CAPÍTULO 6
M ientras esperaba a que David la recogiera, Heather hojeaba la sección de revistas del quiosco de la esquina, a dos manzanas de su edificio.
Aunque pareciera increíble, David nunca había visto su apartamento ni conocido a Percy.
Siempre le pedía que la recogiera y la dejara en el quiosco, con la excusa de que era muy difícil encontrar aparcamiento en su calle.
Por supuesto, él conocía el verdadero motivo.
Solo se lo había mencionado una vez: «Heather, no voy a juzgarte por dónde vives.
Sé que te cuesta llegar a fin de mes aquí», y después no había vuelto a sacar el tema. Eso era algo que adoraba de él.
Pero, claro, no había manera de evitar conocer a sus padres, y por mucho que David intentara tranquilizarla, no podía quitarse de encima el temor de que la juzgaran sin piedad.
Heather volvió a salir y miró hacia ambos lados de la calle, luego se echó un vistazo al conjunto, a los tacones discretos que había elegido para la ocasión.
«Relájate» , se dijo. Al fin y al cabo, los padres de David se formarían una opinión de ella por su forma de ser, una vez que la conocieran, no por cómo iba vestida. Y su forma de ser no podía cambiarla.
Enseguida Heather vio que el Jaguar de David se acercaba. Se aproximó a la acera y subió.
—Hola, cariño —dijo él, y le dio un cálido beso en los labios.
Al acomodarse en el asiento, como siempre, no pudo evitar quedarse mirando aquel rostro tan atractivo, sin acabar de creerse lo guapo que era. Llevaba una chaqueta de cuero cara, y el coche olía a ella y a su colonia.
Él la miró mientras arrancaba.
—Estás fantástica, Heather. ¿Es uno de los conjuntos que te hiciste?
—Sí —respondió ella con modestia, bajando la vista hacia el conjunto.
A su lado, se sentía demasiado sencilla. David tenía la mano izquierda en el volante, y Heather pudo ver que llevaba un reloj Cartier de oro que no le había visto antes.
—¿Es nuevo? —preguntó, sobre todo para cambiar de tema.
—En realidad no, me lo regaló mi madre hace dos o tres Navidades. Siempre me regala relojes y pulseras. Me temo que no es muy imaginativa.
David le estudió el rostro y percibió su nerviosismo. Le besó la mano.
—No te preocupes, cariño, esta noche todo irá bien. Les vas a encantar, igual que a mí. Te lo prometo.