Los asesinatos dominó (Los 4 episodios) CAPÍTULO 10
88%

CAPÍTULO 10

E ra una mañana fresca y soleada de verano. Heather disfrutó del paseo al trabajo, a pesar de ser lunes, el comienzo de otra semana laboral. El ajetreo de la ciudad, de algún modo, la ayudaba a mantener los pies en la tierra y a pensar con más sentido práctico.

Le diría que sí a David, decidió, pero no se comprometería con una fecha de boda.

Antes de casarse, tenía que resolver el problema de la casa de su madre, de un modo u otro.

No podía entrar a formar parte de la familia Windsor cargando con ese lastre.

Se sentirían obligados a sacar a su madre del apuro, y eso haría que Heather llegara a la familia con una mancha permanente que jamás olvidarían.

Heather estaba deseando compartir las buenas noticias con su madre y con todos sus amigos de Carolina del Norte, pero también lo pospondría.

No hacía falta decírselo a nadie hasta que ella y David hubieran fijado una fecha.

Y desde luego no se lo diría a nadie en Potter Public Relations.

Todos se enterarían tarde o temprano, pero no había por qué adelantarlo.

Ya se imaginaba cómo Lisbeth lo iría pregonando por ahí e intentaría convertirlo en algo sórdido.

A dos manzanas de la oficina, Heather se quitó el anillo de compromiso y lo guardó en el bolso.

En cuanto se instaló en su cubículo, sus pensamientos volvieron a los misteriosos correos del «Amigo en Apuros». Rita ya estaba en una reunión de personal y Lisbeth tenía el día libre, así que no tenía que preocuparse de que ninguna de las dos la estuviera vigilando.

En cuanto inició sesión en su cuenta de correo, lo vio: otro mensaje con «De Tu Amigo en Apuros» como asunto. Había llegado a las 9:02, hacía solo unos minutos, puntual como siempre, un lunes por la mañana.

Heather lo abrió con el corazón ya latiéndole con fuerza.

Querida Heather:

Este viernes, Albert Grundig ganará el Premio Booker.

Espero que uses esta información en tu beneficio.

Atentamente,

Tu amigo en apuros

El Premio Booker , pensó Heather. Era un premio a la mejor novela escrita por un autor de Inglaterra o de países de la Commonwealth, algo así.

Rápidamente abrió el sitio de apuestas deportivas que había usado para la última apuesta y buscó «Premio Booker».

Nada.

Sintiéndose inquieta, buscó de nuevo, usando solo «Booker», pero seguía sin aparecer nada.

«¿Y si no puedo apostar a esto?», pensó, presa del pánico. Rápidamente hizo una búsqueda en internet usando «Premio Booker apuestas deportivas» como palabras clave.

Sintió alivio cuando aparecieron varios sitios de apuestas deportivas en los resultados. Todos parecían consolidados y fiables.

Albert Grundig era la segunda opción más popular en las apuestas para el Premio Booker, por detrás de alguien llamado Cherie Nguyen. No había oído hablar de ninguno de los dos.

Hacer esta apuesta sería un fastidio: tendría que crear otra cuenta de apuestas deportivas. Pero según las probabilidades, si ganaba, ¡duplicaría su dinero y terminaría con seis mil dólares!

Heather se recostó en la silla, pensativa. Seis mil dólares seguían siendo una miseria comparados con los doscientos mil que necesitaba para saldar la deuda de la casa de su madre.

Volvió a mirar el correo. Espero que uses esta información en tu beneficio.

Necesitaba conseguir más dinero para añadir a la apuesta.

Pero ¿de dónde lo sacaría?

Percy conocía a un usurero. Uno de sus amigos había necesitado diez mil dólares durante una semana, hasta que le llegara la devolución de Hacienda, y Percy lo puso en contacto con el tipo.

«Un momento, para el carro» , se dijo. «¿De verdad quieres pedirle dinero a un usurero para hacer esta apuesta? Si pierdes, te meterás en un buen lío».

A Heather empezaron a entrarle dudas. Quizá aquello era una estafa. Quizá las dos primeras predicciones acertadas se habían enviado solo para ganarse su confianza, y la tercera era el golpe definitivo.

«Es demasiado arriesgado» , pensó. «Apostaré los tres mil dólares, pero no voy a pedir dinero prestado para aumentar la apuesta».

Como no había prisa por hacer la apuesta, Heather se puso con su trabajo en Potter y, entre tarea y tarea, fue dando los pasos necesarios para crear la nueva cuenta de apuestas y transferir los tres mil dólares.

A las cuatro de la tarde, la nueva cuenta estaba lista y la transferencia, completada.

Esta vez, cuando Heather introdujo la cantidad —3.000— no sintió la misma ansiedad que con la primera apuesta.

Supuso que era porque, en su mente, solo estaba arriesgando mil quinientos dólares: los otros mil quinientos eran dinero «gratis» que había ganado, así que daba igual si lo perdía.

Aun así, vaciló mientras se preparaba para hacer clic en el botón REALIZAR APUESTA, consciente de que la tercera predicción bien podía ser el broche final de la estafa…

—Allá vamos —dijo, e hizo la apuesta.