CAPÍTULO 11
E sa noche, cuando Heather aceptó la propuesta de matrimonio de David, él pareció radiante de felicidad. Estaban cenando en su apartamento, y la abrazó con fuerza y la besó.
—Me has hecho el hombre más feliz del mundo, Heather.
Le sonrió radiante.
—Estaba pensando que tal vez podríamos casarnos alrededor del Día del Trabajo.
—¿ El Día del Trabajo ?
—¿Qué tiene de malo el Día del Trabajo?
—Yo… es solo que… no hay tiempo suficiente para planificar bien. Tenemos que decírselo a nuestros padres y—
—Yo ya se lo dije a los míos.
—¿En serio?
—Sí, ¿por qué no? Bueno, no les dije que nos íbamos a casar, por supuesto, pero les dije que te lo había pedido y que te había dado un anillo.
Hizo una pausa.
—¿Cuándo vas a decírselo a tu madre? ¿Y cuándo puedo conocerla?
—No entiendo por qué tienes tanta prisa, David.
—No tengo prisa. ¿Por qué sigues diciendo eso?
—Bueno, parece que tienes prisa.
—Heather, no lo entiendes…
Hizo un gesto vago hacia la sala de estar.
—Quiero que nosotros…
—¿Quieres que nosotros qué?
—Vivamos juntos. Quiero despertar a tu lado cada mañana. No me gusta que sigamos viviendo cada uno por su lado.
Qué dulce, pensó. Por supuesto que quería lo mismo.
—Pero ¿por qué no podemos simplemente vivir jun—?
—Mis padres son chapados a la antigua, Heather.
—Oh.
Esto no se le había ocurrido. Había dado por hecho que, siendo de Manhattan, serían liberales en ese tipo de cosas.
—Pero ¿tendrían que saber que vivimos juntos? Ya paso la noche aquí muchas veces.
—Por supuesto que lo sabrían. Mi padre se pasa por aquí cuando le da la gana. Cree que es su derecho. Vería tu ropa en el armario—
—¿Qué quieres decir con que cree que es su «derecho»? ¿Se pasa por aquí sin avisar?
David frunció el ceño.
—Este apartamento pertenece a Windsor Properties. Te lo dije.
—No recuerdo que me dijeras eso.
—Claro que sí. Te lo dije la primera vez que vinimos aquí.
—Oh.
Heather sonrió.
—Supongo que tenía la cabeza en otras cosas…
David se rio.
—De todos modos, antes de que yo volviera de Los Ángeles y me incorporara a la empresa, esto era para uso de la compañía, para que los clientes pudieran relajarse o pasar la noche si necesitaban alojamiento.
Nuestras oficinas están un poco más arriba en esta misma calle, así que supongo que mi padre se acostumbró a pasarse por aquí.
—Ya veo.
—De todos modos, mi período de prueba como vicepresidente termina en noviembre. Estoy seguro de que si nos casamos en septiembre mi padre lo hará oficial. Pondrá el apartamento a mi nombre y me subirá el sueldo considerablemente.
David se encogió de hombros.
—Podemos quedarnos aquí o vender el piso y mudarnos a algún sitio mejor que nos guste a los dos.
Heather pasó la noche en casa de David, y cuando se despertó a la mañana siguiente, se dio cuenta de que se había olvidado el cepillo.
David estaba en la ducha, y como no quería ponerse a rebuscar en sus cajones, entró en el baño y le preguntó.
—Debería haber uno en la mesita de noche —dijo él.
Heather volvió al dormitorio e intentó abrir el cajón de la mesita de noche, pero estaba cerrado con llave. Extraño, pensó. Nunca había visto una cerradura en el cajón de una mesita de noche.
—No en mi lado de la cama —gritó David—. En el otro lado.
—Vale —respondió Heather.
Rodeó la cama hasta la otra mesita de noche y abrió el cajón. Había un cepillo y algunos otros artículos de aseo. Por suerte, el cepillo parecía nuevo: no tenía pelos de «ex novia».
David salió del baño con una toalla enrollada a la cintura.
Heather lo miró de reojo. Había empezado a cepillarse el pelo frente al espejo de la cómoda.
—Probablemente te estés preguntando por qué hay una cerradura en el cajón de mi mesita de noche.
—En realidad no —mintió ella.
David se rio.
—No serías normal si no te lo preguntaras.
Hizo una pausa y señaló la mesita de noche.
—Hay una pistola dentro.
Ella dejó de cepillarse el pelo.
—¿Una pistola?
—Es de mi padre. No paro de decirle que venga a buscarla, pero siempre se le olvida.
—¿Por qué guarda una pistola aquí?
—Ah, es chapado a la antigua. La Segunda Enmienda y todo eso. Cree que todo hombre debería tener una pistola para proteger a su familia. Guarda una en todas partes: en su oficina, en su apartamento de la ciudad, en la casa de los Hamptons.
—Oh.
David se rio.
—Si alguna vez entrara un ladrón, estoy seguro de que terminaría matando a mi padre con ella.
—No hables así, David.
—De todos modos, me aseguraré de que venga a llevársela.
A Heather le molestó lo que David le había contado sobre el apartamento. Lo de la pistola, y el hecho de que en realidad no le pertenecía.
No se había dado cuenta de que el lujoso apartamento del Upper East Side pertenecía a Windsor Properties, y que él trabajaba para la empresa «a prueba».
Ahora se preguntaba si David siquiera cobraba un sueldo.
Se había fijado en que pagaba todo con tarjetas de crédito de la empresa, pero hasta entonces había pensado que era simplemente una cuestión de impuestos.
Una vez, de camino a cenar en un club privado, David había olvidado que el estirado establecimiento exigía que los hombres llevaran corbata.
Pararon en una tienda de ropa de la Quinta Avenida y compraron una Stefano Ricci de 200 dólares, y David simplemente le dijo al dependiente: —Cárguelo a la cuenta de mi padre.
En otra ocasión, cuando salieron de un teatro, el Jaguar de David tenía una rueda pinchada. En lugar de cambiarla, llamó a un taller y dijo: —Soy David Windsor, el hijo de Nathan Windsor. ¿Pueden enviar a alguien a arreglar un pinchazo?
A Heather le parecía que David dependía demasiado de su padre y estaba dejando que Nathan lo mangoneara.
Sabía que David había regresado de Hollywood prácticamente sin un centavo.
Suponía que Nathan Windsor se estaba aprovechando de la vulnerabilidad de su hijo y, de manera indirecta, lo castigaba por haber malgastado años tras su «absurdo» sueño de convertirse en actor de cine.
Heather no sabía cómo sacar el tema, pero decidió que necesitaba hablar con franqueza sobre la situación. Probablemente enfadaría a David, pero no tenía intención de casarse con él y vivir bajo el yugo de Nathan Windsor.
El martes por la noche, David jugó al tenis como de costumbre.
Heather intentó distraerse trabajando en el diseño de un vestido nuevo mientras Percy estudiaba en la cocina.
Pero lo único en lo que podía pensar era en la apuesta que había hecho sobre el ganador del Premio Booker, y la estaba volviendo loca.
Percy lanzó de repente uno de sus libros de texto a través de la habitación y dijo:
—¡No aguanto más estadísticas esta noche! ¡Vamos de fiesta, Heather!
La invitó a una de las reuniones GLBT que frecuentaba. Heather no estaba de humor, pero Percy insistió.
—Vamos, Heather, nunca he ido a un encuentro con este grupo en particular.
—¿Qué grupo es ese?
—Contables GLBT.
—¿Contables GLBT?
Heather se rio.
—Menudo grupo de locos, Percy.
—Oh, lo son, créeme. Se vuelven bastante locos. A veces guardan sus hojas de cálculo sin hacer copias de seguridad .
Ella volvió a reírse.
Percy la miró con expresión suplicante. Decidió que debía ir: él pasaba tanto tiempo trabajando y estudiando que tenía muy pocas oportunidades de conocer a alguien, y siempre que conocía a alguien interesante, las cosas nunca parecían funcionar. «Tengo la peor suerte del mundo», decía siempre.
De todos modos, pensó Heather, ir al encuentro podría quitarle de la cabeza la apuesta del Premio Booker.
Una hora más tarde, Heather y Percy estaban en el bar del Marriott, bebiendo vino y charlando con la gente. Percy ya había llegado a la conclusión de que no había hombres interesantes en el evento y dijo que de todos modos no quería salir con otro contable.
Cuando Heather dejó su copa vacía en la barra, oyó a una mujer detrás de ella que hablaba de haber estudiado en Stanford.
Heather se dio la vuelta para ver quién era.
La mujer era baja y rechoncha, con pecas y gafas gruesas. Parecía una contable de manual. Aparentaba tener la edad de David y estaba cogida de la mano de otra mujer.
—Disculpa —dijo Heather, sonriendo—. ¿Has dicho que fuiste a Stanford?
La mujer baja le devolvió la sonrisa.
—Sí, así es.
—¿En qué año te graduaste?
Se lo dijo a Heather. Era el mismo año en que David se graduó.
Heather preguntó:
—¿Conoces por casualidad a David Windsor?
Su rostro se iluminó al instante con un gesto de reconocimiento.
—¡Por supuesto que conozco a David! Era un tenista fantástico, jugó contra mi compañera de cuarto unas cuantas veces. La machacó, además.
Heather se rio.
—No lo he visto en años —dijo, con expresión nostálgica—. De hecho, creo que no lo he visto desde que nos graduamos. ¿Es amigo tuyo?
—Supongo que se podría decir eso.
Heather le mostró el anillo con modestia.
—Estamos prometidos.
—¡Oh, es precioso! Enhorabuena. Dile a David que le doy la enhorabuena también, ¿vale?
Le estrechó la mano a Heather.
—Soy Jessica Taylor, por cierto.
—Heather Bancroft.
—Tienes un pelo rojo precioso.
—Gracias.
La mujer miró de nuevo el anillo de Heather y sonrió con nostalgia.
—David Windsor... vaya viaje al pasado. Dudo que siquiera se acuerde de mí.
La noche siguiente, mientras esperaban mesa en un restaurante, Heather dijo:
—Anoche me encontré con una de tus compañeras de Stanford.
David la miró. Le pareció que estaba inquieto.
—No te preocupes —dijo Heather—, no era una de tus exnovias. De hecho, es lesbiana. Al menos ahora lo es. ¿Jessica Taylor...?
—Jessica Taylor... Jessica Taylor. Me suena, pero no la ubico.
—¿Bajita, con gafas gruesas y pecas?
David frunció el ceño. No parecía acordarse de ella. —Eso fue hace diez años, Heather.
—Bueno, en cualquier caso, me dijo que te felicitara por nuestro compromiso.
David sonrió. —Si vuelves a encontrártela, dile que le doy las gracias. Y, por favor, no le cuentes que no me acordaba de quién era.
—Por supuesto que no.
El miércoles por la noche, estaban en el apartamento de David, tumbados boca arriba en la cama, uno junto al otro. Acababan de hacer el amor, y había sido espectacular, como siempre. La respiración de David se iba calmando, cada vez más profunda y regular. Parecía que se estaba quedando dormido.
—David, ¿puedo hacerte una pregunta?
—Sí —dijo, entreabriendo los ojos.
—No quiero meterme en tus asuntos. ¿Me prometes que no te enfadarás?
—Por supuesto que no me enfadaré, cariño. Pregúntame lo que quieras.
—Bueno... solo quería saber... ¿estás seguro de que es buena idea que trabajes en Windsor Properties? Quiero decir, con tu título en empresariales de Stanford, seguro que podrías conseguir muchos otros trabajos.
David se incorporó un poco, ya más despierto.
—Sé lo que quieres decir, Heather. No te imaginas cuánto odio tener que lamerle el culo a mi padre cada maldito día.
Pero es solo temporal. Tienes que tener en cuenta que el puesto que tengo en Windsor Properties está diez niveles por encima de lo que conseguiría si me pusiera a buscar trabajo por ahí.
—Lo sé, pero...
—Espera, déjame terminar. Windsor es una empresa enorme.
Las oficinas de Manhattan son la sede central, pero tenemos oficinas por todo el mundo.
Mi hermano mayor trabaja en la de Roma. Dentro de uno o dos años, si lo hago bien, puedo pedir el traslado a cualquiera de nuestras sucursales internacionales, muy, muy lejos de mi familia.
Podemos mudarnos a Londres, a Milán, a Dubái, a París...
—¿París? —dijo Heather emocionada.
—Claro, ¿por qué no? Una de nuestras divisiones más grandes está en París.
Heather volvió a apoyar la cabeza en la almohada y se quedó mirando al techo mientras se imaginaba paseando por los Campos Elíseos, con la Torre Eiffel a lo lejos.
¡París! Siempre había soñado con mudarse allí, con encontrar la manera de aprovechar su talento para el diseño en la industria de la moda.
En Chapel Hill había cursado francés como segunda especialidad y había pasado un semestre entero en Francia, en Montpellier. Hablaba el idioma razonablemente bien.
—Oh, David... ¿de verdad crees que podríamos mudarnos a París?
—Por supuesto que podemos, cariño —dijo, y la besó—. Podemos hacer lo que queramos.