CAPÍTULO 7
L a residencia de los Windsor en Manhattan era una magnífica casa de piedra rojiza del siglo XIX en Central Park West.
A Heather se le aceleró el corazón cuando David pulsó el timbre.
Un mayordomo de librea abrió la enorme puerta.
—Buenas noches, David —dijo con un refinado acento británico.
Miró a Heather.
—Buenas noches, señorita Bancroft.
—Hola —dijo ella, intentando sonreír con naturalidad.
Nunca la había recibido un mayordomo de librea.
Entraron en un vestíbulo elegantemente panelado.
Un cuadro iluminado a su derecha captó su atención, y aminoró el paso para verlo mejor.
Era un paisaje onírico impresionista que mostraba ángeles flotando sobre una Tierra distorsionada.
Echó un vistazo a la firma.
Marc Chagall
Cuando Heather se dio cuenta de que no era una copia, sino un original, tuvo que reprimir una exclamación.
Debía de valer una fortuna.
—Mi padre colecciona arte —explicó David—. Es una de sus piezas favoritas.
El mayordomo los condujo al salón, amueblado con antigüedades y alfombras persas.
El padre de David, Nathan Windsor, era uno de esos hombres con una presencia imponente y un carisma natural que llenaba la habitación.
Saludó efusivamente a Heather, mirándola de arriba abajo tal como David había hecho la primera vez que la vio.
«De tal palo, tal astilla» , pensó Heather.
La madre de David, Madalen, era alta y regia, con cabello negro y un cuello largo y esbelto.
Llevaba un sencillo vestido negro de cachemira que servía de fondo perfecto para un exquisito collar doble de perlas.
Sonrió y estrechó la mano de Heather con delicadeza cuando David las presentó.
Parecía distante y escrutadora.
Bajó la mirada hacia el collar de «perlas» de Heather.
Ahora, en comparación con las perlas auténticas, las de Heather parecían bisutería.
Heather se maldijo por haberlo llevado.
Miró alrededor de la habitación: había más cuadros y algunas estatuas pequeñas, muebles antiguos y hermosas estanterías.
—Tienen una casa preciosa —dijo Heather, esperando romper el hielo con Madalen—. Me encantan todas las obras de arte.
A Nathan se le iluminaron los ojos.
—Ah, ¿te interesa el arte? Deja que te enseñe mi colección.
El mayordomo trajo champán mientras todos conversaban, y pronto pasaron al comedor.
Las opulentas paredes paneladas estaban tan bien aisladas que ni siquiera se oía el tráfico del exterior.
Esto le resultó extraño a Heather, porque el sonido de bocinas, motores y sirenas era un telón de fondo continuo en Manhattan.
Podrían haber estado sentados en una villa enclavada en los Alpes suizos.
El mayordomo sirvió vino y ensaladas.
Para Heather, era como comer en un restaurante.
Uno muy caro.
Había tanto silencio que pensó que todos podían oír los picatostes crujiendo en su boca.
Nathan era hablador y, mientras comían, habló sin parar sobre el mercado de valores, los problemas con las obras del vecindario y otros temas intrascendentes.
Cuando el mayordomo retiró los platos de ensalada, Nathan le dijo a Heather:
—David me dice que te graduaste en la Universidad de Carolina del Norte, Chapel Hill.
Heather se tensó.
—Sí, así es.
«Aquí viene», pensó. «La Inquisición».
—¡Maravillosa universidad, simplemente maravillosa! Mi hermano mayor se licenció allí y después hizo su MBA en Harvard.
—¿De verdad? —dijo Heather—. No me lo habías dicho, David.
—Creía que sí —dijo David, con la mirada fija en su tenedor.
Nathan miró a su esposa.
—¿A qué se dedican tus padres?
Heather se tensó, pero intentó no demostrarlo.
Notó que la madre de David la observaba.
—Mi madre es enfermera. Y mi padre trabajaba en ventas.
Los dos intercambiaron una mirada.
—Las ventas son, con diferencia, la función más importante en cualquier negocio —dijo Nathan rápidamente, como para demostrar que no era un esnob—. En los negocios, todo empieza con el cliente. Sin ventas, no hay clientes. Sin clientes, no hay negocio.
Se volvió hacia David.
—¿No es así, hijo?
—¿Eh?
—He dicho que las ventas son la función más importante en un negocio.
—Supongo que sí.
Heather observó a David con más atención.
Parecía distante y desconectado de la conversación, allí sentado sin apenas decir nada.
Entonces notó algo más.
En presencia de su padre, parecía una persona completamente diferente.
Se le veía inseguro, casi infantil.
Aunque Nathan Windsor no era físicamente más alto que su hijo, su contundencia y seguridad en sí mismo parecían empequeñecer a todos los que lo rodeaban, especialmente a David.
Heather pensó que si miraba debajo de la mesa, vería que las piernas de David no llegaban al suelo.
—Entonces, ¿eres de Raleigh?
Heather miró a Madalen con la esperanza de que detuviera aquel interrogatorio, pero ella se limitó a beber su vino mientras la observaba.
La expresión de la mujer era indescifrable.
—Sí, nacida y criada en Carolina del Norte.
Heather hizo un esfuerzo consciente por ocultar cualquier rastro de acento sureño, temiendo que la menospreciaran por ello.
—Raleigh es una ciudad preciosa, simplemente encantadora. Hemos tenido algunos pequeños proyectos de desarrollo allí. ¿De qué parte de Raleigh eres exactamente?
Heather volvió a tensarse.
—Historic Oakwood.
—¡Oakwood! Vaya, hay unas casas antiguas de antes de la guerra preciosas en Oakwood, ¿verdad, Madalen?
Hizo una pausa, como si esperara que Heather le dijera si vivía en una de ellas.
—Sí, nuestra casa tiene unos cien años. —La casa de su madre, a punto de salir a subasta, era lo último de lo que quería hablar.
—¿De verdad? ¿Con porches delanteros, columnas blancas y todo eso?
—Sí —logró decir Heather.
Y las columnas están descascarilladas porque estamos en la ruina, y la casa acaba de entrar en ejecución hipotecaria porque mi padre no solo era vendedor, sino también alcohólico y jugador, y murió de tanto beber, dejándonos sin nada.
Y yo no soy mejor que él.
—Bueno, tuviste mucha suerte de crecer en un entorno tan encantador.
Heather se limitó a sonreír.
Heather sintió un alivio inmenso cuando por fin terminó la cena y ella y David volvieron al calor del Jaguar.
Estaba molesta con David por permitir que su padre le hiciera tantas preguntas incisivas —podría haber intervenido— y por mostrarse tan distante casi toda la noche.
Pero se alegraba de que hubiera vuelto a ser el David de siempre, seguro de sí mismo. Era como si, en cuanto se alejaba de la órbita de sus padres, se transformara en el «viejo» David del que se había enamorado.
—Creo que has causado muy buena impresión —dijo él, besándole la mano.
—¿De verdad?
—Sin duda. Le has caído muy bien a mi padre, lo noto.
—¿Y tu madre?
David se encogió de hombros.
—¿Qué quieres que te diga? Las madres son las madres. Ya sabes cómo son con sus hijos.
Esto también la irritó, después de que David le hubiera asegurado que ambos la «adorarían».
Pero no quería iniciar una discusión. La velada ya había sido bastante dura para David.
No terminaba de entenderlo: se había mostrado tan ilusionado con que conociera a sus padres, y sin embargo había estado visiblemente incómodo toda la noche.
Percibía la distancia emocional entre él y su padre.
Trabajar juntos debía de ser muy difícil, pensó.
Quizá simplemente no entendía las costumbres de los superricos.
Heather pasó esa noche con David, y a la mañana siguiente él la dejó cerca de su apartamento a las siete para que pudiera prepararse para ir a trabajar.
Tenía que viajar a Filadelfia por negocios, para estudiar un nuevo proyecto inmobiliario que su empresa estaba considerando allí, así que no lo vería en todo el fin de semana.
Era mejor así. Ese día Heather conocería el resultado de la apuesta de 1500 dólares que había hecho sobre las elecciones ecuatorianas, y se llevaría un golpe demoledor.
Después de conocer a los padres de David, gente que se había labrado su fortuna con esfuerzo, apostar tanto dinero por unos correos electrónicos absurdos le parecía aún peor que antes. Tenía que asegurarse de que David no se enterara jamás.
Al día siguiente, actuaría con sensatez y, con suerte, de forma efectiva para intentar resolver el problema de su madre.
Llamaría a Estelle a Chicago y le plantearía la situación.
Si Estelle y Robert iban en coche hasta Raleigh y hablaban con Alicia cara a cara, podrían convencerla de que volviera a Chicago con ellos.
Estelle podría persuadir a Alicia en persona, Heather estaba convencida.
Entonces ella podría volver a Raleigh y organizar la venta de todos los muebles.
Alicia tenía algunas antigüedades valiosas, así que podría llevarse una pequeña «dote» a Chicago.
Con suerte, eso le facilitaría las cosas a Estelle.