CAPÍTULO 13
C uando Heather terminó la universidad, ella, Percy y otros cuatro compañeros de clase pasaron tres semanas recorriendo Europa Occidental con la mochila a cuestas. Visitaron Londres, Ámsterdam, París, Barcelona y Praga.
Pero nada la había preparado para el deslumbrante espectáculo de Tokio. Cuando terminó de pasar el control de pasaportes y la aduana, ya casi había anochecido. Tomó el tren desde el aeropuerto de Narita hasta el centro de la ciudad.
Se vio en una calle que le recordaba a Times Square, con miles de brillantes letreros de neón y pantallas digitales en constante movimiento, las aceras abarrotadas de gente.
Pero a diferencia de Manhattan, aquí había autopistas elevadas que atravesaban la ciudad.
Todo parecía moverse a un ritmo frenético y entrecortado.
El contorno del monte Kumotori se adivinaba en el horizonte.
El sistema de metro estaba codificado por colores, pero resultaba desconcertante: todos los nombres de las estaciones en japonés le parecían puro galimatías. Para Heather, las doce horas de diferencia horaria y el jet lag lo teñían todo de una extraña atmósfera de ensueño.
Por fin dio con la línea de metro que la llevaba a su hotel, el Royal Ryogoku.
Era solo un hotel de tres estrellas, pero ocupaba un moderno edificio de diez plantas.
Además, estaba situado en pleno distrito de Ryogoku, donde se encontraba el pabellón de lucha de sumo, razón por la que Heather lo había elegido.
Cuando entró en el vestíbulo, la recibió una educada mujer japonesa que hizo una reverencia y le habló en un inglés entrecortado. La mujer la acompañó hasta su habitación, en la octava planta, que ofrecía una hermosa vista de la zona este de Tokio y el río Sumida.
En cuanto se quedó sola, Heather entró en el baño, pero se detuvo en seco al ver el inodoro.
A la derecha del asiento había un panel de control electrónico que podría haber rivalizado con el del 747 en el que acababa de volar.
Los botones estaban rotulados en japonés, aunque tenían pictogramas que supuestamente explicaban sus funciones.
Algunos eran obvios, como el que calentaba el asiento, pero otros resultaban indescifrables.
Picada por la curiosidad, Heather pulsó uno con un símbolo que parecía un hombre con bigote.
Un chorro de agua salió disparado y le dio de lleno en la frente.
Heather soltó un grito ahogado y pulsó el botón de nuevo a toda prisa. El chorro se detuvo.
Se quedó allí plantada, atónita, empapada de cintura para arriba, y rompió a reír.
Heather llevaba toda la semana dándole vueltas a cómo apostar en el combate de sumo.
Decidió que lo mejor sería preguntar discretamente al conserje del hotel.
Si eso no funcionaba, podría salir a explorar la ciudad.
Había leído en internet que había muchos casinos ilegales repartidos por todo Tokio y que no eran difíciles de encontrar.
Por desgracia, a los extranjeros les costaba conseguir que los dejaran entrar.
También tenía que comprar entradas para el combate.
Hacía calor fuera, así que Heather se puso unos piratas azul claro con zapatos de tacón bajo, que lucían sus delicados tobillos sin resultar demasiado atrevidos. Encima, una blusa femenina de seda color crema.
Con solo el bolso, que aún contenía los 12.000 dólares, bajó de nuevo al vestíbulo. Un grupo de turistas alemanes se estaba registrando en recepción.
Vio un mostrador con un letrero de CONSERJERÍA. Había un hombre sentado detrás, tecleando en un ordenador. Cuando vio que Heather se acercaba, se levantó e hizo una reverencia.
—¿Puedo ayudarla? —dijo con un acento japonés muy marcado, apenas inteligible.
—Sí. Querría comprar entradas para el torneo de sumo de mañana por la noche.
—Lo siento mucho, todos los asientos de pista están agotados. Solo quedan asientos de parco extra disponibres ahora. Muy caros —el hombre parecía tener muchos problemas con las eles y hacía una mueca cada vez que intentaba pronunciar una, como si le supieran amargas.
—¿Cuánto cuestan los asientos de palco?
—Veinte, veinticinco mir yenes.
Sonaba como una fortuna. En realidad eran unos 300 dólares.
Heather no se esperaba que los asientos fueran tan caros.
El conserje le explicó que todos los asientos de palco estaban reservados por los patrocinadores de los luchadores, y que estos solo los vendían cuando alguno de sus invitados cancelaba.
Heather reflexionó. Los patrocinadores seguramente apostaban en los combates, y algunos de sus invitados debían de ser grandes apostadores. Su instinto le decía que sería buena idea sentarse entre esa gente.
—Me quedo con una de las entradas —dijo.
El conserje empezó a hacer llamadas. Por fin encontró un asiento de palco extra y le dijo a Heather que le entregarían la entrada en el hotel en dos horas. Costaba el equivalente a 360 dólares.
La pagó con tarjeta de crédito.
—¿Hay argo más en ro que pueda ayudarla? Hay muchos rugares interesantes para visitar en Tokio. ¿Quizás re gustaría ver uno de nuestros santuarios budistas?
Heather echó un vistazo alrededor para asegurarse de que nadie pudiera oírla y dijo:
—Me gustaría hacer una apuesta en uno de los combates de sumo de mañana por la noche. ¿Puede ayudarme?
El hombre frunció el ceño.
—Apostar en sumo es iregar en Japón.
—Lo sé, pero...
—Ro siento mucho. Tenemos muchos otros deportes de apuestas regares. Como carreras de cabarros, regatas, y también carreras de bicicretas y motocicretas —se trabó visiblemente con las dos últimas palabras—. ¿Puedo hacerre una reserva para que asista a estos eventos?
Heather suspiró. Estaba claro que con aquel hombre no iba a conseguir nada.
Señaló hacia la entrada principal.
—¿Es seguro para una mujer caminar sola por esta zona de Tokio?
—Oh, sí, distrito muy seguro. No se preocupe —se tocó el hombro—. Pero siempre hay que revar ra mano en er borso en Tokio.
Heather asintió.
—Gracias.
Heather paseó por las calles cercanas al hotel, intentando absorberlo todo sin parecer una turista boquiabierta.
No podía evitar llamar la atención, sobre todo por su pelo rojo y su piel pálida.
Desde que había llegado apenas había visto a personas que no fueran japonesas, y tanto hombres como mujeres se la quedaban mirando al pasar.
Antes de salir de Nueva York, había impreso información sobre la lucha de sumo y la había leído en el avión. Se dijo que si iba a apostar 12.000 dólares en aquel deporte, más le valía saber al menos algo sobre él.
El distrito de Ryogoku resultó ser tal como ella esperaba: todo allí giraba en torno al sumo.
Además del enorme pabellón de torneos, estaba el Museo del Sumo y muchos de los «establos» de sumo, lugares donde los enormes luchadores vivían y entrenaban.
También había muchos bares y restaurantes propiedad de campeones de sumo retirados.
Todos servían chankonabe , el guiso hiperproteico que los luchadores comían en grandes cantidades para engordar.
Heather asomó la cabeza en uno de los restaurantes y vio las paredes cubiertas de fotografías y otros recuerdos de los combates del propietario.
El sumo se consideraba el deporte nacional de Japón, y sus estrellas eran muy veneradas por el público.
Por supuesto, Heather había visto combates por televisión y sabía lo enormes que eran aquellos hombres, pero cuando se encontró con uno en carne y hueso por primera vez, no pudo evitar quedarse mirándolo.
Oyó un sonido de clip-clop, clip-clop que venía de doblar la esquina, y de repente se encontró cara a cara con uno de aquellos atletas descomunales.
Eran sus sandalias de madera las que hacían aquel ruido.
El enorme hombre llevaba tan solo una fina túnica de seda, con el largo cabello negro recogido en un moño apretado.
Sus ojos castaño oscuro se posaron en el rostro de Heather apenas una fracción de segundo, sin que sus rasgos hinchados mostraran expresión alguna, y siguió su camino.
Era como ver pasar una barcaza.
Heather pronto dobló por una calle más concurrida que las demás, con bares y restaurantes a ambos lados. No había dado más de tres pasos cuando vio a un hombre con un cartel de hombre-anuncio, cubierto de caracteres japoneses.
En la parte superior había un dibujo de un par de dados.
Entonces se fijó en que había otros dos hombres-anuncio a lo largo de la calle, voceando en japonés.
Caminó despacio, observándolos. De vez en cuando, alguno de los transeúntes —todos hombres— se detenía a charlar con ellos. Les entregaban un papelito rojo y, al parecer, indicaciones. Los hombres caminaban hasta más o menos la mitad de la calle y luego se metían por un callejón.
Heather se acercó al primer hombre-anuncio. En cuanto la vio, le dio la espalda.
—Disculpe —dijo ella, rodeándolo para ponerse de nuevo frente a él.
Él le dio la espalda y siguió voceando.
—Disculpe —dijo Heather, esta vez adelantándose para que no pudiera darse la vuelta fácilmente.
—No gaijin —dijo él, negando con la cabeza.
Heather conocía esa palabra: gaijin significaba extranjero.
—Quiero hacer una apuesta en el combate de sumo.
—¡No gaijin ! —espetó él, y se alejó a toda prisa.
Heather lo observó, frustrada, y luego se dirigió al callejón. Estaba bien iluminado, con restaurantes a ambos lados.
Heather esperó a que entrara un hombre con uno de los papelitos rojos y lo siguió de cerca.
Él llegó hasta el final del callejón y torció bruscamente a la derecha hacia la entrada de un bar.
Heather lo siguió, pero un japonés corpulento con la cara picada de viruelas le cortó el paso.
Heather tragó saliva.
—¿Casino? —dijo.
—Aquí no hay ningún casino —dijo él, con los brazos cruzados sobre el ancho pecho.
No parecía alguien con quien Heather quisiera tener problemas.
Se dio la vuelta y salió del callejón.
Heather volvió al hotel y decidió dormir un poco para intentarlo de nuevo al día siguiente. Quizá tendría más suerte a la luz del día. Desde luego, se sentiría mucho más segura.