Los aventureros (Los australianos 9) Prólogo #6
10%

Prólogo #6

Había peores lugares, reflexionó George: las Antillas o…

Se revolvió intranquilo y, al abrir los ojos, se dio cuenta de que el resto de la congregación estaba de pie y los novios se dirigían a la sacristía a firmar el registro.

Recobró la lucidez y, con un tintinear de espuelas, se apresuró a seguirlos.

William le dedicó una mirada de reproche, pero Magdalen, tras el beso tradicional con su nuevo marido, se volvió hacia él. Lucía radiante de felicidad.

—Querido George —susurró mientras él la abrazaba con suavidad—, ¡qué maravilla tenerte como hermano!

Al corto trayecto en carruaje desde la iglesia hasta el castillo de Dunglass, siguieron un magnífico desayuno de bodas y una retahíla de discursos que parecía interminable.

Decidido a no faltar al cumplimiento de sus deberes, George se puso de nuevo en el papel de ayudante de campo y, más tarde, mientras ayudaba a su hermano a ponerse la ropa de paisano, recibió una muestra de su gratitud.

—Me has defendido muy bien, George, hermano —le dijo William, radiante—.

Sigue así, por favor. Durante las próximas tres semanas solo tú sabrás dónde encontrarme, y confío en que te encargarás de que nadie me moleste, a menos que se trate de un asunto de la máxima urgencia.

Lo entiendes, ¿verdad? Uno no se casa todos los días, y Dios sabe que he esperado mucho tiempo para casarme con mi dulce Magdalen.

—Lo entiendo —le aseguró George—. No te molestarán, te lo prometo.

No fue capaz de prever cuán difícil le resultaría cumplir su promesa. Menos de dos horas después de la partida de los recién casados, un lacayo se presentó ante él en el salón de baile del castillo, donde los invitados a la boda estaban reunidos para festejar toda la noche.

—Un oficial ha venido a preguntar por sir William, señor —le explicó el criado—.

Le he dicho que Sir William y la señorita Magdalen…

, la señora De Lancey, quiero decir, ya se habían marchado.

Entonces me ha pedido hablar con usted, señor.

Dice que es muy importante. Y… —El gesto del lacayo era de asombro.

— Me ha dicho que viene de parte del duque de Wellington, señor.

George sintió que se le iba el color de las mejillas.

Un mensaje del duque solo podía significar una cosa, lo sabía, y su mensajero, el teniente Henry White, del Trigésimo Segundo Regimiento, con quien él había servido en el estado mayor del general Thomas Brisbane, en Vitoria, confirmó sus peores temores.

—Ney nos ha traicionado, George: se ha pasado al bando de Napo con todo su ejército, ¡que su pudra!

El Rey se ha ido. Napo ha entrado en París pocas horas después de que el rey huyera y ha sido recibido en las Tullerías por una multitud que gritaba «¡Viva el emperador!

». No ha perdido el tiempo en reunir sus tropas.

Todos los que desertaron el año pasado, después de que él abdicara, se le están uniendo.

Ha llamado a los reservistas y movilizado a la Guardia Nacional.

Es lo que nos han dicho nuestros espías.

Me temo que esto es muy grave. —Entró en detalles y George escuchó en un silencio atónito, apenas capaz de creer lo que estaba oyendo.

Qué tontería haber imaginado que la guerra había terminado, pensó con desdicha. Y peor tontería había sido creer que el pueblo francés quería la paz.

Muy sobrio, Henry White añadió:

—Hemos vuelto al punto de partida, amigo George. Y el duque quiere a tu hermano como intendente general de las fuerzas armadas tan pronto como pueda llegar a Bruselas. Dentro de una semana, si es posible. Me ha enviado a decírselo en persona y a organizar el transporte para él.

—Acaba de casarse —dijo George con voz plana.

—Sí, eso me ha dicho su lacayo. Pero tú puedes ponerte en contacto con él, supongo; puedes informarlo.

Imposible negarse, lo sabía. George agachó la cabeza de mala gana y White le puso una mano amistosa en el hombro.

—¿Lo que oigo es música de baile? —preguntó—. ¿Siguen las celebraciones de la boda?

—Sí, solo que…

—¿No deberíamos unirnos, entonces? Está claro que esta noche no llegaremos hasta el coronel; así que vamos, querido amigo.

—La sonrisa de Henry White era mordaz—. Comamos, bebamos y alegrémonos, porque mañana…

—Se interrumpió. Sus ojos brillaban.— Mañana saldremos, una vez más, en busca de la gloria militar, si me permites adulterar la cita.

Pero ¿serías tan amable de prestarme una camisa limpia y unos zapatos de baile?

He venido cabalgando desde Edimburgo, sobre mucho barro, y no estoy en condiciones de presentarme ante las damas de Dunglass.

—Estaré encantado de proporcionártelos —respondió George con firmeza.

El gaitero de sir James Hall estaba tocando un alegre pasodoble escocés cuando George regresó al salón de baile. Venía acompañado del ayudante de campo.

—Veo algunas bellezas —observó con aprecio el joven White—. Si me lo permites…

George lo vio cruzar la sala hacia donde un grupo de recatadas jovencitas se abanicaban bajo la mirada indulgente de sus chaperonas.

Eran bastante guapas, pensó, aunque ninguna podía compararse con la pequeña Katie O’Malley.

Pero él era un anfitrión y estaba obligado a cumplir con su deber.

Se alisó la corbata y siguió el ejemplo de White.