CAPÍTULO 16
E l domingo que Heather regresó de Tokio fue, literalmente, el día más largo de su vida. Con las doce horas de diferencia horaria, el «día» duró en realidad treinta y seis horas.
Estaba físicamente agotada cuando por fin llegó a su apartamento, pero tenía la mente acelerada. Todavía estaba eufórica por su arriesgada y exitosa aventura.
Llamó a David y salieron a cenar a un tranquilo restaurante francés.
—Entonces —dijo él—, ¿cómo fue tu viaje a Tokio?
—Oh, bastante aburrido. Ya sabes cómo es: trabajo, trabajo, trabajo.
—¿No tuviste oportunidad de ver nada de la ciudad mientras estabas allí?
—Bueno, sí fui a un torneo de lucha de sumo.
David la miró fijamente.
—¿Fuiste a un torneo de lucha de sumo ?
—En realidad fue bastante interesante.
Heather le contó a David un poco sobre los rituales y los combates que había visto.
—No sé por qué, pero no consigo imaginarte en un torneo de lucha de sumo.
Heather pensó que probablemente tampoco podría imaginársela haciendo una apuesta de 12.000 dólares con un grupo de yakuzas cubiertos de tatuajes.
—Debería llevarte de vuelta a Tokio algún día para que vivas algo de emoción —dijo David.
Heather se limitó a sonreír.
Cuando estaban saliendo del restaurante, una mujer rubia de mediana edad entró por la puerta y casi chocó con ellos.
—¡David! —exclamó efusivamente.
—Hola, Bridgette.
Heather pensó que David parecía un poco incómodo. La miró.
—Eh, Bridgette, esta es Heather.
—Hola —dijo Heather, estrechándole la mano.
Era hermosa, lucía un bronceado intenso y tenía una figura impresionante y bien tonificada.
Heather notó que David no le había dicho a Bridgette que ella era su prometida.
—Entonces, ¿seguimos en pie para el jueves por la noche? —dijo Bridgette, haciendo un gesto con el brazo, como si moviera una raqueta de tenis.
—Por supuesto —dijo David—. Estás en mi agenda.
—Encantada de conocerte, Heather —dijo, y se dio la vuelta y entró en el restaurante.
En cuanto estuvieron solos en la acera, Heather dijo:
—Tienes una compañera de tenis encantadora, David.
—No es una «compañera de tenis», Heather. Es una alumna.
—¿Una alumna? ¿De qué estás hablando?
—Le doy clases de tenis, Heather. Te lo dije. Doy clases los martes y jueves.
—Nunca me dijiste eso. Solo dijiste que jugabas al tenis los martes y jueves.
David se encogió de hombros.
—También enseño, pero no por el dinero. Solo para no perder práctica.
A Heather no le gustó, y tampoco entendía por qué necesitaba hacerlo. Sabía que había dado clases de tenis cuando era un actor en apuros en Los Ángeles, pero ¿por qué ahora? Y encima con mujeres guapas.
—Mira, Heather, todavía apenas gano dinero en la empresa, y esta gente de Manhattan paga una fortuna por mejorar su técnica.
—Seguro que sí.
—La mujer está casada con uno de los mejores amigos de mi padre. Se conocen desde Harvard, por el amor de Dios.
En ese momento, un hombre corpulento de pelo canoso pasaba apresuradamente por la acera, con cara de tener prisa.
—¡David! —dijo, acercándose a estrecharle la mano.
Miró con curiosidad a Heather.
—Qué agradable sorpresa.
—Acabamos de cenar —dijo David, señalando por encima del hombro—. Bridgette está dentro del restaurante; nos acabamos de encontrar con ella.
—Por favor, dime que acaba de llegar…
David sonrió.
—Sí, acaba de llegar.
—Bien —dijo el hombre, visiblemente aliviado—. Odia que llegue tarde.
Sonrió a Heather y continuó rápidamente por la acera.
—¿Ves? —dijo David.
A Heather seguía sin gustarle.
Heather le dijo a David que quería pasar la noche en su apartamento, que estaba agotada del viaje y necesitaba dormir de un tirón. Era cierto, pero también se sentía fría hacia él por la sorpresa de las clases de tenis.
Aunque ansiaba meterse en la cama, cuando por fin estuvo en casa descubrió que no podía dormir, que estaba tan agotada por el día de 36 horas que se encontraba completamente despierta.
No dejaba de pensar en la rubia. Y en ese misterioso cajón cerrado con llave de la mesita de noche en el apartamento de David.
Se preguntaba cuántas otras «alumnas» tendría David, y si de verdad había cambiado, como afirmaba.
Heather por fin consiguió apartar de su mente aquel desagradable tema cuando sus pensamientos volvieron al viaje a Tokio, y a Nicole. Se descubrió sonriendo.
Tenía que hacer algo bonito por Nicole, y también por su padre.
Recordó algo que Nicole había dicho.
«Daría cualquier cosa por tener un juego de botones como esos: ¡parecen tan reales!».
Heather se levantó de la cama, sacó la chaqueta de Chanel del armario y cortó todos los botones de perlas falsas. Los metió en un sobre, junto con un billete de 100 dólares que envolvió con una página satinada de una revista para que no se viera al trasluz.
Nicole,
No olvidaré nuestro «plan secreto» y, por favor, ¡ tú tampoco lo olvides!
XXX
Heather
P.D. Te mando un poco de dinero; por favor, invita a tu padre a cenar.
Cuando Heather se despertó el lunes por la mañana, se sentía desanimada y aletargada. Ni siquiera pararse a echar la carta a Nicole consiguió animarla.
Le daba pavor volver a la vieja rutina en Potter. Hizo una mueca solo de pensar en las caras de Rita y Kevin, en tener que llevarles sus malditos cafés.
Lo único que la ilusionaba era la esperanza de que hubiera otro mensaje de su Amigo en Apuros, y que le diera información nueva que pudiera aprovechar sin tener que viajar hasta la otra punta del mundo.
Mientras se sentaba frente al ordenador, susurró:
—Por favor, por favor, que haya un mensaje nuevo.
Y lo había. Había llegado puntual como siempre, a las 9:03.
Querida Heather,
El viernes, el satélite UARS-II de la NASA caerá a la Tierra y aterrizará en algún lugar del hemisferio sur.
Espero que uses esta información en tu beneficio.
Atentamente,
Tu Amigo en Apuros
Heather se quedó mirando el mensaje.
¿Qué demonios?
¿Un satélite iba a caer del cielo el viernes?
Estas predicciones eran cada vez más disparatadas.
¿Cómo demonios iba a aprovechar algo así?
Aunque, pensándolo bien, quizás fuera posible apostar por ello, por extraño que sonara.
Heather se aseguró de que Rita y Lisbeth no anduvieran cerca y abrió un par de páginas de apuestas deportivas. Buscó el término satélite .
Para su sorpresa, en ambas páginas aceptaban apuestas sobre si el UARS-II aterrizaría en el hemisferio norte o en el sur. Al parecer, debido a la órbita errática del satélite, las probabilidades eran de aproximadamente 50-50. Las cuotas lo reflejaban.
Increíble , pensó Heather, volviendo a mirar el mensaje.
¿Quién era esa persona tan extraordinaria y con tanto talento?
La invadió una tremenda oleada de gratitud hacia él, y de nuevo le entraron ganas de escribirle una respuesta sincera diciéndole cuánto apreciaba su ayuda, lo maravilloso que era por preocuparse de sus problemas, cómo le estaba cambiando la vida...
Está cambiando mi vida, pensó.
Miró a su alrededor en la oficina, a todos los demás trabajadores aporreando los teclados, todos con cara de lunes por la mañana.
Mi Amigo en Apuros es mi vía de escape de esta monotonía infernal, pensó Heather. Darle las gracias es lo que debo hacer.
Llevó el cursor al botón RESPONDER, pero vaciló... No le había dado las gracias antes, y las predicciones habían seguido llegando. Quizás responder lo gafara. Lo último que quería era hacer algo que pudiera cortar el flujo constante de predicciones lucrativas.
Heather hizo clic en el campo REMITENTE, que solo ponía TUAA, para ver la dirección exacta desde la que se había enviado el mensaje.
Ya lo había comprobado antes, y siempre era diferente, un revoltijo de letras sin sentido de alguna cuenta de correo gratuita. Su Amigo en Apuros obviamente quería mantener el anonimato. Probablemente ni siquiera recibiría la respuesta si se la enviaba...
Heather cerró la ventana del correo; mejor dejar en paz a quienquiera que fuese. Quizás algún día descubriría quién era y podría darle las gracias en persona.
A la hora de comer, Heather ingresó las ganancias de Tokio en su cuenta bancaria. Por la tarde, transfirió los fondos a una de sus cuentas de apuestas deportivas.
Cuando apostó los 25.000 dólares a dónde aterrizaría el satélite, no dudó ni un instante, ya plenamente convencida de la fiabilidad de los soplos que estaba recibiendo.
Esa noche, David invitó a Heather a cenar y a ver una obra de Broadway muy popular que llevaba meses con las entradas agotadas. Un cliente se las había regalado.
—Oh, no —gimió David, justo cuando salían del restaurante—. Me he olvidado el maldito sobre con las entradas.
—¿Dónde está?
David se palpaba todos los bolsillos.
—Debe de seguir en la mesa de la cocina. Juraría que lo cogí justo al salir.
Heather miró el reloj.
—Pero si solo son las siete. Nos da tiempo a ir a buscarlas, ¿no?
—Quizás, si no hay mucho tráfico.
Por suerte, había poco tráfico. David condujo rápido y llegó a su edificio en un tiempo récord.
—Entra tú y coge las entradas —dijo David, parando el Jaguar en una zona de PROHIBIDO APARCAR—. Están en la mesa de la cocina.
Heather abrió la puerta del coche, pero se volvió hacia David.
—No tengo las llaves.
David frunció el ceño.
—¿Por qué no?
—He cambiado de bolso —dijo, enseñándole el bolso de mano que hacía juego con su vestido de noche.
—Las mujeres y sus bolsos —murmuró David. Apagó el motor, sacó la llave del coche del llavero y le dio el resto—. Date prisa, no quiero que me pongan una multa.
Heather entró corriendo en el edificio y subió al apartamento de David. Tardó un momento en abrir la puerta, forcejeando con las llaves que no conocía.
Se fijó en que había dos llaves pequeñas en el llavero, de las que sirven para abrir cajones.
Heather entró en el apartamento, encendió las luces y encontró las entradas del teatro sobre la mesa de la cocina, justo donde David había dicho que estarían.
Se dio la vuelta para marcharse, pero vaciló, con las llaves en la mano, mirando hacia el dormitorio.