CAPÍTULO 8
H eather pensó que le costaría resistirse a consultar los resultados de las elecciones ecuatorianas conforme avanzara el día, pero Rita la sepultó en tanto trabajo que no tuvo ocasión.
Tres kits de prensa distintos debían enviarse a primera hora del lunes por la mañana, y Rita quería tenerlos todos terminados y listos antes del cierre.
Heather terminó justo antes de las seis, y casi todos los de su zona de la oficina ya se habían ido.
Fue a un bar cercano y pidió un sándwich y una cerveza. Luego se tomó otra para armarse de valor ante las malas noticias.
Cuando volvió a la oficina, casi todas las luces estaban apagadas. Estaba desierta.
Se sentó en su cubículo, abrió la web de apuestas deportivas e inició sesión.
Preparándose para lo peor, hizo clic en el botón SALDO DE CUENTA.
Saldo actual: $3.000,00
Heather se quedó boquiabierta. Se quedó mirando el número en la pantalla y luego echó un vistazo al resto del texto de la página, preguntándose si no estaría confundida.
¿De verdad había ganado ?
Hizo clic en la página de apuestas electorales.
Apuestas ahora cerradas.
Ganador: Héctor González
—¡Gané! —chilló Heather, levantándose de un salto de la silla.
Soltó un gritito de alegría, volvió a dejarse caer en la silla y regresó a la página de la cuenta para contemplar el número otra vez.
$3.000,00
Acabo de ganar mil quinientos dólares pulsando unos cuantos botones , pensó. ¡Era más de la mitad de su sueldo mensual!
—¿A qué viene tanto alboroto, cielo? —dijo Lisbeth.
Heather cerró la ventana a toda prisa. Se giró y miró a Lisbeth; no estaba segura de si la había cerrado lo bastante rápido.
—Ac-acabo de ganar una tarta de queso y un café en Lindy's.
—Vaya, qué suerte la tuya —dijo Lisbeth con sarcasmo—. Nunca había visto a nadie emocionarse tanto por un postre gratis.
Se dirigió hacia la puerta con el bolso colgado del hombro huesudo.
—Hasta luego, cielo, que pases buen fin de semana.
En cuanto Lisbeth se marchó, Heather transfirió sus ganancias a su cuenta bancaria. No iba a arriesgarse por si la policía o Hacienda vigilaban el sitio que estaba usando.
Heather volvió a casa caminando despacio , agradablemente aturdida. Todavía no podía creer que hubiera ganado tanto dinero con tanta facilidad.
Había revisado el correo antes de irse, pero no había mensajes nuevos de su «Amigo en Apuros». Recordó que los otros dos mensajes habían llegado los lunes, más o menos a la misma hora, entre las nueve y las diez. Así que quizá habría uno esperándola el lunes por la mañana.
Mientras caminaba por la Sexta Avenida, intentó imaginar quién sería aquella misteriosa persona.
Le entraron ganas de escribirle una respuesta para decirle cuánto apreciaba su ayuda, lo agradecida que estaba.
Por alguna razón, estaba convencida de que era un hombre bastante mayor, de mediana edad o incluso anciano, por el tono de los mensajes y la forma en que los firmaba: Fielmente y Me despido .
En su imaginación, Heather veía a un hombre corpulento y ciego, quizá de nacimiento, sentado frente a un ordenador.
Para usarlo, debía de necesitar mucho equipo especial.
Luego aquella imagen se desvaneció y Heather vio a un anciano de pelo blanco como la nieve, encorvado frente a un ordenador destartalado en un piso ruinoso de un barrio marginal.
Heather aminoró el paso. ¿Y si era solo una broma? ¿Y si alguien conocido le estaba enviando los mensajes?
¿Podría ser David?
Pero ¿por qué iba a hacer algo así? No tenía sentido.
¿Y Lisbeth, o alguien de la oficina? Daba la casualidad de que Lisbeth andaba cerca cuando ella estaba investigando las webs de apuestas deportivas, y también cuando había consultado los resultados hoy. Pero eso tampoco tenía sentido; simplemente no parecía algo propio de Lisbeth.
¿Y Rita o Kevin? Pero ¿por qué? Aquellos dos adictos al trabajo estaban demasiado ocupados intentando ascender a vicepresidentes en Potter como para entretenerse con los peones.
Para cuando Heather llegó a su apartamento, se había convencido de que quienquiera que estuviese enviando los mensajes de verdad quería ayudarla y bien podía tener algún tipo de don psíquico.
O eso, o todo era una estafa montada por los dueños de las webs de apuestas deportivas.
Podían enviar miles de mensajes así cada día al azar, animando a la gente a apostar, y ganar dinero con las comisiones independientemente de los resultados.
Pero Heather nunca había oído a nadie mencionar que hubiera recibido mensajes así.
Heather decidió que durante el fin de semana preguntaría con disimulo por ahí a ver si a alguien conocido le había pasado algo parecido.
David llamó a Heather el domingo por la tarde.
—Ya he vuelto —dijo—. ¿Qué te parece cenar y ver una película?
Fue maravilloso oír su voz. Solo había estado fuera dos días y lo echaba muchísimo de menos.
Cenaron en un restaurante francés y luego fueron a ver una película de autor muy tediosa en Greenwich Village. No era el tipo de cine que le gustaba a Heather, pero a David le encantaba analizar la interpretación.
Heather seguía dándole vueltas a los 1.500 dólares que había ganado y a los correos de su misterioso «Amigo en Apuros». Había preguntado por ahí durante el fin de semana y nadie más parecía estar recibiendo mensajes anónimos de videntes que les instaran a apostar.
David estaba de un humor especialmente animado aquella noche. Cuando salieron del cine, dijo:
—Todavía tengo un poco de hambre. ¿Qué te parece si vamos a algún sitio a tomar un postre?
—Suena bien —dijo ella.
—Conozco un restaurante chino estupendo en Gramercy Park.
—¿Quieres ir a un restaurante chino a tomar el postre?
—Sirven un helado de ciruela casero increíble, Heather. Te encantará.
David tenía razón: el helado de ciruela del restaurante estaba delicioso, el mejor que Heather había probado en su vida.
David no paraba de hablar sobre la película que habían visto, pero Heather seguía dándole vueltas a la apuesta y a los correos. Deseaba contárselo y se sentía culpable por ocultárselo, pero de ninguna manera iba a compartirlo con él. Todo aquello era demasiado imprudente y descabellado.
Cuando el camarero retiró los platos, volvió con dos platitos, cada uno con una galleta de la fortuna. Colocó uno delante de Heather y el otro delante de David.
A Heather siempre le habían gustado las galletas de la fortuna. No las galletas en sí, sino descubrir el mensaje de dentro.
Miró a David. Era una buena oportunidad para tantear el terreno.
—¿Crees que es posible que la gente prediga el futuro? —preguntó.
David sonrió.
—Por supuesto que sí.
La respuesta sorprendió a Heather.
—¿En serio?
—Sin duda.
David señaló el platito que tenía delante.
—Por ejemplo, predigo que vas a encontrar un anillo de diamantes dentro de tu galleta de la fortuna.
Heather se rio.
David sonrió. Tenía una expresión extraña en el rostro. Señaló el platito con la cabeza.
—Adelante. Ábrela. Veamos si tengo razón.
Heather observó a David un instante y luego miró la galleta de la fortuna. Estaba envuelta en plástico transparente.
La cogió. ¿Pesaba más que una galleta de la fortuna normal, o era solo su imaginación?
David seguía sonriéndole, con esa mirada extraña en el rostro.
Heather retiró el envoltorio con cuidado y, tras mirar a David de nuevo, partió la galleta.
Un anillo de oro cayó en su palma.
Un anillo de oro con un gran diamante engastado.
Heather contuvo el aliento.
David le cogió el anillo lentamente y se lo deslizó con ternura en el dedo anular de la mano izquierda.
Mirándola a los ojos, dijo:
—Heather, amor mío, ¿quieres casarte conmigo?