Prólogo #5
Tras el asalto a Badajoz, William había sido nombrado intendente general en funciones.
Eso había sido en mayo de 1812, cuando, por fin, la marea empezó a cambiar a favor de lord Wellington y las fuerzas bajo su mando pudieron emprender la marcha hacia Madrid.
William lo había nombrado uno de sus ayudantes.
Había recibido el ascenso a teniente del Decimosexto de Dragones Ligeros y, como tal, recordaba George, había luchado en la batalla de Salamanca.
Dos días antes de las hostilidades, aunque en aquel momento él no lo sabía, el presidente James Madison había declarado que los Estados Unidos de América estaban en guerra con la Gran Bretaña y sus aliados.
Sintió que se le tensaban los músculos de la garganta. La congregación acababa de ponerse en pie y el coro estaba entonando los primeros versos del salmo Beati omnes.
Aquel día habían cargado con la caballería pesada de sir Stapleton Cotton y habían puesto en desbandada a toda una división de la infantería francesa.
El comandante de la brigada enemiga, el valiente general Le Marchant, había muerto a su lado.
Tres semanas más tarde, entraban en Madrid con el grupo de Wellington entre vivas entusiastas de los ciudadanos españoles.
Después vinieron los reveses; pero, para entonces, aunque las tácticas militares estaban más allá de su comprensión, había llegado a entender algunas de las razones de las largas marchas forzadas, de las combativas retiradas que habían seguido incluso a las grandes victorias y del espantoso peaje que todo aquello se cobraba en muertos y mutilados.
Durante los dos años siguientes, había aprendido el oficio de oficial del ejército, reflexionó George.
Había servido durante varios meses en el estado mayor de lord Wellington, a la sazón convertido en duque de Wellington, y había llegado a admirarlo sin reservas.
La sangre fría y el coraje de ese hombre bajo el fuego eran legendarios.
Los hombres bajo su mando, que lo apodaban Nosey sin disimulos, estaban dispuestos a seguirlo a todas partes.
De hecho, el propio George también había estado dispuesto a seguirlo, a pesar de su innata cautela de abogado y los rescoldos de su nacimiento americano.
Terminó el salmo. La congregación se acomodó para el sermón y George fue al banco del novio. Se sentó, cerró los ojos y dejó que los recuerdos lo invadieran mientras la conciencia del presente volvía a alejarse.
En enero de 1813 había llegado la noticia de que la campaña del emperador Napoleón en Rusia había terminado con una retirada más desastrosa aún que cualquier otra que se hubiera visto en la península.
Las esperanzas se reavivaron; el personal vio a su comandante sonreír una vez más y el ejército se puso en marcha.
En Vitoria, en julio, cuando cayó la ciudad, José Bonaparte, el llamado Rey de España, fue expulsado de su reino y por poco consiguió escapar de ser capturado.
Por órdenes del emperador, fue sustituido como comandante en jefe por el mariscal Soult. Se decía que Napoleón estaba tan presionado por los rusos y sus nuevos aliados prusianos que, debido a las graves pérdidas sufridas en Bautzen, se había visto obligado a aceptar un armisticio.
Pero el duque no quería un armisticio. Había seguido adelante, en lugar de retroceder, con las divisiones británicas muy reforzadas, las portuguesas luchando con habilidad y tenacidad y veinticinco mil soldados españoles unidos al victorioso avance.
Después de tomar San Sebastián, habían cruzado los Pirineos.
Por fin, se peleaba en suelo francés y se vislumbraba el final.
El ministro siguió adelante con su sermón.
George levantó la cara y volvió a cerrar los ojos, tratando de recordar.
Pero los ríos que había vadeado, los puertos de montaña por los que había luchado, las fortalezas y ciudades que se habían rendido ante él no eran más que nombres en un mapa.
Los únicos recuerdos que permanecían claros en su mente eran los de personas y acciones individuales.
Había habido mujeres por el camino: españolas complacientes, una campesina francesa y la viuda de un soldado irlandés.
Esta lo había curado de la leve herida sufrida en el Nive y lo había reconfortado de la única manera que sabía hacerlo.
Eran rostros borrosos, como el de Katie.
Con más claridad veía los rostros de los caídos, algunos amigos suyos, pero muchos desconocidos, tanto británicos como alemanes y portugueses.
Rostros serenos en la muerte, como los franceses que yacían a su lado, y, en apariencia, todos en paz, a pesar de las horribles heridas que los habían abatido.
No se atrevía a pensar en los heridos que aún se aferraban a la vida. George inhaló con fuerza.
Pero todo había terminado, se dijo a sí mismo.
Gracias a Dios, ¡la guerra había terminado!
Para William y su joven y encantadora esposa, y también para sí mismo.
Napoleón Bonaparte podría haber escapado de Elba, pero Ney, que había sido uno de sus mariscales y en el momento era un general realista con un ejército de treinta mil hombres, había jurado traer al antiguo emperador de vuelta a París en una jaula.
Sin duda, lograría cumplir su promesa. No había nada que temer con un rey francés restaurado y un pueblo cansado de la guerra. Tan cansado como él, pensó George.
Sus servicios habían sido recompensados con un grado de capitán en el Segundo de Dragones, los Grises de Escocia, que entonces se encontraban en Bélgica.
Sin embargo, podría volver a la vida civil cuando quisiera.
Podría vender su nombramiento. Lo mismo pensaba hacer William una vez casado.
Para ninguno de los dos sería posible volver a América, por supuesto, pero él podía optar por quedarse en Inglaterra o buscar fortuna en una de las colonias.
Durante su permiso, había hecho gestiones para inscribirse en el Colegio de Abogados de Inglaterra y, mientras cenaba en Lincoln’s Inn, un conocido casual le dijo que la colonia penal de Nueva Gales del Sur necesitaba abogados cualificados con urgencia.
Dos hermanos, miembros ambos de Lincoln’s Inn, habían ido allí como jueces con jugosos sueldos de la Corona. Según su informante, el más joven de los dos había sido nombrado hacía poco.
—Jeffrey Bent estaba en mi despacho —le había confiado el abogado—, trabajando para mí con tal de ir tirando.
Luego, su hermano mayor consiguió un nombramiento como juez adjunto con un sueldo de mil doscientas libras al año y nombró al joven Jeffrey juez civil, con un sueldo de ochocientas, como si fuera poco.
Todo esto junto con una casa palaciega y prebendas en honorarios por actuaciones civiles.
Maldita sea, si quisiera ganar dinero, ya sé a dónde iría.
Colonia penal o no, ¡iría a la bahía Botany!