apetece pasarme años en tierra en Inglaterra con media paga de teniente.

Maldita sea, ¡qué suerte que me hubieran dado un puesto en este barco, después de que jubilaran al viejo Seahorse !

Si Sus Señorías aprobaron mi nombramiento fue solo porque yo ya había servido en esa colonia.

Y también porque les aseguré por escrito que renunciaría a toda paga y asignación en cuanto fondeáramos en la ensenada de Sídney.

El timonel digirió esa noticia con una desaprobación no disimulada.

—No lo sabía, señor Tempest. Usted nunca lo dijo.

—Suponía que el capitán se lo habría dicho.

—Pues no lo hizo —afirmó Silas Crabbe—. ¿Quién, si me permite la osadía de preguntar, va a ocupar su lugar mientras estemos en la colonia?

Rick le sonrió.

—Ah, un joven oficial excelente que está al servicio del gobernador Macquarie.

Él era uno de los guardiamarinas del Hindostan en el viaje de vuelta a casa, hace cinco años, bajo las órdenes del capitán Pasco.

El capitán tenía tan buena opinión de él que no dio tregua a Sus Señorías hasta que le concedieron una comisión.

Traemos con nosotros el documento, firmado y sellado.

El nombre de mi sucesor es Broome, Justin Broome.

Él, cuando era un niño, sirvió a las órdenes del capitán Flinders en el Investigator, y, por lo que me ha contado mi hermana Abigail, ya ha dejado huella como explorador. Pero…

Los tripulantes volvieron a la cubierta y sus pasos se oyeron como golpes en el entarimado.

En ese momento, Rick se retiró para ocuparse del ajuste de las vergas superiores.

El viento seguía soplando fuerte, pero la proa elevada del Kangaroo se alzaba ligera cuando, en respuesta a una orden, el timonel viraba y las gavias se llenaban de viento.

Silas Crabbe dio un pisotón y se dispuso, con retraso, a bajar.

—Intentaré hacer un avistamiento dentro de una hora, más o menos, señor Tempest. Si este viento no amaina, quizás aparezca el sol, aunque lo más probable es que nieve. Pero, si seguimos hacia el noreste, entonces…

Desde el palo mayor, un grito del vigía lo interrumpió.

—¡Atención, cubierta! Pequeña embarcación de vela a proa, señor. A una milla, tal vez menos. Parece un esquife, señor.

Un esquife en la mar, a la deriva y en esas aguas crueles y solitarias, solo podía significar una cosa, pensó Rick, consternado. Cogió su catalejo. Habría deseado tener una mejor visibilidad, pero, al menos, aún no empezaba a nevar.

—Hay hombres a bordo, señor —gritó el vigía con voz ronca.

—¿Nos han visto? —Rick ya estaba trepando por un obenque del palo mayor.

Para tener las manos libres en el ascenso, llevaba el catalejo metido en la parte delantera de su chaqueta impermeable.

El viento lo azotaba y las botas se le resbalaban en los cabos cubiertos de hielo, amenazando con hacerlo perder el agarre. Sin aliento, llegó hacia arriba.

—No veo a nadie moverse —le dijo el vigía entre dientes—. Solo… cuerpos, señor. Media docena, todos apiñados. Podrían ser más; es difícil distinguirlos. Y no veo señales de ningún barco.