Prólogo #2
Vio que el gran Joss Gifford estaba al pie de la escalerilla, sujetando las riendas de dos caballos. Detrás de él, con sus pistolas apuntando a la tripulación del carro, había otros tres hombres a caballo, todos enmascarados. Murdo los reconoció, a pesar de las máscaras, y sonrió encantado a Nick.
—¡Dios te bendiga! Nunca olvidaré esto, Nick, mientras viva.
Nick asintió.
—Ya lo veo, chico. —Movió la cabeza hacia el segundo carcelero, que, con el ceño fruncido, estaba de pie al lado del conductor. Señaló a Murdo y dijo con impaciencia—: Este es el que queremos. Quítale los grilletes y hazte el desentendido.
Murdo extendió las muñecas encadenadas y el carcelero, con dedos torpes por la prisa, lo liberó de las pesadas esposas.
Tardó más con los grilletes, pues había que quitarlos con un martillo; pero el hombre, espoleado por Nick, completó la tarea con una rapidez encomiable.
Una vez retirados los grilletes, Big Joss, sonriente bajo su embozo, cogió un capote que llevaba doblado bajo el borrén de uno de los caballos y, con destreza, se lo arrojó a Murdo.
—Envuélvete con esto, muchacho —lo invitó—. Y monta la yegua ruana. Nick tiene una muda de ropa para ti, pero no queremos quedarnos en este camino más tiempo del necesario. Podrás deshacerte de esas ropas de presidiario cuando hayamos escapado.
Sintiendo que estaban a punto de ser abandonados, los otros prisioneros lanzaron un aullido concertado de protesta.
Nick los acalló con dureza.
—Soltadlos a todos —ordenó a los carceleros—. ¡Vamos, poneos a ello si no queréis que os reviente el cráneo!
Al ver que el más joven de los dos carceleros vacilaba, Nick cumplió su amenaza. Azuzó a su caballo con las rodillas y descargó un culatazo en la cabeza desnuda del hombre. No fue un golpe contundente, pero el carcelero se tambaleó y luego, recuperado, se apresuró a cumplir la orden de su agresor.
Murdo, montado en la ruana, vio a sus excompañeros salir del vagón, acobardados. Cuando les quitaron los grilletes, flexionaron los músculos de las piernas y, por fin, pudieron moverse con libertad.
—¡Corta las riendas, Joss! —ordenó Nick mientras señalaba los caballos enganchados a la carreta—, y pon a esos jamelgos a correr.
Vosotros, bribones —se volvió hacia los prisioneros liberados—, atad a estos langostinos antes de salir corriendo, pero no les hagáis daño.
Si les hacéis daño y os pillan, os matarán, seguro.
—Con un seco «buena suerte, chicos», cortó el intento de uno de los hombres de darle las gracias.
—. No os entretengáis. Esta es la carretera principal de Portsmouth.
Espero que lo consigáis. —Luego, viendo que Joss había terminado con lo que le había pedido y estaba otra vez a lomos de su propio caballo, hizo un gesto con la mano en la dirección por la que habían venido y clavó las espuelas.
Con Murdo pisándole los talones, la pequeña cabalgata volvió a formarse y partió al galope.
A cien yardas de ahí, Nick desvió a su caballo hacia una valla baja y la saltó sin esfuerzo.
Condujo a su grupo en fila india por el borde de un campo arado hacia un bosque de hayas y avellanos.
A salvo de la carretera, todos soltaron las riendas.
Nick dijo con tono seco: —Bien, Murdo, quítate esa ropa de presidiario y ponte esto.
—Después de dejar caer a los pies del chico un bulto enrollado, observó con ojo crítico su cabeza pelada y continuó—: Tendría que haber traído una peluca para ti, maldición, algo que combinara con tu acento de caballero.
Bien, tendrás que conformarte con un sombrero.
Póntelo. ¡Y date prisa, muchacho, por el amor de Dios!
Quiero que nos pongamos a unas cuantas millas de ese carro infernal antes de que alguien lo descubra y llame a la guardia.
Les costará mucho trabajo reunir a los demás, con lo que conseguiremos unas horas de ventaja, pero…
—Se encogió de hombros.— Entierra esa ropa sucia, Liam.
No hace falta que caves un agujero. Bastará que la pongas bajo la hojarasca.
El joven irlandés Liam O’Driscoll le dio a Murdo una palmada en el hombro.
Entonces, conforme el chico se iba despojando de la chaqueta y los pantalones grises de tosco tejido —la marca de los delincuentes—, cogía cada prenda para esconderla bajo un montón de hojas podridas.
Ya todos se habían deshecho de sus embozos.
Sonreían de placer por el éxito del rescate y se hacían bromas a gritos mientras Murdo se vestía con las prendas que Nick le había traído.
—¿Qué se siente al estar suelto, Murdo, hijo?
—Apuesto a que estás muy contento de que te hayamos salvado del barco, ¿o no?
—Basta, chicos. —Nick no estaba de humor para celebraciones prematuras.— Ya habrá tiempo de cacarear cuando estemos secos y en casa —les advirtió—. Muévete, Murdo, y echemos a andar. Tenemos un buen viaje por delante.
Murdo no perdió el tiempo. Con la chaqueta desabrochada, se puso apenas el tricornio, sin ajustarlo, para ocultar su cabeza rapada. Antes de que Liam se pusiera a lomos de su caballo, él ya estaba montado en la silla de la yegua ruana.
—¿Adónde vamos, Nick? —se aventuró a decir mientras se ponían de nuevo en marcha a campo abierto.
—A Buck’s Oak —contestó Nick, lacónico—. Y al Alton Arms. He dispuesto que alguien cuide de ti durante un tiempo.
El jefe se sumió en un hosco silencio y siguió cabalgando. Era claro que no quería más preguntas.
—¡Murdo! —Joss Gifford le hizo un gesto para que frenara.
Mientras cabalgaban uno al lado del otro en la retaguardia, bajó la voz y dijo—: Vamos a Hinton Marsh, hijo, y me imagino que Nick piensa cabalgar toda la noche.
Ha estado un poco nervioso, y no me extraña.
En estos últimos días hemos escapado por los pelos.
—¿Por los pelos? —repitió Murdo con el ceño fruncido.
—Sí, muy por los pelos. No solo vuestra travesura salió mal.
Hemos perdido al viejo Harry, Harry Lee, y a Barney Deakin.
Los atraparon hace diez días y el próximo lunes los presentarán en el juzgado.
En esta parte del país, Murdo, la cosa está muy caliente.
Nick está pensando en ir al norte. Creo que lo hará si ajustician a Harry y Barney.
Murdo se sentía conmocionado hasta lo más hondo.
Esa parte del país, la agradable zona rural entre Guildford y la costa, siempre había sido el campo de batalla de Nick.
El hombre había nacido en Farnham y tenía amigos en todas partes: taberneros, aldeanos, pequeños granjeros y muchos más.
Incluso caía bien a algunos de los alguaciles y policías locales.
Conocía todos los rincones, todos los caminos; tenía a su sueldo a hosteleros y postillones que lo informaban de los carruajes y caravanas de correos que circulaban entre Londres y la costa, así como cuáles merecían la pena y cuáles no.
Murdo sabía que, en los últimos tiempos, Nick había establecido una lucrativa relación con dos bandas de contrabandistas de brandy y tabaco que traficaban en pequeños barcos pesqueros a través del Canal.
Durante la guerra con Francia, el negocio era muy arriesgado, pero en ese momento, con los dos países en paz, el comercio volvía a florecer.
Sin duda, Nick no querría abandonar sus pingües ganancias yendo al norte, a menos que se viera obligado.
Como si pudiera leer sus pensamientos, Joss, resignado, se encogió de hombros y le dijo: —Para ir allá, Nick tendría que estar muy presionado, ya me entiendes; pero no puede permitirse correr riesgos contigo, hijo.
En este momento, eres mercancía codiciada, un fugitivo de una de las cárceles de Su Majestad. Habrá mucho alboroto y clamor por ti.
—Sí, sé que lo habrá —concedió Murdo con inquietud—. Nick me ha dicho que alguien me cuidará por un tiempo en el Alton Arms. Ya lo tiene todo organizado.
Joss asintió en señal de confirmación.
—Es cierto. Ha hecho planes para ti, pero dudo que te gusten mucho. La idea es protegernos a todos y asegurarnos de que no te cojan. Y creo que estás en deuda con él y deberías hacer lo que él quiere, Murdo. Él te ha rescatado, te ha salvado de la bahía Botany. Se lo debes, ¿no?
—Sí, se lo debo —convino Murdo, pero su inquietud iba en aumento. Se giró sobre su montura para mirar a Joss—. ¿Tú sabes lo que quiere que haga?
—Lo sé, muchacho, pero no me corresponde a mí decírtelo. Lo hará Nick. Solo creía conveniente ofrecerte una advertencia amistosa.
—Gracias —dijo Murdo.
Por lo visto, se dijo a sí mismo, Nick iba a pedirle algo más que pasar inadvertido en una posada de pueblo.
Sería, quizás, dejarlo a la deriva o enviarlo de vuelta al norte hasta que se calmara el alboroto.
Fuera lo que fuera, obedecería, por supuesto, y contaría con su dinero y su libertad.
Y si Nick decidiera marchar al norte con su banda, él podría incorporarse de nuevo.
Nada se ganaba con estas vanas especulaciones. Nick ya se lo diría, como le había anticipado Joss; y lo haría a su debido tiempo. El jefe había cumplido su palabra: se había arriesgado al retener el furgón de la cárcel para liberarlo. Murdo sonrió al ansioso Joss.
—Haré lo que Nick quiera, Joss.
—Muy bien —aprobó Joss—, ya lo imaginaba. —Asintió afable y puso su caballo al galope hasta alcanzar a Nick.