Los aventureros (Los australianos 9) Prólogo #4
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Prólogo #4

— ¡ Este me toca a mí, Billy! —Aún sonriente, se volvió a Murdo—: Te acepto, y con mucho gusto.

Te tomo el juramento aquí mismo, por si acaso alguien intentara reclamarte.

—Amagó dar un golpe a la cabeza rapada de Murdo.

— Y podrían, ¿eh? Soldado raso Smith, de los Grises de Escocia.

Eso eres ahora, muchacho, y no te arrepentirás de tu elección.

Ese canalla azulado de Napo será quien viva lamentando el día en que volvió a meterse con nosotros.

—¿Qué está diciendo, sargento? —preguntó Nick, con las cejas fruncidas por el desconcierto—. ¿ Napoleón ha escapado? ¿No ha terminado la guerra?

Desaparecida su sonrisa, el sargento respondió muy serio: —Sí, ¿no te has enterado?

El emperador ha vuelto a Francia. Desembarcó hace una semana y dicen que se dirige a París.

Las tropas del rey Luis han desertado para unírsele.

A mi juicio, habrá unas cuantas batallas antes de que la guerra termine.

Es de esperar, señor, que su muchacho tenga un corazón audaz, porque le gustará estar en medio de todo ¡antes de que se haga demasiado mayor!

Ambos hombres se volvieron para mirar a Murdo. Había pena en los ojos grises de Nick. Comenzó a murmurar una disculpa.

—No lo sabía, Murdo. Créeme, yo…

Murdo se hizo el desentendido. Se puso de pie.

Ya le habían robado el orgullo nativo en la cárcel, con las cadenas y los execrables grilletes, con los solemnes tribunales y las duras sentencias.

Pero él era hijo de un soldado de las Tierras Altas, se dijo a sí mismo, y su padre había servido en el Septuagésimo Tercero y había muerto con el regimiento en el sitio de Seringapatam.

Aquello le ofrecía la oportunidad de recuperar el orgullo perdido.

A pesar de su anterior renuencia a alistarse, no iba a echarse atrás, no iba a permitir que los reclutadores lo acusaran de cobardía.

La caballería estaba bien en tiempos de paz. Ahora bien, si había que luchar, él lo haría en el regimiento de su padre.

—Estoy listo para prestar juramento —dijo de inmediato al sargento de infantería— con los soldados de las Tierras Altas del Septuagésimo Tercero, si es tan amable. Y mi apellido es Maclaine.

Nick se encogió de hombros con resignación y lo dejó marchar.

*

—Queridos hermanos, estamos aquí reunidos, a la vista de Dios y ante esta congregación, para unir a este hombre y a esta mujer en santo matrimonio. Un estado honorable, instituido por Dios, por la inocencia del hombre…

La voz del ministro continuaba zumbando.

De pie, rígido al lado de su hermano, George De Lancey se dio cuenta de que su atención se desviaba y su mano se relajaba en la empuñadura de la espada.

Un rayo de sol fugitivo que, por lo visto, se había atrevido a desafiar el aguacero de abril que los había empapado al entrar en la iglesia, atravesó la alta vidriera situada detrás del altar.

Formó un patrón brillante y multicolor en las viejas losas, a los pies de la novia, e iluminó su rostro, pequeño y velado, con un inesperado resplandor.

Magdalen Hall no necesitaba la ayuda del sol para realzar su belleza.

Era una joven hermosa, pensó George De Lancey, y recapacitó también en que su hermano era un hombre de singular fortuna por haberse ganado el afecto de esa mujer.

No había ni sombra de envidia en sus cavilaciones; su hermano mayor seguía siendo, como lo había sido en su juventud, el objeto de su veneración.

En su inspirador ejemplo, él mismo se había esforzado por modelar su propia vida durante los últimos tres años y medio.

Nunca, ni siquiera en sueños, se había imaginado capaz de igualar los logros de William, y mucho menos de superarlos.

Estaban allí, a la vista de todos, para que la concurrida congregación se deleitara con ellos: la medalla de oro y esmalte de Caballero Comendador de Bath y, prendida bajo esta, una medalla de oro de la guerra peninsular con dos barras.

Las proezas militares que refrendaban estas condecoraciones habrían sido notables para cualquier oficial británico de treinta y pocos años, pero lo eran aún más si se tenía en cuenta que su hermano era, como él, estadounidense de nacimiento.

De hecho, los dos eran estadounidenses de tercera generación, nacidos en Nueva York, descendientes de una familia de hugonotes refugiados allí tras la revocación del edicto de Nantes.

Los De Lancey habían sido terratenientes de considerables extensiones hasta que la guerra de la independencia provocó un conflicto de lealtades.

Entonces, su tío, el general Oliver De Lancey, eligió luchar por su rey.

Tras la victoria de los colonos y la confiscación de sus tierras, el general se vio obligado a refugiarse en Inglaterra.

Murió en Yorkshire, en una gentil pobreza, sin que su lealtad a la Corona británica quedara señalada ni recompensada.

A su propio padre le había ido mejor, recordó George.

Lord Shelburne lo nombró gobernador de Tobago, en tanto que a William, que solo tenía dieciséis años, le había ofrecido una comisión en el ejército británico sin tener que pagar por ella.

En cinco años, antes de cumplir los veintiuno, había ascendido por méritos al rango de mayor en el Cuadragésimo Quinto Regimiento de Infantería.

Durante la última parte de la campaña del duque de Wellington en la Península, había servido como intendente general adjunto en el estado mayor del duque, con rango de coronel.

George De Lancey contuvo un suspiro. Él mismo, por tonto, sin duda, se había quedado en los Estados Unidos, falto de fondos y de patrocinio.

A veces, viviendo al día. Había estudiado derecho en Harvard y conseguido mantenerse a sí mismo, tanto en cuerpo como en alma, trabajando como pasante en sus ratos libres.

Porfiaba en establecerse como abogado al terminar sus estudios.

Incluso había elegido una pequeña ciudad cercana a Boston, así como el edificio en el que colgaría su rótulo, pero la guerra lo había obligado a cambiar de planes.

Con la adhesión de su país a la causa francesa, el viejo y tradicional conflicto de lealtades había vuelto a atormentarlo.

Así que, a regañadientes, aunque impulsado por su conciencia, había embarcado rumbo a Inglaterra y se había puesto a la merced de su hermano.

Entonces, dado que la influencia de William se limitaba al estamento militar, había terminado por convertirse en soldado, en lugar de abogado y…

George miró por encima del hombro las filas de oficiales de brillantes uniformes que habían acudido a presenciar la boda de su hermano.

Se había convertido en uno de ellos, se recordó a sí mismo, y los lazos que lo tenían unido a su tierra natal se habían roto para siempre.

La pequeña Katie O’Malley, con quien había esperado casarse algún día, era solo un recuerdo que llevaba en el corazón, pero que se desvanecía con el paso de los años.

Su imagen estaba oscurecida por otras, más duras estas: las de la guerra y el derramamiento de sangre, pues se habían convertido en el patrón de su vida.

Había luchado en las últimas refriegas, batallas desesperadas en las que las legiones de Bonaparte, antaño invencibles, eran derrotadas y devueltas a Francia.

Había estado en los asedios de Ciudad Rodrigo y Badajoz como alférez novato del Quincuagésimo Segundo de Infantería Ligera; en ambas ocasiones, con el grupo de asalto.

Había sido testigo de escenas de inimaginable heroísmo y de una matanza espantosa; y, tras la toma de Badajoz, de los horrores de una ciudad capturada y saqueada.

Fue entonces, reflexionó George, cuando la imagen de Katie O’Malley empezó a desvanecerse.

George De Lancey había buscado consuelo de aquella carnicería en los brazos de una chica asustada, una moza que había acudido a él en busca de protección y de cuyo nombre nunca llegó a enterarse.

Primero, ella le vendó una herida leve, pero luego se echó a llorar en sus brazos mientras él le hacía el amor a ciegas y sin deseo.

—William Howe, ¿quieres recibir a esta mujer como tu legítima esposa, para vivir juntos según los mandatos de Dios en el sagrado estado del matrimonio?

La voz profunda y resonante del ministro acababa de interrumpir sus reflexiones. George volvió a centrar su atención en el servicio nupcial.

—¿La amarás, la confortarás, la honrarás y la cuidarás en la salud y en la enfermedad? ¿Renunciarás a todas los demás y te mantendrás solo para ella todos los días de vuestra vida?

William respondió con un firme «Sí». Luego Magdalen escuchó, con los ojos bajos, la misma pregunta; se volvió para mirar a su alto novio y respondió con tímida impaciencia.

Su padre, sir James Hall de Dunglass, de blanco pelo, dio su consentimiento con la breve formalidad que le exigía el libro de oraciones. Enseguida se retiró al banco familiar mientras los novios, por turno, pronunciaban sus votos con solemnidad y evidente emoción.

Enternecido de una manera inesperada, George buscó el anillo en el bolsillo de su ajustado traje.

Con la mano un poco temblorosa, depositó el pequeño aro de oro sobre el libro de oraciones del ministro.

Imaginó por un momento que era Katie la que estaba allí, con un vestido de novia de satén blanco, después de haber jurado que lo aceptaba como su legítimo esposo.

Pero Katie tenía los ojos azules y el pelo como oro hilado, en tanto que Magdalen, la esposa de su hermano, tenía los ojos castaños y el pelo oscuro y brillante.

No había el menor parecido. Lo había confundido un efecto de la luz.

Dio un paso atrás, igual que el padre de la novia, y dejó que William y su esposa se arrodillaran uno al lado del otro, solos ante el altar. Mientras el viejo ministro entonaba oraciones, sus pensamientos, otra vez libres, volvieron a distanciarse.