Los asesinatos dominó (Los 4 episodios) CAPÍTULO 14 #3
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CAPÍTULO 14 #3

No había nada salvo unas cuantas cajas de cartón. Ni máquinas tragaperras, ni mesas de bacará, ni multitud de gente.

Nada.

Salió de nuevo al pasillo.

El guardia seguía allí, con los brazos aún cruzados sobre el pecho y una mirada que decía: «¿Satisfecha ahora?».

Heather salió a la calle, conmocionada y confundida. Aquello parecía sacado de una película de estafadores: el casino estaba allí un minuto y al siguiente había desaparecido.

Lo primero que pensó fue que todo aquello había sido un elaborado truco para estafarle 12.

000 dólares... pero para cuando llegó a la calle principal, sabía que era ridículo.

Hombres como aquellos no se tomarían tantas molestias por unos míseros doce mil dólares; esa tarde había visto muchas veces esa cantidad esparcida sin más sobre su mesa de cartas.

El casino debía de haber cerrado, o se había trasladado a otro lugar.

Heather miró a un lado y otro de la calle, impotente. No sabía qué hacer.

Finalmente paró otro taxi.

—¿Conoce el restaurante Alice in Wonderland?

El conductor asintió.

—Lléveme allí, por favor. ¡Y dese prisa!

Heather entró en el restaurante y recorrió la sala con la mirada. Nicole y su padre seguían allí, pero estaban a punto de marcharse: el padre de Nicole contaba yenes y los depositaba en una bandeja de madera.

—¡Heather! —dijo Nicole cuando se acercó—. Has vuelto... —Vio la expresión en el rostro de Heather—. ¿Qué pasa?

Heather vaciló y echó un vistazo al padre de Nicole. En voz baja, dijo: —El casino donde hice la apuesta por Kaito parece haber desaparecido.

—¿Desaparecido? ¿Qué quieres decir?

Cogieron un taxi para ir a la fiesta de Kaito. Heather y Nicole se sentaron en el asiento trasero y Heather terminó de contarle lo que había pasado. Se dio cuenta de que el padre de Nicole echaba un vistazo hacia atrás de vez en cuando, atento a la conversación.

— Quel désastre ! —dijo Nicole.

— Quel est le problème ? —dijo su padre.

—¿Puedo contárselo?

Heather asintió.

Nicole empezó a explicárselo en francés. Su padre escuchaba sin apartar la vista de Heather.

Cuando Nicole terminó, él se limitó a negar con la cabeza.

—Las apuestas no son para mujeres —murmuró—. Deberías saberlo.

Pronto llegaron a otro restaurante abarrotado de japoneses, en su mayoría hombres. Varias furgonetas de televisión estaban aparcadas en la entrada.

El padre de Nicole los guio hacia el interior; parecía que se celebraban varias fiestas para distintos luchadores de sumo que habían destacado en la competición.

Fueron hasta el fondo y Heather divisó a Kaito. Estaba sentado con un llamativo kimono granate, el cabello aún recogido en un moño, rodeado de admiradores y patrocinadores.

El padre de Nicole se abrió paso y consiguió hacerles un hueco a Heather y Nicole.

Puede que Kaito hubiera parecido pequeño en comparación con su oponente en el ring esa noche, pero ahora resultaba verdaderamente enorme.

La mesa estaba repleta de comida y bebida, y el sake corría sin parar.

Los reporteros no dejaban de acercarse a Kaito, pero él los ahuyentaba con un gesto, visiblemente harto de las entrevistas.

Por supuesto, Heather no entendía ni una palabra de lo que decían. Era la única extranjera en la mesa. Los demás no dejaban de lanzarle miradas curiosas, incluido Kaito.

En un momento dado, él le sonrió a Heather, luego miró a Nicole y dijo algo en japonés.

Nicole tradujo.

—Quiere saber cómo puede conseguir un pelo de tu color tan bonito —se rio Nicole—. Dice que está harto del pelo negro, que aquí todo el mundo lo tiene negro y le aburre muchísimo.

—Dile que gracias, que le prestaré un poco si quiere.

Cuando Kaito escuchó la traducción al japonés, se echó a reír.

El padre de Nicole se inclinó y le susurró algo al oído a Kaito. Este escuchó sin apartar la vista de Heather, y su sonrisa se desvaneció. Bebió un trago de sake con aire pensativo y luego le preguntó algo al padre de Nicole.

Nicole dijo:

—Quiere saber quién era el yakuza con el que apostaste. ¿Sabes cómo se llama?

Heather negó con la cabeza.

—Solo sé que era el jefe del casino.

Abrió el bolso.

—Puede que su nombre esté aquí; es una especie de recibo.

El padre de Nicole cogió el papel. Al leerlo, se echó hacia atrás con una mueca.

Kaito alargó la mano y se lo arrebató. Reaccionó igual: su rostro regordete se contrajo en una expresión de asco.

—¿Qué dice? —preguntó Heather, no muy segura de querer saberlo.

Nicole se volvió hacia ella. Con una mueca de disgusto, dijo:

—«Por doce mil dólares, te dejaré besar mi gordo culo japonés».

Heather se puso colorada.

—¿Dónde estaba exactamente ese casino? —preguntó el padre de Nicole.

—En el barrio de Roppongi.

Heather le explicó cómo lo había encontrado.

Kaito dejó la copa de sake sobre la mesa de un golpe y se levantó con una rapidez sorprendente. Se guardó el «recibo» de Heather en el kimono y le dijo algo al padre de Nicole en japonés.

—Vamos —dijo Nicole. Se levantó y cogió a Heather de la mano.

—¿Adónde vamos?

—A recuperar tu pasta.

El grupo salió a la calle con Kaito a la cabeza, repiqueteando con sus sandalias de madera. Tuvo que quitarse de encima a docenas de admiradores entusiastas que querían autógrafos y fotos, además de más reporteros.

Todos se metieron en una limusina Hummer que los patrocinadores de Kaito le habían prestado para esa noche.

El mastodonte era descomunal. Parecía una discoteca sobre ruedas: tan grande que casi se podía caminar de un extremo al otro de pie, con un sistema de sonido e iluminación que habría hecho palidecer a cualquier club nocturno de Manhattan.

Kaito ocupaba él solo casi toda la parte de atrás.

Arrancaron y empezaron a recorrer Tokio con la música a todo volumen y las luces centelleando.

Además de Nicole y su padre, habían venido varios patrocinadores de Kaito, todos japoneses, por supuesto, y cada vez más borrachos.

Kaito también seguía bebiendo sake, pero parecía sereno e imperturbable.

Heather supuso que harían falta litros y litros de sake para hacerle efecto a un hombre de su envergadura.

Pronto Heather reconoció el barrio del casino.

La limusina se detuvo. Uno de los patrocinadores japoneses le tocó el brazo a Heather.

—Enséñame dónde estaba el casino.

Heather y el hombre bajaron.

—Estaba allí abajo, dentro de ese bar —dijo Heather, señalando.

Dio un paso adelante, pero el hombre la detuvo.

—Quédate en la Hummer, por favor.

Heather volvió a subir a regañadientes, inquieta. No le gustaba nada aquello; era imposible saber qué podía pasar.

Un momento después, el patrocinador reapareció y subió a la limusina. Se puso a hablar con Kaito en japonés.

El padre de Nicole dijo:

—La policía ha hecho una redada en el casino esta noche. Les hacen redadas constantemente. Los yakuza pueden evacuar a todo el mundo y desmontar el equipo en cuestión de minutos.

Habló con el conductor de la limusina e hizo un gesto a Heather.

—No te preocupes, Kaito recuperará tu dinero. A los yakuza no les gustan los problemas con extranjeros.

La limusina avanzó solo unas manzanas antes de detenerse de nuevo. Esta vez, el propio Kaito empezó a bajarse del vehículo. Le hizo un gesto a Heather y dijo algo.

—Quiere que vayas con él —dijo el padre de Nicole.

—No quiero que corra un riesgo por mi culpa.

—No corre ningún riesgo. Es un héroe nacional, lo conoce todo el mundo en este país. Nadie se atrevería a tocarlo, ni siquiera la Yakuza.

Kaito esperó, con una de las gruesas piernas extendida hacia la acera. Miró a Heather y luego, aparentemente, le preguntó algo al padre de Nicole.