CAPÍTULO 12 #3
Heather aprovechó la hora del almuerzo para investigar a fondo cómo apostar en combates de sumo. Al leer algunos foros de apuestas deportivas, descubrió información desalentadora.
Había llegado a la desagradable conclusión de que era imposible apostar en combates de sumo en Estados Unidos.
Ninguna casa de apuestas deportivas los cubría.
Incluso yendo a Las Vegas o Atlantic City, donde se podía apostar a una enorme variedad de deportes de todo el mundo, no había forma de apostar en sumo.
Heather leyó todos los foros que pudo encontrar sobre el tema, que eran sorprendentemente pocos.
Por fin, su mirada se detuvo en la última línea de un hilo escrito por alguien que parecía experto en apuestas deportivas y en todo lo relacionado con el sumo.
«La única forma de apostar en sumo es ir a Japón y hacer la apuesta en persona, en efectivo.
P.D.: Apostar en sumo es ilegal en Japón. Si decides hacerlo, ¡ten cuidado!»
Heather caminaba despacio hacia su apartamento, enfadada con su misterioso «Amigo en Apuros».
Sentía que la había decepcionado. Todas las predicciones anteriores habían sido fáciles de aprovechar con las webs de apuestas deportivas, ¿y ahora esto? ¿Un torneo de sumo en Tokio? ¿Era eso lo mejor que podía ofrecer aquel hombre?
Por otra parte, si de verdad era vidente, cosa que a estas alturas parecía bastante probable, seguramente no tenía control sobre sus visiones ni sobre cómo obtenía la información.
Volvió a preguntarse quién era, dónde vivía, cómo sería. Ahora sí que no podía ni imaginarlo.
Heather caminaba con la cabeza gacha, perdida en sus pensamientos, rozándose con otros peatones en la acera.
Al final se detuvo frente a una agencia de viajes y se puso a leer los carteles del escaparate.
Londres 799 $ – Ida y vuelta
Barcelona – 899 $ ida y vuelta
Río – 1099 $ ida y vuelta
Tokio – 1299 $ ida y vuelta
Una voz en su interior le dijo: «¿De verdad te estás planteando volar a Japón para apostar en un combate de sumo?»
Para cuando Heather llegó a casa, había decidido que sí, que iba a volar a Tokio ese fin de semana para apostar en un combate de sumo... si conseguía más dinero con el que jugar.
¿Por qué no? No era tan descabellado como parecía, no si se paraba a pensar en los detalles.
El viaje en sí no costaría más de 2000 dólares, hotel incluido.
Ya había ganado mucho más que eso. Así que, en cierto modo, no estaría perdiendo nada si iba a Tokio y no encontraba la manera de apostar en el combate.
Pero los 4000 dólares que le quedaban no eran suficientes para apostar. Si iba a volar hasta Japón para hacer esta apuesta, quería sacarle el máximo partido. No tenía sentido quedarse a medias.
Heather estaba sentada en el sofá cuando Percy entró por la puerta.
—Hola, Pelirroja —dijo él.
Parecía sorprendido de verla en casa.
Ella lo saludó mientras él dejaba la cartera en la mesa y se aflojaba la corbata. Ya había preparado su discurso, y él percibió que estaba a punto de decir algo importante.
—Percy, quiero que me pongas en contacto con el usurero que conoces.
—¿Cómo dices?
—Me has oído. Quiero pedirle dinero prestado a ese usurero con el que pusiste en contacto a tu amigo.
—¿Puedo preguntar por qué?
—Tiene que ver con la casa de mi madre. Puede que consiga salvarla.
—Ni hablar —dijo Percy, sentándose—. No deberías meterte con un usurero. Es demasiado peligroso.
—¿Por qué, porque soy mujer?
—No, porque la situación de mi amigo era pan comido.
Estaba esperando una devolución de Hacienda; solo necesitaba el dinero unos días para dar la entrada de un piso que quería en Brooklyn.
La única forma de meterse en problemas habría sido que el gobierno federal quebrara en esos días, lo cual es bastante improbable.
—Pero...
—¡No, Heather! —Percy hizo una pausa y la miró con compasión—. ¿Cuánto necesitas, a todo esto?
Ella se encogió de hombros.
—Diez mil.
—¿Para qué, exactamente?
—Es complicado, Percy.
—Mira, ya te lo dije, estaría encantado de prestarte el dinero de mi préstamo de estudios.
No lo necesito; la única razón por la que lo pedí fue porque soy contable y era una oferta demasiado buena para dejarla pasar, con un tipo de interés tan bajo.
—Percy le hizo un gesto—. Son ocho mil dólares, sin compromiso alguno, que puedes usar.
Y el gobierno no va a enviar a ningún matón a cobrarlo.
En realidad estaba planeando pedir 20 000 dólares al usurero, si podía conseguir esa cantidad. Pero era peligroso...
—¿Estás completamente seguro, Percy?
—Estoy seguro. Coge el dinero si te viene bien.
—Es todo un detalle. Te lo agradezco.
—Siempre y cuando estés dispuesta a hacer los pagos cuando empiecen y a pagar los intereses...
—Por supuesto. No tienes que preocuparte por eso.
—¿Cuándo necesitas el dinero?
—¿Para finales de semana? Si pudiera tenerlo el viernes, sería genial.
Esa noche, Heather usó el portátil de Percy para reservar los billetes de avión. Encontró un vuelo barato que salía el viernes por la mañana y, debido a las doce horas de diferencia horaria, llegaba a Tokio el sábado a mediodía. Volvería a Nueva York el lunes. Solo faltaría dos días al trabajo.
Había encontrado en internet el calendario de los combates de sumo. El último combate, en el que pretendía apostar, no se celebraría hasta las siete de la tarde del domingo. Así que tendría un día y medio completo para encontrar la manera de hacer la apuesta. Con suerte, sería tiempo suficiente.
Heather pasó el resto de la semana con los preparativos financieros del viaje: consiguió el dinero de Percy, transfirió el efectivo de la cuenta de apuestas deportivas a su cuenta bancaria de Nueva York, compró los billetes de avión y luego retiró 12 000 dólares en efectivo.
Hizo un pago con tarjeta de crédito para liberar 1500 dólares y cargó los billetes y el hotel a la tarjeta.
Había investigado en internet sobre cómo llevar efectivo a través de fronteras.
Al parecer, no había problema hasta que la cantidad superaba los 10 000 dólares, en cuyo caso había que declararlo rellenando un formulario de aduanas.
Pero ella llevaría mucho más que eso a Japón y, con suerte, aún más de vuelta.
Aun así, Heather no pensaba declararlo. Según lo que había leído, los equipos de seguridad del aeropuerto no podían detectar cantidades relativamente pequeñas de dinero siempre que estuviera repartido por la maleta: un poco aquí, un poco allá.
Después de todo, solo era papel.
Heather temía hablarle a David del viaje. Sabía que tendría que mentir. Pero se convenció de que era lo mejor, a largo plazo. Era por una buena causa. Quizá así salvara la casa de su madre y su compromiso con David.
Decidió darle la noticia el miércoles por la noche.
Iban a tener una cena tranquila en el apartamento de él, así que cogió el metro hasta allí.
David no estaba cuando llegó. Tuvo que esperar en el vestíbulo casi media hora, y no era la primera vez.
Le molestaba que los padres de él fueran tan conservadores que no aceptaran que vivieran juntos, aunque suponía que podía entenderlo.
—Perdona —dijo David, que entró a toda prisa y le dio un beso—. Se me alargó una reunión.
Heather decidió decírselo en el ascensor; no quería pasarse la cena preocupada.
—¿Tokio? —dijo David, sorprendido—. ¿Te mandan a Tokio después de lo que pasó?
Heather se encogió de hombros.
—Les falta personal en una feria comercial que están organizando para un cliente japonés.
Mientras abría la puerta del apartamento, David la miró por encima del hombro.
—¿Qué cliente es ese?
—Una empresa de la industria deportiva japonesa, nada del otro mundo.
Entraron en el apartamento. Heather esperaba que no le hiciera más preguntas.
David dejó el maletín sobre la mesa de la cocina.
—¿Cuánto tiempo estarás fuera?
—Solo tres días. Vuelvo el domingo por la noche.
Él asintió, aunque con gesto escéptico.
—No tendrás un novio escondido en Tokio, ¿verdad?
Heather se rio.
—Tú y tus novios y maridos «escondidos». Pues sí, tengo uno escondido allí. Es luchador de sumo, pesa doscientos setenta kilos. Así que ándate con ojo, amigo.
David se rio.
—Oye, tengo algo para ti. Espera aquí.
Desapareció en el dormitorio.
«¿Un regalo?», pensó Heather emocionada.
David volvió haciendo oscilar un juego de llaves. Se las puso en la mano. Ella las miró, sorprendida.
—Del apartamento —dijo él, señalando la puerta principal con la cabeza—. Las mandé hacer ayer.
Le dio un beso.
—Ahora no tendrás que esperarme más en el vestíbulo.
Heather sonrió. No era como vivir juntos, pero era un avance.
—También tengo otra cosa para ti.
Sonriendo, sacó un móvil del bolsillo y se lo dio.
—Ahora puedes llamarme desde el trabajo sin preocuparte de que esa arpía de tu jefa te eche la bronca.
—No, David —dijo ella, y se lo devolvió.
—¿Por qué no?
—No quiero que me compres un teléfono. Me incomoda.
—No lo compré, Heather. Es uno viejo que tenía por ahí. Mira, está rayado, no vale casi nada.
Estaba tentada. No poder llamarlo desde la oficina era un fastidio, y no era buena idea vivir en Nueva York sin móvil en caso de emergencia.
—Es solo una segunda línea en mi cuenta —dijo David—. No es para tanto. Te lo estoy prestando, nada más.
—Vale —dijo Heather, y lo cogió—. Pero solo lo usaré para llamarte.
—Perfecto.
La besó.
—Para eso es, cariño.
El viernes por la mañana, a las ocho, Heather estaba lista para el viaje. Había preparado con cuidado una maleta de mano con un par de sus mejores conjuntos. Cogió el metro hasta la estación de Jamaica y luego el AirTrain hasta el aeropuerto JFK.
Heather se aferró al bolso durante todo el trayecto. En el compartimento interior con cremallera llevaba 12.000 dólares en billetes flamantes de cien. Los billetes estaban sujetos con una gruesa goma roja.
Cuando el anuncio «El vuelo 1021 con destino a Tokio está listo para embarcar» sonó por megafonía, a Heather se le puso la piel de gallina.
« ¡De verdad voy a Japón! », pensó.