Los aventureros (Los australianos 9) Prólogo #3
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Prólogo #3

Cabalgaron toda la noche, tal como Joss había previsto.

Solo se detuvieron una vez, en una posada aislada, para descansar, dar de beber a los caballos y desayunar.

Nick condujo al grupo por rutas indirectas, evitando las ciudades y las carreteras principales.

Por fin, a mediodía, soltaron las riendas frente al Alton Arms, en Buck’s Oak.

A Murdo, junto con Liam O’Driscoll, le tocó estabular a los cansados animales.

Luego, sin inquietarse demasiado, el joven se quedó esperando a que Nick reclamara su presencia.

No había pasado ni una hora desde su llegada a Alton Arms cuando recibió la llamada.

Obedeció con presteza y, en cuanto entró en la taberna y vio que Nick estaba sentado a la mesa con dos extraños uniformados, se detuvo, atónito.

Eran hombres del rey, vestidos de escarlata, con galones dorados en las mangas: sargentos, sargentos de reclutamiento.

Uno vestía el uniforme de la infantería, en tanto que el otro era un arrogante dragón de caballería pesada.

Antes de que Nick se pusiera de pie, Murdo ya había adivinado la razón de la presencia de los militares.

Con un brazo amable sobre sus hombros, el jefe lo llevó al otro lado de la habitación.

—¿Quieres que me aliste, Nick? —soltó con voz temblorosa.

Nick asintió.

—Sí, muchacho, de eso se trata. Entiéndelo: ahora eres un lastre, un riesgo para todos nosotros, y es probable que empiecen a buscarte por todo el campo en cuestión de horas.

Atraparán a los presos que estaban contigo y los estúpidos hablarán hasta por los codos.

Tenemos que plantarte en algún lugar seguro, Murdo, hijo.

—Pero el ejército… —afligido, Murdo quiso decir algo.

Nick lo interrumpió.

—Nadie te buscará en el ejército, y a Dios pongo por testigo de que es el único lugar donde no te buscarán.

—Su tono se suavizó, se volvió persuasivo.

— Sabes cuánto te aprecio. Eres como un hijo para mí y me va a entristecer dejarte marchar.

Pero no será para siempre. Además, la guerra ha terminado.

Ahora es un ejército de ocupación, un puesto muy cómodo.

Deja que te lleven al continente y vive una vida ociosa en la guarnición del duque en Bruselas.

—El ejército no está ocioso —protestó Murdo.

Había pasado su juventud en campamentos militares y conocía muy bien la dura disciplina a la que estaban sometidos los soldados rasos.

¿No había huido de su casa y su familia porque Duncan Campbell intentaba tratarlo como a los soldados rasos?

Intentó explicarlo, pero Nick le hizo un gesto de impaciencia.

—Será mejor que la bahía Botany. Y no tendrás que luchar.

—Puede que no. Pero, por todo eso, haría cualquier cosa antes que alistarme. Nick, yo…

—¡Murdo, Murdo! —le reprochó Nick—, ¿dónde está tu lealtad, tu gratitud? ¿Quieres ponernos al resto en peligro de muerte? Joss y yo, todos nosotros… Tus amigos, por el amor de Dios. Nos hemos arriesgado mucho para liberarte. Recuérdalo, muchacho.

—Lo recuerdo —concedió Murdo muy abatido.

Miró a los dos sargentos. Estaban de espaldas y sorbían su cerveza, indiferentes, por lo visto, a lo que Nick y él conversaban. El gran soldado de caballería daba plácidas caladas a una pipa de arcilla de tallo largo. Tenía las piernas extendidas hacia el calor del crepitante fuego de leña.

—No será por mucho tiempo —dijo Nick. Apretó los delgados hombros de Murdo—.

Seis meses, tal vez menos, y se apagará el fuego.

Entonces podrás pagar tu baja y volver con nosotros.

Mira, tengo conmigo tu parte del botín, y es una buena suma.

Sería tonto que te la llevaras. Si quieres, la dejamos aquí, con el posadero, Charley Finn.

Él cuidará tu dinero hasta que se lo pidas; o puedo cuidártelo yo si lo prefieres.

Por Dios, muchacho, confías en mí, ¿verdad?

—Sí, claro que sí, Nick. De todos modos, yo… —Murdo hizo una última súplica.— ¿No podría ir al norte y esconderme allí? ¿En Glasgow, tal vez? Iría por mi cuenta y…

—Sin amigos que te ayuden, te atraparán antes de que estés a menos de cien millas de la frontera —replicó Nick, y su tono no admitía más discusiones.

Con la paciencia casi perdida, señaló la pared y el reloj de latón que sonaba sobre sus cabezas—.

Ya hemos perdido bastante tiempo. ¿Qué va a ser, Murdo?

¿Vas a hacer lo que te pido? Porque, si no…

Dejó la amenaza implícita, pues era hora de que Murdo reconociera la derrota.

Las amenazas de Nick no debían tomarse a la ligera.

Sabía que nunca vería el dinero por el que había trabajado, a menos que siguiera los planes que Nick había trazado para él.

El viejo Joss tenía razón, pensó con tristeza.

Los soldados no le gustaban, pero el ejército era, sin duda, mejor que el exilio en la colonia penal de Nueva Gales del Sur.

Y mucho mejor, desde luego, que ser ahorcado, como sin duda le ocurriría si lo atrapaban.

Ahora que el orgullo acudía en su rescate, pensó que, por otra parte, un soldado podía llevar la cabeza bien alta.

¿No habían derrotado los del duque de Wellington a los franceses de Napo?

, ¿no los habían expulsado de Portugal y España?

¿Y no habían enviado al propio Napo a un ignominioso exilio en una isla llamada Elba?

—¿Y bien? —preguntó Nick—, ¿estás dispuesto a alistarte?

—Sí —respondió Murdo. Vaciló por un momento y añadió con firmeza—: Solo que no me alistaré en un regimiento inglés. Soy de las Tierras Altas, Nick.

Nick se rio. Lo agarró del brazo y se lo llevó a la mesa de los sargentos de reclutamiento.

—Aquí está su muchacho, caballeros —anunció—.

En uso de su libertad y en plena capacidad, está dispuesto a aceptar el chelín del Rey.

Pero es del norte de la frontera y quiere alistarse en un regimiento escocés, así que espero que puedan complacerlo.

Siempre y cuando —se apresuró a matizar—, sea un regimiento que esté bajo el mando del duque, al otro lado del Canal.

—Creo que podemos acceder a sus deseos, señor —le aseguró el sargento de infantería—.

Estamos aceptando reclutas para todos los regimientos de Su Gracia.

Los equipamos y los ponemos en forma en nuestros cuarteles.

Luego los enviamos a Bruselas. No tomará más de unas cuantas semanas. ¿Cómo te llamas, muchacho?

—Smith, sargento —respondió Nick. Le lanzó a Murdo una mirada de advertencia—. Murdoch Smith.

El sargento miró a Murdo pensativo. Luego, sonriente, le quitó el tricornio mal ajustado.

—Ya tienes el corte de pelo del ejército —observó divertido—.

Bueno, todo ayuda, muchacho, y una temporada en las filas será edificante para ti, te lo puedo garantizar.

¿Qué regimiento te apetece, eh? Tenemos muchos para que elijas.

El Nonagésimo Segundo está en Bruselas; el Cuadragésimo Segundo y el Septuagésimo Primero, en cantones extranjeros; el Septuagésimo Tercero, en un lugar llamado Grow-now o Growmouse…

No puedo entender esos malditos nombres gabachos.

Luego están los Cameron, del Septuagésimo Noveno…

Siguió hablando, pero Murdo apenas era consciente de lo que le estaban diciendo.

El Septuagésimo Tercero, pensó con un nudo en la garganta, era el regimiento de su propio padre, el gallardo Septuagésimo Tercero.

Si tenía que alistarse, ese era, sin duda, el regimiento que debía elegir.

Habría poco riesgo de que lo reconocieran, ya que ese, que servía bajo el mando del duque de Wellington, era sin duda el segundo batallón del regimiento.

El coronel Macquarie, es decir, el gobernador Macquarie, se había llevado el primero a Nueva Gales del Sur.

—¿Sería usted útil a caballo, Smith? —El sargento de caballería se quitó la pipa de la boca y se irguió con lentitud hasta ponerse en pie.

Era una figura alta e imponente con su magnífico uniforme de dragón.

Empequeñecía tanto a su compañero sargento como a Nick.

Con su acento escocés de las Tierras Bajas, había formulado su pregunta con toda claridad, pero, como Murdo no estaba acostumbrado a su nuevo nombre, lo miró sin comprender.

Fue Nick quien respondió: —Es el mejor, sargento, le doy mi palabra. El muchacho es un buen jinete.

—Entonces, todo lo que no sea unirte a mi regimiento será peor para ti.

Si eres escocés, habrás oído hablar de nosotros —dijo con orgullo el gran jinete—: ¡Los Reales Dragones Británicos del Norte!

, los grises, muchacho, ¡los famosos Grises de Escocia!

No hay mejor regimiento en todo el ejército británico, puedes creerme.

Y, si eres tan buen jinete como este caballero dice que eres, te llevará poco tiempo estar listo.

Ayudarías al duque a mantener a esas ranas de azul, a esos franchutes, donde tienen que estar, con los rabos entre las patas.

Murdo sintió que el corazón se le aceleraba.

Eran palabras grandilocuentes las del jinete, pero, por ninguna razón que el joven pudiera explicar, lo conmovieron hasta lo más hondo.

La guerra había terminado y no había perspectivas de seguir luchando contra los franceses, pero…

Sin que Nick tuviera que instigarlo, tomó su decisión; como por impulso, pero con absoluta convicción.

—Sí, señor, me uniré a los grises si usted me acepta.

El alto dragón se puso el gorro de piel con plumas blancas y, mordaz, sonrió a su compañero de reclutamiento.