Los aventureros (Los australianos 9) Prólogo
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Los aventureros (Los australianos 9)

Los aventureros (Los australianos 9)

Por Vivian Stuart

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Prólogo

—Murdoch Henry Maclaine, en vista de su corta edad y de la recomendación del jurado de que se lo trate con misericordia —había dicho el viejo juez, con un admonitorio gesto de su huesudo dedo índice para poner más énfasis—, conmuto la pena de muerte pronunciada contra usted.

En su lugar, será trasladado a la colonia penal de Nueva Gales del Sur, donde vivirá el resto de su vida natural.

—Al final, había añadido con socarrona clemencia—: ¡Y que Dios se apiade de usted!

Sentado en el traqueteante vagón cerrado, Murdo Maclaine, uno más de la fila de encadenados de la prisión de Winchester, recordaba con amargura la escena ocurrida en la sala del tribunal.

Cierto, le habían perdonado la vida. No lo habían rematado, como a los pobres Sep Todd y Dickie Farmer, sus dos compañeros en el malogrado atraco al carruaje del correo de Londres. Pero, a pesar de todo…

Sus oscuras cejas se fruncieron con resentimiento. ¿A qué clase de vida lo habían condenado? Para los convictos, según le habían dicho en la cárcel algunos de los otros presos, la bahía Botany era el infierno en la tierra.

Las cosas serían diferentes, por supuesto, para su madre, para Jessica y las dos niñas.

Ellas habían salido hacía cinco años con los soldados de las Tierras Altas del Septuagésimo Tercero y con el coronel Lachlan Macquarie, quien había sido nombrado gobernador de la colonia.

Por lo que él sabía, las cuatro seguían en Sídney, obligadas a acompañar al brutal cerdo de su padrastro, el sargento mayor Duncan Campbell, del Septuagésimo Tercero, cuando el propio Murdo ya había huido.

Había pensado que, tarde o temprano, iría a reunirse con ellas, pero no como condenado a cadena perpetua, como un desgraciado convicto encadenado, y que Dios tuviera compasión de él.

La deshonra rompería el corazón de su madre, de eso no cabía duda.

Ella siempre había sido una mujer orgullosa.

Murdo y Jessica habían sido criados de acuerdo con un estricto código de honradez y temor a Dios.

Su madre se sentiría conmocionada y horrorizada si supiera que su único hijo había sido juzgado y condenado por el delito de robo en la carretera.

En su estrecho asiento de madera, Murdo se movió inquieto.

Su quehacer en las carreteras con los muchachos de Nick Vincent había sido gratificante y, por esa parte, no se arrepentía de haberse embarcado en ello.

Nick se había hecho amigo suyo, le había dado un hogar y un trabajo; al principio, como mozo de cuadra y cuidador de caballos por cinco chelines a la semana.

Incluso eso era mejor que las tareas tan miserablemente remuneradas que se había visto obligado a hacer cuando, siendo un chico de apenas quince años, había huido del acoso de su padrastro en pleno invierno, al frío glacial de las calles de Glasgow.

Había mendigado en aquellas calles, había trabajado por breves períodos en el mercado de ganado y había hecho de pastor; como remate, había sido contratado como peón por un viejo gitano, un buhonero malhablado con el que había llegado al sur, a Guildford.

Y ahí mismo, el viejo tacaño lo había abandonado, recordó Murdo con tristeza, sin haber ajustado cuentas, además de que le había robado la única prenda decente que poseía: su chaqueta impermeable.

Cuando estaba sin un céntimo, a punto de morir de hambre, Nick Vincent le había dado a cuidar su caballo delante de la posada donde se había apeado para refrescarse.

Entonces, apiadado del chico, le había ofrecido trabajo.

—Me viene bien un muchacho que sepa manejar caballos —le dijo, y luego añadió con una sonrisa tensa—, siempre que no haga demasiadas preguntas y sepa mantener la boca cerrada. ¿Crees que encajarías, eh?

Murdo recordaba que había aceptado sin vacilar.

No había hecho preguntas y había vigilado su lengua con todo cuidado.

Incluso cuando descubrió la verdadera naturaleza de la profesión de su amo, siguió trabajando para él con ahínco y de buena gana.

Entonces, un año más tarde, cuando ya había cumplido los diecisiete, Nick lo había aceptado como miembro de pleno derecho de la banda.

Era un grupo grande y bien organizado. Por regla general, planeaban sus atracos con toda meticulosidad y los llevaban a cabo con eficacia; pero aquella noche en que él, Todd y Farmer atracaron el carruaje del correo de Londres, a las afueras de Winchester, Sep Todd cometió un descuido.

Esa misma noche, entre copas, había hablado con demasiada soltura.

Sus fanfarronadas de borracho llegaron a oídos de un chivato, y la policía por fin los atrapó.

En las manos del verdugo, los dos compañeros de crimen de Murdo habían encontrado su fin.

Pero él…

Murdo soltó un suspiro de desdicha. Iba encadenado como un animal salvaje, camino de Portsmouth o Southampton, de donde los embarcarían en un viaje de seis meses hacia lo desconocido.

Eso era inminente. Tenía algunos ahorros guardados en la caja fuerte de Nick, eso era cierto, y Nick le había prometido que le entregaría el dinero antes de que el transporte de presidiarios levara anclas.

O bien, si lo enviaban primero a uno de los barracones, como ocurría a veces, recibiría el dinero antes de subir al transporte. Murdo volvió a suspirar.

Inquieto de pronto, estaba deseando que Nick cumpliera su promesa.

Sin embargo, enseguida desechó sus dudas.

Nick Vincent era un hombre de palabra; siempre jugaba limpio con quienes trabajaban para él.

Si alguno terminaba desplomado, se ocupaba de sus viudas y familias, y, si era llevado a juicio o detenido bajo sospecha, le proporcionaba abogados para que lo defendieran.

Y en un par de ocasiones había organizado rescates: una vez, de una cárcel rural en ruinas, cosa fácil, y la otra, con bastante audacia, de un juzgado, en las narices de unos agentes temblorosos y aterrorizados que no habían opuesto resistencia.

Murdo sonrió y se animó. Él mismo había participado en el segundo rescate.

Había sido fácil, porque Nick lo había planeado y dirigido y nadie había dicho una sola palabra de más.

El viejo y gordo oficial del comisario, con una pistola apuntándole a la cabeza, había ordenado la liberación del prisionero.

Luego, al presidente del tribunal lo habían cogido de rehén para asegurarse de que no hubiera persecuciones.

Así que, tal vez… Miró por la pequeña ventanilla enrejada del estrecho pasillo del vagón. Tuvo que hacer fuerza contra los grilletes que lo sujetaban al asiento.

Nick había insinuado, en su breve visita a la prisión de Winchester, antes de que Todd y Farmer fueran ahorcados, que podría intentar asaltar el vagón de los convictos si conseguía averiguar con toda seguridad que Murdo estaría viajando en él.

El pequeño mequetrefe que hacía de carcelero había aceptado un soborno a cambio de proporcionar esa información; pero, por desgracia, no había manera de averiguar si cumpliría su parte del trato o, como hacían a menudo los de su clase, si tan solo se embolsaría la media guinea para olvidarse enseguida de su compromiso.

Ahora bien, si lo había cumplido, entonces…

Murdo se inclinó hacia delante. Oyó ruido de cascos en la distancia, al galope, y sus esperanzas se reavivaron de repente. El hombre que estaba junto a él maldijo malhumorado y le ordenó que se quedara quieto, pero, a medida que los cascos se acercaban, Murdo dejó de hacer caso a sus hoscas quejas.

Su corazón dio un salto cuando oyó un disparo de pistola y la estentórea orden de Nick.

—¡Detente y ríndete! En tu cargamento tienes algo que queremos. ¡Detén la carreta o te dejaremos tan lleno de agujeros como un colador!

El carro se detuvo con brusquedad. El conductor, con los dos carceleros que lo acompañaban, estaba sentado en el pescante, expuesto y vulnerable. Respondió a la inesperada orden con una voz temblorosa, al borde del pánico.

—¡So! —ordenó a su nervioso par de caballos de tiro, y añadió suplicante—: ¡Por el amor de Dios, señor, no dispare! No estamos armados y no vamos a causarle problemas.

—Bajad de ahí, entonces —ordenó Nick—. Los tres. Así, muy bien. Ahora, las manos sobre la cabeza, de espaldas. Regístralos, Joss, solo para asegurarnos.

—Han dicho la verdad —afirmó una voz más grave, la de Joss Gifford, mano derecha de Nick. Murdo la reconoció e intentó golpear la ventana, pero las cadenas se lo impidieron. El hombre que estaba a su lado le tapó la boca con una mano maniatada y le impidió gritar.

—Cállate, zoquete —siseó—, ¡y quédate quieto hasta que sepamos lo que buscan!

—¡Tú! —La voz de Nick se oyó más cerca. Era evidente que iba dirigida a uno de los carceleros—. ¡Entra ahí y déjalos salir a todos tan rápido como puedas! ¿Cuántos llevas?

—Veinticuatro, señor. Pero…

Nick lo cortó en seco.

—Muévete —exigió—. Los quiero a todos fuera del vagón y alineados frente a mí, ¿entendido? Pero déjales los grilletes puestos hasta que yo te diga.

El carcelero no dijo nada. Un momento después, una llave chirrió en la cerradura y la puerta trasera del vagón se abrió.

Los compañeros de Murdo, que hasta entonces se habían mantenido en silencio, se dieron cuenta de repente de que estaban a punto de ser liberados. Empezaron a vitorear como unos locos.

Nick los maldijo.

—¡Silencio, granujas!, ¡estúpidos! ¡Que os calléis, os digo! Tendréis la oportunidad de huir si hacéis lo que os digo. Salid en cuanto os hayan desenganchado las piernas y dejad que os examinemos. Murdo, muchacho… —Su tono cambió—. ¿Estás ahí?

—¡Sí, aquí estoy! —respondió el chico, entusiasmado.

El hombre que estaba a su lado ya se había puesto de pie, y Murdo, aún resentido por el intento del tipo de hacerlo callar, le dio un empellón, le pasó por delante y le cerró la puerta.