Los asesinatos dominó (Los 4 episodios) CAPÍTULO 16 #2
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CAPÍTULO 16 #2

No lo hagas , se dijo. Es una invasión de la intimidad de David. ¿Te gustaría que él hurgara con recelo en los cajones de tu apartamento?

Sin darse cuenta, se plantó frente a la mesilla de noche en el dormitorio de David, contemplando el «cajón misterioso». No había dejado de pensar en él desde la mañana en que David le había contado que su padre guardaba allí una pistola.

Y ahora estaban esas «estudiantes» a las que David supuestamente daba clases de tenis...

Heather miró hacia la ventana; se oían bocinas en la calle. Se preguntó si David estaría tocando el claxon para que se diera prisa.

Volvió a mirar el cajón. Estamos comprometidos, maldita sea, y no debería tener secretos conmigo.

Con ese pensamiento, Heather se arrodilló frente al mueble y probó la primera llave pequeña del llavero.

No encajaba.

La segunda sí.

Tragando saliva, temerosa de lo que podría encontrar, Heather abrió lentamente el cajón.

Había un revólver dentro, tal como David había dicho. Estaba envuelto en un paño; se veía la empuñadura.

Pero había algo más.

Un montón de joyas. Joyas caras, todas de hombre. Pulseras, collares y al menos una docena de relojes.

Breguet, Tag, Girard-Perregaux...

Heather reconoció algunas de las piezas; se las había visto puestas a David.

También había una carpeta llena de documentos.

No tocó nada.

Cerró el cajón a toda prisa, echó la llave y salió por la puerta principal.

David disfrutó de la obra y Heather fingió disfrutarla, pero no logró concentrarse. Durante toda la velada, solo podía pensar en lo que había visto en el cajón: el montón de joyas, la pistola, los documentos...

¿Qué significaba todo aquello?

Intentó no pensar lo peor, pero no pudo evitarlo.

Durante toda la obra, no dejó de lanzar miradas furtivas a David. ¿Sería un vulgar ladrón aquel hombre encantador, guapo y sofisticado con el que estaba comprometida? ¿Habría robado todas esas joyas? Pero eso no tenía sentido, viniendo él de una familia tan adinerada.

¿Sería cleptómano o tendría algún problema psicológico extraño que lo impulsara a robar?

Cuando regresaban en coche al apartamento de David, Heather no pudo soportarlo más. Él seguía hablando de la obra, pero Heather lo interrumpió a mitad de frase.

—David, hice algo malo esta noche.

Él la miró de reojo.

—¿Qué has dicho?

—Dije que hice algo malo esta noche. Cuando subí a tu apartamento a buscar las entradas.

David redujo un poco la velocidad, mirándola de nuevo.

—Abriste el cajón de mi mesilla de noche...

—Sí.

Ella esperaba que se enfadara, pero él se limitó a negar con la cabeza y siguió conduciendo.

—Si no podemos confiar el uno en el otro, Heather, ¿cómo vamos a casarnos?

—Sé que estuvo mal por mi parte, David. Pero ahora que lo he hecho, estoy muy preocupada por lo que vi allí...

—¿Y qué viste?

—Yo... vi un montón de joyas y una pistola y unos papeles.

—Así que ataste cabos y decidiste que soy un ladrón de joyas o un caco o algo así.

—No, David, no lo hice. Sé que vas a darme una explicación lógica.

David se echó a reír.

—No me parece gracioso.

Él la miró de nuevo.

—Heather, ¿qué te conté sobre la historia de ese apartamento?

Ella tuvo que pensarlo un momento.

—Me dijiste que pertenece a Windsor Properties, y que antes de que te mudaras se usaba para clientes de fuera.

—Te dije que era un lugar para que los clientes pasaran la noche y se relajaran .

—Sí, así es.

—¿No entiendes lo que eso significa? ¿«Relajarse»?

—¿Qué estás diciendo, David?

—Heather, ¿sabes lo que hace falta para cerrar enormes negocios inmobiliarios, para convencer a los responsables de urbanismo de que den permiso para construir, para ganarse a los políticos, para tentar a grandes inversores a soltar millones?

—Creo que sí. Así que era un piso de fiestas, entonces.

—Eso es quedarse corto. No te creerías la cantidad de putas de lujo que han pasado por ese apartamento a lo largo de los años, las drogas, las orgías, las francachelas.

Apuesto a que se han esnifado cincuenta kilos de cocaína solo sobre esa mesa de cristal del salón.

Todo por clientes o inversores o «porteros», como los llama mi padre.

A Heather le pareció repugnante.

—Espero que estés exagerando, David.

—Ojalá, Heather. El sector inmobiliario a gran escala puede ser un negocio muy turbio. No te creerías lo que tuvimos que hacer solo para conseguir ese centro comercial de Nueva Jersey... da igual. No quieres saberlo.

—Tienes razón, no quiero saberlo.

David suspiró y volvió a mirar la carretera.

—Por eso no quería unirme a la empresa de mi padre. Odio todas esas mierdas.

—Bueno, sigo sin entenderlo. ¿De dónde salieron todas esas joyas?

—¿Eso? —David se rio—. Todo me lo ha regalado mi querida madre.

Ya te lo dije, cada Navidad y cada cumpleaños me regala un reloj, una pulsera o algo por el estilo.

No tiene imaginación. Me lo pongo todo para tenerla contenta.

Es lo único de valor que hay en este apartamento, así que lo guardo bajo llave.

Heather no estaba segura de creerle.

—¿Me estás diciendo la verdad, David?

—Claro que te estoy diciendo la verdad. ¿Por qué iba a mentirte? No paro de decirle a mi padre que venga a recoger la pistola, pero aún no ha encontrado el momento.

Heather miró por la ventana. Ya casi habían llegado a su apartamento.

—Creo que prefiero dormir en mi casa esta noche, David.

—Vamos, Heather, otra vez no. No te enfades. No deberías haber abierto ese cajón, tú misma lo dijiste. La curiosidad mató al gato.

—Puede ser. Es que no me apetece quedarme en ese apartamento esta noche, no después de lo que me has contado.

—¿Estás segura de que es solo eso?

—Claro —dijo Heather, tomándole la mano—. Solo ha sido un susto, nada más. Seguro que mañana me siento mejor.