CAPÍTULO 15
C uando Heather regresó a su habitación, se quedó allí de pie, en medio de un silencio absoluto. Todo el hotel dormía. Después de pasar las últimas horas en el restaurante abarrotado y en la limusina «discoteca», la quietud y el silencio le resultaron inquietantes.
Sonó el teléfono.
Heather casi se muere del susto.
Se preguntó quién podría ser, con miedo de contestar. ¿Sería Nicole? ¿Llamaba para comprobar que había llegado bien a su habitación?
Heather descolgó al tercer timbrazo.
—¿Sí?
Se oyó un clic.
—¿Hola? —dijo Heather con la garganta seca.
La línea estaba muerta.
Colgó lentamente el auricular y miró su bolso. Dentro había unos veinticinco mil dólares, y la Yakuza lo sabía.
El miedo se apoderó de ella y el corazón se le aceleró. Miró de nuevo el teléfono. ¿Cómo podían saber en qué habitación estaba? No conocían su nombre. Quizás era solo un número equivocado... un huésped del hotel que intentaba llamar a alguien en otra habitación...
Tal vez pudiera averiguarlo. Levantó el teléfono y pulsó el botón 0.
—Operadora del hotel —dijo una voz femenina.
—Acabo de recibir una llamada, pero se cortó la conexión. ¿Puede decirme si la llamada venía de fuera del hotel?
—Sí, llamada vino de fuera.
—¿Preguntaron por mi nombre?
—No, pidieron número de habitación.
—¿En inglés?
—En japonés.
«Oh, Dios mío», pensó Heather.
—¿Hay algún problema?
—Eh... no, ningún problema, gracias.
Heather colgó el teléfono con mano temblorosa. Ahora tenía la boca tan seca que apenas podía tragar. Desenroscó el tapón de una botella de agua mineral que había en el escritorio y dio unos tragos desesperados.
«¡Contrólate!», pensó. «No hay forma de que puedan saber en qué habitación estás, a menos que alguien te haya seguido hasta el quinto piso. Estabas sola en el ascensor, así que eso es imposible».
Pero mientras pensaba en esto, se dio cuenta de que alguien podría haber estado en el vestíbulo observando el indicador sobre el ascensor. Aun así, no sabrían en qué habitación exacta estaba.
Entonces cayó en la cuenta.
Eran las cuatro de la madrugada y todo el hotel estaba a oscuras. Miró hacia la ventana. Cuando había encendido las luces, cualquiera que estuviera fuera y la hubiera visto entrar al hotel sabría exactamente en qué habitación estaba...
Su primer impulso fue apagar las luces, pero por supuesto ya era demasiado tarde.
Heather se acercó con cautela a la ventana, pegándose a un lado. Las cortinas estaban cerradas. Con un dedo tembloroso, apartó lentamente la cortina derecha lo justo para poder echar un vistazo al exterior.
Había coches aparcados a lo largo de la calle oscura y vacía. Desde tan arriba, era difícil saber si había alguien dentro de alguno de los vehículos.
Entonces notó un movimiento en un sedán oscuro. El destello naranja de un cigarrillo. Se iluminó y luego se apagó.
Heather se apartó de la ventana.
Ahora estaba completamente aterrorizada.
Sabían que estaba sola en la habitación con 25.000 dólares en efectivo.
Dos horas más tarde, Heather seguía sentada en la cama, rígida, con las luces de la habitación todavía encendidas a plena potencia, mientras luchaba contra el miedo. El cerrojo de la puerta estaba bien echado. La silla del escritorio, inclinada y encajada bajo el pomo.
Cada minuto que pasaba parecía durar diez.
Ya había amanecido, y la luz que iba filtrándose por las cortinas la hizo sentir un poco mejor.
Se había convencido de que no pasaría nada mientras mantuviera las luces encendidas y quien la estuviera vigilando pensara que estaba alerta y despierta.
Si conseguía llegar al aeropuerto, estaría a salvo.
Pero no lograba imaginar cómo conseguirlo. Coger un taxi, incluso a plena luz del día, sería demasiado peligroso. Aunque el taxista fuera de fiar, podrían interceptarla en el camino, en un semáforo... quién sabe de qué sería capaz la Yakuza .
Para ellos, esa cantidad de dinero no era gran cosa, pero probablemente era una cuestión de principios, igual que con Kaito. No iban a dejarse pisotear por nadie, ni siquiera por un héroe nacional del sumo.
Heather había considerado llamar a la policía, pero rápidamente descartó la idea. Tendría que explicar por qué pensaba que alguien la perseguía, y no habría forma de hacerlo sin admitir que había infringido la ley al apostar en un combate de sumo.
No dejaba de mirar el bolso, dándole vueltas a la situación.
Ahora su vida estaba en peligro. Por supuesto, sería mejor darle el maldito dinero a la Yakuza que arriesgarse a que la hirieran o la mataran.
Pero tampoco lograba imaginar cómo hacerlo.
¿Ir a la ventana e intentar comunicarse por señas?
¿Tirar el dinero afuera? Las ventanas del hotel ni siquiera se abrían.
«Piensa», se dijo. «Tiene que haber una salida. Tiene que haberla».
A las 8:00 de la mañana, Heather había cambiado de posición: ahora estaba de pie junto a la ventana, con las cortinas aún cerradas, atisbando el exterior.
Vigilaba el camino de entrada que conducía al vestíbulo.
Hacia las 8:20, un autobús turístico se detuvo. Empezaron a bajar personas mayores. El conductor comenzó a descargar maletas del compartimento inferior.
«Esta es mi oportunidad», pensó.
Ya tenía la bolsa preparada. Apartó la silla de la puerta sin hacer ruido, descorrió el pestillo con cuidado y entreabrió la puerta para echar un vistazo.
El pasillo estaba vacío.
Un minuto después, Heather salió del ascensor y cruzó el vestíbulo con paso firme, tirando de su maleta, directo hacia el mostrador de recepción.
El grupo de turistas mayores había empezado a registrarse.
Por el rabillo del ojo, vio a un hombre japonés sentado en una silla, leyendo un periódico. El hombre la miró y se enderezó.
Heather se acercó a una de las empleadas del mostrador que estaba registrando a un grupo de personas mayores.
—¡El personal de limpieza de este hotel es una panda de ladrones! —gritó.
La mujer retrocedió.
—¿Perdone?
—¡Alguien me ha robado el anillo de compromiso! —vociferó Heather—. ¡Estaba en mi maleta ayer por la tarde, y cuando volví anoche, había desaparecido!
—¿Está segura?
—¡Por supuesto que estoy segura, imbécil incompetente!
Ahora todos la miraban; las empleadas se intercambiaban miradas.
—Señorita, por favor, cálmese —dijo la primera empleada.
—¡Cómo se atreve a decirme que me calme! ¡Quiero que me devuelvan mi anillo, y lo quiero ahora !
—Tenemos una caja de seguridad aquí en recepción...
—¡No me venga con eso! ¿Acaso no son seguras las habitaciones de este hotel? —Miró a las personas mayores a su alrededor, que parecían preocupadas y se miraban entre sí.
—Señorita, cálmese, por favor.
—¡Deje de decirme que me calme!
Un hombre japonés de mediana edad salió de un despacho detrás del mostrador.
—Soy el gerente de turno —dijo—. ¿Hay algún probl...?
—¡Ya lo creo que sí! —chilló Heather histéricamente—. ¡Alguien de su personal me ha robado el anillo, y usted es el responsable! —Heather empujó un expositor de plástico con folletos de alquiler de coches. Cayó al suelo con estrépito y los papeles se desparramaron por todas partes.
Un guardia de seguridad se acercó corriendo y la agarró del brazo.
—Tiene que venir conmigo —dijo, apartándola.
—¡Quíteme las manos de encima! ¡Soy ciudadana estadounidense, tengo mis derechos! ¡Llamaré a mi embajada!
El guardia la condujo con firmeza detrás del mostrador de recepción, hasta un pequeño cuarto, y la sentó en una silla.
Le apuntó con el dedo a la cara.
—Si no se calma, llamamos a la policía.
—¡Adelante, llámenla! ¡Presentaré una demanda contra usted y contra este hotel!
Salió del cuarto y cerró la puerta con llave.
Heather sonrió.
Diez minutos después, la puerta volvió a abrirse.
El gerente del hotel y un policía entraron. El poli tendría unos 35 años y tenía aspecto cansado y agobiado.
—Espero que podamos resolver esto con calma —dijo el gerente. Le entregó un papel—. Si pudiera rellenar este formulario de objeto perdido, se lo pasaremos al servicio de limpieza y ellos podrán...
—¿Limpieza? —se burló Heather—. ¿Cree que esos ladrones lo van a devolver? ¡Vale más de diez mil dólares!
—¿Está completamente segura de que dejó el objeto en su habitación?
—¡Por supuesto que estoy segura, idiota!
El policía arqueó las cejas y miró al gerente.
El gerente permaneció imperturbable.
—Le aseguro que solo contratamos al personal más honesto y hacemos comprobaciones de antecedentes muy exhaustivas.
—Ya, seguro.
—Puede que lo haya aspirado una aspiradora, o que se haya caído por el lavabo, o cualquier otra cosa. Le prometo que haremos una búsqueda exhaustiva en las próximas veinticuatro horas.
—¿Las próximas veinticuatro horas? —dijo Heather con incredulidad mientras miraba el reloj—. Mi avión sale en tres horas y tengo un billete no reembolsable. ¿Me va a comprar un billete nuevo mientras intenta encontrar mi anillo?
—Le aseguro que le devolveremos el objeto si lo encontramos.
—¡Ja! —dijo Heather—. ¿Qué va a hacer, meterlo en un sobre y enviármelo por correo? ¡Quiero que me devuelvan mi anillo, maldita sea! —Miró al policía—. ¡Quiero presentar cargos!
—¿Contra quién?
—¡Contra todo el personal de este hotel! Son todos ladrones, están todos compinchados para robar a turistas desprevenidos —hizo un gesto hacia el vestíbulo—. Apuesto a que van a desplumar a todos esos pobres viejecitos.
El gerente suspiró y asintió al policía.
—De acuerdo —dijo, tomándola suavemente del brazo—. Vamos a comisaría y usted rellena denuncia.
—Me parece perfecto —dijo Heather. Y entre dientes, le dijo al gerente—: Tendrá noticias de mi abogado.
El policía guio a Heather a través del vestíbulo, con una mano en el brazo de ella y la otra sujetando la maleta.
El hombre japonés que había estado leyendo el periódico se había puesto de pie y hablaba por el móvil. La observó mientras la escoltaban fuera del vestíbulo.
El policía abrió la puerta trasera del coche patrulla, metió la maleta de Heather y le mantuvo la puerta abierta.
—Por favor.
Heather miró la mampara metálica que separaba la parte trasera de la delantera.
—¿Me va a hacer ir atrás, como a una delincuente? ¡La víctima soy yo!
El policía suspiró, cerró la puerta y le abrió la delantera.
Heather se metió en el coche.
En cuanto salieron a la calle, rompió a llorar.
—Mi prometido me va a matar —gimió con el rostro entre las manos—. Me dio ese anillo hace solo una semana, ¡y ya lo he perdido! ¡Soy idiota!
El policía pareció sorprendido. Sacó un pañuelo y se lo ofreció.
—Siento haber armado tanto escándalo en el hotel —dijo Heather, sollozando y secándose los ojos—. Es que estoy muy alterada. Mi prometido se va a poner furioso conmigo. Seguro que cancela la boda. No debería haber traído ese anillo a este viaje, qué estúpida fui. Pero quería lucirlo.
—Debería guardar objetos de valor en caja fuerte del hotel.
—Lo sé, lo sé, es que no lo pensé, estuve muy ocupada en este viaje. Quería salir a pasear anoche y no me pareció prudente llevar el anillo. Pensé que no pasaría nada por esconderlo en la maleta.
Heather echó un vistazo nervioso al reloj.
—Si vamos a la comisaría me temo que perderé el vuelo. ¿No puedo rellenar la denuncia aquí en el coche? ¿Tiene algún formulario?
El policía redujo la velocidad y sacó un papel de su libreta.
—Tengo formulario, pero solo en japonés. Formulario en inglés en comisaría.
—Bueno, puede traducírmelo, ¿no?
Él vaciló, pero ella le tocó el brazo.
—Es usted tan amable, tan comprensivo. Los policías de aquí, de Japón, son mucho más inteligentes y caballerosos que los estadounidenses.
El oficial sonrió levemente. Le pasó un portapapeles con un bolígrafo sujeto. Ella colocó el formulario. Mientras lo hacía, echó un vistazo al espejo lateral. Había un sedán negro a dos coches de distancia, pero no podía saber si era el mismo que había estado aparcado en la calle frente al hotel.
—Apellido, nombre —dijo el policía, señalando la línea superior del formulario.
Heather lo rellenó. Volvió a mirar por el espejo lateral: el sedán negro seguía detrás de ellos.
—Dirección particular —dijo él, señalando la siguiente sección.
Heather lo rellenó despacio.
—Identificación personal... sería su número de pasaporte.
—Correcto.
Heather abrió el bolso y rebuscó dentro, fingiendo buscar el pasaporte.
Contuvo el aliento.
—No... ¡Dios mío!
—¿Qué ocurre?
Sacó lentamente el anillo del bolso y se quedó mirándolo con expresión desconcertada.
—Estoy segura de que lo metí en la maleta ayer por la tarde. Segura .
El policía suspiró.
—He hecho el ridículo —gimió Heather. Pero sonreía de oreja a oreja mientras se ponía el anillo en el dedo, admirándolo—. ¡Lo encontré! ¡Al final no me lo habían robado!
Con una mano, el oficial sacó el formulario del portapapeles y lo estrujó.
—Por favor, por favor, discúlpeme con el gerente del hotel —le dijo—. ¡Ese pobre hombre! Me siento fatal por haberlo tratado tan mal. ¡Y toda la gente del servicio de limpieza! No se meterán en problemas, ¿verdad? Por favor, llame al hotel de mi parte en cuanto pueda, ¿quiere?, para asegurarse.
Heather volvió a mirar el reloj y también echó un vistazo al espejo lateral: el sedán seguía a dos coches de distancia.
Este era el momento de la verdad.
—De verdad que tengo que llegar al aeropuerto. Puede dejarme en la estación de metro más cercana. Siento muchísimo todas las molestias que le he causado, me sabe muy mal.
El policía vaciló y redujo la velocidad.
Heather rezó en silencio.
—¿A qué aeropuerto?
—Narita.
Él miró el reloj.
—No hay problema, ha tenido día muy difícil. Yo mismo la llevo.
Heather se recostó en el asiento y miró por la ventanilla del avión, viendo cómo la ciudad de Tokio y el monte Kumotori quedaban atrás. Estaba eufórica, invadida por el alivio.
Lo conseguí , pensó exultante. Volé hasta Japón, aposté en un combate de sumo, ¡y me largué con veinticinco mil dólares en el bolsillo!